En la última entrada al blog hablábamos de la respiración como un modo de expresar y acercarnos a la espiritualidad. Hoy quiero decir algo acerca de la quietud, tema de fondo del último encuentro: invitación a la quietud corporal.
Somos cuerpo
Es importante tener en cuenta que cristianamente hablando no tenemos cuerpo, sino que “somos cuerpo”; el cuerpo forma parte del ser de la persona tanto como el espíritu o alma. Somos, según el enfoque desde el que nos miremos, cuerpos animados (con alma) o espíritus encarnados (con cuerpo). Me gusta decir que si sólo fuéramos un mecanismo material (hardware) al que se aplica un programa (software), seríamos robots o zombis; y si la realidad de nuestro ser fuera sólo nuestra alma, seríamos fantasmas. Pero, g racias a Dios, somos personas, seres en los que cuerpo y alma se aúnan misteriosamente.
Cuerpo y alma se imbrican de tal modo que uno y otra se afectan mutuamente. Cuando una dolencia física o una enfermedad hace mella en el cuerpo, o cuando la vida saludable nos mantiene lozanos y fuertes, el alma también lo sufre o lo disfruta. Y, desde el otro lado, cuando el espíritu está conforme y feliz, o errado, disperso, y preocupado, el estado de ánimo se somatiza y se expresa en malestar o bienestar físico.
Hecha la aclaración pertinente acerca de la unidad cuerpo-alma, podemos valorar la importancia de la quietud física en la meditación; quietud que no es un ejercicio de pura ascética, sino que más bien se trata de una técnica que nos permite disponernos para el sano crecimiento espiritual. Aquietar el cuerpo favorece que las in-quietudes interiores se pacifiquen. Relajo y contemplo mi cuerpo en quietud para facilitar que también mi interioridad halle paz y silencio a fin de ver o contemplar con claridad la realidad que soy y vivo, y abrirme al don de Dios desde mi yo real y profundo.
Cuando mi cuerpo se aquieta percibo inmediatamente las inquietudes que bullen dentro de mí. La primera tentación entonces es la de mover mi cuerpo a fin de apartar esas preocupaciones. ¿Es la mejor solución? Desde luego que no. La actitud del avestruz que esconde la cabeza ante el peligro, el hecho de no mirar o huir de lo que nos agobia, no hace que el problema desaparezca.
Mejor es pararse, aceptar lo que me inquieta, ser compasivo conmigo mismo mirando sin violencia lo que me estresa, y "dejar ir”. Para ello, procuramos ayudar al ánimo con una actitud física de quietud; cuando el cuerpo se aquieta actúa como el lago que, revuelto por la tormenta, cuando llega la calma, va posando en el fondo todo lo que enturbiaba el agua y facilita el ver con claridad tanto el fondo como lo exterior que se refleja en sus aguas. Algo así buscamos al aquietar el cuerpo; ayuda para posar los problemas del alma, aceptarlos, amarlos y sanarlos.
Quietud y anhelo de Dios
La quietud es un deseo de todos. El inquieto vive “fuera de sí”, descentrado, ajeno a la realidad presente. “Vivir inquietos” es algo no deseable; todos buscamos calmarnos, aquietarnos, “estar aquí”, centrados en la vida. Todos anhelamos la quietud: “nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestra alma anda inquieta hasta que descanse en Ti”, dijo san Agustín.
Parece como si el anhelo de Dios estuviera unido a este deseo de “aquietarse”, asentarse, encontrar estabilidad y descanso. Así es. Hemos sido creados a imagen de Dios; Dios es nuestra patria, nuestro lugar propio de existencia, nuestro hogar. Dios es el eje natural sobre el que gira adecuadamente nuestra vida, con Él en el centro se realiza la vida de la persona.
Parece como si el anhelo de Dios estuviera unido a este deseo de “aquietarse”, asentarse, encontrar estabilidad y descanso. Así es. Hemos sido creados a imagen de Dios; Dios es nuestra patria, nuestro lugar propio de existencia, nuestro hogar. Dios es el eje natural sobre el que gira adecuadamente nuestra vida, con Él en el centro se realiza la vida de la persona.
Una de las propiedades esenciales de Dios en la filosofía y teología clásicas es la inmutabilidad. Dios es aquel que permanece estable y fijo, no sujeto a los cambios, el que está siempre ahí y no está sometido al arbitrio de ninguna otra realidad. Es el eje que todo lo sostiene, alrededor del cual todo gira. Hay quien con bastante certeza ha comparado a Dios con el ojo del huracán, que permanece en el centro, quieto, vacío, inmóvil, sin nada, pero al mismo tiempo mostrando toda su energía y fuerza hacia el exterior.
Para escapar de los efectos devastadores del huracán lo mejor es situarse en el centro del mismo. Meditar es ejercitarnos en ello. Se trata, por una parte, de colocarnos en el centro de Dios, en su inmenso vacío e inmutabilidad, para salvarnos así de las inquietudes de la vida; por otro lado, al meditar en quietud situamos a Dios como eje de nuestro ser.
Hemos conocido por Jesucristo que “Dios es impasible -inmutable, no sometido a cambios ni a pasiones-, pero no es incompasible, pues siempre está inclinado a tener misericordia y perdonar” (San Bernardo). Es un gran misterio: El Impasible Compasivo. La fe en Él es para nosotros garantía de estabilidad y seguridad. Tan es así que incluso “Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tm 2,13).
Sabiendo y sintiendo que Dios está en el centro, y que su amor por mí es eterno, ¿qué me puede preocupar? “¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?”; todo esto son preocupaciones inútiles si pongo a Dios como eje de mi existir. (cf Rm 8,31-38).
Por tanto, si me he descentrado, si mi vida anda inquieta y perdida, para volver al lugar natural en que debo estar, basta adentrarme y aquietarme en quien me da seguridad y permanencia: Dios. Es lo que buscamos al aquietarnos y silenciarnos.
Hemos conocido por Jesucristo que “Dios es impasible -inmutable, no sometido a cambios ni a pasiones-, pero no es incompasible, pues siempre está inclinado a tener misericordia y perdonar” (San Bernardo). Es un gran misterio: El Impasible Compasivo. La fe en Él es para nosotros garantía de estabilidad y seguridad. Tan es así que incluso “Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tm 2,13).
Sabiendo y sintiendo que Dios está en el centro, y que su amor por mí es eterno, ¿qué me puede preocupar? “¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?”; todo esto son preocupaciones inútiles si pongo a Dios como eje de mi existir. (cf Rm 8,31-38).
Por tanto, si me he descentrado, si mi vida anda inquieta y perdida, para volver al lugar natural en que debo estar, basta adentrarme y aquietarme en quien me da seguridad y permanencia: Dios. Es lo que buscamos al aquietarnos y silenciarnos.
Es importante trabajarnos en la quietud corporal durante la meditación. Pero siempre teniendo de fondo que lo que buscamos es posarnos en Dios, descansar en Él. Son numerosos los textos bíblicos que invitan a ese estar firmemente asentados en Dios. Quien le pone en el centro es como “un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto” (Jr 17,7-8).
¡Cuánta sabiduría! La meditación en quietud y silencio es plantarse junto al río de la vida que es Dios, alargar y ahondar las raíces de mi alma hacia Él, dejar de lado todo temor e incertidumbre, y dar frutos de caridad en el momento oportuno. Un buen ejercicio de contemplación: sentirme árbol plantado en el jardín de Dios, en quietud; sentir cómo en la profundidad que da el silencio la savia de su amor va empapando todo mi ser, y dejar a Dios ser Dios en mí, viviendo en su voluntad de darle al mundo los frutos de mi estar en Él: misericordia, paz, perdón, serenidad,…
Hay otros textos bíblicos que nos ayudarían a entender el sentido de la quietud en Dios, como aquel en el que Jesús alaba a María, la hermana de Lázaro mientras a su hermana Marta le recrimina por vivir descentrada y nerviosa: "Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada" (Lc 10,41-42). También Jesús aconseja no andar inquietos “por la vida, qué vais a comer; ni por el cuerpo, con qué os vais a vestir, … ¿Quién de vosotros a fuerza de inquietudes puede añadir un instante al tiempo de su vida? Por tanto, si no podéis lo más pequeño, ¿por qué inquietaros por lo demás? … La gente del mundo se afana por todas esas cosas… Vosotros buscad más bien su reino, y lo demás se os dará por añadidura” (Lc 12,22-31). ¡Busca el Reino, procura estar en Dios, haz de Jesucristo y su evangelio el eje central, la piedra angular, de tu espiritualidad, y todo lo demás, problemas y preocupaciones incluidos, perderán el peso que erróneamente le concedes!.
Los maestros de la mística, siguiendo la tradición bíblica, también hablan de quietud en sus escritos. En la práctica de la meditación el esfuerzo del orante es necesario, pero llega un momento en que la dinámica interior pide silencio, quietud; es el paso a la oración de recogimiento (contemplativa), las potencias -memoria, entendimiento y voluntad- se aquietan, se silencian, dando paso a la “oración infusa”, pura recepción del amor de Dios.
No viene Dios a mí por el simple hecho de “quedarme quieto”, pero la práctica de la quietud corporal me dispone a la escucha y la comunión con Dios. En el Libro de la Vida (14-15) y Camino de Perfección (28) Moradas (4 M , 1) describe santa Teresa la oración de quietud como “contemplación infusa”, don de Dios para el que hay que disponerse en el silencio.
Cultivar la quietud y evitar el quietismo.
Los maestros de la mística, siguiendo la tradición bíblica, también hablan de quietud en sus escritos. En la práctica de la meditación el esfuerzo del orante es necesario, pero llega un momento en que la dinámica interior pide silencio, quietud; es el paso a la oración de recogimiento (contemplativa), las potencias -memoria, entendimiento y voluntad- se aquietan, se silencian, dando paso a la “oración infusa”, pura recepción del amor de Dios.
No viene Dios a mí por el simple hecho de “quedarme quieto”, pero la práctica de la quietud corporal me dispone a la escucha y la comunión con Dios. En el Libro de la Vida (14-15) y Camino de Perfección (28) Moradas (4 M , 1) describe santa Teresa la oración de quietud como “contemplación infusa”, don de Dios para el que hay que disponerse en el silencio.
San Juan de la Cruz, es más difuso al hablar de “quietud”; para él “quietud” es más bien un sinónimo de serenidad, tranquilidad o paz interior (S prol 7; 1 S 13,13;…) actitud de escucha, receptividad y sosiego ante la acción divina en el alma. También llama quietud al efecto que dejan en el alma ciertas mercedes o gracias divinas.
Para el maestro carmelita, la quietud por antonomasia es la actitud que el espiritual ha de adoptar ante la advertencia o noticia amorosa de Dios en cualquiera de sus grados o niveles. Cuanto más se mantiene y desarrolla esta atención amorosa en quietud, más aumenta la sensación de receptividad. Una vez llegado el espiritual a ese estado debe procurar no alterar su quietud tratando de obrar volviendo al estilo orante de la meditación. Es un punto capital en el magisterio sanjuanista.
Para el maestro carmelita, la quietud por antonomasia es la actitud que el espiritual ha de adoptar ante la advertencia o noticia amorosa de Dios en cualquiera de sus grados o niveles. Cuanto más se mantiene y desarrolla esta atención amorosa en quietud, más aumenta la sensación de receptividad. Una vez llegado el espiritual a ese estado debe procurar no alterar su quietud tratando de obrar volviendo al estilo orante de la meditación. Es un punto capital en el magisterio sanjuanista.
Creo que con estas notas podemos tomar conciencia de lo importante que es el gesto de “estar quietos” (físicamente) y en “atención amorosa” (atentos interiormente) en nuestros ejercicios de meditación. Aquietar el cuerpo ayuda a aquietar el espíritu. Es verdad que cuando se anda inquieto y nervioso, estresado, acelerado, preocupado… cuesta mucho mantener la quietud física. Molestias, picores o pequeños dolores aparecen cuando nos sentamos para la oración. Salvo excepciones, es síntoma de que nuestro espíritu se resiste a sentarse y envía esos mensajes de desagrado al cuerpo. Hay que entrenar. Aceptar y mirar con amor esos contratiempos. Con los días, el cuerpo deja de ceder a las presiones de la inquietud interior, y se va produciendo una interacción alam-cuerpo por la que cultivando la relajación física se van serenando los problemas psíco-espirituales, y por la aceptación y calma de las crisis interiores va mejorando el estado físico.
Advertir ,finalmente, del peligro de “quietismo”, desviación de la quietud que interpreta la meta espiritual como “pasividad absoluta”. El quietismo niega la razón y anula la voluntad, y consecuentemente la libertad. Es el error diametralmente opuesto al activismo; mientras que éste sólo quiere “hacer y hacer”, el quietista usa de la oración como huida y refugio bajo pretexto de prudencia.
Advertir ,finalmente, del peligro de “quietismo”, desviación de la quietud que interpreta la meta espiritual como “pasividad absoluta”. El quietismo niega la razón y anula la voluntad, y consecuentemente la libertad. Es el error diametralmente opuesto al activismo; mientras que éste sólo quiere “hacer y hacer”, el quietista usa de la oración como huida y refugio bajo pretexto de prudencia.
Como dice el P. Royo Marín “El quietista no quiere meterse en nada. So pretexto de concentración y oración, se encastilla en su aislamiento y ociosidad sin pensar en nadie fuera de sí mismo ni preocuparse de otra cosa que de sus propios intereses. [...] Es muy cómodo no meterse en nada ni abandonar un instante la dulce ociosidad —il dolce far niente— pero no es lícito llamarse discípulo de Jesucristo que precisamente por haberse metido en todo acabó muriendo en lo alto de una cruz”. La espiritualidad cristiana no culmina en quietismo, "¡qué bien se está aquí!", sino en acción redentora.
Espero que lo dicho sirva al grupo de ayuda. Primero incitando a buscar la quietud física en la meditación como ayuda para la experiencia de Dios y la consiguiente disponibilidad a la práctica de las obras de misericordia. Y en segundo lugar, advirtiendo de evitar el peligro del quietismo. ¿Cómo sé que no estoy cayendo en éste error? Lo dimos a entender con el ejemplo del árbol; y Jesús te lo explica de modo muy simple. Analiza tu vida, tus obras, tu hacer. ¡Cuántas veces os he dicho que la vida de oración no se evalúa por los gustos y regalos recibidos en los momentos de oración, sino por los cambios a bien que se vayan apreciando en el discurrir de la vida! “Todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. … Es decir, que por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,17-20)
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Mayo 2016






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