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sábado, 1 de abril de 2017

Meditación y contemplación (aclarando términos)

Esta entrada pretende aclarar términos y conceptos. El lenguaje del mundo espiritual suele estar plagado de palabras que, desde la limitación, quieren dar a entender lo ilimitado de la experiencia espiritual. Las palabras son herramientas, buenas en sí, pero también pueden dar lugar a confusión. Es por eso que os transcribo estas notas, esperando que las entendáis y nos sirvan de base para un diálogo más amplio en el grupo.
 
 
MEDITACIÓN Y CONTEMPLACIÓN
¿Por qué oramos? ¿Por qué practicamos meditación? Respondo desde la perspectiva cristiana: Porque tenemos un anhelo profundo de Dios y queremos saciarlo entrando en Él, y sabemos que “la puerta de entrada es la oración”. (Santa Teresa).
Hay muchos modos de oración: vocal, mental (estas dos conforman lo que santa Teresa y san Juan de la Cruz denominan meditación ), litúrgica, contemplativa, etc., y todas conducen a Dios.

En los tiempos que vivimos se da un abuso desconsiderado de las palabras meditación, mindfulness, silencio, contemplación. Y siendo consciente de la confusión a la que nos puede llevar tanta palabra, quisiera aclarar el significado que en nuestro grupo damos a dos de ellas que usamos y usaremos con mucha frecuencia en nuestros encuentros y escritos; me refiero a  meditación y contemplación, dos términos que parecen sinónimos, pero que tienen diferencia de sentido. No sé si esa diferencia que voy a exponer es universalmente válida, pero  quisiera aclararla para nosotros.
La meditación es una disciplina,
una tarea.
La meditación es la disciplina que nos ayuda a hacernos plenamente presentes aquí y ahora, es decir, en el momento eterno de Dios. Meditar es entrar en la realidad de nuestro yo con disciplina, perseverancia y voluntad no obligada. Para ello se nos pide quietud, es decir, permanecer quietos, inmóviles. Ayuda a ello lo que llamamos “postura adecuada”, que cada uno debe ir adquiriendo con la práctica; sea cual sea, sentado, arrodillado en el banquito o sobre el cojín con las piernas cruzadas, para conseguir quietud física siempre es aconsejable  mantener la columna vertebral recta, la cabeza ligeramente hacia arriba (como si cabeza y tronco pendieran de un hilito similar al que sostiene a una marioneta); las manos sobre las piernas o cruzadas y superpuesta la una sobre la otra en el regazo. 
Llegados a la quietud física procuramos hacernos presentes en el momento, centrando nuestra atención en alguna parte del cuerpo, observando sus sensaciones, localizando con la mente las tensiones que percibamos y aflojándolas prestándoles atención; y conviene acabar centrados en la respiración, notando su ir y venir, sin forzarla, simplemente siendo conscientes de la sensación que el aire produce en nuestro cuerpo (nariz, bronquios, pulmones, abdomen…) en su continuo entrar (inspirar) y salir (espirar). 
Luego vamos dejando que también la mente se aquiete, así como las emociones que nos pueden asaltar. Quietud, pues, del cuerpo, de la mente y del corazón.

El hecho de recogerse en meditación no es un mero ejercicio físico y mental sino que apunta a un estilo de vida, donde aprendemos a recogernos de la exterioridad que nos dispersa y a vivir en atención presente el día a día de nuestra vida: familia, relaciones, trabajo, ocio, todo. Si el momento de oración no se conecta con la vida estaremos  ante un simple divertimento. 
Hasta aquí lo que entendemos por meditación, que sería la primera parte de la oración contemplativa. Aquella en la que yo pongo mi esfuerzo gozoso.
 
La contemplación es un anhelo y un don.
Con la contemplación, nosotros   queremos ir más allá de la simple quietud relajante; no hacemos meditación buscando sólo mejorar nuestra salud;  tampoco es nuestro objetivo fundamental evadirnos de los problemas que nos preocupan mediante la huida hacia una paradisíaca felicidad mundana. Nosotros hacemos oración contemplativa. La meditación es un primer paso, una herramienta que me hace presente aquí y ahora; pero no acaba todo en un “¡qué bien estoy, de cuántas cosas me he sanado, qué sensación más bonita, que paz más estupenda he conseguido!”. La meditación es el primer paso adelante para entrar en lo más íntimo de mí mismo y encontrarme (¿a solas?) en mi interioridad. La oración contemplativa me dice que no estoy solo; en ella parto de un principio de fe: estoy habitado. La tradición cristiana, ya sea por la revelación bíblica o por el testimonio de sus místicos, dice que “no estamos huecos por dentro”:
“Hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este edificio sea tal, como a la verdad es así, que no hay edificio de tanta hermosura como una alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón”.(Teresa de Ávila, Camino 28,9).
 Así explicaba la Santa de Ávila la realidad que somos; y así lo hace san Pablo; "Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios" (1 Cor 6,19).

Con la oración contemplativa no pretendemos entrar en el espacio vacío, solitario y triste de unas estancias interiores huecas donde paseamos nuestra soledad y nos protegemos para que nadie nos moleste. La contemplación tiene otra finalidad; nos anima un anhelo, un deseo profundo del encuentro con el Misterio, que para nosotros es Dios. Dios lo abarca todo (está en todas partes, nos enseñaron de pequeños en el catecismo), y por tanto está también en mi interior; “Deus interior intimo meo, Dios es más interior a mí que yo mismo” (San Agustín).

Hay, he dicho, un anhelo de Dios en el corazón de todo hombre, porque Dios es mi patria (padre) y, con más o menos consciencia, quiero entrar en ella porque sé que ahí está mi descanso. Ahondando en mí me encuentro con Él y con mi persona, porque he sido creado a imagen y semejanza de Dios, y al contemplar su verdad admiro la verdad del diamante que yo mismo soy y entro en paz conmigo y con Él. En mi centro se encuentra la clave de mi vida. Dice santa Teresa que en la morada central de este castillo que soy habita el Castellano, el gran Rey, que es Dios. Él es la clave.
 
La meditación me dispone para el encuentro con el Rey, me ayuda a entrar en mí. La contemplación me despierta para el encuentro, me sitúa en la expectativa del Otro. Por eso, una vez quieto y acallado, “espero”. Y para ayudarme a ello me sirvo de una palabra (¡Ven Señor, Jesús!, ¡Señor mío y Dios mío!, ¡Señor Jesús, ten misericordia de mí!...) o de un acto de la imaginación (“Mira que te mira” aconsejaba Teresa a sus hijas), o de la contemplación de una imagen, etc. hasta que en mí se haga el silencio, que es donde por gracia se produce el encuentro con el Misterio. 
 
Es importante saber que no estoy solo en la oración contemplativa. Tal vez la experiencia sea de sequedad y ausencia de compañía; pero, repito, no estoy solo. Cristo vive en mi interior. Aunque yo me esconda, Él no se esconde a una mirada que le busque (cf 2 Tm 2,13).
 
La importancia de la perseverancia
 
Escribo esta reflexión sobre la distinción entre meditación y oración contemplativa para que estemos advertidos. La meditación exige de nosotros un esfuerzo gozoso, la contemplación es un don de Dios. Nuestra meta no se cumple cuando nos abrazamos a nosotros mismos en una declaración de amor ególatra o cósmica (mera meditación), sino cuando asentimos conscientes y libres al abrazo de Dios (meditación con oración contemplativa). ¿Cuándo será eso? No lo sabemos. Ni siquiera sabemos si será, ¡cómo saber cuando! Solo tenemos la promesa; y a nosotros corresponde solo esperar con los ojos abiertos y el corazón puesto en oración.
 
 
 Cuando venga el Señor ¿nos hallará despiertos? Sera así siempre y cuando no dejemos de orar con insistencia. La oración constante, capaz de superar oscuridades y sequedades,  la oración hecha en fe, tarde o temprano es correspondida. Si te mantienes firme en la oración –como se declara en el texto evangélico que sigue-, Dios no faltará a la cita
: “espera, que no tardará tu Bien”, dice san Juan de la Cruz, "te hará justicia sin tardar", dice claramente la Palabra de Dios:
"Les decía una parábola  para  enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario". Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme"». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». (Lc 18,1-8). 
 
Meditador, sé pues constante en el ejercicio de la oración contemplativa. Acostúmbrate a colocar en tu silencio y quietud una palabra, una imagen, un impulso del corazón, o algún otro recurso que te disponga al encuentro con Dios que viene. Confía y no desfallezcas. Mantente firme en la fe y Dios no faltará a su cita.
 
¡Que tengas una buena semana
de oración contemplativa!

 © Casto Acedo. Marzo 2018.

viernes, 24 de marzo de 2017

AMAR AL HERMANO (Compasión)


En la  entrada anterior del blog tratamos de la “autocompasión”, de ser “misericordiosos” con nosotros mismos, de perdonarnos el sentimiento de odio  y reproche que nos autoinfligimos por sentirnos cobardes o fracasados. Del mismo modo que cuando hay un sufrimiento físico acudimos al médico para que elimine el daño que lo produce, así en la escucha o en la meditación y contemplación –decíamos- podemos hallar caminos de sanación para el dolor que nos producen las cosas propias que no acabamos de encajar en nuestra vida. Aunque hay que decir que el objetivo principal de la meditación cristiana va mucho más allá de estos beneficios que podríamos llamar secundarios, y que un buen contemplativo nunca busca directamente.
 
Es verdad que una vida física y espiritualmente atendida y cuidada  suele dar felicidad y bienestar a quien se la procura. Pero, la práctica de la oración contemplativa,  ¿trata sólo de evitar el sufrimiento y alcanzar una vida feliz? He de decir que no es este el objetivo que se busca en la meditación. Aunque parezca extraño, la meditación no tiene ninguna finalidad práctica que nosotros debamos buscar o podamos conseguir. Me gusta decirme a mí mismo que "contemplar es hacer silencio y que sea lo que Dios quiera".  No espero nada de la oración, no espero nada de mí, no espero nada de Dios, simplemente "espero en Dios". No es bueno invertir tiempo y esfuerzo en meditar para  alcanzar metas tales como la de escapar del sufrimiento o elevarse sobre los tejados.
 
La meditación no tiene como objetivo  liberarnos del sufrimiento, sino liberarnos en el sufrimiento, aprender a vivir en nuestra vida atareada y llena de contradicciones la mística de "el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó" (cf Job 1,21). En la oración contemplativa no se trata de quitarnos de encima las cruces que nos pone la vida, sino de aprender a vivir con ellas. Huir de los problemas no es la solución, sino afrontarlos (ponerlos delante, contemplarlos para disolverlos); procura, pues, no rehuir tus realidades cuando no te gustan, sino mirarlas y asimilarlas. Recuerda: cuando no puedes erradicar los cardos crecidos en el césped de tu jardín, aprende a amarlos. Ser compasivo contigo mismo es “comprenderte”, entender tu situación dolorosa, encajarla en el global de tu vida y sanar las heridas comenzando por quererlas. Porque en la aceptación está la sanación.
 
SER COMPASIVOS CON EL OTRO
(Filosofía )

En el encuentro de esta quincena hablábamos de “compasión con el hermano”. Y para ello, decía, es preciso comenzar por ser conscientes de que no somos ni vivimos solos sino con otros; formamos parte de la “humanidad”. Precisamente, la dinámica de nuestro “ser persona” nace de la “relación”; somos y nos realizamos como personas en tanto en cuanto nos relacionamos con otros. “No es bueno que el hombre esté sólo, voy a hacerle a alguien como él, que le ayude” (Gn 2,18); sin relación, sin ayuda mutua –compasión, estar con el otro- no hay persona; sin Eva, Adán está incompleto. 
 
 Encontramos nuestra identidad personal “en el otro”; hay un “yo” porque hay un “tú”; cuando paso al lado de una persona no reacciono del mismo modo que cuando paso al lado de un objeto; ver un objeto dañado y arrojado a la basura no me produce el mismo efecto que ver a una persona herida tirada al borde del camino. El mismo encuentro con otra persona me está pidiendo “compasión”, (padecer, sentir con él).

Enmanuel Levinas, un importante filósofo del siglo pasado,  habló de la “trascendencia del rostro del otro”, hasta el punto de que “todos los hombres hacen metafísica sin saberlo”, que es lo mismo que decir que todos hombres son espirituales, sean o no conscientes de ello, porque  todos son sensibles a la presencia del otro. La propia identidad del hombre se ve trascendida, focalizada, en el misterio del rostro del hermano.

 
Sabemos que el otro nos exige que se respete su alteridad, pero sin negarla; y cada uno busca relacionarse en libertad, sin encerrarse-aislarse  en el mundo o en sí mismo.  Nos  jugamos mucho en esto. Hay una intuición central en nuestra percepción del otro: que el otro no es un objeto, ni un instrumento de mi necesidad, sino él mismo, una libertad que se manifiesta en esa persona y que exige ser atendida y respetada. El rostro del otro me remite a una trascendencia filosófica  (relación con el hermano) y teológica (relación con Dios). Eso sí, la trascendencia de la que habla Lévinas, para ser encuentro de dos “tú”, ha de evitar dos escollos: la reducción del otro a mis proyecciones sobre él (idealismo, ver en el otro lo que yo quiero ver y no la persona que es) y la fusión de mi persona con la suya hasta hacerla desaparecer (pérdida de la identidad personal, como la mística oriental que disuelve el yo en el Uno-Todo). 
 
Esto que digo es filosofía,  y tal vez resulte difícil de entender, pero me sirve para pensar y dar a entender que el tú y el yo están muy relacionados; no podemos ignorarnos  los unos a los otros. Ese principio tan universal de “haz a los demás lo que quieres que se haga contigo", o "evita hacer con los demás lo que no quieres que te hagan a ti” encuentra aquí su razón de ser. A fin de cuentas yo soy –en cierto modo- el otro; estamos en conexión espiritual,  y deberíamos ser conscientes de que el sufrimiento del otro es mi propio sufrimiento, y su felicidad la mía. 

SER COMPASIVOS CON EL OTRO
(Psicología )
 
Ahora bien, ¿cómo mostrarme compasivo con el hermano? Es fácil entender la respuesta a esta pregunta si la respondemos desde la contemplación (desde el observador que se observa y observa el mundo desde fuera de sí mismo). Decíamos en la anterior entrada que todos llevamos el “ego” que hemos ido fraguando desde la niñez. Un ego que a lo largo del tiempo ha ido guardando en los sótanos del subconsciente todo lo que no ha estado dispuesto a aceptar.


 De ahí deducíamos que muchos de nuestros sufrimientos vienen de ese sótano, de los desencajes producidos por ese niño maleducado que somos y que no ha querido crecer enfrentándose  a su realidad; nuestras frustraciones por “tonterías” o caprichos generan mucho sufrimiento gratuito. A menudo somos como niños caprichosos que vamos mendigando amor por donde vamos, y al no obtener la respuesta que esperamos nos deprimimos y minusvaloramos. ¡Cuánto sufrimiento absurdo que crea descontento y genera malestar y violencia que volcamos hacia fuera! 
 
Otras veces han sido cosas más serias (abusos, desafecciones, abandonos, violencia…) las que han dañado a nuestro niño, que se ha defendido de ello como ha podido, a veces respondiendo con la misma moneda u ocultando a la propia mirada cualquier cosa que recuerde las humillaciones sufridas. Cuando no ha habido compasión con el niño, cuando a él mismo no se le ha enseñado a perdonarse, es lógico que le cueste situarse en el mundo, amarlo y amar a los que le rodean.
 
Si para vivir la autocompasión (amor a mí mismo) he de querer el niño caprichoso y herido que hay en mi interior, me parece apropiado decir que no es otra cosa ser compasivo con el prójimo que mirarlo como el niño que es, tomar conciencia de que es débil, humano, frágil, necesitado de amor, etc., como tú. Y, tal como obraríamos si tuviéramos delante un niño inocente al que no podemos atribuirle cruelmente sus maldades, así habríamos de obrar con los adultos: con paciencia, respetando, tolerando, estimulando sus cualidades, apreciando su valor como persona, aprobando sus cualidades, sanando su vergüenza, mostrándole amabilidad. Esto es ser compasivo. Dando espacio en mi interior  al otro,  no a pesar de su pecado sino incluso con su pecado, estoy siendo compasivo y promoviendo en él la compasión. Quien se ve aceptado, amado, estimulado, tratado con cariño, tal como es, independientemente de sus errores, aprende a amarse y a amar. 
 
Y doy por supuesto que, cuando el hermano anda falto de hogar, comida, alimento, o compañía física, ser compasivo es actuar en esos casos tal y como esperaría que actuaran  conmigo si me encuentro en esas necesidades.

SER COMPASIVOS CON EL OTRO
(Teología)

 He señalado unas razones prácticas desde la filosofía y la psicología para amar compasivamente al prójimo: a) que si no soy compasivo no soy persona; b) que para ser compasivo he de amar incondicionalmente al otro; y c) que cuando doy compasión yo soy el primer beneficiado. “Donde no hay amor –dice san Juan de la Cruz- pon amor y sacarás amor”. 
 

Desde la fe cristiana podríamos citar multitud de textos bíblicos que nos inducen a “ser compasivos”. La referencia más directa es la exhortación de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 3,36). Si Dios es compasivo, el hombre, “imagen de Dios”, no debe ir contra sí mismo, porque ha sido creado para la compasión. Además, el otro y yo formamos parte de una misma realidad espiritual: el cuerpo místico de Cristo, "pues, así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros cumplen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada cual existe en relación con los otros miembros" (Rm 12,4-5; cf 1 Cor 12,30-31).
 
Un texto que nos indica el modo concreto de ejercer esa virtud de la compasión es el que inspira la lista de obras de misericordia cristianas en Mt 25,34-36; "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestísteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme".
 
Estos, y cuantos textos encontremos sobre la misericordia, no debemos leerlos como leyes dictadas para  perfeccionarnos moralmente,   sino como reflexiones sabias que nos motivan a considerar la compasión como un don y un reto. Se trata, nada más y nada menos, que de acercarnos a Dios. En la parábola citada los compasivos pregunta: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?". Y el rey les dirá: "En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 25,37-40). Observa que dice "conmigo lo hicisteis" y no "es como si a mí me lo hiciérais".  Ser compasivos con el prójimo es tocar a Cristo, entrar en Dios; nuestra compasión nos conecta con Él. El prójimo no es un puente para llegar a Dios, sino un lugar donde se le encuentra.

No deberíamos sentirnos llamados a practicar la compasión urgidos por unos mandamientos que nos libren del infierno, sino atraídos por la fuerza del amor que fluye del corazón de Dios, atraídos por el cielo. Cuando anhelo el amor de Dios, cuando me dispongo a recibirlo en la oración contemplativa y me dejo llenar por él, ese mismo amor se desborda desde mí hacia los demás. Dios-amor me quiere tal como soy, y yo me gozo amando a los demás tal como son.
 
Los cristianos tenemos la gran suerte de definir a Dios como “amor”, es decir, misericordia.  La referencia última de nuestra llamada a la compasión no está en  unos preceptos religiosos, sino en el mismo Dios. Somos llamados a ser: Misericordiosos (compasivos) como el Padre, tal como anunciaba el eslogan del pasado Año de la misericordia;  compasivos como el Hijo, que se juntaba con los pecadores y comía con ellos (cf Lc 15,1), porque los veía como niños a los que la vida no les había dado la oportunidad de conocer lo que realmente merece la pena; y  compasivos como el Espíritu Santo, que se derrama en los corazones sanando y resucitando lo que parecía perdido. 
 
 
La oración contemplativa es un camino de compasión. Ya casi al final de sus moradas,  santa Teresa dice: “Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras. Esta es la verdadera muestra de ser cosa y merced hecha de Dios -como ya os he dicho-, porque poco me aprovecha estarme muy recogida a solas haciendo actos con nuestro Señor, proponiendo y prometiendo de hacer maravillas por su servicio, si en saliendo de allí, que se ofrece la ocasión, lo hago todo al revés ".(7 M 4,6-7).
 
Querido meditador, termino con esta cita de la Santa de Ávila. Cuando llegó a la séptima morada de su vida, a la unión con su Esposo-Dios, Teresa no paró de obrar misericordias; el abrazo del amor-compasión de Dios le hizo crecer en amor para con ella y para con todo el mundo.  Al final de su camino espiritual comprendió que las “obras de misericordia” son el fruto maduro de la oración. Es en esa etapa de su vida cuando toma de lleno la decisión de dedicarse a su actividad fundadora.  La oración la hace no parar en la tarea de llevar el amor de Dios a todas partes, y esa actividad compasiva  está  en ella admirablemente engarzada en su oración.  
 
Tal vez en todo lo dicho sobre la compasión echas de menos la insistencia tan propia de los que no oran o lo hacen poco y mal: "¡hay que hacer, hacer, y hacer... algo; ... obras, obras!”; y es cierto, la compasión ha de pasar de lo afectivo a lo efectivo. Pero no lo hagas sólo y simplemente porque te lo mandan desde fuera; tampoco para escapar de la ansiedad que te produce la quietud y el silencio. Hay quien no se soporta y necesita estar distraído constantemente con cosas  para no encararse con su yo. 

Observa que la Santa habla de "obras, obras" en el culmen de su vida de oración. Su hacer no es huida de su ser, sino proyección del hacer de Dios en ella misma.  Antes de imponer una vida de obras ha invitado a sus hijas a madurar el propio ser en la oración, y a no dejar este camino bajo ningún concepto. Yo te  pido también que seas perseverante; y te adelanto que quienes te quieran alejar de la oración recurrirán al argumento de que lo importante no es rezar sino hacer el bien. ¡Como si no lo supiéramos!, ¡o como si rezar fuera algo malo!

Has de saber que un corazón compasivo hasta el límite se fragua en la intimidad con Dios. Cuando la vida contemplativa está bien ordenada, las obras del amor crecen en ella cada día con más fuerza. Por tanto, no dejes de orar para dejarte alcanzar por la compasión de Dios y hacerte tú mismo compasivo. Y tampoco dejes de examinar frecuentemente tus relaciones con los hermanos; si éstas van mejorando en caridad estás en el buen camino. Quien entra en el corazón compasivo de Dios irradia compasión.

Cuando la compasión se practica, tu entorno y tu mundo cambian. Puedes verlo gráficamente clicando en el siguiente dibujo o en el enlace que se halla debajo:

https://www.youtube.com/watch?v=zmIensH77WQ
 
¡Buena quincena, y bendiciones!
© Casto Acedo

sábado, 25 de febrero de 2017

SANAR MIS HERIDAS EN LA MEDITACIÓN

Incluyo aquí, y siempre como Dios me da a entender (no busco tecnicismos sino lograr explicarme) los puntos que os di acerca de la curación de heridas -sombras las llamábamos- por la práctica de la meditación. De todas formas, advierto que la meditación tiene un valor en sí misma, sin su funcionalidad de cara a la mejora de nuestra salud o estado de ánimo.  Porque no buscamos nunca nuestro beneficio, sino la gloria de Dios.
 
 
 LAS HERIDAS
Todos cargamos, más o menos conscientemente, con historias, con frustraciones, con realidades personales, con circunstancias personales o sociales, etc…, con heridas que no encajamos de buen grado.
 
Como si de una enfermedad física se tratara, a veces sólo padecemos los síntomas dolorosos, y desconocemos el origen real de lo que nos pasa. ¿Cómo identificar la raíz de esas heridas? ¿Cómo saber qué es lo que en realidad nos crea malestar? Decir de principio que no es fácil acertar en el blanco del diagnóstico; pero uno de los medios más acertados para detectar que algo no funciona bien es discerniendo nuestras envidias.
 
Son muchas las ocasiones en que creemos que nuestro mal tiene un origen exterior (v.g. cuando nos sentimos mal a causa de no haber sido elegido para un cargo que deseábamos y que no se nos ha concedido y enseguida echamos la culpa de todo a quienes no nos favorecieron, o al sistema, que permite lo que consideramos injusto) pero el problema suele estar oculto, y viene de dentro (en el citado ejemplo, el malestar y las críticas suelen provenir de la ambición de poder o el deseo de notoriedad). Si alguien nos llama la atención sobre nuestra ansia de poder o prestigio (en el ejemplo propuesto), y reaccionamos negando de forma violenta e insistente, queriendo salvar la imagen de humilde y justo que nos gusta mostrar, es que hay una herida en nuestro ser, nos han tocado la llaga y sangra.
 
Las más de las veces, sin darnos cuenta, reaccionamos huyendo y negando la realidad de la enfermedad espiritual que padecemos. Pero el cuerpo está dañado; y si no lo vemos, si no aceptamos el daño, difícilmente lograremos poner remedio. Nos desangramos irremediablemente; una tragedia muy común. Son muchos los que están muertos espiritualmente por dejar escapar la vida a causa de las heridas que no curaron a tiempo.
 
El ego, que se niega a aceptar la realidad de la enfermedad, la esconde negándola. Pretende así para salvar su intimidad y proteger su mentira, su imagen edulcorada, su fantasía. Se engaña. ¡Tranquilo, está todo controlado!, se dice. Pero tarde o temprano, cuando menos lo espera, vuelve a emerger la herida, aflora, sobreviene a la conciencia y se vuelve nuevamente incomoda; lo sabes cuando te “pones colorao”, cuando te sube el pavo al verte sorprendido en tu intimidad más recóndita, cuando te avergüenzas porque tu intimidad pecadora se ve descubierta ante los demás. Te sientes mal.
 
Cuando esto te suceda, párate, haz silencio, mira tu interioridad; pregúntate; ¿porqué me incomoda traer eso a mi conciencia? ¿qué hay detrás de esa sombra que rehúyo?, ¿por qué reacciono violentamente ante los juicios ajenos en tal o cual caso concreto? ¡Despierta! ¡Tienes que reaccionar!, has de iluminar tu vida con la luz que disipa las tinieblas (Jn 8,12; 9,5), sobre todo cuando la herida se transforma en “obsesión” y el malestar personal te abate y te deprime.

LA SANACIÓN

Me pregunto: ¿cómo afrontar estos “problemas” que tanto inquietan? Y se me ocurren dos caminos, distintos pero que pueden ser perfectamente complementarios:

o El primer camino es “someterme a sesiones de escucha” con personas que sean competentes para ello. Partiendo de una buena comunicación (diálogo), en buena sintonía con un escuchante que ayude a verbalizar y dar nombre e identidad a la herida, la angustia o ansiedad puede ser identificada y progresivamente asimilada y sanada. A través de la escucha, la persona con problemas desahoga su situación, la pone ante la mirada atenta de su yo-real, aprende a aceptarla, a quererla tal como es, y, desde ahí, a sanarla. El escuchante, con sola su actitud empática, va facilitando que la persona defina y al tiempo ayude a difuminar su sombra, y poco a poco se vaya haciendo dueña de su yo real, hasta entonces oculto bajo la máscara del ego.

o Otra forma de sanar nuestro yo (persona) es la meditación. Al aquietar mi cuerpo, mi mente y mi corazón, las sombras que me habitan se ven amenazadas. Están ahí, latentes, tapadas, perversamente escondidas, negadas por el yo-real. Son las estrategias del ego-falso que se resiste a aceptar la realidad; y cuando en el silencio de la meditación se le descubren al yo las cosas que no le gustan de su personalidad, reacciona intentando apagar la linterna que ha descubierto esas oscuridades hasta ahora escondidas como virus en los repliegues del yo.
 
La meditación, al hacer la radiografía del yo, descubre los elementos falsos que se esconden: ambiciones, deseos de notoriedad, soberbia, egocentrismo, etc. La meditación analiza y diagnostica la enfermedad. Pero aún puede hacer más. La meditación es medicina para las heridas. ¿Qué podemos hacer cuando salen a la luz los virus? Pues, en vez de ocultarlos, como hace nuestro ego, hay un camino más saludable: contemplar las heridas, mirarlas sin violencias ni angustias, tomar conciencia de su insignificancia, y dejar que desaparezcan.
 
Tus sombras comienzan a morir cuando tomas distancia de ellas, cuando las miras como algo que tú no eres, cuando dejas de darle cobertura con tu “yo asustado”, cuando te atreves a mirarlas de frente, sin acritud, compadeciéndote de ellas (autocompasión).
 
Así, pues, la meditación es buena terapia para sanar las heridas de tu espíritu (¿me dejas que las llame pecados?) Porque toda avaricia, ira, lujuria, pereza, soberbia, envidia, etc… todo eso que da cobertura al ego, y que te produce dolor y reacciones desproporcionadas cuando se ponen en evidencia, es lo que en teología llamamos pecado.
 
Cuando traes a la luz tus sombras se cumple en ti la Palabra de Efesios: "Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas. Pues da vergüenza decir las cosas que hacen a ocultas los hijos de las tinieblas. Pero, al darlas a conocer, la luz las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice el himno: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará" (5,10-14)

NO ESTAS SOLO EN LA CLÍNICA
(Atención al peligro de soberbia en la meditación)
 
En la meditación puede dar la sensación de que sanaríamos por nuestra propia capacidad y poder, por una especie de “auto-escucha” (?). Sin embargo, los creyentes sabemos que hay algo más. Al poner ante nuestro yo las máscaras de nuestro ego, confiamos en el poder del que nos ayuda a reconocernos, que no es sino Dios dentro de nosotros, y la luz que su imagen imprime en nuestro ser para vencer esas sombras sintiéndonos escuchados (abrazados) “por quien sabemos nos ama”.  

 Me gusta decir que "la psicología describe el problema, pero sólo la fe, más o menos consciente, sana". El creyente sabe que  Él es quien cura, como concluye la cita de Efesios antes reseñada; "Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará". La tiniebla es mala lámpara para iluminarse a sí mismo. "La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios" (Jn 3,19-21).
 
No estamos solos cuando miramos y tocamos nuestras heridas; Dios lo hace con nosotros. Aunque por la razón que sea no sintamos su presencia, Él ha estado y está siempre ahí, muy dentro. No estamos sólos en la clínica de nuestra interioridad. Nosotros somos los pacientes que ponemos ante Él los síntomas (insatisfacción, ansiedad, incomodidad, descontrol emocional, etc.); la confrontación con la Palabra (Jesús) facilita el diagnóstico, y la medicina (Amor de Dios) que, aceptada y aplicada, conduce a la sanación. Es el poder de Dios el que cura. "Porque en ti, Señor, está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz.(Salmo 35,11)
 
Al saber que Dios actúa la sanación, y al aceptarlo, nos libramos de la soberbia de creer que nuestro yo tiene un poder que no es suyo: el poder de la redención. Quien se erige en Mesías de sí mismo y presume de haber sanado por sus propios méritos, puede incurrir en la esclavitud de una sombra aún mayor; porque la sombra más nefasta es la que se vende con disfraz de luz, la del que se cree todopoderoso, el único mesías de sí mismo; y no tardará mucho en sentirse mesías (imprescindible) para los demás, imponiéndoles su técnica y su dominio.
 
CONCLUSIÓN

¿Mucha teoría? Tal vez. Pero una práctica acertada sólo es posible desde una buena teoría (formación), igual que una buena teoría no sirve para nada sin una práctica que la verifique.

Vayamos a la práctica de la meditación en clave sanadora. Toca ahora serenarte, hacer silencio, vaciarte de todo lo que impide tomar conciencia de tu interioridad, hacerte consciente de que “no estamos huecos por dentro” (Santa Teresa) sino habitado por un médico que a su vez es medicina (Dios)… Luego, recogido en tu interior, pon ante ti alguna de tus heridas, contémplala con mucho cariño, con Jesús, y tal como Jesús la miraría.

Poniendo mucho amor, mucha autocompasión y misericordia, amándote como Dios te ama, estarás en el camino de la sanación.

Adelante, pues, con la tarea de meditar!
 
Casto Acedo.
Enero  2019.
 

Me sanaste con tu bien

En la última meditación en común escuchábamos al final un tema de Marco Barrientos: Me sanaste con tu bien. El trasfondo Bíblico son unos textos que bien nos podrían servir de telón de fondo en nuestras meditaciones de sanación de las propias heridas. Son textos proféticos y del libro de los Salmos que se refieren al Pueblo de Israel, pero que traídos a nuestro presente nos animan a confiar en el amor de Dios como bálsamo medicinal para cada uno de nosotros.
 
Transcribo la letra del tema musical de Marco Barrientos y los mencionados  textos bíblicos que inspiran la composición. Y espero que os sirvan de aliento y luz para la meditación y  la vida.
 
 

 'ME SANASTE CON TU BIEN'

Marco Barrientos

 

… Porque muchos habían dicho:
incurable es tu quebranto
y dolorosa tu enfermedad,
no hay quien juzgue tu causa para sanarte,
no se ha encontrado

un medicamento eficaz para ti.

Pero yo te digo:
aunque todos tus enamorados
te hayan olvidado,
aunque nadie te busque más,
aunque te hayan herido,
mi bálsamo de sanidad te cubre y restaura.

Yo haré venir sanidad sobre ti,
sanaré tus heridas,
porque aunque “desechada” te llamaron,
yo me acordé de ti.

Derramaste tu bálsamo de amor
 sobre mi vida,
me sanaste con tu bien,
y yo cantare con corazón agradecido
porque tu sanaste mi interior.
 
Tú me sanaste y me restauraste.
tomaste mi vida en tus manos de Amor.
Tú me libraste y me rescataste,
porque tu me amaste
hasta lo sumo en la Cruz, T
u sangre me perdonó
y tu amor me sanó;
y hoy me acerco a ti con gratitud,
¡Señor!
 
Clámame y yo te responderé,
y te enseñaré cosas grandes y ocultas
que tú no conoces.
Yo te traeré sanidad y medicina,
te curaré y te revelaré
abundancia de paz y de verdad.
Te libraré de tu cautiverio,
te limpiaré de tu maldad,
Porque he perdonado tu pecado,
porque tú eres mi gozo,
y sobre ti he derramado mi gloria.
Recíbela. Recibe mi bien,
recibe mi sanidad.
  
 
 
DEL PROFETA JEREMÍAS, 30,12-20
 
Esto dice el Señor:
Tu fractura es incurable,
tu herida está infectada;
tu llaga no tiene remedio,
no hay medicina que la cierre.
Tus amantes te han olvidado,
ya no preguntan por ti,
pues te herí como un enemigo,
te di un escarmiento cruel.

 Y todo por tus muchos crímenes,
por la gran cantidad de tus pecados.
¿Por qué gritas por tu herida? T
u llaga es incurable.
Por tantos y tantos crímenes,
por todos tus numerosos pecados
te he tratado de ese modo.

Pero los que te devoran serán devorados,
todos tus enemigos serán desterrados;
tus saqueadores serán saqueados,
los que te despojan serán despojados.

Voy a cerrarte la herida,
voy a curarte las llagas 
—oráculo del Señor—.

 Te llamaban “la Repudiada”,
“Sión, por quien nadie pregunta”.
 Pero esto dice el Señor:
Cambiaré la suerte

de las tiendas de Jacob,
voy a compadecerme de sus moradas;
reconstruirán la ciudad sobre sus ruinas,
su palacio se asentará en su puesto.
de allí saldrán alabanzas
voces con aire de fiesta.
Haré que crezcan y no mengüen,
que sea reconocida su importancia,
que no sean despreciados.
Serán sus hijos como antaño,
su asamblea, estable en mi presencia;
yo castigaré a sus opresores.
* * * *

DEL PROFETA ISAÍAS 62,4-5

 

Ya no te llamarán «Abandonada»,

ni a tu tierra «Devastada»;
a ti te llamarán «Mi predilecta»,
y a tu tierra «Desposada»,
porque el Señor te prefiere a ti,
y tu tierra tendrá un esposo.

Como un joven se desposa

con una doncella,
así te desposan tus constructores.
Como se regocija el marido

con su esposa,
se regocija tu Dios contigo.
 
 
SALMO 33, 18-19

 Cuando uno grita,
el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
 
* * *
¡Sed constantes en la meditación.!
Enero 2018.

Casto Acedo.

viernes, 10 de febrero de 2017

SOBRE LA ORACION DE ADORACIÓN

 Transcribo aquí, como buenamente puedo y Dios me da a entender, unas ideassobre "oración de adoración". Y no olvidéis que sin "ejercicio diario de meditación" todo esto no es sino letra muerta.
 
 
Adorar
 
Siempre tendemos a pensar a Dios “para mí”, Dios útil, práctico, conveniente. Y hay que decir que en un mundo consumista y utilitarista como el nuestro es la forma más habitual de buscar la relación con Dios; la propia del niño (infancia espiritual) que todo lo espera de sus padres; así, Dios es mirado en la primera etapa de la vida espiritual como el que satisface mis necesidades materiales, de paz, de sentido, etc. Y esta manera de pensar a Dios desde la condición de niños dependientes (fe infantil) nos lleva a una oración de petición, en la que nos solemos mover con el esquema del “do ut des” -doy para que me des-, espiritualidad comercial, de intercambio, de negocio. Si me das esto..., te daré tal cosa... En un esquema mental de intercambio e intereses, ¿para qué orar si no voy a sacar nada?

Además de la oración de petición, hay otras formas, como lo es la oración de propiciación, por la cual haces algo agradable a Dios para que sea benevolente contigo (¿No se parte aquí de la idea de un Dios un tanto vengador?); o la oración de acción de gracias, más madura y correcta; dar gracias a Dios por lo que somos y tenemos es ya reconocer que no somos el centro de la historia, y que hemos de vivir agradecidos por la presencia y los dones de otros y del Otro.

Pero, sin duda alguna, el culto más perfecto dirigido a Dios es la oración de adoración, por la cual, lejos de pensar a "Dios para mí" me pienso "yo para Dios".  Adorar es vivir centrados y catapultados hacia  aquel o aquello que se adora. Hay que tener cuidado, porque si erramos en el sujeto al que adorar -o en el objeto, en el caso de no ser una persona- caemos en la idolatría, que consiste en hacer girar nuestra vida de modo absoluto alrededor de personas, instituciones, cosas, ideas, etc. que no son Dios. 



Tampoco podemos desdeñar la idolatría-selfie, o el culto a uno mismo. ¿No tendemos frecuentemente a hacer un dios a nuestra medida, un dios según mis gustos?  Y esta deriva idolátrica es muy común, y por eso la oración de adoración supone primero un ejercicio básico de discernimiento para el contemplativo. ¿En qué Dios creo? ¿No será un ídolo el Dios que imagino ?, ¿Quién o qué cosa es mi Dios?

El buen culto de latría (adoración) es el que pone a Dios en el centro, y al hacerlo así descentra el ego, lo margina, para poner todo en el Otro. Se trata de una manera de oración o meditación que parte de una  atracción que viene de fuera. Es como el enamorado o los padres que dicen que “adoran” a su amada o a su hijo. Esa adoración tiene mucho de misterio, de atracción exterior por parte del ser adorado, y de mirada en parte irresistible hacia lo adorable por parte de quien adora. 

Como hemos dicho, en el culto de adoración el ego pasa a un segundo lugar, y la personalidad se asienta en el Otro. El auténtico yo se descarga así de sufrimientos y apegos. ¿Qué importan las cosas, qué importan las circunstancias que vivo, qué importan incluso mis fallos morales? Dios es. ¡Está ahí! Eso es lo único importante. Y yo, que hasta ahora ponía la esperanza sólo en mí mismo y he experimentado  frecuentemente el fracaso me doy cuenta de que él es lo único importante, imperecedero,  eterno.
 
Adorar me abre las puertas a una nueva dimensión,  a una vida nueva en la que mi “yo interior” se abre y se llena del “Dios que es”, del cual soy imagen (cf Gn 1,27). Vivir el espíritu de adoración me da una visión distinta de las cosas; ya no veo el mundo desde las estrecheces de mi ego, como por un agujero, sino desde las alturas, como el sol que alumbra y ama todo y a todos sin prejuicios. Los ama como Dios, con una mirada limpia como la suya; Dios, “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45).

Y como expansión del recogimiento y la contemplación de Dios,  como explosión del espíritu adorador, brotará espontáneamente en tí la oración de glorificación. Una vez seducido por el Dios Padre de Jesucristo, ya no tendrás miedo ninguno (Dios es amor, y no tienes necesidad de aplacar una ira que no existe en Él), tampoco necesitarás pedir nada (sabes que es Padre y conoce tus necesidades). Sólo desearás glorificarle, expresar con tu “gloria a Dios” todo los bienes que recibes de él y toda la felicidad que te envuelve. La oración más perfecta del adorador la has pronunciado muchas veces con tus labios: “¡Gloria al Padre, al hijo y al Espíritu Santo!”, ahora pásala al corazón y te llenarás de dicha. Repite una y otra vez: ¡Gloria a Dios! Si lo haces así, tu palabra, tu fe y tus buenas obras glorifican a Dios en ti al tiempo que tú mismo eres glorificado en Él (cf 2 Tes 1,11-12). Serás como  Cristo, el Señor, que con la ofrenda de su vida glorificó al Padre y el Padre lo glorificó (cf Jn 12,20-36;13,36).

 Así pues, meditador, cuando aquietes tu cuerpo, tu mente y tu corazón, aparta a un lado tus ídolos (ensueños, creencias, apegos, convicciones...)  y fija tu mirada en Dios como punto de referencia esencial. Adora y confía.  Dios es. Si sientes en tu corazón que eso es lo único importante, sabrás que todo lo que te inquieta es falso, un engaño de tu ego celoso y despechado, que se niega a aceptar que tu amor se vuelque en Otro.


Míralo así. Y cuando entres en meditación aquieta tu cuerpo. tu mente y tu espíritu; procurar trabajar para que el ego, que se empeñará en hacerse presente en incomodidades corporales, pensamientos y emociones  no arruine tu decisión de adorar. En quietud, da paso a tu verdadero yo,  que no es perfecto como pretende el ego,sino que asume con humildad sus imperfecciones.
 
Al meditar -como dice Eloi Lecrerc- "no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que Él es, Él, todo santidad. Dale gracias por Él mismo. ... Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. … Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad”.
 
Casto Acedo. Febrero 2018