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viernes, 28 de abril de 2017

Camino de Emaús, camino de oración.

El  Evangelio de Emaús (Lc  24,13-32 ) es un texto que contiene una gran enseñanza  para la Iglesia, porque le indica los pasos de su tarea evangelizora: se parte de una necesidad de salvación (la situación de desesperanza y decepción de los discípulos), a la que se le da una solución que pasa por una pedagogía: explicación de las Escrituras (les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras), oración (¡Quédate con nosotros, porque atardece!), experiencia sacramental (sentados a la mesa se les abrieron los ojos) y compromiso eclesial (regreso a Jerusalén a anunciar la Buena Nueva de la resurrección).

Como ya hicimos el ejercicio de oración,  de cara a nuestro grupo, os paso una pequeña  reflexión. Ahí va.

El “Jesús histórico”
 
Los discípulos de Emaús, conocieron al “Jesús histórico”, vieron y vivieron con Él su paso  por el mundo, sus milagros, su predicación, e incluso su muerte en cruz como supremo testimonio de fidelidad a su mensaje. Pero la mera contemplación de la existencia de un hombre tan admirable no les proporcionó todo lo necesario para seguirle. Tras su muerte en cruz les pudo el desengaño y la frustración.

El seguimiento del “Jesús exterior” -llamamos así al que conocemos anterior a la resurrección- terminó para los suyos  en la duda y  la incredulidad; no fueron capaces de mantenerse fieles a sus enseñanzas cuando llegó la hora de la prueba.
 
Tal vez sea esa también tu experiencia. Te ha fascinado desde siempre la historia de Jesús: su nacimiento, su vida, su predicación, su modo de afrontar los problemas, su muerte testimonial.  Animado por ese gran ejemplo de vida te decidiste a seguirle. Pero te sentiste fracasado: ¡Tantas ilusiones, tantas esperanzas, tanto tiempo dedicado a este proyecto de vida según Jesús!, y ¡nada! Todo parece terminar; todos los que estaban conmigo se han marchado, todos los que en su momento me acompañaron en el camino, se han ido. Y ahora estoy de vuelta; el dolor del fracaso me lleva a no querer ilusionarme con nada nuevo.
Nadie puede negar la buena voluntad con la que los de Emaús -prototipos del discipulado- se embarcaron en pos de Jesús (“nosotros creíamos que Él sería el libertador”), pero tras la tragedia de la cruz les venció el desánimo; ahora “caminan hacia atrás”, vuelven al lugar de donde partieron.


El Cristo interior.
¿Cómo actúa Dios cuando  nos ve de vuelta? No nos abandona, sino que sigue estando de nuestro lado; es más, nos sale al encuentro sin que lo pidamos: “Jesús se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo”(Lc 24,15-16).


Nunca deja Dios de estar con nosotros, pero en las noches oscuras del sentido y del espíritu, la debilidad y el pecado impiden que tengamos una visión clara de su presencia. Las lágrimas no nos dejan ver el sol. ¿Cómo sacará Dios a los hombres de esta ceguera? La intervención de Jesús resucitado se va dando de forma escalonada; los de Emaús no vivieron una conversión súbita, sino progresiva; hay un proceso por el que va aflorando en ellos la fe pascual. En su recorrido se encuentran con el que podemos llamar "el Cristo interior".


Tengamos claro, para empezar, el hecho de que no llamaron los de Emaús al Resucitado; es Él quien se acerca a ellos, les acompaña, les escucha, se interesa por su estado de ánimo y sus inquietudes. Luego, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura”(Lc 24,27); les enseña a leer desde los designios del Padre los acontecimientos que les preocupan, ayudándoles así a hacer una lectura creyente de la historia que han vivido con Él. Les fue mostrando cómo actúa Dios, cómo se manifiesta en la paradoja de la cruz, cómo hay  que buscarlo en la madeja enredada de nuestros fracasos, depurando los egoísmos que se esconden en el seguimiento. Y ellos escuchan.
 
Pero no bastó la escucha de la Palabra para que vieran con claridad;  la Palabra fue un momento del proceso de vuelta a Dios, con ella el peregrino iluminó la oscuridad de los de Emaús y suscitó en ellos el deseo de Dios, encendió la chispa del Espíritu en sus almas ("¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?")  Y de ese deseo nace la oración  “¡Quédate con nosotros, porque atardece, y el día va de caída!” (Lc 24,29). Con esta breve plegaria los peregrinos, casi a tientas, sin un conocimiento claro de la trascendencia de su petición,  dan un paso decisivo en su acercamiento a Dios; con su oración nacida del deseo abren las puertas de su posada interior para que entre en ella el Peregrino.  Ellos aún no saben que es Jesús, el Cristo, pero intuyen su presencia en ese compañero de camino, y anhelan seguir cerca de quien les está abriendo a la luz.
 
En la intimidad de la posada interior, dispuestos por la oración que expresa su anhelo (¡Quédate!) y ayudados por el gesto de la fracción del pan, los discípulos tienen su particular experiencia mística.  Sentados con Él a la mesa, le reconocen al partir el pan. El gesto les remite a la historia pasada vivida con Él, a toda la esperanza que habían puesto en su persona; revive en ellos su presencia; ¡está vivo! : “Se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista”. Ven con los ojos de su espíritu al “Cristo interior”. ¿Se puede resumir mejor la experiencia de la iluminación? Es ese instante, ese aquí  y ahora en que percibo la Presencia de Dios (“presencia” viene de “presente”), y todo adquiere sentido al saber que siempre ha estado conmigo y sentir ahora  que está íntimamente unido a mí.  La fe ("se les abrieron los ojos") me da la certeza de su presencia.  

La experiencia mística es una experiencia inefable (indescriptible, inexpresable), porque el Misterio, que es Dios, no se deja encerrar en ideas ni en imágenes (“desapareció de su vista”).   Pero entonces, ¿cómo sé que es una presencia real y no subjetiva? ¿Cómo saber que es realmente Jesús quien me ha tocado con su gracia? Respuesta: por los cambios afectivos y efectivos que se producen en mi vida:
 
*por el gozo que deja su paso (prueba afectiva). Me embarga una gran alegría que me hace reconocer el fuego del Espíritu en mí; y digo como los peregrinos; “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?”(Lc 24,32).


*y por el ímpetu apostólico que genera en mi vida (prueba ética o efectiva):  Reacciono como los de Emaús, que “levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén” (v. 34) y fueron a anunciar su gozo a la comunidad: “les contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (v 35).
 


Invitación a orar
 

El "Jesús histórico", el que se nos presenta en los evangelios dedicado a la tarea de expansión del Reino, aquel que admiramos por su sabiduría, su confianza en el Padre y su entrega a la causa del hombre, es el Jesús que vemos y percibimos fuera de nosotros (Cristo exterior); la Iglesia habla de Él en los evangelios y el magisterio;  es importante y necesario conocerlo, aprender su ejemplo de vida y sentirnos llamados a seguirle en sus compromisos religiosos y morales.
Pero no me basta con conocer la vida ejemplar de Jesús e ilusionarme con ella para llevar adelante mi seguimiento.  No basta con decirme: ¡voy a ser justo! No basta con desear el bien y querer practicarlo; somos humanos, débiles, y nos hacen falta otros elementos para llegar a ser  discípulos conscientes. Se requiere ir tomando conciencia del Cristo interior, ir dando paso en mi vida al Jesús pos-pascual (el Cristo de la fe, el resucitado, la gracia de Dios), que desde dentro de mí alimenta mi sensibilidad y alienta mi espíritu para vivir los mismos compromisos de entrega al Padre y a los hermanos que en su vida terrena vivió Jesús .

El texto de Emaús nos da pistas sobre los elementos que favorecen el crecimiento interior que llevará al discípulo a la plenitud de su vida y al compromiso ético adecuado. A esa plenitud no se suele llegar de golpe, lo normal es que sea fruto de un proceso para el que se cuenta con unos medios: la Palabra, la oración, los sacramentos (Eucaristía), la comunidad (Iglesia) y el amor al prójimo (dar la vida por los hermanos, testimoniar la resurrección).
En el grupo de oración contemplativa, sin desdeñar el tiempo que debemos dedicar a conocer el Evangelio, a celebrar sacramentalmente la fe y a vivir el espíritu comunitario, estamos procurando crecer en el espíritu de oración. Se trata de abrir espacios dentro de cada uno para que "el Cristo interior" encuentre su posada. .


* * * * *
Teniendo como trasfondo este texto de Emaús, te invito a entrar en silencio contemplativo, que puedes hacer siguiendo estos pasos;

      -Silénciate unos instantes. Puedes fijarte en tus sentimientos actuales: ¿aburrimiento? ¿decepción?, ¿gozo?... Observa tus sentimientos desde fuera, sin enfados ni juicios...

     -Lee sin prisas el capítulo 24, 13-35 de san Lucas (Aparición a los discípulos de Emaús)

      -Date un baño de 15 minutos de silencio viviendo tu presente. Háblale desde el corazón: ¡Quédate! ¡Quédate conmigo, Señor! (…porque atardece en mi vida, porque tengo miedo a la noche, porque me cerca la oscuridad, porque mi fe es débil,…)

      -Termina con una respiración profunda, haciéndote consciente de la Presencia (presente) de Cristo que entra en tu interior al inspirar y se queda dentro cuando espiras arrojando fuera los impedimentos que no le dejan estar. Cristo está siempre ahí, en tu interior, contigo, aunque tus ojos no sean capaces de reconocerlo (cf Lc 24,14).
 

Buena Pascua a todos
Casto Acedo. Abril 2018

domingo, 23 de abril de 2017

Sobre la oración

En Julio del año 2013 incluí en el blog En tu nombre, de la Parroquia de san Antonio, este artículo sobre la oración, que ahora os paso aquí. Es una reflexión sencilla. Quizá digas: ¡es más de lo mismo! Y tendrás razón. Sobre la oración no se puede decir mucho, porque, como aquí se dice, la oración no es un libro que se estudia sino un camino que se anda. Para esto, para animaros a seguir el camino, os incluyo este comentario en el blog. ¡Ánimo y no desfallezcamos en la perseverancia e insistencia!  
 
 
Un tema central para el hombre religioso: la vida de oración. Cualquier persona que se considere religiosa, sea ésta cristiana o de cualquier otra religión, sabe de la necesidad de orar. La experiencia de oración es esencial a la religión. Precisamente la palabra “religión”,  etimológicamente, viene de re-ligación, relación (con lo sobrenatural). Y si la oración es la puesta en acto de esa relación, hemos de afirmar que sin oración no hay religión.

Podemos incluso aventurar que la falta de vida de oración es síntoma evidente de crisis religiosa: como ocurre con la relación humana, sin relación con el Misterio poco a poco se enfría la fe, la esperanza y el amor que sustentan la vida religiosa, y lo único que nos queda es una estructura ideológica de inspiración cristiana en nuestro caso, una teoría sin encarnación, algo así como un cadáver, un cuerpo visible, tal vez hermosamente maquillado, pero sin espíritu que lo aliente.

Recuperar la oración tanto comunitaria como personal es  prioritario en nuestra Iglesia, sobre todo cuando hemos asistido en los últimos tiempos a la elevación de la vida activa a la categoría de casi absoluto, relegando a un segundo plano la vida contemplativa. Se impone corregir este desequilibrio; a ello invita el evangelio de Jesús  en casa de Marta y María, cuando afirma que ésta "ha escogido lo mejor"  (Lc 10,38-42).

Una fuerte actividad misionera, o un exigente compromiso social desligados de una actividad orante corre el peligro de degenerar en interesado compromiso político o en estrés gratuito. Sin vida contemplativa, sin descanso oyente a los pies del Maestro, es grande el riesgo de perder el norte de la propia vida y de la verdadera vocación cristiana. Sin embargo, una vida cristiana edificada sobre una correcta oración  culmina  en un buen obrar evangélico. Ya se sabe, si edifico mi casa sobre la arena de un activismo alocado, se hundirá; pero si lo hago sobre una sólida mística, se mantendrá erguida y podrá servir de refugio para mí y para los que están a mi lado pidiendo ayuda (cf Mt 7,24-27).
 
Ponerse a orar

En el texto de Lucas donde Jesús, a petición de los discípulos les enseña el padrenuestro (11,1-13) se dan unas pistas básicas para  la vida de oración. Y lo primero es ponerse a orar. La oración no es un libro que se estudia sino un camino que se anda. Como la amistad y el amor. No se trata de recibir clases magistrales sino de vivir experiencias fundamentales. Antes de dar lecciones sobre la oración, a Jesús lo encontramos orando: “Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar” (Lc 11,1).

Jesús oraba, los discípulos lo veían, y se daban cuenta de que la profundidad de su vida y de sus palabras tenía su fuente en la relación que mantenía con el Padre y el Espíritu (comunión trinitaria). En más de una ocasión sus contemporáneos se asombraron de la fuerza de sus palabras (Lc 4,32 y par.), de la autoridad con que exponía sus enseñanzas; Jesús ora antes de realizar algunos de sus milagros; así lo vemos invocando al Padre antes de resucitar a su amigo Lázaro  (Jn 11,41-43).  Sus seguidores le oían hablar del Padre con tal naturalidad y fe que debieron notar que su confianza y su poder tenían relación directa con esa relación personal tan especial con el Padre en la oración.



Admirados por ello dijeron: “¡Señor, enséñanos a orar!” (Lc 11,1). Para nosotros también este es el primer paso: pedirle a Dios un espíritu orante, y recurrir a quien nos puede enseñar a orar. ¿Quiénes acuden alguna vez a un sacerdote, o a un hombre de oración y le ha hecho la misma propuesta? ¿Quiénes se han preguntado alguna vez cómo aprender a orar? ¿Quiénes han leído algún tratado de oración de los muchos que hay? Sinceramente, pocos. Porque la oración no es considerada por la mayoría como algo esencial, sino secundario.
 
Orar con perseverancia.
 
Además de ponernos manos a la obra, en esto de la oración hay que ser perseverantes. Son muchos los que inician el camino de la oración, pero también son muchos los que abandonan el camino iniciado. Hoy más que antes. Nuestros tiempos posmodernos se caracterizan precisamente por el relativismo y la inconstancia en las decisiones. ¡Cómo echamos de menos la “determinada determinación” de santa Teresa!

Una decisión fuerte de la voluntad es necesaria para no abandonar el camino emprendido; porque llega el cansancio; porque no se encuentra el ambiente adecuado. En casa es imposible con el ajetreo de los hijos y las labores del hogar. En la Iglesia... ¡qué pena que tengamos los templos cerrados casi todo el día! Deberíamos tomar ejemplo de tantas y tantas iglesias que en latinoamérica permanecen abiertas todo el día con exposición del Santísimo. ¡Qué pocos cristianos aprovechan unos minutos antes de la misa, o después, para entrar un poco en sintonía espiritual! ¡Qué lástima que cuando uno intenta hacer un poco de oración antes de la misa, o después, solo halle el obstáculo del murmullo, el ruido, la falta de respeto para aquel que quiere aprovechar unos momentos para sintonizar con Dios! El nivel de fe de una Iglesia no se mide por la cantidad: ¡cuánta gente asiste a misa!; se mide mejor por la calidad: ¡Qué silencio, qué participación, qué ambiente de respeto y de paz se respira en este lugar!

Orar con insistencia

Cuando reces, sé también insistente: si insistes serás escuchado. La constante insistencia es importante en la vida de oración.
*Una de las causas de la crisis de oración es la sordera espiritual: querer nadar y guardar la ropa, pedirle a Dios que hable y mantener los oídos cerrados a la voz de Dios porque no interesa lo que Dios dice; y así no hay manera de orar; falta uno de los interlocutores: el hombre.
*Otras veces es Dios el que calla; es el misterioso silencio de Dios. Nos desanima tanto silencio, y se nos antoja un obstáculo insalvable para seguir manteniendo nuestra relación con Él. Sin embargo, hay que decir que Dios no es sordo a nuestras llamadas; tal vez nos pone a prueba, o quiere que maduremos en la soledad más dolorosa. En tales situaciones Jesús invita a  insistir hasta ser atendido.


Una llamada a la perseverancia e insistencia es la parábola del amigo inoportuno: “Si el otro insiste... el amigo se levantará y le dará cuanto necesite» (cf. Lc 11,5-8). El mismo mensaje nos da el texto del Génesis 18,20-32: ¡Qué hermoso texto ese regateo entre Abrahán y Dios al más puro estilo oriental! ¡Cómo insiste Abrahán y cómo Dios va cediendo!, o mejor, cómo Abrahán va poco a poco descubriendo la infinita piedad y misericordia de Dios.

Aunque la fe de Abrahán no llegó al límite. En su regateo con Dios se quedó en diez: “Que no se enfade mi Señor si sigo hablando; si se encuentran en la ciudad diez inocentes ¿perdonarás a la ciudad en honor a ellos?"; hizo mal en cortar ahí su regateo, porque Sodoma fue destruida. Dios hubiera perdonado a Sodoma por un justo, como dirán luego los profetas: “Recorred las calles de Jerusalén, mirad bien y enteraos, buscad por sus plazas, a ver si topáis con alguno que practique la justicia, que busque la verdad, y yo la perdonaría” (Jr 5,1; cf Ez 22,30). Ante la justicia de uno solo Dios perdona a todos; una profecía que nos conduce a Cristo: por uno solo hemos sido justificados (cf Rm 5,12-20). En su pasión Cristo se muestra perseverante e insistente -cf Canto del Siervo de Is 53-; su vida toda es ejemplo de perseverante oración al Padre por nosotros.

Encuentro con un amigo

Es importante también no acudir a la oración como quien acude a cubrir un expediente sino como quien va al encuentro con un amigo. Nos han predicado sobre la necesidad y eficacia de la oración; repetimos fórmulas aprendidas, sobre todo de oraciones de penitencia y petición, pero nadie nos ha hablado de Dios, de su amor, de su interés por cada uno de nosotros, de la posibilidad de ser su amigo. Nuestra oración se parece más a un trámite burocrático que a un momento de relajación y descanso con alguien que nos aprecia y al que apreciamos. ¡Hay que solucionar esto!

Si tu forma de entender la oración es la de un intercambio de favores entre Dios y tú (¡Dios te libre de la soberbia que implica creer que puedes hacerle algún favor al mismo Dios!), tu oración será triste, deprimente y agotadora. Pero si lo que buscas es a Dios, y sólo a Dios (¡hágase tu voluntad y no la mía!), habrás dado un paso importante, porque tu relación de enamorado te dará muchas gratificaciones; y la principal será la de saberte querido inmerecidamente como descubrió el hijo pródigo cuando recapacitando, es decir, orando, se acordó de su padre (cf Lc 15,17-19). 

“Cuando oréis, decid: Padre…” (Lc 11,2). Párate, relaja tu cuerpo y tu mente, eleva tu espíritu a lo alto y dí: ¡PADRE! Esta palabra, dicha con los labios del corazón y la fe, encierra todo el misterio de la oración. Ser orante es reconocerte y sentirte hijo; es mostrar respeto a Dios, que no temor; es afirmar tu dependencia total, porque del Padre te viene la vida, por el Padre te insertas en una familia; de Él te viene la propia identidad, y la tradición donde mejor insertar tus quehaceres; el consejo y protección del Padre te proporcionan la certeza de ir por un camino seguro: “¿Qué Padre, entre vosotros, cuando un hijo le pide pan le dará una piedra?” (Lc 11,11). 
 

Tal vez en algún periodo de tu vida ya sentiste la realidad de una oración correspondida por Dios. Recuerda aquellos momentos en los que experimentaste cómo tu oración fue escuchada. ¡Cómo viviste entonces la seguridad de su presencia! ¡Cómo saboreaste la paz interior! “¡Cuándo te invoqué, Señor, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma!” (Sal 137,3).

No desaproveches la oportunidad de adentrarte cada día en el mundo de la oración. Porque en ella, en la relación y "trato de amistad con quien sabemos que nos ama" -así la define santa Teresa-, encontrarás tu descanso. En la oración repones fuerzas para el camino de cada día. Nuestra vida, dice también la santa de Ávila, es un huerto que Dios riega en la oración. Si se ha asentado la sequedad en tu vida, si notas que da pocos frutos, y éstos de baja calidad, acude al Agua-Cristo para que riegue tu tierra en sequía y te devuelva el frescor y la gracia de las buenas obras. La oración es el medio que Dios te da para acercar a ti el Agua de la vida.

Casto Acedo Gómez. 2018 
 

jueves, 13 de abril de 2017

Homilía sobre el sábado Santo (Texto para orar)

Este texto es  el que contiene la oración en audio que os mando por wasap.
¡Buena meditación pascual!

De una antigua Homilía
sobre el santo y grandioso Sábado
 

El descenso del Señor al abismo 
   
¿Qué es lo que hoy sucede?  Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad.  Un gran silencio, porque el Rey duerme.  La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo.  Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.
 
Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida.  Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.  Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.
 
El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos.  Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos:  «Mi Señor esté con todos.»  Y Cristo, respondiendo, dice a Adán:  «Y con tu espíritu.»  Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole:  «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»
 
Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados:  “Salid”, y a los que se encuentran en las tinieblas:  "iluminaos”, y a los que duermen:  “Levantaos.”
 
A ti te mando:  Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos.  Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza.  Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.
 
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.
 
Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte el peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.
 
Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva.  Mi costado ha curado el dolor del tuyo.  Mi sueño te saca del sueño del abismo.  Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.
 
Levántate, salgamos de aquí.  El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste.  Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti.  Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.
 
El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.
 
Contemplare. Abril 2017.

 

lunes, 10 de abril de 2017

AMAR A DIOS (Amor de Dios)


 
¿COMPADECER A DIOS?

Completando la trilogía de enseñanzas sobre el amor, nos toca hablar de la “compasión” referida a Dios. El esquema que seguímos habla de “amor-compasión” por mí mismo, por el hermano y por Dios. Cuando el mandamiento manda “Amarás a Dios”, ¿podemos traducirlo como “tendrás compasión de Dios”? ¿Es que nosotros debemos o podemos perdonar a Dios? ¿Acaso Dios ha delinquido y necesita de nuestra clemencia? 

El “amarás a Dios”, a mi parecer, se puede leer en dos sentidos: 
 
1) Es posible entenderlo como “tener compasión de Dios”. Ahora bien, como he dado a entender antes, ¿no es un atrevimiento decir que tengamos compasión por Dios?, ¿no es una osadía inadmisible la de amar-compadecer-perdonar a Dios? Está claro que Dios no tiene necesidad de nosotros; nada necesita (no sería Dios) y por supuesto no necesita que le compadezcamos de nada. Es Él quien se compadece de todos.

Y, seamos sinceros, somos nosotros los que tendríamos que perdonarnos el no ser compasivos con Dios, porque solemos acusarlo de nuestros males y de los del mundo. En este punto habría que volver al tema de la autocompasión y a la compasión con el hermano. Lo que no encajamos interiormente nos sale en forma de violencia hacia fuera, y luego  solemos acusar a Dios de esos males que hacemos. Así, como en una eterna repetición de la pasión de Jesús, cargamos sobre sus espaldas nuestros crímenes.

Quien lo hace así -que me temo que somos muchos- debería revisarse  constantemente  en dos cosas:
* Por una parte sobre  su imagen de Dios. ¿A qué Dios odia quien lo hace responsable de todos los males? ¿Al dios que se ha construido para descargar en él sus propias  responsabilidades, o al Dios de Jesús que por amor gratuito carga con las nefastas consecuencias de su irresponsabilidad?.
*Y por otro lado, quien echa en cara a Dios los males del mundo, debe considerar su cinismo al cargar sobre los hombros de Dios la responsabilidad de unos hechos que seguro que él mismo provoca o hace poco por evitar.

2) Si tiene sentido el mandamiento de “amar a Dios”, no es porque Dios necesite tu amor y tu compasión, sino porque tú sí necesitas amarle para acercarte a Él y tener acceso a su perdón. Es Dios el que te ha de perdonar, no tú quien perdonas a Dios unos supuestos daños que él provoca o permite.
 
Jesús me pide “amar a Dios” no tanto por Él -hay quien piensa que nuestro Dios, para existir, necesita del amor de los hombres-  sino por mí y por mi prójimo; al pedirme que ame a Dios no está reclamando mi compasión para con Él. Dios no necesita mi compasión para completarse, porque Él es compasión (“Dios compasivo y misericordioso”), que es lo mismo que decir que es “perfecto en el amor”.  Si el mismo Dios me pide amarle es porque es lo que me conviene, y es lo mejor para la humanidad.  
 
Aclarados estos puntos, creo que lo más conveniente para nuestra reflexión no es tanto tratar sobre el “amar a Dios” sino sobre el “amor de Dios”; porque sólo quien descubre la belleza del “Dios compasivo” queda habilitado para amar a Dios sobre todas las cosas, y en esa contemplación hallará “razones del corazón” para amar al prójimo y amarse a sí mismo equilibradamente.
 
¿PUEDE DIOS SER COMPASIVO?
 (Filosofía) 
 
Damos un primer retazo a la “compasión de Dios” desde la filosofía.

A los primeros cristianos de origen no judío les resultó difícil encajar eso de “un Dios que sufre por los hombres”. En la cultura griega en la que se mueven hablar de sufrimiento de Dios es un despropósito. Dios es el motor inmóvil, un Dios (dioses) que pide ser amado, pero en ninguna manera es amante; El Dios bíblico que se encoleriza o se apasiona por su pueblo y por sus hijos, el Dios capaz de amar al hombre hasta el extremo encarnándose en el Hijo, padeciendo y muriendo en la cruz, es inconcebible en el ámbito de los filósofos y sacerdotes griegos. Es propio de ellos la "apatía" o ausencia de pasiones.

 
Los dioses de los paganos no se preocupan para nada de los hombres; son caprichosos, ajenos al sufrimiento humano. El Dios de los filósofos y de los mitos, el motor inmóvil, origen de todo, el ser del que procede todo ser, el “big-bang” de la creación, es un Dios reducido a teorías, cálculos, conceptos y silogismos, un Dios caprichoso que se juega a los dados el destino de los hombres. Un dios  al que nadie reza, nadie canta, nadie le danza, nadie espera en él,  y nadie le ama, porque es solo una idea, un recurso de la mente totalmente ajeno a las preocupaciones del hombre.

El Dios del mito y la filosofía sirve como explicación, pero no como salvación; caldea la cabeza, pero no calma el corazón. ¿Acaso se puede satisfacer la interioridad sólo con lo que existe en la mente? Ya lo dijo san Ignacio: “No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente”. Es importante entender que nuestra relación con Dios no es mental, sino vital, con todo el ser: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Mt 22,37). Por eso, en la oración contemplativa hay que poner más los ojos del corazón que los de la mente.

Desechamos, pues, al Dios de los filósofos y los científicos por teórico e inexistente, por ser capaz de llenar una biblioteca sobre temas divinos (teodicea), pero incapaz de alimentar el sentido de la vida y animar la existencia con el calor de su espíritu. Desechamos a este Dios porque no tiene vida, porque sabemos que quien  no ama y compadece está muerto.

¿DIOS PADRE-PATRÓN?
 (Psicología 

Los primeros cristianos no sólo tuvieron que vérselas con la idea filosófica y mítica de Dios propia de los paganos; también hubieron de enfrentarse con la imagen de Dios propia del judaísmo, que, aunque en sus libros sagrados  encuentran testimonios de un Dios compasivo(Antiguo Testamento),  no pudieron soportar la idea de una compasión tan extrema que le lleva incluso a morir perdonando a aquellos que le crucifican.

El Dios de Jesús es un Padre compasivo con el que vivió una relación apasionante. Así lo mostro en en sus predicaciones,  fruto de su intimidad orante con Él. Jesús  hablaba de su Padre ("Mi padre...", decía) con entusiasmo, ternura y devoción. "Te doy gracias Padre"  (Lc 10,21); "Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo" (Jn,32); "Yo he venido en nombre de mi Padre" (Jn 5,23)  "Te doy gracias Padre" (Lc 10,21), "Todo me ha sido entregado por mi Padre" (Jn 10,22), etc.

 
Los judíos prefieren al Dios de los patriarcas y de la ley de Moisés, que hace una alianza desde la altura y establece  normas severas para su Pueblo, un Padre-patrón tan propenso a la misericordia (cf Is 49,14-15) como a la ira, “Señor, lento a la ira y rico en piedad, que perdona la culpa y el delito, pero no lo deja impune, que castiga la culpa de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación" (Nm 14,18). A los judíos les descoloca un Dios que mira al hombre de igual a igual. Por eso escandalizó Jesús con sus parábolas del Padre bueno y misericordioso cf Lc 15).

El judaísmo pos-pascual estuvo dispuesto a aceptar a los cristianos como un grupo más entre los suyos, pero siempre que renunciaran a la fe en Jesucristo como Dios y lo reconocieran solo como un maestro excelente; hombre, pero no Dios. La idea de que Dios tomase carne y muriera  en la cruz les parecía a los judíos un escándalo insoportable.  San Pablo, que fue un fariseo ferviente antes de su conversión al cristianismo y se atrevió a dar el paso a la aceptación del Dios encarnado en Jesucristo,  define así la novedad de la fe cristiana: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1Cor 1,23-25).

Los judíos podrían aceptar al Padre de Jesús siempre que se le diera a la palabra “padre” el sentido que tenía en su mentalidad legalista. Pero el padre del que habla Jesús en la parábola de El Hijo pródigo, que no cumple las leyes establecidas sobre la actuación de un buen padre judío de la época, sino que antepone la compasión a las leyes y costumbres establecidas, no goza de simpatía entre los judíos. Un padre así es mirado como una perdición para el hijo porque, según ellos, le condenaría a la indisciplina y la perdición. No creían en la fuerza de la compasión como motor del cambio personal y social. Sin embargo Jesús insiste una y otra vez en afirmar que Dios es Padre  compasivo y misericordioso, bondadoso. Su ternura le hace ser parcial en su juicio, hasta el punto de no poder resistirse ante un corazón arrepentido (cf Sal 50,17).
 
 
 
Dios es, pues, Padre; y queda ya apuntado lo que significa “Padre” para Jesús y para los judíos, pero ¿qué significa en nuestra cultura? La psicología ha colocado sobre el padre toda una serie de sospechas; el padre es visto hoy por muchos  como un opresor, un "gran hermano" que todo lo ve y lo controla,  que limita la personalidad del hijo, que coarta su libertad.  

Nuestra sociedad occidental no es ya patriarcal. Predicar un “Dios padre” hoy no es fácil; pende sobre él la sospecha de manipulador y dictador. Sin embargo, estamos necesitados de la seguridad paterna. Los seres humanos nos sabemos desvalidos, arrojados a la intemperie, necesitados de ayuda. Sin padre o madre andamos huérfanos, desorientados, como en tierra de nadie (apátridas). Y en ese abandono  tendemos fácilmente a elevar a categoría de padre  a nuestros poderes (dinero, cargos, títulos), nuestras ideas (ideologías), o a algunas instituciones o personas que parece nos ponen en valor y patrocinan nuestra existencia. Ideologías, dineros, modas, líderes mediáticos, etc,  terminan ocupando el espacio que hemos dejado libre al olvidarnos de Dios.  

Concluyendo nuestra visión de Dios desde la psicología, no cabe duda de que  el hombre necesita una patria (padre), un lugar de referencia que equilibre, unifique  y de coherencia  a su vida. Tradicionalmente esa patria ha sido Dios-Padre, origen, protector y sanador de las heridas. Pero hoy vivimos el drama de una sociedad que ha pervertido la imagen del “padre” hasta el punto de situarnos en una especie de inestable juego de tronos; hemos matado al padre-Dios, y nos hemos embarcado en un peligroso culto a los ídolos. Al Dios único y bueno lo hemos cambiado por otros que compiten entre sí y que no facilitan la unidad personal interior ni la convivencia social.  De modo más o menos conscientes nos vendemos a los reyes de este mundo: la economía, el prestigio, el poder político o social. Realidades que parecen ofrecernos una cierta zona de confort y seguridad, pero la experiencia demuestra que  cualquier seguridad que pretendamos de espaldas a Dios  y su espíritu de amor y compasión es engañosa y perversa.

¿De veras crees que puedes vivir una vida plena abandonándote a un inconsistente “amor líquido” y a unos dioses efímeros como los que te ofrece el circo del mundo? ¿Se puede ser auténtico hijo (hombre) , sin anclaje en lo sólido y eterno de un padre (Dios)? Deberíamos analizar muchas de nuestras enfermedades psicológicas desde estas preguntas.


CAMPASIÓN DE DIOS
 (Teología)
 Decimos los cristianos que Dios es amor,   y que Jesucristo sufrió y “murió por nosotros” (cf 1 Tes 5,10) mostrándonos  el rostro del Dios compasivo. Pero,  ¿puede Dios sufrir? , ¿no tendrían razón judíos y griegos? ¿no es absurdo hablar de que Dios “muere por nosotros" ya sea "por nuestras manos" o "por (para)  nuestro perdón"?
Mirad, esto sólo lo podemos entender desde el misterio del Dios-Amor. Es verdad que Dios es impasible, tal como dice la filosofía: no puede padecer. Pero sí puede compadecer, como escribió san Bernardo: " Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecer" (Sermones in Cant., Serm. 26,5). ¿Acaso su omnipotencia no le permitirá ser compasivo?
 
 La pasión de Dios en Jesucristo -eso que contemplaremos en calles y liturgias en estos días de Semana Santa- nos habla de su amor. Jesucristo es Dios  padeciendo con y por los hombres. Al encarnarse en Jesús, al hacerse hombre por puro amor, Dios se hace vulnerable. ¿No es la vulnerabilidad una característica del amor verdadero? Quien ama se arriesga a ser herido, a ver su amor rechazado. Pues bien, nuestro Dios es vulnerable porque es amor; su esencia es la misericordia, hasta el punto de que "aunque seamos infieles (le crucifiquemos), Él es fiel (sigue amando), porque no puede negarse a sí mismo" (2 Tm 2,13).

 
Y, llegados aquí, podemos ejercitarnos en la meditación del misterio de la Encarnación y contemplar la imagen de Dios herido por la desidia y el abandono de sus hijos, los hombres. Mirados los dolores de Jesús desde la perspectiva del cántico del capítulo 40 de Isaías, no cabe duda de que lo que contemplamos en la pasión no es sólo muerte y sufrimiento,  sino también  gloria y amor de Dios. Con su amor hasta el extremo el Hijo glorifica al Padre. (cf Jn 12,27-28; 17, 1-4).  ¡Cuántos son los que –como Teresa de Jesús- se han convertido precisamente por la conmoción que les produjo el hecho de que Dios llegue a amar al hombre hasta el límite de la pasión y muerte!

Dios hecho hombre en el Hijo, Dios-amor, herido por el desprecio del hombre, pide de nosotros un ejercicio de compasión por Él: “¿quién se preocupará por Él?” (Is 40,8 ). Ahora bien, el mandamiento de "amar a Dios", más que un ejercicio para mostrar nuestra compasión hacia él, es una invitación a contemplar su compasión por nosotros. En la pasión del "Siervo Jesús", los cristianos vemos el amor apasionado de Dios, que “cargó sobre él todos nuestros crímenes”, y siendo inocente, “soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores” (Is 40,4-5). “No tenemos un sumo sacerdote (Jesucristo) incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado”. (Hb 4,15).
 
 
Además, contemplar la vulnerabilidad del amor de Dios  en las llagas de Cristo es un modo de contemplar el sufrimiento propio y el del hermano. ¿No decimos que la contemplación verdadera nos obliga a mirar la realidad tal como es? Pues en la pasión de Cristo la realidad está teñida de amor y dolor; amor de un Dios solidario con el hombre (encarnación); una solidaridad que no es indolente (dolor ausente de sufrimiento) sino paciente (asunción pacífica del sufrimiento). Y si contemplando y asumiendo nuestros complejos y miedos los vamos sanando, ¡cuánto más sanarán si les acercamos el ungüento del amor de Dios! Cristo, medicina de Dios, asumiendo nuestros pecados (amándonos a pesar de nuestros odios) nos sana de todo aquello de lo cual creíamos que era imposible liberarnos; por eso decimos que “sus heridas nos curaron” (Is 40,5).

No contemples en la pasión a un Dios-Padre que pide sangre; sino a Dios-Hijo que visibiliza el amor del Padre por ti. En la cruz no está el castigo de Dios al hombre; no es el Padre sino tu desprecio el que crucifica a Jesús (a los hermanos); por eso en ella puedes observar tu pecado (tu falta de compasión hacia el prójimo), y en la misma cruz, con tu pecado, puedes  contemplar también el Amor-perdón de Dios que te sana. Así pues, es un buen ejercicio silenciarte y situarte ante la compasión de Dios dibujada en el dulce rostro de Cristo sufriente. Viene bien aquí recomendarte que contemples tus miserias desde su lado, desde su mirada y su palabra de amor: "¡Por ti, todo lo hago por ti!".
 
 * * *
Querido meditador y contemplativo, esta Semana Santa ralentiza tu mente y tu corazón, busca un espacio de silencio y acompaña a Jesús en su camino hacia el Gólgota. Sitúate ante Cristo condenado injustamente, azotado, cargado con la cruz, despojado de sus vestiduras y clavado en la cruz.  Usa tu imaginación o coloca ante ti  una imagen de Cristo sufriente; y “mira que te mira” con amor. Reconoce en su dolor el amor del Padre, su compasión.  No es la ira de Dios sobre la humanidad del Hijo lo que revelan sus heridas, sino su amor; “porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). No te salvará el temor al castigo sino el reconocimiento y la aceptación de su amor y su perdón. Descansa tus sufrimientos en Él.  Deja que su medicina de amor cure tus cobardías e infidelidades.
 
¡Santa y Feliz Semana,
meditadores y contemplativos!.
 
© Casto Acedo. Abril 2018


sábado, 1 de abril de 2017

Meditación y contemplación (aclarando términos)

Esta entrada pretende aclarar términos y conceptos. El lenguaje del mundo espiritual suele estar plagado de palabras que, desde la limitación, quieren dar a entender lo ilimitado de la experiencia espiritual. Las palabras son herramientas, buenas en sí, pero también pueden dar lugar a confusión. Es por eso que os transcribo estas notas, esperando que las entendáis y nos sirvan de base para un diálogo más amplio en el grupo.
 
 
MEDITACIÓN Y CONTEMPLACIÓN
¿Por qué oramos? ¿Por qué practicamos meditación? Respondo desde la perspectiva cristiana: Porque tenemos un anhelo profundo de Dios y queremos saciarlo entrando en Él, y sabemos que “la puerta de entrada es la oración”. (Santa Teresa).
Hay muchos modos de oración: vocal, mental (estas dos conforman lo que santa Teresa y san Juan de la Cruz denominan meditación ), litúrgica, contemplativa, etc., y todas conducen a Dios.

En los tiempos que vivimos se da un abuso desconsiderado de las palabras meditación, mindfulness, silencio, contemplación. Y siendo consciente de la confusión a la que nos puede llevar tanta palabra, quisiera aclarar el significado que en nuestro grupo damos a dos de ellas que usamos y usaremos con mucha frecuencia en nuestros encuentros y escritos; me refiero a  meditación y contemplación, dos términos que parecen sinónimos, pero que tienen diferencia de sentido. No sé si esa diferencia que voy a exponer es universalmente válida, pero  quisiera aclararla para nosotros.
La meditación es una disciplina,
una tarea.
La meditación es la disciplina que nos ayuda a hacernos plenamente presentes aquí y ahora, es decir, en el momento eterno de Dios. Meditar es entrar en la realidad de nuestro yo con disciplina, perseverancia y voluntad no obligada. Para ello se nos pide quietud, es decir, permanecer quietos, inmóviles. Ayuda a ello lo que llamamos “postura adecuada”, que cada uno debe ir adquiriendo con la práctica; sea cual sea, sentado, arrodillado en el banquito o sobre el cojín con las piernas cruzadas, para conseguir quietud física siempre es aconsejable  mantener la columna vertebral recta, la cabeza ligeramente hacia arriba (como si cabeza y tronco pendieran de un hilito similar al que sostiene a una marioneta); las manos sobre las piernas o cruzadas y superpuesta la una sobre la otra en el regazo. 
Llegados a la quietud física procuramos hacernos presentes en el momento, centrando nuestra atención en alguna parte del cuerpo, observando sus sensaciones, localizando con la mente las tensiones que percibamos y aflojándolas prestándoles atención; y conviene acabar centrados en la respiración, notando su ir y venir, sin forzarla, simplemente siendo conscientes de la sensación que el aire produce en nuestro cuerpo (nariz, bronquios, pulmones, abdomen…) en su continuo entrar (inspirar) y salir (espirar). 
Luego vamos dejando que también la mente se aquiete, así como las emociones que nos pueden asaltar. Quietud, pues, del cuerpo, de la mente y del corazón.

El hecho de recogerse en meditación no es un mero ejercicio físico y mental sino que apunta a un estilo de vida, donde aprendemos a recogernos de la exterioridad que nos dispersa y a vivir en atención presente el día a día de nuestra vida: familia, relaciones, trabajo, ocio, todo. Si el momento de oración no se conecta con la vida estaremos  ante un simple divertimento. 
Hasta aquí lo que entendemos por meditación, que sería la primera parte de la oración contemplativa. Aquella en la que yo pongo mi esfuerzo gozoso.
 
La contemplación es un anhelo y un don.
Con la contemplación, nosotros   queremos ir más allá de la simple quietud relajante; no hacemos meditación buscando sólo mejorar nuestra salud;  tampoco es nuestro objetivo fundamental evadirnos de los problemas que nos preocupan mediante la huida hacia una paradisíaca felicidad mundana. Nosotros hacemos oración contemplativa. La meditación es un primer paso, una herramienta que me hace presente aquí y ahora; pero no acaba todo en un “¡qué bien estoy, de cuántas cosas me he sanado, qué sensación más bonita, que paz más estupenda he conseguido!”. La meditación es el primer paso adelante para entrar en lo más íntimo de mí mismo y encontrarme (¿a solas?) en mi interioridad. La oración contemplativa me dice que no estoy solo; en ella parto de un principio de fe: estoy habitado. La tradición cristiana, ya sea por la revelación bíblica o por el testimonio de sus místicos, dice que “no estamos huecos por dentro”:
“Hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este edificio sea tal, como a la verdad es así, que no hay edificio de tanta hermosura como una alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón”.(Teresa de Ávila, Camino 28,9).
 Así explicaba la Santa de Ávila la realidad que somos; y así lo hace san Pablo; "Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios" (1 Cor 6,19).

Con la oración contemplativa no pretendemos entrar en el espacio vacío, solitario y triste de unas estancias interiores huecas donde paseamos nuestra soledad y nos protegemos para que nadie nos moleste. La contemplación tiene otra finalidad; nos anima un anhelo, un deseo profundo del encuentro con el Misterio, que para nosotros es Dios. Dios lo abarca todo (está en todas partes, nos enseñaron de pequeños en el catecismo), y por tanto está también en mi interior; “Deus interior intimo meo, Dios es más interior a mí que yo mismo” (San Agustín).

Hay, he dicho, un anhelo de Dios en el corazón de todo hombre, porque Dios es mi patria (padre) y, con más o menos consciencia, quiero entrar en ella porque sé que ahí está mi descanso. Ahondando en mí me encuentro con Él y con mi persona, porque he sido creado a imagen y semejanza de Dios, y al contemplar su verdad admiro la verdad del diamante que yo mismo soy y entro en paz conmigo y con Él. En mi centro se encuentra la clave de mi vida. Dice santa Teresa que en la morada central de este castillo que soy habita el Castellano, el gran Rey, que es Dios. Él es la clave.
 
La meditación me dispone para el encuentro con el Rey, me ayuda a entrar en mí. La contemplación me despierta para el encuentro, me sitúa en la expectativa del Otro. Por eso, una vez quieto y acallado, “espero”. Y para ayudarme a ello me sirvo de una palabra (¡Ven Señor, Jesús!, ¡Señor mío y Dios mío!, ¡Señor Jesús, ten misericordia de mí!...) o de un acto de la imaginación (“Mira que te mira” aconsejaba Teresa a sus hijas), o de la contemplación de una imagen, etc. hasta que en mí se haga el silencio, que es donde por gracia se produce el encuentro con el Misterio. 
 
Es importante saber que no estoy solo en la oración contemplativa. Tal vez la experiencia sea de sequedad y ausencia de compañía; pero, repito, no estoy solo. Cristo vive en mi interior. Aunque yo me esconda, Él no se esconde a una mirada que le busque (cf 2 Tm 2,13).
 
La importancia de la perseverancia
 
Escribo esta reflexión sobre la distinción entre meditación y oración contemplativa para que estemos advertidos. La meditación exige de nosotros un esfuerzo gozoso, la contemplación es un don de Dios. Nuestra meta no se cumple cuando nos abrazamos a nosotros mismos en una declaración de amor ególatra o cósmica (mera meditación), sino cuando asentimos conscientes y libres al abrazo de Dios (meditación con oración contemplativa). ¿Cuándo será eso? No lo sabemos. Ni siquiera sabemos si será, ¡cómo saber cuando! Solo tenemos la promesa; y a nosotros corresponde solo esperar con los ojos abiertos y el corazón puesto en oración.
 
 
 Cuando venga el Señor ¿nos hallará despiertos? Sera así siempre y cuando no dejemos de orar con insistencia. La oración constante, capaz de superar oscuridades y sequedades,  la oración hecha en fe, tarde o temprano es correspondida. Si te mantienes firme en la oración –como se declara en el texto evangélico que sigue-, Dios no faltará a la cita
: “espera, que no tardará tu Bien”, dice san Juan de la Cruz, "te hará justicia sin tardar", dice claramente la Palabra de Dios:
"Les decía una parábola  para  enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario". Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme"». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». (Lc 18,1-8). 
 
Meditador, sé pues constante en el ejercicio de la oración contemplativa. Acostúmbrate a colocar en tu silencio y quietud una palabra, una imagen, un impulso del corazón, o algún otro recurso que te disponga al encuentro con Dios que viene. Confía y no desfallezcas. Mantente firme en la fe y Dios no faltará a su cita.
 
¡Que tengas una buena semana
de oración contemplativa!

 © Casto Acedo. Marzo 2018.