Un breve escrito acerca de la oración del pasado miércoles, sobre Getsemaní, que nos sirva de recordatorio y síntesis.
El “sudor de sangre” de Jesús en Getsemaní, es el signo visible del amor de Aquel que al encarnarse asumió en su totalidad la condición humana colectiva. “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5, 21). Encarnado, nacido en todo igual a nosotros menos en el pecado, Jesús, en Getsemaní y en el Calvario, soportó el exceso de realidad de su "yo mismo" encarnado y solidario; ahí donde nosotros rehuimos la realidad del dolor, Jesús se adentra en ella; el que no cometió pecado y no mereció pena por ello, muere y desciende a los infiernos, experimentando de modo sublime la realidad del pecado de todos con el sufrimiento consecuente.
Jesús sufrió sabiéndose y experimentándose como parte del “todo” que es la humanidad. ¡Gran misterio este de la Encarnación, Dios hecho hombre! El que no cometió pecado se solidariza con nuestro pecado, carga con las culpas de todos; se hizo uno con todos; descendió a nuestro infierno, a ese oscuro lugar en el que el veneno del mal genera sufrimiento, tristeza y llanto (cf Is 53).
"El género humano es incapaz de soportar un exceso de realidad" (T.S. Elliot)
Una vez dejado atrás el ego en las tres primeras moradas (reconocimiento y rechazo del pecado, conversión y decisión de seguir a Jesús) nos parece que todo está hecho; pero no podemos ignorar que “muerto el ego” nos queda el “yo mismo”, y este “yo mismo” sigue enganchado al apetito de la dulzura de las cosas del espíritu, ansiando el Tabor y rechazando el Calvario. Por lo general, aún seguimos anclados en la vieja estructura espiritual: si practico mi oración, si cumplo con los ritos y doy el diezmo de mis bienes como limosna, nos decimos, ¿cómo no voy a ser merecedor de consolaciones –regalos y gustos- en la oración? Es lo menos que espero de Dios. Por eso, buscamos la oración gratificante y rehuimos la que trae sequedad y dolor.
Aún no hemos pasado por la noche de la purificación, la sanación y la iluminación. Lo sabemos porque si tuviéramos que escoger entre Tabor y Calvario, escogeríamos Tabor. Algo muy distinto nos decía el canto que escuchábamos: “Si tuviera que escoger estar contigo en el monte Tabor, oh Jesús, mi Señor, o en la colina del calvario, … yo escogería estar contigo en tu dolor, escogería estar contigo ante la cruz, donde tu amor se derramó y tú estabas tan solo”; Teresa de Jesús eligió la cruz, el descenso a los infiernos con Jesús. Sus visiones del infierno apuntan a esta elección.
Mi “yo mismo” real, no puede ser sin los otros, sin los que sufren la esclavitud del pecado y sus consecuencias (separación, dolor, sufrimiento, cruz). Aún no amo lo suficiente, porque si amara de verdad, escogería estar con los hermanos en el dolor antes que en el gozo, como una buena madre elegiría antes acompañar al hijo enfermo que al sano, y estaría más disponible cuanto más consciente fuera del sufrimiento del hijo. (Aclaro: no es que no deseemos que el hermano viva en continua fiesta, pero bien sabemos que nuestro amor es más desapegado y necesario cuando acompañamos al hermano en su dolor que cuando estamos con él en fiesta).
Aún no hemos pasado por la noche de la purificación, la sanación y la iluminación. Lo sabemos porque si tuviéramos que escoger entre Tabor y Calvario, escogeríamos Tabor. Algo muy distinto nos decía el canto que escuchábamos: “Si tuviera que escoger estar contigo en el monte Tabor, oh Jesús, mi Señor, o en la colina del calvario, … yo escogería estar contigo en tu dolor, escogería estar contigo ante la cruz, donde tu amor se derramó y tú estabas tan solo”; Teresa de Jesús eligió la cruz, el descenso a los infiernos con Jesús. Sus visiones del infierno apuntan a esta elección.
Mi “yo mismo” real, no puede ser sin los otros, sin los que sufren la esclavitud del pecado y sus consecuencias (separación, dolor, sufrimiento, cruz). Aún no amo lo suficiente, porque si amara de verdad, escogería estar con los hermanos en el dolor antes que en el gozo, como una buena madre elegiría antes acompañar al hijo enfermo que al sano, y estaría más disponible cuanto más consciente fuera del sufrimiento del hijo. (Aclaro: no es que no deseemos que el hermano viva en continua fiesta, pero bien sabemos que nuestro amor es más desapegado y necesario cuando acompañamos al hermano en su dolor que cuando estamos con él en fiesta).
El “sudor de sangre” de Jesús en Getsemaní, es el signo visible del amor de Aquel que al encarnarse asumió en su totalidad la condición humana colectiva. “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5, 21). Encarnado, nacido en todo igual a nosotros menos en el pecado, Jesús, en Getsemaní y en el Calvario, soportó el exceso de realidad de su "yo mismo" encarnado y solidario; ahí donde nosotros rehuimos la realidad del dolor, Jesús se adentra en ella; el que no cometió pecado y no mereció pena por ello, muere y desciende a los infiernos, experimentando de modo sublime la realidad del pecado de todos con el sufrimiento consecuente.
Jesús sufrió sabiéndose y experimentándose como parte del “todo” que es la humanidad. ¡Gran misterio este de la Encarnación, Dios hecho hombre! El que no cometió pecado se solidariza con nuestro pecado, carga con las culpas de todos; se hizo uno con todos; descendió a nuestro infierno, a ese oscuro lugar en el que el veneno del mal genera sufrimiento, tristeza y llanto (cf Is 53).
Este es el momento del “terror existencial”, del horror del infierno que experimentó Santa Teresa en su Sexta Morada (6 M 11.2; V 30,2; V 32) , y en cuya noche tomó la decisión de aceptar los desposorios con Jesús y amar como Él a todos los sufrientes, ya sean víctimas de la explotación injusta o del sometimiento ignorante a los apetitos de su sensualidad. Con Jesús, su Amado, Teresa decidió amar a víctimas y verdugos, porque unos son víctimas por soportar la maldad de otros, y otros lo son por ignorar que son parte del “todo” y no entender que todo daño infringido al hermano es un daño que tarde o temprano se vuelve contra él mismo. Pasear en su noche por el infierno de los hombres, movió a Teresa a compasión, a sufrir con ellos trabajando para liberarlos de su esclavitud. Ahí decide hacer algo por Cristo, fundar “palomarcicos” desde donde sanar al mundo del cáncer del odio y de las guerras.
Podríamos preguntarnos: ¿siento yo por los hermanos el mismo amor que Jesús? ¿No es verdad que rehúyo entrar en Getsemaní? En mi oración, ¿no estaré esquivando asomarme al infierno que es mi “yo pecador” y sus consecuencias reales en el mundo? ¿De veras me siento parte de un “todo” y vivo el pecado del mundo como propio? ¿O soy de los afianzados en “que cada uno se salve como pueda”, “que cada palo aguante su vela”? .. Con tu respuesta a estas preguntas sabrás si ya has entrado en Getsemaní o te quedaste alienado en el Tabor.
En el Viernes Santo te puedes contemplar con Jesús en el sufrimiento del mundo. Tú formas parte activa y pasiva de ese sufrimiento. Jesús lo sufre sólo pasivamente. Pero esa "pasividad" no es inacción; al contrario, es el amor en su máximo grado de paciencia. En la Cruz, cuando Jesús tuvo en sus manos todas las papeletas para justificar una venganza de Dios, sólo encontramos amor. Amor escondido en el silencio, en la pasividad; aunque nunca tanta inacción (no-violencia activa) estuvo tan cargada de actividad redentora como ahí.
No obstante, la meta no es la Cruz sino la Resurrección. Al exceso de realidad que subyace en la Cruz, le corresponde un exceso mayor: el de la realidad de la vida que fluye por nuestras venas y anhela sobreponerse a la muerte que nos acosa. Espero que la Semana Santa de este año la vivamos como un tiempo especial, una oportunidad para entrar con Él en la noche del Viernes Santo y despertar con Él a la luz radiante del amanecer del Domingo de Resurrección.


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