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sábado, 18 de mayo de 2019

Contemplar a Dios en la respiración

Escribo esta entrada como comentario e ilustración del último encuentro del grupo del Jueves,  donde la respiración tuvo un protagonismo especial. Por su interés la incluyo también en el blog del grupo del Miércoles.

 
¿Por qué damos tanta importancia a la respiración en nuestros momentos de oración?
 
La oración cristiana no se cierra en ninguna técnica o método. Cuando al quehacer de un grupo que se inicia en la oración lo llamamos “taller de oración” no debemos entender por ello que lograremos llegar a tener oración contemplativa siguiendo estrictamente uno método que infaliblemente garantiza unos resultados.

No es así. Primeramente porque la oración contemplativa, abierta siempre a la sorpresa de Dios, no tiene ninguna finalidad programable. Cuando hay unas expectativas concretas nos estamos alejando de la apertura al Misterio, que es inimaginable e inasible, fuera del campo de las expectativas. Y en segundo lugar, nuestras habilidades cuentan poco porque la oración contemplativa es  don gratuito, y pretender apropiarse de este don con las propias obras es tan prometeico como soberbio.
Las técnicas son medios que nos pueden ayudar a disponernos a recibir el don de Dios, pero también se pueden transformar en obstáculos si hacemos de ellas un absoluto, una condición sine qua non para que Dios se manifieste y una garantía de que lo hará. Hallar a Dios significa buscarle siempre, y la seguridad de tenerlo es la certeza de haberlo perdido.
Aclarada la relatividad de las técnicas, digamos algo acerca de la respiración.

Respirar es el primer acto del hombre. Nada más abandonar el seno materno el llanto del recién nacido anuncia el primer aliento de vida extrauterina grita al mundo que un nuevo ser ha hecho su entrada.
No hace falta ser muy inteligente para saber que desde los orígenes de la historia el hombre conoce por experiencia y por observación que el aire es un principio vital. Mientras se mantiene la respiración se mantiene la vida; cuando falta, aparece la muerte. El hombre vive porque es un ser “espiritual”, es decir, un ser animado por el “pneuma” (griego),  "ruah" (hebreo), espíritu. Si le falta el aliento (espíritu) deja de existir.

Con esta constatación tan elemental surge una pregunta lanzada desde la intuición:  ¿No será la respiración el elemento que une al hombre interior con el hombre exterior?

Aire, aliento, soplo, espíritu,… son sinónimos. El libro del Génesis se abre con la descripción de un mundo caótico y oscuro; pero ya rondando por ahí el aliento de Dios, “La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu (aliento) de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gn 1,2).

El aliento mismo de Dios, su espíritu, irá organizando la materia informe, separando la tierra del cielo, la luz de la tiniebla, el agua de lo seco, y creando todas las cosas. A este respecto,  la narración de la creación del hombre en el día sexto está impregnada de un profundo sentido espiritual: "el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gn 2,7).
El mismo aliento de Dios es infundido a la persona. La dinámica de la vida se pone en marcha por el impulso del soplo divino y queda desde entonces conectada con Dios por la respiración. Es fe proclamada en la Escritura: Dios da el aliento y todos los seres viven, “Todos los seres, Señor, están pendientes de ti. Si retiras tu soplo, expiran y vuelven al polvo. Envías tu espíritu, los creas, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104, 27.29-30).” "De Él depende la vida de los seres,  el aliento de todo ser humano” (Job 12,10).
El soplo (espíritu) es participación de la vida de Dios. Y no solamente en el plano físico del hombre como ser creado; también el aliento de Dios es redentor, capaz de sacar vida allí donde el pecado y la muerte, han hecho de las suyas. El revivir de los huesos que se narra en el capítulo 37 del profeta Ezequiel es toda una profecía de la fuerza vivificadora del espíritu, profecía de la resurrección de Jesús y del don definitivo del Espíritu que procede del Padre por el Hijo: “Sopló sobre los discípulos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”(Jn 20,22).

No es este lugar para exponer una extensa teología del Espíritu Santo de Dios en la Biblia, donde se le describe como aliento, fuego, agua, soplo, etc. Me he limitado a señalar unos textos. Ya sólo con éstos podríamos decir que el aliento tiene cierto carácter sacramental, es decir, que la respiración nos conecta de modo muy especial con el Espíritu.
 
No es nada extraño que cuando interiormente andamos preocupados, estresados, perdidos, agobiados, angustiados, etc., resumamos nuestro estado con expresiones tan elocuente como “me ahogo” o “me falta el aire”. Y las situaciones de armonía, plenitud, satisfacción, liberación de la opresión, las significamos con un “al fin puedo respirar” o un simple “uf” como expresión del descanso que nos produce vernos libres de algo que nos ahogaba.


 
El budismo es especialmente considerado con el tema de la respiración. En la práctica del Sutra de la respiración el Buda enseña a los monjes a tomar conciencia de algo tan simple como es la respiración; al centrar la atención en ella el ejercitante va dirigiendo su conciencia hacia el centro vital del hombre, tan cercano a él y tan hondo como el respirar: Espirando profundamente, soy consciente de que espiro profundamente; inspirando profundamente soy consciente de que inspiro profundamente. Espirando levemente soy consciente de que espiro levemente; inspirando levemente, soy consciente de que espiro levemente”.

Haciendo una trasposición cristiana, podemos  también nosotros hacer nuestro este ejercicio de inspirar-espirar siendo conscientes de que al hacerlo estamos captando la presencia de Dios que, al ritmo de la espiración e inspiración, nos purifica de todo lo malo que hay en nosotros  y  nos alienta y unifica con su Aliento.

Inspirar es recibir, dejar  a Dios ser Dios, permitirle que inunde los pulmones del alma; espirar es dar, abandonarse, vaciarse, expulsar de uno mismo lo que impide un aliento ágil,… Espirar es morir, para permitir que luego, tras una larga espiración, una profunda inspiración  lleve de nuevo la vida a nuestro ser.

Es la dinámica de la vida espiritual, espirar vaciándome de todo, inspirar llenándome de Dios. 


Este es el sentido del ejercicio que realizamos cuando somos invitados a centrarnos en la respiración. Ahora bien, y lo repito: aprender a respirar no es el todo de la oración contemplativa; pero hacerlo de modo consciente, dejándose llevar por el ritmo del exhalar e inhalar, nos abre al presente, aquí y ahora, de nosotros mismos, disponiéndonos para recibir el don de Dios si está en su voluntad  otorgarlo.

Casto Acedo. Mayo 2019.

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