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martes, 16 de mayo de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (2. HISTORIA)

Va la segunda entrega de El espíritu contemplativo. En este caso dedicado a la historia. Entiendo por "historia" el transcurrir de la vida humana con la limitación de un espacio y un tiempo concreto. Sin espacio ni tiempo, simplemente no seríamos seres históricos. Si no hubiera aquí y ahora, es decir, espacios geográficos y calendario, no habría historia.

Tal vez el problema de la modernidad es que ha perdido el aquí y ahora, como si quisiera superar la historia, haciendo de la vida una carrera  hacia un mundo idílico donde se superarán  todas las limitaciones propias de la condición humana.

En las sociedades capitalistas es muy común la fe en el progreso indefinido de la humanidad. Siempre avanzando, siempre insatisfechos. ¿Para qué quiero un progreso total si no subo a ese tren y lo disfruto hoy? Pero ¿cómo disfrutarlo si todavía no ha llegado el tren? La trampa de la cultura productivista y competitiva es que te ata a unas utopías que siempre se esperan y nunca llegan, te da a gustar una muestra del pastel que te asegura está a la vuelta de la esquina; pero te oculta que ese pastel no existe. El único pastel que hay lo tienes ante ti y lo puedes gustar a placer: tu vida en este instante. 

Pero, si abres los ojos y te das cuenta de ello, ¿estarán los otros dispuestos a subirse contigo al tren del ahora? ¿serán capaces de aceptar que están equivocados esperando un tren que nunca llega? Para esto hace falta mucha humildad. Y los tiempos modernos andan escasos de ella.
 
 
II. HISTORIA
 
Los hombres siempre hemos querido construir el cielo en la tierra. Y eso requiere tiempo. Edificar la ciudad celeste supone planear, hacer planes de futuro. Y es curioso que nos pasemos la vida planificando: planificamos los estudios, la familia, el trabajo, el desarrollo de la empresa, el crédito, los hijos, el seguro, los ahorros, etc. Todo “para después”, todo para un futuro que siempre es incierto.
 
Adelantados a nuestro tiempo
 
Buscamos la paz, la serenidad, el descanso, la quietud, etc. Pero lo hacemos violentando los ritmos naturales de la vida, nerviosos, con agotadora actividad y en constante estado de inquietud. Todo lo de mañana lo queremos para hoy, y todo lo de hoy lo despreciamos como insuficiente. Las prisas, la aceleración, es el gran descubrimiento y la gran obsesión de los tiempos modernos. ¿No será también su maldición? ¿Por qué esa obsesión de adelantarnos a nuestro tiempo? El Papa Francisco, en su exhortación Laudato si,  habla de una especie de enfermedad del hombre de hoy a la que denomina rapidación: 

"A la continua aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta se une hoy la intensificación de ritmos de vida y de trabajo, en eso que algunos llaman «rapidación». Si bien el cambio es parte de la dinámica de los sistemas complejos, la velocidad que las acciones humanas le imponen hoy contrasta con la natural lentitud de la evolución biológica. (LS 18)
 
Parece como si quisiéramos adelantarnos al armónico ritmo de la evolución. Violentamos para ello la naturaleza. Nos gustaría disfrutar ya del futuro de avances científicos (biología, robótica) que parece llegará inexorablemente. Por eso hay que correr, adelantarse al tiempo, estar a la última, disfrutar de lo novedoso. Unos planteamientos de vida así, focalizados en la "ilusión" del futuro es cosa de "ilusos", nada realistas. La vida contemplativa, que ya hemos situado como presente y presencia, no vive de ilusiones sino de realidades tangibles sólo en la atención al instante.
 
No es contemplativo quien vive roto por dentro, desquiciado, con la mente ambicionando cosas no existentes, sumergido constantemente en la inquietud de un futuro que no logra alcanzar.  Esto sólo genera tensión, y no ayuda a lograr la paz interior. Sin una adecuada presencia y quietud mental difícilmente alcanzará el hombre esa paz. La fijación obsesiva con el mañana descentra a la persona, la acelera y la somete a continua inquietud, enturbia la transparencia, conturba la  serenidad; y este modo de vivir es incompatible con la contemplación.
"Ninguna persona puede madurar en una feliz sobriedad si no está en paz consigo mismo. Parte de una adecuada comprensión de la espiritualidad consiste en ampliar lo que entendemos por paz, que es mucho más que la ausencia de guerra. La paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común, porque, auténticamente vivida, se refleja en un estilo de vida equilibrado unido a una capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida. La naturaleza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia? … Una ecología integral implica dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea, cuya presencia «no debe ser fabricada sino descubierta, desvelada»" (LS 225)
¡Qué hermosas palabras el Papa Francisco! Merece la pena releerlas, pero mucho más escucharlas y hacerlas nuestras: la paz interior de las personas se refleja en un estilo de vida equilibrado, unido a una gran capacidad de admiración. ¿Qué cosa es contemplar sino admirar, mirar con atención? La naturaleza está llenas de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, la distracción permanente y ansiosa o el culto a la apariencia? La vida contemplativa, como si de una inmersión en la creación se tratara, requiere de un estilo de vida ecológico, capaz de contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea, cuya presencia no debe ser fabricada sino descubierta, desvelada. 
 
El contemplativo en la historia
 
El contemplativo detiene el aturrullamiento del tiempo, frena las prisas, acalla los ruidos, se sumerge en el silencio, atento a la “música callada” de la creación. Ahí, en el silencio de los planes y proyectos, el silencio de la mente, se le da a conocer la belleza del mundo, que sólo puede ver realmente con los ojos de la atención callada.
 
Quien vive en contemplación lo hace en el instante “sempiterno” (La expresión es de R. Panikkar); no niega que la historia es la sucesión de hechos en una línea horizontal que viene del ayer y apunta al  mañana, pero es consciente de que la historia sin presente es simple arqueología o  ciencia ficción. Por eso, si el contemplativo se ocupa del ayer o del mañana, lo hace “despreocupadamente”, absorto en el hoy que es lo único existente e importante. Nunca lo acaecido o por suceder perturban lo que ahora es.
 
 
Si eres contemplativo puedes encontrarte un herido en el camino y llegar tarde a la reunión. Tu programa de vida no te robará la gracia de ser samaritano. Sólo con los ojos abiertos al presente, verás lo que ni el sacerdote ni el levita de la parábola evangélica vieron (cf Lc 10,25-37): el dolor actual del hombre. ¿Qué pasó en ellos para que no se movieran a compasión? Las preocupaciones del pasado o los planes del futuro les cegaron. Vieron con los ojos al hombre tirado en el camino, pero esa vista no dio paso a la contemplación desde la interioridad (mirada compasiva, mirada no analítica, sino intuitiva, desde el corazón). Cuando eres contemplativo vives despierto, te paras, miras, compadeces, actúas,… centrado en lo que haces, consciente de que en última instancia no tienes ningún otro lugar al que llegar, ninguna meta que alcanzar en tu vida que no sea la vivencia del ahora.
 
No hay una edad de oro, un día futuro en que alcanzar la compleción de los deseos, una feliz ancianidad con la que culminar la historia personal. Eso son sueños de la mente. Cada día y cada hora son suficientes en sí mismos. “Un discípulo le dijo: déjame ir primero a enterrar a mi Padre. Y Jesús le respondió: deja que los muertos entierren a sus muertos, tú sígueme” (Mt 8,21-22). La obsesión por dejar todo para mañana acaba por matar la única realidad del hoy. Deja, pues, que los que matan el presente planificando grandes mausoleos se dediquen a ello; tú no dejes que los perros que ladran en el camino te distraigan.
 
La contemplación revela la plenitud de lo que ya es, da a conocer el presente del reino. Porque «el reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: "Está aquí" o "Está allí", porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17, 20-21). La única vida es la vida del presente, porque este es el único tiempo que recoge la densidad del existir. En un mundo en “rapidación”, obsesionado por alcanzar el futuro, hemos troceado el tiempo, lo hemos dividido en horas, minutos, segundos. Y lo que es peor: hemos puesto precio al tiempo valorándolo desde categorías productivas. Cuando alguien se sienta a contemplar el mar, o se tumba a tomar el sol, o se retira a meditar, se dice de él: “está perdiendo el tiempo”. Expresiones como “ganar tiempo”, “te daré un poco de tiempo”, “aprovechar el tiempo”, etc. deberían erradicarse de tu lenguaje. Porque el tiempo no es una mercancía, forma parte del hábitat sagrado en el que Dios te da la vida.
 
Me gusta decirme y decir que "el tiempo ha sido ya redimido por Jesucristo". Cuando nos sometemos a la maquinaria de las horas y los días, cuando dejamos que las prisas nos estresen, cuando nos sometemos a la tortura de las horas extras de trabajo poniendo como excusa la necesidad de ganar y ganar más  para gastar y gastar más en cosas superfluas, estamos siendo esclavos del tiempo. Parafraseando el texto de Mc 2,27 ("El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; de modo que el Hijo del hombre es también señor del sábado"), hay que decir con justicia que no se hizo el hombre para el tiempo, sino el tiempo para el hombre; porque el hombre libre vive en el señorío del tiempo, es dueño de su historia presente.  
 
Según Tuavii, en su genial obra Los Papalagis, los occidentales vivimos esclavizados por el tiempo; y al respecto dice algo que nunca debería olvidar un contemplativo: “Debemos liberar al engañado papalagi (hombre moderno) de sus desilusiones y devolverle el tiempo. Cojamos sus pequeñas y redondas máquinas del tiempo, aplastémoslas y digámosle que hay más tiempo entre el amanecer y el ocaso del que un hombre ordinario puede gastar”. 
 
La belleza de la historia está en sumergirme todo yo en el aquí y el ahora, en el lugar y el tiempo presentes (lo único real); vivir la historia es estar conectado con la vida a cada instante. Meditar no es perder el tiempo, tampoco es ganarlo en el sentido de que me procure beneficios económicos; meditar es un estilo de vida, es ser, vivir sin la carga de un pasado que bloquee el existir y sin el agobio de un futuro que lo amedrente y paralice.
 
 
El hombre de hoy siempre tiene prisas por llegar al “paso siguiente”, mientras que el contemplativo se siente completo y realizado en cada paso que da. “Caminante, no hay camino / se hace camino al andar” (A. Machado). Cada paso contiene en sí todo el andar, cada respiración contiene el universo entero, cada momento es único en sí mismo. El ahora contiene todo el pasado, porque ha renacido de él, y también contiene todo el futuro, que se contempla desde el hoy como un sol cuya claridad puede aparecer en cualquier momento por el horizonte.
 
El contemplativo no se realiza huyendo del tiempo, sino integrándolo todo en la dimensión vertical que constantemente se introduce en la línea horizontal del devenir. Carpe diem!, no dejes escapar el momento. ¿Qué es la iluminación sino ese instante en que todo encuentra su sitio, ese momento que contiene el universo entero?
 
Así pues, contemplativo, vive con desahogo cada día, aparca el mañana que solo existe en tu cerebro, no acumules deseos de disfrutar el futuro, no pierdas la paz por lo que sobrevendrá. Te lo dice Jesús: "No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir.  Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su afán" (Mt 6,31-34).
 
Feliz tiempo de vida y contemplación .
 
Casto Acedo.
Diciembre 2018
 

viernes, 5 de mayo de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (1. RELIGION)

Va un escrito con ideas que os pueden ayudar a valorar el espíritu contemplativo como alternativa a nuestra cultura moderna.  Esta es la primera parte de cinco. En esta primera hablamos de "religión" en sentido amplio. El contemplativo no ve en la religión un medio para librarse de penas o ganar gozos; la religión está lejos de los valores de utilidad. Tal vez nunca alcanzamos nada de la religión porque en ella  hacemos las cosas esperando lo que no es.  
 
Espero que  los puntos comentados nos sirvan para discernir nuestro camino, que -digámoslo una y otra vez-, no consiste en conseguir nada sino en disponernos a la gracia y dejar que Dios nos consiga.
 
RELIGIÓN
  
Quien se adentra en el ámbito de la contemplación se ve poco a poco trasladado a una forma nueva de ver la religión.

 
Dios del "aquí"
 
La religión natural y la tradicional se mueven en unos esquemas de “do ut des” (doy para que me des); y no solamente para recibir en esta vida, sino además “rezar y hacer caridad” para librarse del castigo final en el infierno o recibir una recompensa de felicidad eterna en el cielo. Generalmente el religioso tradicional piensa más en el futuro que en el presente. Es esta forma de entender la relación con Dios es la que provoca la crítica marxista de la religión, que es vista como un fastidiarse, someterse, alienarse (alejarse) de esta vida a la espera de una mejor en el más allá. 

Pues bien, cuando en tu vida actúas por una recompensa futura no eres contemplativo. Porque el contemplativo no busca recompensa en el futuro. Para él, la vida en sí misma es su premio: cuando come disfruta de la comida, cuando pasea se sumerge en el paseo, cuando reza disfruta del rezo, cuando duerme del dormir, cuando descansa goza del descanso, etc. Vive en el presente, porque para el contemplativo la vida futura está aquí ahora, la realidad es ya un estado celestial.  

Así explica plásticamente el budismo la no-necesidad de esperar recompensa alguna: -“Maestro, -dijo el discípulo-,te he seguido durante años, y ¿qué he encontrado?. A lo cual responde el maestro: “¿Acaso has perdido alguna cosa?”. Lo mismo hallamos en los evangelios cuando Felipe pregunta a Jesús: “«Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9). No hay que esperar para ver al Padre, no hay una salvación en el futuro, porque el abrazo de Dios, su Presencia, desde la encarnación, está ya aquí. Basta abrir los ojos, Felipe.


Desde el momento en que Dios irrumpe en el espacio y en el tiempo (historia) ya no hay un mundo profano aquí abajo y otro sagrado separado de él y al que hay que llegar. Con Cristo se desvela Dios en el aquí y ahora. El contemplativo no necesita cielo en las alturas, porque lo tiene ante él, toda la creación revela a Dios: "¡Mi amado, las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas, / los ríos sonorosos, / el silbo de los aires amorosos!" (San Juan de la Cruz); la creación toda ha sido redimida y ya podemos gozar del encuentro con el Amado en ellas.

Se trata de "ver", contemplar, abandonando los miedos y los deseos, como quiere expresar este soneto clásico del siglo XVI: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, Señor, muéveme el verte”. Queda bien expresado que ni el deseo del premio ni el temor al castigo son lo más decisivo en la religión, sino la visión de Dios en el presente: “muéveme el verte”.

Muéveme el verte. Dios es el único deseo-motor del contemplativo. Y Dios ha entrado en la historia por Jesucristo. Está aquí, ahora.   Para el contemplativo el futuro del mundo pierde protagonismo, porque la realidad toda es ya ahora.  Vivir atado por el deseo de cualquier cosa que no sea Dios  -aunque solo sea desear no desear- es señal de que no se está en el espíritu de la contemplación. No desear nada, ni esperar nada ni del hoy ni del mañana, sino sólo a Dios, esa es una de las claves de la libertad del místico. Ese no-deseo lo encontramos en la “santa indiferencia” que predica san Ignacio de Loyola en el  principio y fundamento de los Ejercicios Espirituales: “hacernos indiferentes a todas las cosas criadas… de tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás” (EE 23; cf EE 66). ¿Puede haber más libertad?
  
¿No esperar nada?

Meditador, y todos los que queréis ser contemplativos, ¿qué esperáis de vuestros momentos de silencio?, ¿esperáis ser iluminados y premiados con una vida feliz?, ¿esperáis ganar fama de disciplinados y austeros? ¿Esperáis estar orgullosos de vuestros progresos en quietud y silencio? ... ¿qué esperáis? ¡No esperéis nada! Porque el contemplativo no espera nada, simplemente contempla, mira, observa, silencia. No tienes que hacer nada. Dios, si quiere, hará en ti maravillas. Las hará, ciertamente, pero no las busques, porque las maravillas que buscas posiblemente no serán las que te convengan. No medites por temor a perderte en un infierno o por deseos de encontrar no sé que cielo. Simplemente medita. Al final de tu meditación has de ser consciente de que no has hecho nada extraordinario, simplemente cumplir la llamada de Jesús a la oración; solo queda decir con sencillez; "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer" (Lc 17,7).


Claro que, cuando uno afirma que “no hay cielo que esperar” surge la pregunta: ¿Hay entonces un cielo o un infierno que nos esperan? A lo cual podemos decir que sí lo hay, y es doctrina verdadera. Porque el místico acepta las doctrinas establecidas, pero no deposita su fe en ellas. Entiéndase esto bien: las doctrinas son muletas, apoyaturas que, con las debidas limitaciones, recogen la experiencia de una tradición, nos sirven como guía, como mapa para el camino; pero la fe no está en la ruta sino en la meta, es decir, el creyente no pone su confianza en la doctrina sino en la persona de Jesucristo, el único capaz de llenarlo todo y de ser intérprete adecuado de lo cristiano.  

Podemos decir que ponemos una cierta fe en la ruta escrita en el papel, pero la Verdad a la que uno entrega su vida no puede encerrarse en unas fórmulas escritas;  la Verdad solo puede ser percibida por ella misma y cuando ella misma se quiera dar a conocer (cf Mt 11,27). La única Verdad es Jesucristo: “Yo soy la verdad” (Jn 14,6). Cuando la verdad cristiana se desliga de la persona de Jesús y se la reduce a palabras y ritos, se transforma en  ideología e ídolo.
 
Agobios de la religión secular  

Tal vez nuestro entorno no crea en un Dios que premia y castiga, pero hay una versión secular de esta fe: no se cree en un Dios que está arriba, pero sí en una especie de suerte que está detrás de los actos humanos, y que premia o castiga estos actos según su conveniencia o inconveniencia para el progreso social o material. Nuestro mundo se mueve a la espera de un futuro mejor, bien sea
- una recompensa por el trabajo, la cual se concreta en el paraíso socialista (marxismo) o en la abundancia de bienes de consumo (capitalismo),
-o un castigo causado por  la inactividad, como si no cumplir los deberes que reclama el futuro llevara a la corrupción social (marxismo) o  a la ruina económica (capitalismo).
 
Estos son los cielos y los infiernos de la religión secular:
-el cielo del paraíso comunista  o el cuerno de la fortuna inagotable, 
-y  el infierno de la desigualdad social  o la crisis económica total. 

El contemplativo, sin embargo, es impermeable a estos incentivos de premio o castigo, porque ha descubierto en su interior que “bienaventurados” son “los pobres de espíritu” (Mt 5,3), los que nada esperan, los que nada desean. Un místico se limita a estar en la vida sin el agobio de tener que hallar en ella una explicación o una tarea. El contemplativo vive en el mundo de los verdaderos amigos y amantes, capaces de estar largas horas en silencio el uno con el otro sin un por qué o un para qué que rompa el encanto del simple estar.



 
Finalmente, ¿qué decir del Dinero, deidad mayor de la religión secular? Cuando este dios se convierte en el punto de atención principal, cuando el miedo a perderlo o la ansiedad por conseguirlo entra en el corazón humano, cuando se le sirve con el sacrifico de un trabajo desmesurado o una protección obsesiva, la vida contemplativa es engullida por la dispersión de la mente y el corazón, por la fatiga del alma que no encuentra paz en este ídolo.

Ya hemos dicho que la contemplación es propia del pobre que no espera nada. Los evangelios advierten constantemente del peligro de las riquezas, necesarias como medio para organizarnos, pero nefastas cuando son ellas las que nos organizan. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). El contemplativo no fija su mente en el dinero, no se mueve por él, y no  porque lo desprecie, sino porque su vida no depende de él. Desea los bienes m ateriales en tanto en cuanto necesarios para vivir, pero no está atado a ese deseo. "Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes"  (Lc 12,15). Una sociedad que exige dinero para vivir no es contemplativa.  


* * *

Tienes aquí unas pistas para discernir y vivir una religión contemplativa. Se trata, en definitiva, de mantener atenta la  mirada en Dios presente en la creación, de cultivar la fe en Jesucristo, que está más allá de los dogmas de fe y de la moral fijada en los manuales,  de renunciar a  todo premio y perder el miedo al castigo.   No querer nada, no desear nada, estar todo yo en la nada que soy ante Dios.


Buena semana, meditadores.


Casto Acedo.

Mayo 2018

viernes, 28 de abril de 2017

Camino de Emaús, camino de oración.

El  Evangelio de Emaús (Lc  24,13-32 ) es un texto que contiene una gran enseñanza  para la Iglesia, porque le indica los pasos de su tarea evangelizora: se parte de una necesidad de salvación (la situación de desesperanza y decepción de los discípulos), a la que se le da una solución que pasa por una pedagogía: explicación de las Escrituras (les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras), oración (¡Quédate con nosotros, porque atardece!), experiencia sacramental (sentados a la mesa se les abrieron los ojos) y compromiso eclesial (regreso a Jerusalén a anunciar la Buena Nueva de la resurrección).

Como ya hicimos el ejercicio de oración,  de cara a nuestro grupo, os paso una pequeña  reflexión. Ahí va.

El “Jesús histórico”
 
Los discípulos de Emaús, conocieron al “Jesús histórico”, vieron y vivieron con Él su paso  por el mundo, sus milagros, su predicación, e incluso su muerte en cruz como supremo testimonio de fidelidad a su mensaje. Pero la mera contemplación de la existencia de un hombre tan admirable no les proporcionó todo lo necesario para seguirle. Tras su muerte en cruz les pudo el desengaño y la frustración.

El seguimiento del “Jesús exterior” -llamamos así al que conocemos anterior a la resurrección- terminó para los suyos  en la duda y  la incredulidad; no fueron capaces de mantenerse fieles a sus enseñanzas cuando llegó la hora de la prueba.
 
Tal vez sea esa también tu experiencia. Te ha fascinado desde siempre la historia de Jesús: su nacimiento, su vida, su predicación, su modo de afrontar los problemas, su muerte testimonial.  Animado por ese gran ejemplo de vida te decidiste a seguirle. Pero te sentiste fracasado: ¡Tantas ilusiones, tantas esperanzas, tanto tiempo dedicado a este proyecto de vida según Jesús!, y ¡nada! Todo parece terminar; todos los que estaban conmigo se han marchado, todos los que en su momento me acompañaron en el camino, se han ido. Y ahora estoy de vuelta; el dolor del fracaso me lleva a no querer ilusionarme con nada nuevo.
Nadie puede negar la buena voluntad con la que los de Emaús -prototipos del discipulado- se embarcaron en pos de Jesús (“nosotros creíamos que Él sería el libertador”), pero tras la tragedia de la cruz les venció el desánimo; ahora “caminan hacia atrás”, vuelven al lugar de donde partieron.


El Cristo interior.
¿Cómo actúa Dios cuando  nos ve de vuelta? No nos abandona, sino que sigue estando de nuestro lado; es más, nos sale al encuentro sin que lo pidamos: “Jesús se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo”(Lc 24,15-16).


Nunca deja Dios de estar con nosotros, pero en las noches oscuras del sentido y del espíritu, la debilidad y el pecado impiden que tengamos una visión clara de su presencia. Las lágrimas no nos dejan ver el sol. ¿Cómo sacará Dios a los hombres de esta ceguera? La intervención de Jesús resucitado se va dando de forma escalonada; los de Emaús no vivieron una conversión súbita, sino progresiva; hay un proceso por el que va aflorando en ellos la fe pascual. En su recorrido se encuentran con el que podemos llamar "el Cristo interior".


Tengamos claro, para empezar, el hecho de que no llamaron los de Emaús al Resucitado; es Él quien se acerca a ellos, les acompaña, les escucha, se interesa por su estado de ánimo y sus inquietudes. Luego, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura”(Lc 24,27); les enseña a leer desde los designios del Padre los acontecimientos que les preocupan, ayudándoles así a hacer una lectura creyente de la historia que han vivido con Él. Les fue mostrando cómo actúa Dios, cómo se manifiesta en la paradoja de la cruz, cómo hay  que buscarlo en la madeja enredada de nuestros fracasos, depurando los egoísmos que se esconden en el seguimiento. Y ellos escuchan.
 
Pero no bastó la escucha de la Palabra para que vieran con claridad;  la Palabra fue un momento del proceso de vuelta a Dios, con ella el peregrino iluminó la oscuridad de los de Emaús y suscitó en ellos el deseo de Dios, encendió la chispa del Espíritu en sus almas ("¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?")  Y de ese deseo nace la oración  “¡Quédate con nosotros, porque atardece, y el día va de caída!” (Lc 24,29). Con esta breve plegaria los peregrinos, casi a tientas, sin un conocimiento claro de la trascendencia de su petición,  dan un paso decisivo en su acercamiento a Dios; con su oración nacida del deseo abren las puertas de su posada interior para que entre en ella el Peregrino.  Ellos aún no saben que es Jesús, el Cristo, pero intuyen su presencia en ese compañero de camino, y anhelan seguir cerca de quien les está abriendo a la luz.
 
En la intimidad de la posada interior, dispuestos por la oración que expresa su anhelo (¡Quédate!) y ayudados por el gesto de la fracción del pan, los discípulos tienen su particular experiencia mística.  Sentados con Él a la mesa, le reconocen al partir el pan. El gesto les remite a la historia pasada vivida con Él, a toda la esperanza que habían puesto en su persona; revive en ellos su presencia; ¡está vivo! : “Se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista”. Ven con los ojos de su espíritu al “Cristo interior”. ¿Se puede resumir mejor la experiencia de la iluminación? Es ese instante, ese aquí  y ahora en que percibo la Presencia de Dios (“presencia” viene de “presente”), y todo adquiere sentido al saber que siempre ha estado conmigo y sentir ahora  que está íntimamente unido a mí.  La fe ("se les abrieron los ojos") me da la certeza de su presencia.  

La experiencia mística es una experiencia inefable (indescriptible, inexpresable), porque el Misterio, que es Dios, no se deja encerrar en ideas ni en imágenes (“desapareció de su vista”).   Pero entonces, ¿cómo sé que es una presencia real y no subjetiva? ¿Cómo saber que es realmente Jesús quien me ha tocado con su gracia? Respuesta: por los cambios afectivos y efectivos que se producen en mi vida:
 
*por el gozo que deja su paso (prueba afectiva). Me embarga una gran alegría que me hace reconocer el fuego del Espíritu en mí; y digo como los peregrinos; “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?”(Lc 24,32).


*y por el ímpetu apostólico que genera en mi vida (prueba ética o efectiva):  Reacciono como los de Emaús, que “levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén” (v. 34) y fueron a anunciar su gozo a la comunidad: “les contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (v 35).
 


Invitación a orar
 

El "Jesús histórico", el que se nos presenta en los evangelios dedicado a la tarea de expansión del Reino, aquel que admiramos por su sabiduría, su confianza en el Padre y su entrega a la causa del hombre, es el Jesús que vemos y percibimos fuera de nosotros (Cristo exterior); la Iglesia habla de Él en los evangelios y el magisterio;  es importante y necesario conocerlo, aprender su ejemplo de vida y sentirnos llamados a seguirle en sus compromisos religiosos y morales.
Pero no me basta con conocer la vida ejemplar de Jesús e ilusionarme con ella para llevar adelante mi seguimiento.  No basta con decirme: ¡voy a ser justo! No basta con desear el bien y querer practicarlo; somos humanos, débiles, y nos hacen falta otros elementos para llegar a ser  discípulos conscientes. Se requiere ir tomando conciencia del Cristo interior, ir dando paso en mi vida al Jesús pos-pascual (el Cristo de la fe, el resucitado, la gracia de Dios), que desde dentro de mí alimenta mi sensibilidad y alienta mi espíritu para vivir los mismos compromisos de entrega al Padre y a los hermanos que en su vida terrena vivió Jesús .

El texto de Emaús nos da pistas sobre los elementos que favorecen el crecimiento interior que llevará al discípulo a la plenitud de su vida y al compromiso ético adecuado. A esa plenitud no se suele llegar de golpe, lo normal es que sea fruto de un proceso para el que se cuenta con unos medios: la Palabra, la oración, los sacramentos (Eucaristía), la comunidad (Iglesia) y el amor al prójimo (dar la vida por los hermanos, testimoniar la resurrección).
En el grupo de oración contemplativa, sin desdeñar el tiempo que debemos dedicar a conocer el Evangelio, a celebrar sacramentalmente la fe y a vivir el espíritu comunitario, estamos procurando crecer en el espíritu de oración. Se trata de abrir espacios dentro de cada uno para que "el Cristo interior" encuentre su posada. .


* * * * *
Teniendo como trasfondo este texto de Emaús, te invito a entrar en silencio contemplativo, que puedes hacer siguiendo estos pasos;

      -Silénciate unos instantes. Puedes fijarte en tus sentimientos actuales: ¿aburrimiento? ¿decepción?, ¿gozo?... Observa tus sentimientos desde fuera, sin enfados ni juicios...

     -Lee sin prisas el capítulo 24, 13-35 de san Lucas (Aparición a los discípulos de Emaús)

      -Date un baño de 15 minutos de silencio viviendo tu presente. Háblale desde el corazón: ¡Quédate! ¡Quédate conmigo, Señor! (…porque atardece en mi vida, porque tengo miedo a la noche, porque me cerca la oscuridad, porque mi fe es débil,…)

      -Termina con una respiración profunda, haciéndote consciente de la Presencia (presente) de Cristo que entra en tu interior al inspirar y se queda dentro cuando espiras arrojando fuera los impedimentos que no le dejan estar. Cristo está siempre ahí, en tu interior, contigo, aunque tus ojos no sean capaces de reconocerlo (cf Lc 24,14).
 

Buena Pascua a todos
Casto Acedo. Abril 2018

domingo, 23 de abril de 2017

Sobre la oración

En Julio del año 2013 incluí en el blog En tu nombre, de la Parroquia de san Antonio, este artículo sobre la oración, que ahora os paso aquí. Es una reflexión sencilla. Quizá digas: ¡es más de lo mismo! Y tendrás razón. Sobre la oración no se puede decir mucho, porque, como aquí se dice, la oración no es un libro que se estudia sino un camino que se anda. Para esto, para animaros a seguir el camino, os incluyo este comentario en el blog. ¡Ánimo y no desfallezcamos en la perseverancia e insistencia!  
 
 
Un tema central para el hombre religioso: la vida de oración. Cualquier persona que se considere religiosa, sea ésta cristiana o de cualquier otra religión, sabe de la necesidad de orar. La experiencia de oración es esencial a la religión. Precisamente la palabra “religión”,  etimológicamente, viene de re-ligación, relación (con lo sobrenatural). Y si la oración es la puesta en acto de esa relación, hemos de afirmar que sin oración no hay religión.

Podemos incluso aventurar que la falta de vida de oración es síntoma evidente de crisis religiosa: como ocurre con la relación humana, sin relación con el Misterio poco a poco se enfría la fe, la esperanza y el amor que sustentan la vida religiosa, y lo único que nos queda es una estructura ideológica de inspiración cristiana en nuestro caso, una teoría sin encarnación, algo así como un cadáver, un cuerpo visible, tal vez hermosamente maquillado, pero sin espíritu que lo aliente.

Recuperar la oración tanto comunitaria como personal es  prioritario en nuestra Iglesia, sobre todo cuando hemos asistido en los últimos tiempos a la elevación de la vida activa a la categoría de casi absoluto, relegando a un segundo plano la vida contemplativa. Se impone corregir este desequilibrio; a ello invita el evangelio de Jesús  en casa de Marta y María, cuando afirma que ésta "ha escogido lo mejor"  (Lc 10,38-42).

Una fuerte actividad misionera, o un exigente compromiso social desligados de una actividad orante corre el peligro de degenerar en interesado compromiso político o en estrés gratuito. Sin vida contemplativa, sin descanso oyente a los pies del Maestro, es grande el riesgo de perder el norte de la propia vida y de la verdadera vocación cristiana. Sin embargo, una vida cristiana edificada sobre una correcta oración  culmina  en un buen obrar evangélico. Ya se sabe, si edifico mi casa sobre la arena de un activismo alocado, se hundirá; pero si lo hago sobre una sólida mística, se mantendrá erguida y podrá servir de refugio para mí y para los que están a mi lado pidiendo ayuda (cf Mt 7,24-27).
 
Ponerse a orar

En el texto de Lucas donde Jesús, a petición de los discípulos les enseña el padrenuestro (11,1-13) se dan unas pistas básicas para  la vida de oración. Y lo primero es ponerse a orar. La oración no es un libro que se estudia sino un camino que se anda. Como la amistad y el amor. No se trata de recibir clases magistrales sino de vivir experiencias fundamentales. Antes de dar lecciones sobre la oración, a Jesús lo encontramos orando: “Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar” (Lc 11,1).

Jesús oraba, los discípulos lo veían, y se daban cuenta de que la profundidad de su vida y de sus palabras tenía su fuente en la relación que mantenía con el Padre y el Espíritu (comunión trinitaria). En más de una ocasión sus contemporáneos se asombraron de la fuerza de sus palabras (Lc 4,32 y par.), de la autoridad con que exponía sus enseñanzas; Jesús ora antes de realizar algunos de sus milagros; así lo vemos invocando al Padre antes de resucitar a su amigo Lázaro  (Jn 11,41-43).  Sus seguidores le oían hablar del Padre con tal naturalidad y fe que debieron notar que su confianza y su poder tenían relación directa con esa relación personal tan especial con el Padre en la oración.



Admirados por ello dijeron: “¡Señor, enséñanos a orar!” (Lc 11,1). Para nosotros también este es el primer paso: pedirle a Dios un espíritu orante, y recurrir a quien nos puede enseñar a orar. ¿Quiénes acuden alguna vez a un sacerdote, o a un hombre de oración y le ha hecho la misma propuesta? ¿Quiénes se han preguntado alguna vez cómo aprender a orar? ¿Quiénes han leído algún tratado de oración de los muchos que hay? Sinceramente, pocos. Porque la oración no es considerada por la mayoría como algo esencial, sino secundario.
 
Orar con perseverancia.
 
Además de ponernos manos a la obra, en esto de la oración hay que ser perseverantes. Son muchos los que inician el camino de la oración, pero también son muchos los que abandonan el camino iniciado. Hoy más que antes. Nuestros tiempos posmodernos se caracterizan precisamente por el relativismo y la inconstancia en las decisiones. ¡Cómo echamos de menos la “determinada determinación” de santa Teresa!

Una decisión fuerte de la voluntad es necesaria para no abandonar el camino emprendido; porque llega el cansancio; porque no se encuentra el ambiente adecuado. En casa es imposible con el ajetreo de los hijos y las labores del hogar. En la Iglesia... ¡qué pena que tengamos los templos cerrados casi todo el día! Deberíamos tomar ejemplo de tantas y tantas iglesias que en latinoamérica permanecen abiertas todo el día con exposición del Santísimo. ¡Qué pocos cristianos aprovechan unos minutos antes de la misa, o después, para entrar un poco en sintonía espiritual! ¡Qué lástima que cuando uno intenta hacer un poco de oración antes de la misa, o después, solo halle el obstáculo del murmullo, el ruido, la falta de respeto para aquel que quiere aprovechar unos momentos para sintonizar con Dios! El nivel de fe de una Iglesia no se mide por la cantidad: ¡cuánta gente asiste a misa!; se mide mejor por la calidad: ¡Qué silencio, qué participación, qué ambiente de respeto y de paz se respira en este lugar!

Orar con insistencia

Cuando reces, sé también insistente: si insistes serás escuchado. La constante insistencia es importante en la vida de oración.
*Una de las causas de la crisis de oración es la sordera espiritual: querer nadar y guardar la ropa, pedirle a Dios que hable y mantener los oídos cerrados a la voz de Dios porque no interesa lo que Dios dice; y así no hay manera de orar; falta uno de los interlocutores: el hombre.
*Otras veces es Dios el que calla; es el misterioso silencio de Dios. Nos desanima tanto silencio, y se nos antoja un obstáculo insalvable para seguir manteniendo nuestra relación con Él. Sin embargo, hay que decir que Dios no es sordo a nuestras llamadas; tal vez nos pone a prueba, o quiere que maduremos en la soledad más dolorosa. En tales situaciones Jesús invita a  insistir hasta ser atendido.


Una llamada a la perseverancia e insistencia es la parábola del amigo inoportuno: “Si el otro insiste... el amigo se levantará y le dará cuanto necesite» (cf. Lc 11,5-8). El mismo mensaje nos da el texto del Génesis 18,20-32: ¡Qué hermoso texto ese regateo entre Abrahán y Dios al más puro estilo oriental! ¡Cómo insiste Abrahán y cómo Dios va cediendo!, o mejor, cómo Abrahán va poco a poco descubriendo la infinita piedad y misericordia de Dios.

Aunque la fe de Abrahán no llegó al límite. En su regateo con Dios se quedó en diez: “Que no se enfade mi Señor si sigo hablando; si se encuentran en la ciudad diez inocentes ¿perdonarás a la ciudad en honor a ellos?"; hizo mal en cortar ahí su regateo, porque Sodoma fue destruida. Dios hubiera perdonado a Sodoma por un justo, como dirán luego los profetas: “Recorred las calles de Jerusalén, mirad bien y enteraos, buscad por sus plazas, a ver si topáis con alguno que practique la justicia, que busque la verdad, y yo la perdonaría” (Jr 5,1; cf Ez 22,30). Ante la justicia de uno solo Dios perdona a todos; una profecía que nos conduce a Cristo: por uno solo hemos sido justificados (cf Rm 5,12-20). En su pasión Cristo se muestra perseverante e insistente -cf Canto del Siervo de Is 53-; su vida toda es ejemplo de perseverante oración al Padre por nosotros.

Encuentro con un amigo

Es importante también no acudir a la oración como quien acude a cubrir un expediente sino como quien va al encuentro con un amigo. Nos han predicado sobre la necesidad y eficacia de la oración; repetimos fórmulas aprendidas, sobre todo de oraciones de penitencia y petición, pero nadie nos ha hablado de Dios, de su amor, de su interés por cada uno de nosotros, de la posibilidad de ser su amigo. Nuestra oración se parece más a un trámite burocrático que a un momento de relajación y descanso con alguien que nos aprecia y al que apreciamos. ¡Hay que solucionar esto!

Si tu forma de entender la oración es la de un intercambio de favores entre Dios y tú (¡Dios te libre de la soberbia que implica creer que puedes hacerle algún favor al mismo Dios!), tu oración será triste, deprimente y agotadora. Pero si lo que buscas es a Dios, y sólo a Dios (¡hágase tu voluntad y no la mía!), habrás dado un paso importante, porque tu relación de enamorado te dará muchas gratificaciones; y la principal será la de saberte querido inmerecidamente como descubrió el hijo pródigo cuando recapacitando, es decir, orando, se acordó de su padre (cf Lc 15,17-19). 

“Cuando oréis, decid: Padre…” (Lc 11,2). Párate, relaja tu cuerpo y tu mente, eleva tu espíritu a lo alto y dí: ¡PADRE! Esta palabra, dicha con los labios del corazón y la fe, encierra todo el misterio de la oración. Ser orante es reconocerte y sentirte hijo; es mostrar respeto a Dios, que no temor; es afirmar tu dependencia total, porque del Padre te viene la vida, por el Padre te insertas en una familia; de Él te viene la propia identidad, y la tradición donde mejor insertar tus quehaceres; el consejo y protección del Padre te proporcionan la certeza de ir por un camino seguro: “¿Qué Padre, entre vosotros, cuando un hijo le pide pan le dará una piedra?” (Lc 11,11). 
 

Tal vez en algún periodo de tu vida ya sentiste la realidad de una oración correspondida por Dios. Recuerda aquellos momentos en los que experimentaste cómo tu oración fue escuchada. ¡Cómo viviste entonces la seguridad de su presencia! ¡Cómo saboreaste la paz interior! “¡Cuándo te invoqué, Señor, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma!” (Sal 137,3).

No desaproveches la oportunidad de adentrarte cada día en el mundo de la oración. Porque en ella, en la relación y "trato de amistad con quien sabemos que nos ama" -así la define santa Teresa-, encontrarás tu descanso. En la oración repones fuerzas para el camino de cada día. Nuestra vida, dice también la santa de Ávila, es un huerto que Dios riega en la oración. Si se ha asentado la sequedad en tu vida, si notas que da pocos frutos, y éstos de baja calidad, acude al Agua-Cristo para que riegue tu tierra en sequía y te devuelva el frescor y la gracia de las buenas obras. La oración es el medio que Dios te da para acercar a ti el Agua de la vida.

Casto Acedo Gómez. 2018