Buscar en este blog

martes, 26 de enero de 2021

Meditación en la humildad (6)

Los últimos grados de humildad de san Benito son el colofón de la virtud: el undécimo consiste en ser dulce en el hablar y en el porte externo con todos, aceptando  y amando a los otros tal como son; y el duodécimo habla de vivir centrado y sereno, inconmovibles (que no impasibles)  ante los acontecimientos que sucedan a nuestro alrededor.


Recordemos de nuevo que el capítulo de los grados de la humildad contenidos en la regla de san Benito son la coronación de la obra. El santo, tal y como mencionamos al inicio de esta serie de temas, hace algo sorprendente: comenzar por la toma de conciencia y el reconocimiento de la presencia de Dios; y hasta llegar al undécimo grado no brilla lo específico de la humildad en todo su esplendor: “El undécimo grado de humildad consiste en que el monje, al hablar, lo haga suavemente, sin risas, con humildad, seriedad y pocas palabras, no hable a voces, como está escrito: ´al sabio se le conoce por sus pocas palabras´”. En resumen: quien es humilde es persona de silencio, amigo de pocas palabras, y éstas, cuando sean necesarias, son siempre amables. 

Amabilidad 

En el undécimo grado se deja ver que la vida espiritual es algo más que una relación piadosa con Dios; más que a ser santos, hay que ser felices, sentirse bien en el mundo. Y la clave está en el modo de relacionarnos con las cosas y, sobre todo, con las otras personas.

El grado de nuestras relaciones con Dios se mide en el modo en que nos relacionamos con el prójimo. La cercanía y acogida es cercanía y acogida de Dios: “Tuve hambre y me disteis de comer…” , y el desprecio y rechazo es desprecio y rechazo de Dios “Tuve hambre y no me disteis de comer” (Mt 25). La humildad muestra su cenit en la compasión. Eres humilde cuando eres compasivo. El grado de nuestra compasión es el grado de nuestra santidad. 

San Benito pone sobre la mesa el papel que juegan las demás personas en tu vida. La espiritualidad no es algo abstracto sino concreto, no se llega a Dios sino por el encuentro personal humano. ¡Misterio de la encarnación! Dios se hace hombre para enseñarte que el campeonato de la vida eterna (espiritualidad) se juega en la liga de la humanidad. Todos los que te rodean son el puente que se te ofrece para llegar a Dios, el trampolín de tu realización personal. 

Para el humilde el otro no es nunca un competidor en la carrera por sobresalir o sobrevivir. No es el prójimo un ladrón que limita tu libertad y te roba la vida sino, como queda dicho, un puente que te acerca más al conocimiento de Dios y al propio conocimiento. 

Los otros no son un estorbo sino una gracia para crecer. Con su presencia, a menudo molesta, compensan lo que te falta para madurar; el prójimo activa en ti una nueva conciencia, la necesidad de la aceptación y la paciencia. Dios pone al prójimo ante ti, con sus luces y sus sombras, para tu crecimiento. Ellos te enseñan a admitir las diferencias, a reconocer que todos habéis de habitar un espacio común, que entre todos debéis hacer posible un mundo cada vez más respirable. 

Ser humilde no es sentirse inferior a nadie, es simplemente sentirme igual a todos, parte de todos, hermano de todos, sin acepción de personas.


Serenidad 

El último grado de la humildad, el duodécimo, te pide que tu presencia en el mundo sea pacífica. La paz y el silencio interior se expanden hacia el exterior: “El duodécimo grado de humildad –dice san Benito- consiste en que el monje no solo sea humilde en su interior sino que también lo manifieste en su porte externo a los que le ven”. Con la humildad conduces tu alma a la verdad, al reconocimiento de tu propia deficiencia, de tu propio pecado; "dirá siempre en su interior, con los ojos clavados en la tierra: Señor, soy un pecador indigno de alzar mis ojos al cielo"; así te descubres y conoces como débil entre débiles, sostenido o sostenida por la fe y la fuerza de Dios que te habita. 

Cuando la persona, despojada de todos sus ruidos, se adentra en el silencio, adquiere una gran serenidad interior que se deja ver en su capacidad de escucha, compasión y acogida incondicional. Esta serenidad es su carta de presentación. 

Remitiéndonos a la parábola de la casa edificada sobre roca (Mt 7,27-29), podemos decir que la verdadera humildad es la cima de una vida sólidamente asentada en la Palabra; y no hay otra palabra que Cristo; cuando se vive en Él, por muchas que sean las contrariedades que te salgan al paso, mantienes la serenidad; eres como esa casa bien edificada sobre la que "cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos, pero no no se hundió , porque estaba cimentada sobre la Roca" (Mt 7, 25). 

El verdadero místico, por mucho que se le provoque o se le incite a odiar, se mantiene siempre sereno; es más, su sola presencia transpira y expande paz y amabilidad. Los pobres se sienten seguros a su lado, porque saben que junto a él están libres de la dominación y pueden encontrar sosiego. 

Así, la humildad nos conecta con el mundo de una manera nueva. Hace que el mundo sea percibido como un espacio bueno y agraciado. La multitud de personas que se mueven a nuestro alrededor nunca son vistas como competidores, como un peligro potencial, sino como hermanos, como una gracia de Dios, una oportunidad para, amándoles, lograr la felicidad y la paz para todos. 


Alcanzar el perfecto amor de Dios 

Concluye san Benito sus grados de humildad diciendo cuál es la meta que se alcanza con ella: 

“Subidos, pues, todos estos grados de humildad, el monje llegará enseguida a aquel amor de Dios que, por perfecto, echa fuera todo temor. Gracias a él, lo que ante cumplía no sin temor, comenzará a observarlo sin esfuerzo, como espontáneamente y por costumbre. No tanto por temor al infierno, cuanto por amor a Cristo, por la misma buena costumbre y por el gusto de las virtudes. El Señor, por el Espíritu Santo, manifestará todo esto a su obrero ya limpio de vicios y pecados”. 


* * * 
Con esta entrada en el blog  terminamos nuestras reflexiones acerca de la humildad. Han sido temas de mucho interés, aunque deberíamos saber que su valor real no es tanto que sean lecciones magistrales sino en que sean practicadas. Como modelo insuperable de práctica de humildad tenemos a la Virgen María. No te olvides de contemplarla en sus misterios (anunciación, visitación, natividad, junto a la cruz...). Y, por supuesto, imita su humildad.

La espiritualidad, en el fondo, escapa a toda especulación teórica. Se trata de vivir, de sentir, de encarnar la vida de Cristo en el día a día. Si todo lo expuesto en estos temas te ha servido para conocerte un poco mejor, enhorabuena. Pero ya que te conoces en lo bueno y en lo malo, haz silencio y practica todo lo que has aprendido. 

Esperemos y oramos para que pase pronto esta época de pandemia para poder retomar nuestros encuentros presenciales. Mientras tanto, no dejes de hacer silencio y unirte de corazón a la comunidad.

Casto Acedo. Enero 2021

sábado, 16 de enero de 2021

Orar con Samuel (Domingo 17 de Enero)

“Escuchar requiere ejercicio y entrenamiento. Nuestros oídos están embotados: podemos incluso oír, pero no escuchamos. “Hijo de hombre, vives entre ciudadanos rebeldes que tienen ojos pero no ven, oídos pero no oyen”, leemos en el libro del profeta Ezequiel (12,2). ¡Se nos dicen tantas cosas que simplemente no escuchamos!”.

La escucha requiere una radicación, un habitus, una permanencia. No hay duda de que en la escucha hay muchos equívocos, por lo que necesitamos que nos orienten en la escuela de la audición. La historia del joven Samuel (cf 1 Sam 3,1-19), que aún no sabe que lo llama Dios (creyó oír la voz de Elí, su maestro), es la historia del aprendizaje de la escucha. Hay una vigilancia interior que se aprende progresivamente, una disposición de corazón que nos permite escuchar lo inaudible. No tengamos dudas: todo aquello que escuchamos, pero verdaderamente todo, debe ser solo la preparación para la escucha de lo que permanece en silencio. Sólo en el hábitat del silencio, en largos viajes de silencio y exposición orante, puede madurar la escucha” (J. Tolentino Mendoça,  La mística del instante).

Este domingo parece prevalecer en la liturgia de la Palabra el tema de la vocación. La llamada de Dios a Samuel y la de Jesús a sus discípulos me parece una buena ocasión para meditar sobre la importancia del silencio. 

Como dice el texto citado arriba, “sólo en el habitat del silencio, en largos viajes de silencio y exposición orante, puede madurar la escucha”. Porque no hay duda de que Dios sigue estando ahí, y sigue hablando, pero ¿hay oyentes de su Palabra? 

* * * 

La historia de la vocación de Samuel nos sirve de ejemplo para comprender la íntima relación existente entre el silencio, la vida espiritual y la vocación religiosa. Samuel hubo de aprender a escuchar. Por tres veces oyó la voz del Señor que le llamaba: “¡Samuel, Samuel!”. Pero de principio no identificó esa voz, la confundía con la del sacerdote Elí. Su religiosidad primaba sobre su espiritualidad. Y siguió desconcertado en el silencio de la noche. 

Pero Dios  es perseverante y pronunció de nuevo su nombre. Y tuvo Samuel la suerte de tener cerca un maestro experimentado que le ayudó a dar el paso de ir más allá de lo religioso (ritos y leyes) hacia lo contemplativo; Elí, además de sacerdote, era un hombre espiritual y como tal condujo magistralmente al discípulo al encuentro con el Señor: “comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven”,  y le dió el consejo oportuno: “Ve a acostarte (vuelve al silencio de la noche) y si llama de nuevo dí: Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Y ahora sí,  la Palabra de Dios no sólo fue oída e interpretada por la inteligencia del joven, sino acogida en el corazón. Así, desde su experiencia mística, se inició la vocación profética de Samuel.


Orar con el texto de la vocación de Samuel.
(Lo tienes transcrito al final de esta entrada)

Meditar es un ejercicio de entrenamiento para la escucha. Se trata de entrar en el silencio desde la oscuridad de la fe, cuando nuestras preguntas no encuentran respuestas, cuando los acontecimientos que vivimos, ya sea personales o sociales (como la pandemia que vivimos), no tienen una definición clara. Disponte a la oración:

* Busca un lugar tranquilo donde nada ni nadie interrumpa tu tiempo de oración. Colócate en una postura que te facilite a la vez la atención y la quietud. Respira pausadamente mientras apartas de tu mente y tu corazón todo lo que en este momento te inquieta o preocupa. Relaja tus músculos soltando todo lo que tensa tu cuerpo. Deja salir cualquier cosa que te oprima el corazón. Párate unos minutos donde se señala con una (+) 

* Comienza adentrándote en el silencio oculto tras los sonidos que percibes. Escúchalos sin juzgarlos. Mira detrás de ellos. Cada pequeño sonido, la más mínima vibración está siendo sustentada por el silencio que hace posible su existencia. Dios es ese silencio. Como el gran silencio, Dios lo sostiene todo.  Contempla.  (+) 

* Deja que tu silencio se funda con el suyo. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha!. No fabriques con tu imaginación respuestas a tu ruego; mantén tu atención al silencio, al gran silencio, no olvides que “todo aquello que escuchamos, pero verdaderamente todo, debe ser solo la preparación para la escucha de lo que permanece en silencio”. Contempla esta paradoja. Dios habla en el silencio. No pienses, no especules, sólo escucha. (+) 

* Medita unos instantes este texto de san Juan de la Cruz: “Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio y en silencio ha de ser oída del alma”. (+) 

* Entra en la noche de la fe: silencia tus ideas y creencias, tu visión de ti mismo y de tu historia, tus planes y permanece atento al silencio.... (+) Escucha tu nombre pronunciado por Dios resonando en el silencio, hábitat de Dios …(+) … Si tienes dificultas para hacerlo te puede ayudar el repetir interiormente “¡Habla, Señor, que yo, N., tu siervo (tu sierva) estoy a la escucha!”. Déjate llevar por esta jaculatoria. (+) 

* Permanece en el silencio. Permanece en Dios. Déjate invadir por su silencio elocuente, por su música callada, por su palabra inefable…. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha!. (+)

* Dice un maestro espiritual que “cuando el silencio habla, la vida se transforma”. No hay duda de que la mejor preparación a la escucha y, al mismo tiempo, la mejor respuesta a la llamada de Dios es el silencio. Sólo desde él despojo que supone el silencio puedes escuchar la voz de Dios y dar una respuesta pura, no subjetiva ni interesada, a su llamada. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha! (+)

* * *


Terminada el rato de oración me pregunto acerca de lo que Dios me ha concedido vivir. ¿He sentido en algún momento que mi corazón se ensanchó? ¿Me he sentido impulsado a responder a la llamada de Dios con algún gesto concreto? ¿Debo esmerarme en algo concreto en el próximo ejercicio de meditación? … Escribo mis impresiones convencido de que eso me ayudará a mejorar mi práctica oracional. 

* * * 

Lectura del primer libro de Samuel 
(3, 3b-10. 19)

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.»

Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte.» 

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. 

Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.»
Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. 

Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha."» 

Samuel fue y se acostó en su sitio. 

El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!» 

Él respondió: «Habla, que tu siervo te escucha.»

Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.


Palabra de Dios

Casto Acedo. Enero 2021.

sábado, 9 de enero de 2021

Meditación en la humildad (5)

Seguimos, apoyados en J. Chittister,  la serie de grados de humildad de san Benito con el fin de llegar a mirarnos y conocernos mejor. Recuerda que el trasfondo de todo está en la tercera morada de santa Teresa, que nos pedía conocimiento propio. Un conocimiento que sólo es posible en humildad, y no es otra cosa humildad que andar en verdad.

San Benito, en su regla, dice así acerca de los grados de humildad noveno y décimo: 
“El noveno grado de humildad consiste en que el monje no deje hablar a la lengua y, guardando silencio, no hable hasta que se le pregunte. Pues la Escritura enseña que en las muchas palabras no falta el pecado, y el que refrena la lengua es hombre prudente (Prov 10,19), y que el deslenguado no estará firme en la tierra (Sal 140,11). 

El décimo grado de humildad consiste en no ser de risa fácil y pronta, pues está escrito que el necio se ríe a carcajadas (Eclo 21,20)". 


Hablemos del silencio 

Hablemos del silencio, aunque el silencio es algo inefable, sólo palpable desde la práctica.  

El silencio es un tema transversal y eje en muestro grupo de oración. Y no viene mal recordar su importancia, esta vez alentados por la sabia recomendación de san Benito, que pone la práctica del silencio como determinante para el hombre humilde. 

Si algo caracteriza a nuestra sociedad es la contaminación acústica que lo invade todo. Desde fuera nos vienen constantemente ruidos de motores y todo tipo de máquinas, música por todas partes, altavoces, tonos de teléfonos, gritos de vendedores, proclamas invitando al consumo, etc. Estamos tan acostumbrados al ruido que cuando nos falta lo echamos de menos.

Y también vivimos en la abundancia de ruidos interiores: ambiciones desmedidas, aspiraciones imposibles, exigencias, caprichos, descontentos, preocupaciones inútiles, miedos, etc… que impiden el propio despertar. Un alma que está despertando a la vida espiritual necesita no solo luchar contra los ruidos exteriores, sino también vencer a los demonios interiores; sin hacer frente a estos adversarios  no es posible el crecimiento espiritual. 

Existe un vínculo íntimo y muy fuerte entre silencio y humildad. No escribió san Benito su regla y normas sobre el silencio para hacer del monje una persona sumisa al mirarse en sus vergüenzas, sino para que pueda conocerse a sí mismo en toda su gloria. 

La humildad permite dejar a Dios ser Dios en la propia vida; para ello has de despojarte de todo título, de toda pretensión, de toda máscara, de todos esos ruidos que ensordecen tu alma y te impiden escuchar la voz divina, que no es necesariamente la que  imaginas. 


Silencio para conocerte 

Los monjes del desierto eran claros y concisos a la hora de destacar el silencio como elemento clave para la vida monástica. Ya conocemos este apotegma del siglo III que evidencia el preponderante papel del silencio en una espiritualidad madura: “Cierto hermano fue al abad Moisés de Escitia y le pidió una palabra. Y el anciano le dijo: Ve, siéntate en tu celda y ella te lo enseñará todo”. 

¿Se puede decir tanto con tan pocas palabras? La verdadera sabiduría no se adquiere a partir de lecciones magistrales o edificantes, sino desde el silencio. “¡Siéntate en tu celda!”, es decir, entra en el silencio de tu interioridad, y ella te lo enseñará todo. 

No busques maestros y doctores que te expliquen las cosas del espíritu, porque no es cuestión de “saber” sino de “sabor”; no se trata de teorizar sobre la fórmula del H20 sino de sumergirte en el agua que eres tú mismo y Dios. 

¡Qué importante es esto! Buscamos respuestas a nuestras preguntas en el exterior: fórmulas, teorías, consejos, programas, etc. y no nos damos cuenta de que la única respuesta medianamente válida nos viene de dentro: “¡siéntate en tu celda!”, entra en ti; todas las respuestas están en ti; y lo mismo ocurre con las preguntas, esas preguntas que nadie sino solo tú puedes hacerte. Pregunta y respuesta surgen del silencio.

En el silencio llegamos a conocernos a nosotros mismos; ahí sentimos la furia que nos consume, la codicia que pudre nuestro corazón, la soledad que socaba nuestras esperanzas, la falsedad que desmiente nuestra apariencia de sinceridad, etc. En el silencio interior miramos lo que somos, nos conocemos desde fuera, como otros nos conocen, y entonces nos sonrojamos con lo que vemos en nuestra misma vida; y aquí llega la humildad. 

Cuando llegas a conocerte de veras, súbitamente brota en ti la humildad que atempera tu arrogancia y te hace amable para con tu hermano o hermana. Al saber de tus luchas te capacitas para conocer y valorar las suyas, al conocer tu fracaso sientes temor reverencial ante sus éxitos, y disminuyes tu tendencia a alardear, a castigar a nadie con tu arrogancia, a abrumar con tus certezas. De este modo el silencio se convierte en una virtud tuya, y desde ti en una virtud social. 

Moderación en el hablar

El silencio exige moderación en el hablar; el debido silencio de la lengua. Todos tenemos tendencia a imponer nuestras ideas, a colocar nuestras opiniones por encima de cualquier otra, a tener siempre la última palabra en la discusión. Ser el último en una conversación en lugar de ser el primero, es una agresión a nuestro ego. San Benito en su regla te está diciendo: escucha, aprende, permanece abierto a los demás. Ahí está la materia del crecimiento personal, el barro en que se moldea la humildad. 

Es bueno, por tanto, que analicemos nuestras palabras. Hay palabras que hieren y palabras que acarician, palabras que abruman y palabras que descargan, palabras que hunden y palabras que levantan, palabras inútiles y palabras necesarias ¿Cuáles son las más abundantes en mi? Reconoce que la mejor respuesta que podemos dar en muchos de los momentos de nuestra vida es la del silencio, la de la escucha. De este modo alimentamos nuestra sabiduría y servimos de muleta a quienes están necesitados de descansar su alma en la conversación. 


No ser de risa fácil 

Y para alcanzar humildad, además del silencio, el décimo grado: la moderación en la risa, el dominio de esa risa cruel que se burla del hermano o se jacta socarronamente de vivir una vida desprecupada y superficial. 

El “no ser de risa fácil y pronta” es una buena consigna para quien se ejercita en humildad. Hay que entender su significado en nuestro tiempo. Los antiguos dedicaron mucha atención a la calidad de la risa, un valor olvidado en nuestro siglo. Toleramos con “humor” incluso aquello que en su base es procaz e incluso brutal. Nos reímos de lo obsceno, lo hiriente, lo burlesco. 

La risa incontrolada es cosa de hoy; ayer se practicaba la moderación en el reír. Las fotos de ahora son todas de caras sonrientes, pero si miramos los retratos antiguos observamos gestos serios; los colegios para señoritas enseñaban el fino arte de sonreír bajo presión y de ser sobrias ante las trivialidades. 

En tiempos pasados, la advertencia del libro de la Sabiduría de que “el necio ríe estrepitosamente” era considerado como algo básico en la vida espiritual. Reyes y grandes señores eran personas serias y controladas; la gravedad era lo apropiado para las personas maduras y responsables. La risa, se pensaba, caracterizaba lo vulgar, lo basto, lo de mal gusto. Quien no se moderaba en ella demostraba una desafortunada falta de autocontrol. 

Hoy, en una cultura donde abundan las series cómicas, el club de comedias y los monólogos graciosos, en un tiempo en el que la risa parece ser exigencia de toda persona considerada dichosa, hay que matizar lo que dice san Benito al respecto. 

Hay que distinguir entre risa y humor. El humor nos permite ver la vida desde una perspectiva fresca y graciosa; con el humor aprendemos a tomarnos a nosotros más a la ligera. Y no creo que san Benito estuviera en contra del humor, habida cuenta de que tomarnos con humor nuestras vidas, reírnos de nosotros mismos, supone un alto grado de humildad. 

Lo que sí es indecoroso y cruel es reírse de las tragedias o las faltas ajenas, de los chistes racistas o sexistas, de las creencias de los otros. La burla, el escarnio, el comentario despectivo, el regocijo por el mal ajeno, no es sino una falsa apariencia de alegría. 

La persona humilde no usa nunca sus palabras chistosas para herir a otra persona; no ríe con desprecio. Todo lo contrario, cultiva la dulzura en el trato, la ternura, la sonrisa acogedora. El humilde se sabe inacabado, incompleto, uno más entre los demás; lo que no espera de sí mismo no lo espera de los demás; no se burla de los desvaríos ajenos, pero sí sabe aceptar con humor sus propias debilidades. Quien humildemente se acepta a sí mismo con humor tal como es no suele tener inconveniente en aceptar también a los demás, y sabe ayudar a otros a aceptar, con cierta gracia, sus limitaciones, algo muy importante para  el crecimiento espiritual. 


* * * 

Concluyendo los grados de humildad noveno y décimo de san Benito podemos decir que el silencio es una de las piedras angulares de toda vida que podamos tildar de humilde. Ahora bien, en la práctica del silencio no se trata simplemente de no hablar. No se trata de un silencio absoluto, sino de un silencio juicioso. El silencio egoísta, desdeñoso, el pasivo agresivo, el insensible a las necesidades del otro, no es el silencio que recomienda san Benito. 

El consejo es, por tanto, hacer silencio para escuchar la voz de Dios que nos habla dentro de nosotros y alrededor de nosotros por la palabra del maestro;  y también es importante el silencio para estar atentos a la  voz de los hermanos; cuando no hay silencio, cuando mi propio ruido me ahoga, se ahoga el dinamismo de la vida espiritual. Cuando me muevo en el monólogo, cuando discuto queriendo imponer mi visión de las cosas convierto mi ego en un obstáculo que me impide aprender nada de nadie. 

Cuando el discurso se descontrola y el cotilleo se convierte en el alimento del alma, la soberbia no anda muy lejos. Cuando lo frivolizamos todo y nos burlamos de todo ponemos en peligro la seriedad de toda la vida, y nuestro espíritu desfallece. 

Llegar a hacer silencio, a escuchar a otro, a ti mismo y a Dios debe ser un deseo importante para ti. La Palabra que buscas habla en tu interior; por eso es importante que hagas silencio; sólo desde él se puede cribar la sabiduría que se mueve en medio de los ruidos del mundo. En el silencio y la atención plena a tu interior podrás escuchar esa palabra que es Silencio y en el silencio va trabajando tu espíritu. 

Casto Acedo. Enero 2021

martes, 29 de diciembre de 2020

Sobre el autoengaño


La realidad del auto-engaño

En la meditación cuarta sobre la humildad hemos señalado que uno de los grados, el séptimo en el computo de san Benito, consiste en “ser honrado con uno mismo”.

Aparentemente parece que es inconcebible y absurdo pensar que uno pueda engañarse a sí mismo; pero es algo tan rutinario en nosotros que no nos percatamos de ello. Casi podríamos decir que vivimos muchas facetas de nuestra vida instalados en la mentira, o en algo no menos nocivo:  la media verdad, un apaño mental que  nos permite ir tirando, pero sin apenas empuje. Todos sabemos que hay medias verdades que son más dañinas que la mentira.

¿Por qué me engaño a mí mismo? La respuesta puede estar en algo tan comprensible como el querer huir del sufrimiento. No me gustan algunas cosas que me suceden o me han sucedido en la vida, cosas que me inquietan e impiden vivir en paz. Hay en mi memoria acontecimientos  o elementos oscuros de los que me avergüenzo, tendencias e inclinaciones que descubro en mí mismo y que no me gustan, tareas que considero que debo realizar pero que temo hacer por el dolor o sufrimiento que sospecho me acarrearían; hay evidencias que debo asumir pero no me apetece, porque  me dan miedo.  

Ese miedo provoca en mi, de modo más o menos consciente, una reacción de “olvido”, de relegación mental de esos asuntos; y de este modo acabo creando una realidad parcial o incluso paralela, seleccionada según mis propios intereses, que excluye todo lo que estorba a mis planes. Me construyo un mundo ideal en el que me siento cómodo, un mundo confortable que justifico racionalmente y donde todo lo desagradable queda fuera.

Entro así en un sueño. Mi mente deja fuera de su consciencia  aquello que no quiere aceptar. Puede ser mi condición sexual, o mi avaricia oculta, mi miedo a comprometerme en una concreta relación de pareja, mis negocios poco limpios, la incongruencia de mis comportamientos morales contrarios a mis creencias, un acontecimiento personal o familiar que me avergüenza, etc. 

Aunque todos estos asuntos son objeto de mis pensamientos, sin embargo, mi ego se las apaña para no mirarlos con detenimiento, para apartarlos y esconderlos lejos del punto de mira de la contemplación directa. Todas esas cosas acaban formando un mundo que vivo en penumbra, una sombra  que no permito entrar en mi consciencia. 

Está claro que si quiero crecer espiritualmente necesito prestar atención a todo, adentrarme también en la contemplación de mis sombras, de aquello que no acabo de encajar; necesito despertar del mundo irreal que ha seleccionado y fabricado mi mente, y adentrarme en mi realidad,  aunque asumir todo lo que hasta hora he apartado de mi atención lleve consigo sufrimientos (cruz). No cabe duda de que  esos sufrimientos son purificadores y forman parte de la dinámica pascual (muerte-vida) de toda espiritualidad. 

La dinámica del auto-engaño

La fábula de Esopo la Zorra y la uvas expone de forma sencilla  la dinámica del autoengaño:

Estaba una zorra con mucha hambre, y al ver colgando de una parra unos deliciosos racimos de uvas, quiso atraparlos con su boca

Mas no pudiendo alcanzarlos, a pesar de sus esfuerzos, se alejó diciéndose:

—¡Ni me agradan, están tan verdes!


El hambre produce dolor a la zorra; y sabe que su solución puede estar en alcanzar las uvas del parral. Pero al no lograrlo se añade ella misma el sufrimiento del fracaso. Entonces se pone en marcha el mecanismo de justificación que alivie su frustración: las uvas están verdes. Se engaña a sí mismo ignorando su impotencia para conseguir su premio, y lo hace del modo más común: negando la realidad y culpando a otros de su desgracia: “no me agradan, están verdes”.

Es la forma en la que tú mismo o tu misma te engañas. Cuando la realidad no te gusta buscas justificaciones que no son sino mentiras. Es lo que hace el padre que trabaja sin descanso día y noche porque es ambicioso, pero se convence a sí mismo de que    lo hace por sus hijos a los que no dedica ni unos minutos al día; es la mentira de quien se queja de lo insolidario que es el mundo, pero rehúye comprometerse en un voluntariado social; el engaño de quien despotrica contra los ricos excluyéndose  de entre ellos mientras avariciosamente crecen los números en su cuenta corriente; el autoengaño del fundamentalista religioso o político que quiere imponer su fe y moral a los demás so pretexto de querer salvarlos;  la mentira del hipócrita  que impone a otros, a veces a sus hijos o pareja, exigencias de respeto y trabajo que no está dispuesto a imponerse  a sí mismo (Mt 23,1-4), etc.

No pararíamos de poner ejemplos. Y si somos honrados con nosotros mismos reconoceríamos que hay muchas cosas que pasan ante nuestras narices, cosas que nosotros mismos hacemos o dejamos de hacer y que marginamos no prestándo la debida atención sólo porque no conviene a nuestros interés, porque nos molesta el simple hecho de pensarlas. ¿No te has dado nunca cuenta de cómo justificas mentalmente tus pequeñas faltas de respeto y atención a los detalles que te exige la vida familiar o de amistad? Cuando no quieres dedicar tiempo y esfuerzo a cuidar, escuchar  o atender a alguien, siempre encuentras una explicación. El posible sufrimiento de no responder a las exigencia de tu conciencia te lleva a buscar justificaciones que adormezcan la intranquilidad interior.


Engaño personal y social

Las más de las veces todo lo dicho ocurre de modo inconsciente. Tu mente te ha acostumbrado a protegerte de la ansiedad disminuyendo la atención ante hechos y circunstancias que te desagradan. Y esta falta de atención personal a la realidad acaba  también creando una somnolencia o autoengaño social; así, situaciones que cada uno edulcoramos mentalmente acaban estableciéndose como mentiras sociales que se adornan con eufemismos. ¿No habéis oído nunca decir aquello de “mi padre está mejor en la residencia de mayores”, estoy de acuerdo con la “interrupción voluntaria del embarazo”, hay que ayudar a “bien morir” (eutanasia), "nadie es perfecto",  "una cosa es la teoría y otra la práctica", etc.? 

Con frases así nos engañamos y de paso vamos creando una sociedad engañosa. Tras nuestras matizaciones a la verdad suele haber un interés que nos lleva a convencernos y convencer a otros de que tal o cual creencia, actitud o acto, son lo mejor para todos, cuando en realidad lo único que justifico es mi propia conveniencia hecha conveniencia del grupo. 

Añadamos a esto que, cuando los automatismos mentales se vuelcan en regodearse atentamente en lo que produce placer ninguneando lo desagradable por miedo al sufrimiento, surgen unos “puntos ciegos” en nuestra atención, una incapacidad (ceguera) para ver cosas evidentes que ocurren en nosotros mismos o en nuestro entorno. ¿No has observado cómo hay cosas que todos ven en alguna persona y sin embargo ella es incapaz de verlas en sí misma? 

Y lo que ocurre a nivel personal, también se da a nivel social. Hay situaciones de injusticia muy evidentes, como por ejemplo el tema del control de la inmigración (¿no dice el articulo 13 de los derechos humanos que “toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”? ¿Dónde está escrito que los hombres no pueden circular libremente por el planeta?), o las grandes desigualdades sociales (¿cómo puede alguien dudar que sea una injusticia el hecho de que alguien sea multimillonario en un mundo de desigualdades abismales? ; sin embargo nuestro mundo liberal-capitalista es incapaz de ver la injusticia).

Una realidad distorsionada por una atención deficiente (realidad no-meditada) deforma nuestra percepción y experiencia e inhibe nuestra acción. ¿No notáis cómo nuestro siglo, en un uso indecente de los medios de comunicación, con la excusa de amortiguar el dolor echa mano de la distorsión de los hechos, a veces banalizándolos,  a fin de manipular la experiencia? Y con facilidad nos sometemos a los edulcorados criterios propagandísticos a fin de escapar a la dolorosa realidad.  ¿No ha ocurrido así con el cómputo y otras noticias acerca de la pandemia del coronavirus? La realidad que conocemos suele ser la que más nos agrada. ¿Cuántas veces has dejado de ver un programa de televisión, o un periódico, cuando dan opiniones que son contrarias a tus gustos e ideología? Tú mismo seleccionas la realidad y te cierras  así a una vida plena de felicidad, un estilo de vida que no rehúye sino que ama y respeta a los contrarios. Si sólo amo a mis amigos, ¿qué mérito tengo? ( cf    )

La meditación como terapia

Deberíamos concienciarnos de la importancia de la meditación-contemplación de nuestra realidad a fin de despertar de nuestros engaños, sean estos conscientes (culpable)  o inconscientes (ignorancia). La felicidad solo es posible en la verdad; es la verdad la que facilita  el crecimiento espiritual y nos hace  libres. Y es fácil de entender esto: lo que hacemos objeto de nuestra  atención plena (meditación) queda dentro del marco de nuestra conciencia y es susceptible de ser reconocido y sanado, mientras que aquello que es desechado termina desvaneciéndose. Aunque siempre estará en el fondo, inclinando la balanza hacia el abismo, y  puede emerger dolorosamente en cualquier momento.

Decía Williams James que “mi experiencia es aquello a lo que estoy dispuesto a prestar atención. Y mi mente va siendo modelada por los ítems que recibo”. Cuando no vivo como pienso acabo pensando como vivo. Para ello solo tengo que mentirme un poco no dando importancia a lo que no satisface mis intereses. Nadie dio importancia al covid-19 hasta que le tocó dolorosamente en carne propia o de amigos o familiares cercanos. Faltó atención, contemplación de la realidad en su justa densidad. Cuando se tomó conciencia se inició el camino hacia la vacuna. Lo mismo ocurre con tantos y tantos virus personales que nos negamos a reconocer en nuestro yo.

Meditar es un buen camino para conocernos y poder salir de la dinámica de autoengaño en la que, por desgracia, estamos sumidos. Hay muchas cosas que pasan inadvertidas en nosotros porque no queremos mirarlas detenidamente; y como no las advertimos no las podemos cambiar al menos que seamos consientes de ellas y determinemos, aunque no nos guste, aceptarlas y trabajarnos espiritualmente para sanar nuestro yo.

* * *

Para practicar el conocimiento propio

Dice la carta de Santiago que “quien oye la palabra y no la pone en práctica se parece al hombre que se miraba la cara en un espejo y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era. Pero el que se concentra en una ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, no como oyente olvidadizo, sino poniéndola en práctica, ese será dichoso al practicarla” (Sant  1,23-25). Y valga esta cita para que la apliquemos a la meditación y el silencio. Sin práctica, todo lo escrito aquí es un discurso inútil. Sólo la práctica del silencio y  la meditación nos puede hacer dichosos.

Y aquí me gustaría señalar la importancia del tema que hoy nos ocupa. Para ser honesto con uno mismo es de vital importancia abrir los ojos de la inteligencia y el corazón al hecho de que el mayor obstáculo para el crecimiento espiritual soy yo mismo. Solemos acusar de nuestros fracasos a personas o circunstancias externas a nosotros. “Si hubiera nacido en otra familia, si no fuera por lo difícil que está la situación actual, si mi trabajo me lo permitiera, si yo tuviera mejores medio, si mis hijos fueran más obedientes, etc.” Estos condicionales son un autoengaño, una manera de echar fuera la responsabilidad, una manera de justificar lo injustificable. Esos obstáculos se pueden mirar más como oportunidades que como impedimentos.  

Nos chantajeamos a nosotros mismos cuando echamos mano de argumentos externos para no tener necesidad de mover algo dentro de nosotros. Si pusiéramos empeño en conocernos y entrenarnos para vivir en la realidad seríamos invencibles; nada fuera de nosotros nos podría apartar de la sabiduría. Pero hay en nuestro castillo interior un traidor, un ego que se ha colado de polizón y no te deja ser tú mismo al dar juego a elementos poco recomendables: miedos, complejos, pasividad, acomodamiento… El enemigo está dentro de ti, y te engaña convenciéndote de que es bueno ocultar lo oscuro, porque sacarlo a la luz no es conveniente y no te servirá de nada. 

No es fácil ejercitarse en la honestidad personal, pero te propongo:

1.- Que escojas algún elemento de tu personalidad que no te guste y que normalmente rehuyes. Un complejo, un miedo, una experiencia dolorosa que no quieres recordar, una vergüenza que quieres tapar, una justificación para no cambiar alguna actitud… Puedes pensar en alguna persona, ideología u opinión, hacia la que sientes rechazo y sueles dejar en la penumbra en cuanto aparece.

2.- Mira ese elemento con serenidad en el tiempo de meditación. Sácalo de la sombra y préstale atención plena.  Hazlo con cariño  sin rechazo, como un miembro herido de tu cuerpo que quieres sanar. Mira que Dios te quiere tal como eres.

3. Interioriza esto: yo no soy la verdad, la única verdad es Dios y su Palabra (Jn 14,6). Sólo Él me puede dar la luz y la felicidad. "Tu luz, Señor, nos hace ver la luz" (Sal 35,10). Observa cómo a medida que te conoces a Jesús (la luz) te vas conociendo más a ti mismo en tu naturaleza original, en lo que eres: Hijo de Dios. 

3.- Pide la gracia de conocerte y aceptarte a fondo, en tu realidad total, más allá de tu agrado, más allá de tus intereses.

Cuando termines la oración, escribe tus impresiones. No será fácil poner al descubierto las mentiras que has mantenido ocultas durante tantos años, pero es un trabajo que merece la pena. Romper esquemas de bienestar es sano y facilita la aventura de recorrer caminos siempre nuevos.

Casto Acedo. Diciembre 2020.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Meditación en la humildad (4)


Ser honrado con uno mismo. 
Estar dispuesto a aprender de los demás. 

Nota para que no nos perdamos:  lo que estamos meditando en el grupo lo emmarcamos en la necesidad del propio conocimiento que santa Teresa pide ejercitar en la tercera morada para así crecer espiritualmente. Seguimos dando pasos en este conocimiento personal a partir de los grados de humildad de la regla de san Benito; lo hacemos ayudados por la obra de J. Chitistter, Doce pasos hacia la libertad interior. Aquí abordamos los grados séptimo y octavo: Ser honrado acerca de uno mismo y estar dispuesto a aprender de los demás. 

No debemos olvidar que la humildad, tal como la entiende san Benito, es un proceso que aprendemos grado a grado y que abarca todas las facetas de la vida. Además, no hay que caer en la trampa de creer que se trata de adquirir unas habilidades sociales adaptables a lo que nos sale al paso en la vida; la humildad no es una técnica, una habilidad recurrente, sino un modo de verse a uno mismo y de ver el mundo. 

Los seis primeros pasos son sencillos: ser conscientes de la presencia de Dios, aceptar su voluntad, vivir la obediencia, ser paciente, dejarse guiar por un buen director espiritual, y no ceder el lugar que debe ocupar Dios al dinero u otros bienes materiales. Los grados séptimo y octavo nos llevan aún más arriba, o mejor decir abajo. Nos enseña san Benito en ellos que la mera relación con Dios no basta; e incluso puede ser falsa y causa de una refinada soberbia. La humildad no es una genuflexión ante el sagrario, ni un golpe de pecho, ni una inclinación de cabeza ante el altar o el obispo; la humildad, lo hemos dicho, no es la práctica de unos cuidados gestos externos ejercida desde la mirada altiva de quien está más alto en la pirámide social. 


Sé honrado contigo mismo 

El séptimo grado es una verificación de los otros seis. Sólo se llega a él tras haber encontrado a Dios verdaderamente. Así lo expone san Benito: “El séptimo grado de humildad consiste en creerse el último y peor de todos, no sólo de palabra sino en lo más profundo de su corazón, humillándose y diciendo con el profeta: Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo (Sal 22,6). Me he ensalzado y he sido humillado y confundido (cf Lc 14,11). Y también: Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos (Sal 19,71)”. 

Este grado es un obstáculo escandaloso para el mundo moderno, que se mueve bajo la guía de eslóganes tales como “sé el mejor”, “no te prives de nada”, “muestra a todos tu fuerte personalidad”, “no te arredres ante tus aspiraciones a subir”… Esto no congenia bien con el consejo del maestro benedictino: no sólo decir sino llegar a creer que realmente eres el más vil de todo, el más débil, "un gusano y no un hombre”. ¿No va esto contra el mito moderno de la autorrealización? Visto a la ligera parece que sí, pero contemplado atentamente podemos decir que este grado de humildad no es una barbaridad o una mala psicología. 

Lo que se ofrece en este grado no es una perversión psicológica, sino lo mejor que la experiencia humana puede ofrecer. Nadie puede ser eternamente el mejor, ni tenerlo todo, ni seguirá adelante constantemente. El impío grial de la autorealización total es un espejismo, un sueño inalcanzable, una aspiración que sólo conduce a un árido desierto espiritual. Cuando tenemos que ser los mejores no podemos ser nosotros mismos. 

En el séptimo grado de humildad san Benito te invita a dejar de engañarte acerca de ti, a aceptar lo que siempre has sabido: que te has engañado a ti mismo o a ti misma y que has tratado de engañar a los demás. Por mucho que hayas aparentado o creído aparentar ante ti mismo o ante los que te rodean, no dejas de ser tu propio yo débil, herido y atemorizado. 

En este grado aprende a relajarte. Una vez que te conoces y dejas de fingir ser lo que no eres te liberas para aceptarte y aceptar a los demás. Ya no tienes que fingir. La energía que gastabas en ocultarte a ti mismo y ocultar a los demás tus carencias puedes canalizarla entonces de modo más positivo tratando amablemente a los demás, porque los sentirás más cercanos, más iguales, tan dignos de compasión como tú mismo o tu misma. El vecino alcohólico no será un paria sino un ser humano tan digno como tú; la pobre chica del rellano, a la que consideras un tanto ligera de cascos pasa a ser tu hermana cuando descubres que tú mismo no eres tan formal como aparentas; al compañero de trabajo, tan pelma él, lo miras de otro modo, porque terminas aceptando que también tú eres con frecuencia un incordio para los otros. 

Llegar a este grado te ayudará a reconocer que también tú puedes perder el auto-control que crees tener sobre tu vida (¡lo tengo todo tan controlado!); y perder el control no es una tragedia; en la aceptación de tus fallos, al amarte en lo que eres, te abres a comprender y aceptar a los demás en lo que son. Y, como ya hemos dicho, tienes la ocasión de volverte más amable; y, curiosamente, v serás más amado por todos, porque los demás suelen amar más a quien es y se sabe débil que al engreído. Si lo miras con atención, reconocer tus caídas te hace sentir más humano, más cercano a la humanidad.

Cuando entras en tu interior, donde la necesidad de impresionar no enturbia el entendimiento, descubres el vestuario y el maquillaje, la distancia y la iluminación, que, de cara a la galería, pones en todo lo que haces. Ahí hay algo que la gente no llegará nunca a ver, tu propio yo. Y es ese yo el que debes aceptar tal como es. La sana conversión espiritual consiste en volverte a tu realidad personal más íntima, a tu yo. Ahí sabes que no eres la Virgen María, sino María Magdalena; sabes que no eres san Juan sino Judas. Ahí hay espacio para cambiar, para convertir tu vida. 

Cuando vives engañándote a ti y a los demás, queriendo aparecer como criterio de perfección; cuando impones tus creencias y tu ley como norma social porque te crees en posesión de la verdad, ¿qué espacio dejas al avance espiritual? El séptimo grado de humildad te pide tener espacio de sobra para crecer; gracias a este grado puedes abrirte a nuevas posibilidades. Siempre hay alguien y algo nuevo que descubrir. La humildad de reconocerte como imperfecto y débil facilitará pasar al octavo grado: estar dispuesto a aprender de los demás. 


Estar dispuesto a aprender de los demás 

“El octavo grado de humildad –escribe san Benito- consiste en que el monje no haga más que lo que le proponen la regla común del monasterio y el ejemplo de los mayores”. 

El octavo grado nos libera de perder el tiempo queriendo alcanzar la luna; nos proporciona, en línea con el tercer grado ya comentado en otro lugar, un respeto por los demás, una agudeza para admirar entusiasmados a los grandes espirituales en lugar de perdernos trazando torpemente nuestro propio camino con la soberbia convicción de que  somos unos iluminados o iluminadas. Aquí se  invita a permanecer abajo, en la corriente de la vida, para aprender lo que los demás han aprendido antes que nosotros. Ser discípulo o discípula. El discipulado presupone la humildad de reconocer la propia ignorancia preguntando y aprendiendo de los maestros; vinculados a ellos, y sobre todo al Maestro Jesús, no cometemos el error de ser nuestro propio guía ciego (cf Mt 15,14). 

La humildad es aquí cemento de relaciones. En este grado descubres la importancia de la amistad, el comienzo de la fe, que no puede crecer en solitario sino en comunidad. No puedes caminar en solitario. Tus amigos, tu grupo de oración y estudio, y la comunidad toda, tienen mucho que ensañarte; para ello solo necesitas respeto por la experiencia ajena y confianza en otras personas. A esto te faculta la humildad; la conciencia de tu limitación te abre la puerta a recibir con agradecimiento ejemplos y lecciones de Dios y de los demás. 

* * * 

Aprende, pues, que la verdadera humildad no es una virtud para presumir de santidad, para que te adoren; y menos aún para adorarte a ti mismo o a ti misma. Esto sería muy dañino; porque el auto-culto es siempre principio de crueldad ya que acabarás queriendo someter a los otros bajo la tiranía de tus propios criterios. Por este motivo alcanzar este grado de humildad, es trabajar por la paz. Primero la paz interior que ganas al aceptarte en tu realidad y no tener que violentarte fingiendo lo que no eres; y también estás trabajando por la paz del mundo, porque quien conoce y acepta su pequeñez no se vuelve contra nada y contra nadie sino a favor de todo y de todos. La aceptación del propio ser en humildad es fuente de compasión y paz. 

Casto Acedo. Diciembre 2020. paduamerida@gmail.com