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sábado, 27 de junio de 2020

Amar tu cruz (Oración para el domingo 13º A)



“El que no carga su cruz 
y me sigue, 
no es digno de mi”
(Mt 10,38)

* * *

Una historia de Anthony de Mello, en El canto del pájaro,  y que en los encuentros habituales me habéis oído referir muchas veces.  La historia es la misma de siempre, pero su lectura es nueva cada vez que la escuchas:

DIENTES DE LEÓN

Un hombre que se sentía orgullosísimo del césped de su jardín se encontró un buen día con que en dicho césped crecía una gran cantidad de "dientes de león". Y aunque trató por todos los medios de librarse de ellos, no pudo impedir que se convirtieran en una auténtica plaga. 

Al fin escribió al ministerio de Agricultura, refiriendo todos los intentos que había hecho, y concluía preguntando: "¿Qué puedo hacer?". 

Al poco tiempo llegó la respuesta: "Le sugerimos que aprenda a amarlos". 

También yo tenía un césped del que estaba muy orgulloso, y también sufrí una plaga de "dientes de león" que traté de combatir con todos los medios a mi alcance. De modo que el aprender a amarlos no fue nada fácil. 

Comencé por hablarles todos los días cordial y amistosamente. Pero ellos sólo respondían con su hosco silencio. Aún les dolía la batalla que había librado contra ellos. Probablemente recelaban de mis motivos. 

Pero no tuve que aguardar mucho tiempo a que volvieran a sonreír y a recuperar su sosiego. Incluso respondían ya a lo que yo les decía. Pronto fuimos amigos. 

Por supuesto que mi césped quedó arruinado, pero ¡qué delicioso se hizo mi jardín! 

* * * 



¿Cuál suele ser el motivo de mi oración? ¿Qué me mueve a dedicar un tiempo a la meditación o a la contemplación y el silencio? 

Es muy importante conocer las motivaciones de nuestros actos. Porque a menudo nos sobreviene el desánimo, y no precisamente por la falta de bondad de los actos que realizamos -¿quién va a decir en el caso que nos ocupa que orar no es bueno?- sino por el enfoque que le damos. 

Solemos ir a la oración con una serie de expectativas y objetivos. Y entre esas expectativas están nuestras cruces. Sobre todo en la oración de petición insistimos al Señor, le instamos y le pedimos de modo más o menos directo, que nos quite las cruces de la vida. 

Es un error. Es muy conocida la historia de aquel que le pedía a Dios que le quitara o al menos le cambiara la cruz que se le había dado a llevar. Dios, que sabía que eran muchos los que le pedían tal favor, los reunió a todos y les mandó poner las propias cruces en un montón. Luego pidió a cada uno que cogiera una de ellas. Y la sorpresa vino cuando, sopesadas las cruces ajenas, cada cual volvió a tomar la suya. 

¿Qué es la cruz? ¿Cuál es nuestra cruz? La cruz no es otra cosa que la realidad de cada día, mi realidad, mi huerto donde junto a las flores y los frutos crecen los cardos. Cada uno tiene sus cruces, realidades que pesan físicamente (enfermedad, minusvalía, ancianidad…), psíquicamente (complejos, miedos, decepciones…) o espiritualmente (pérdida de sentido, sequedad espiritual, debilidad ante aquello que sabemos que hay que vencer, o en la lucha contra los propios sentimientos…).

Cada cual tiene sus dientes de león, sus cruces o su cruz, que no son otra cosa que la realidad de su vida tal y como le va viniendo. Porque la vida, en gran medida, no la elegimos, nos viene dada por las circunstancias y las personas que se cruzan con ella. 

¿Qué relación tienen estas cruces con la vida orante? Cuando realidades desagradables, no queridas ni deseadas, aparecen en la vida, mi modo de oración suele optar por uno de estos enfoques o motivaciones:


*evadirme de la realidad, es decir, dedicar un tiempo a la oración para estar lejos de esos problemas y de paso pedir a Dios que me los solucione; o

*aprovechar para contemplar los problemas como parte de mi existir; asumir las cruces, "gloriarme en la cruz" dice san Pablo (Gal 6,14), sabiendo y sintiendo que forma parte de mi vida; mirarla con Cristo y saberme acompañado por Él en el camino hacia el Calvario. Gloriarme en la cruz es aceptar y amar mis propias limitaciones, abrazarlas sin rendirme a ellas, con un amor más de esperanza que de resignación. 

Contemplar es ver, mirar, observar. ¿Soluciono algo con esto? De momento identifico mi realidad y asumo lo que en ella hay de sufrimiento y de lucha. Hay cruces de las que no podré desprenderme fácilmente, pero todas me enseñan algo sobre mí, y son una oportunidad de crecimiento en fe, esperanza y humildad, sin dejar de lado el realismo de caridad que exige este amor en el dolor. 

Alguno dirá que eso de cargar con la cruz que suponen la familia, los amigos, las propias situaciones dolorosas, los fracasos, etc., es “perder la vida”. Por eso lo más común ante esto es el escapismo, la huida hacia la distracción, el consumo, el dopaje con sustancias extrañas... Sin embargo, para un servidor del Maestro tomar la cruz y seguir sus pasos no es “perder la vida”. “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10,39). 

Quien aprende a amar sus cruces como el jardinero  sus dientes de león, acaba descubriendo que su jardín no es el más deslumbrante de la comarca, pero es el suyo, y esto hace que para él sea el más hermoso de todos. De ahí que, puesto a elegir una cruz entre las que llevan mis hermanos, termine finalmente eligiendo la mía. Y abrazándola con amor. "Abrazar la Cruz -dice el papa Francisco- es abrazar las contrariedades, no huir de ellas y dejar que el Espíritu de Dios se abra paso".

* * *
Para orar este domingo

* Busca un momento y lugar tranquilos donde puedas silenciar tu cuerpo, tu mente y tu corazón. 

* Comienza pidiendo al Espíritu Santo que su luz penetre tu alma y te ayude a conocerte y hallar consuelo en tus sufrimientos. 

* Cuando miramos algo que nos duele solemos instintivamente volver la cabeza y tendemos a cerrar el corazón con actitud defensiva. Tú,  suelta violencias, y siente sobre tu hombro la suave mano de Jesús que mira contigo el panorama de las realidades dolorosas de tu vida. Con Él, haz un repaso de tus cruces. Paséate sin prisas por los lugares, los acontecimientos, las personas, las situaciones, que más te hicieron o hacen sufrir. Son los dientes de león de tu jardín interior. 

* Elige una de tus cruces para contemplarla con Jesús. La observas en silencio, acallando miedos, prejuicios, repulsas. No apartes los ojos de ella. Mírala con amor y compasión. Pon amor en lo que ves y da amor a la persona o situación que tienes ante ti. Recuerda a san Juan de la Cruz :“donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”

* Deja que el amor vaya embelleciendo la cruz que contemplas. ¿Lo crees posible? ¿No crees que es hermosa la estampa del Crucificado? Es lo más hermoso del mundo. No es bella por el sufrimiento que muestra sino por el amor que transpira,  porque en su cruz Jesús cargó con nuestras cruces. Amó su cruz, y amándola nos amó y nos redimió. Contempla este Misterio.

* Jesús te perdona por las veces que la cruz que contemplas ahora, tu sufrimiento, te arrancó la paz. Odiabas esa cruz y te volvías contra las circunstancias o los hermanos a los que considerabas causantes de ella. Hoy, ahora, contemplas cómo Jesús te ama y perdona ese tu rechazo violento de la cruz. 

* Haz tú lo mismo. Ama a Jesús. Ama tu cruz. Perdónate a ti mismo tu torpeza. Ámate con el mismo amor de Jesús. Porque al que mucho ama, mucho se le perdona (cf Lc 7,47-48). Dios te perdona, haz tu lo mismo (cf Col 3,13). Padre, “perdóname, porque no sabía lo que hacía cuando cargaba mi cruz sobre los hombros de tu Hijo”. Repite interiormente esta oración. 

* Termina tu tiempo de meditación abrazando con amor la cruz que has contemplado -otro día puedes escoger otra para tu oración-.  Jesús dice; “Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11,29). ¿Lo entiendes ahora? El amor de Jesús y tu propio amor aplicado a tu cruz, la hace llevadera, hermosa y amable, como los dientes de león de tu jardín. Su existencia es inevitable, pero tu odio, con la ayuda del Espíritu, se puede evitar.

* Una vez terminada la oración no olvides tomar nota de las enseñanzas y las llamadas que has recibido en ella. Te ayudará a valorar el proceso de tu vida espiritual.

* * *


EVANGELIO Mt 10,37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: 

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. 

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. 

El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. 



El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Junio 2019


domingo, 21 de junio de 2020

Perder el miedo (Orar en domingo 12º Ord A)


"No tengáis miedo 
a los que matan el cuerpo , 
pero no pueden matar el alma" 
(Mt 10,28)

En el misterio de cuerpo y alma que somos solemos mirar más por el uno que por la otra, si bien es cierto que ambos se interrelacionan e influyen mutuamente.

Sabemos por experiencia que cuando el cuerpo anda tocado por el cansancio o la enfermedad el ánimo se resiente, y tampoco ignoramos que un estado de ánimo triste, abatido, depresivo o estresado, influye notablemente en el cuerpo.

Es preciso cuidar el cuerpo, pero no es menos necesario el cultivo del alma. Si hacemos caso a lo que el Señor dice hoy en el Evangelio, incluso deberíamos prestar más atención al alma que al cuerpo. ¿Por qué? Simplemente porque, salud corporal aparte, la felicidad humana depende más de los sentimientos que del estado de salud del cuerpo. Esto hace que sea una gran noticia el auge que la educación emocional y espiritual han adquirido en estos últimos años; un hecho positivo si, además, tenemos en cuenta que mientras el cuerpo vive sometido a la temporalidad y a la limitación espacial, el alma tiene por sí misma vocación de eternidad. No es de recibo que el destino del cuerpo físico es según el modelo de una curva ascendente que a mitad de la vida comienza a decaer, mientras que el espíritu puede seguir un camino de ascenso continuo hasta alcanzar plenitud. 

Orar es un acto de toda la persona. El cuerpo, con su postura física, su ritmo respiratorio, los latidos del corazón y el riego sanguíneo, expresa su adhesión a Dios tanto como el alma lo hace recurriendo a la oración mental o al silencio de las potencias. 
A la vida espiritual, aunque la consideramos importante, sin embargo, no solemos prestarle tanta atención como al cuerpo. Trabajo físico, gimnasio, alimentación equilibrada, descanso, preocupación por la estética, etc. suelen ocupar la mayor parte de nuestro tiempo. La interioridad, espacio del alma, no suele ser objeto de tanta atención como la exterioridad. 

Vivimos en exceso hacia fuera. Excesiva preocupación por la propia imagen exterior. Tememos morir, ser insignificantes para los demás, y nos agarramos a la apariencia del cuerpo para que eso no ocurra. No somos conscientes de que nuestro ser más profundo y duradero está dentro. Hay que entrar. Pero para conseguirlo hay que dejar de pertenecer al club de los que conceden más valor al cuerpo, perder el miedo a asumir esto y hacerlo visible en la vida con naturalidad.

El miedo a la mentalidad ambiente nos paraliza y enclaustra. “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Las críticas y ataques a nuestra imagen externa nos llevan a preocuparnos por el cuidado exterior hasta el límite de negar públicamente nuestro interior. Al hacerlo, escondemos nuestros sentimientos y pensamientos reales. Y Jesús nos dice que es una tarea inútil, porque “nada hay encubierto que no llegue a descubrirse”. Esconder nuestras ideas, creencias, fe, sentimientos, por miedo suele llevar a la muerte del alma, que sobrevive malamente asfixiada en su cárcel. 

Sin detrimento de la importancia de la dimensión corporal de la persona, no cabe duda de que ésta sería muy pobre sin el toque espiritual que define a cada cual. Por eso el Señor invita a que, a pesar de que lo espiritual no goce de mucha simpatía para aquellos entre los que convivimos, no tengamos miedo a ser nosotros o nosotras mismas, sin complejos, sin miedos. 

“Lo que os digo al oído, pregonadlo en la azotea”. Aquello que compartimos en la cuenta privada de wasap, ¿por qué no decirlo en el grupo? La riqueza interior de la fe que atesoro dentro, ¿por qué no hacerla pública? Los tiempos invitan a “salir del armario”. Es fácil cuando el ambiente exterior ayuda a ello; más difícil cuando hay rechazo. Pero Jesús anima: “¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga mi Padre… Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones”, es decir, el Señor está contigo en el combate espiritual, también cuando éste sale al exterior a mostrar su verdad. 

No tengas, por tanto miedo a que tu dimensión espiritual sea vista y conocida. No la niegues en público, porque eso afectará a su desarrollo. “A quien se declare por mí ante los hombres –dice Jesús- yo también me declararé por él,… Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré”. Es decir: si tu espiritualidad se abre hacia fuera crecerá y vivirá para siempre; pero si se niega a afirmase en el exterior, acabará muriendo. 

* * * 

NOTAS PARA LA ORACIÓN 

· Este domingo párate; relaja tu cuerpo en la postura que más te ayude a ello; cierra suavemente los ojos a fin de que tu cuerpo te facilite el recogerte interiormente; esa postura de silencio, recogimiento y humildad es ya oración. 

· Observa cómo vive tu cuerpo: respiración, latidos del corazón, fluir de la sangre expandiendo vida por todas partes. Déjate llevar y gusta de tu presencia física en la oración. Sonríe suavemente en señal de aceptación de tí mismo/a.

· En un segundo momento, acalla todo lo físico y penetra en tu “castillo interior”. Imagina y siente tu vida espiritual, invisible, en paralelo con la respiración, los latidos del corazón y el correr de la sangre. Vive tu vida interior como distinta a la vida del cuerpo, y a la vez unida a él, como formando parte de un mismo espíritu. 

· Tu espiritualidad, cuando se para en el intimismo, se ahoga. ¿No sientes cómo revives espiritualmente cuando compartes tus vivencias con otras personas? Tu interioridad tiende a salir y manifestarse al exterior. Con quienes compartes meditación le es fácil expandirse y expresarse, con los extraños tiende a replegarse. Es el miedo, que mata la vida. 

· Escucha la voz interior que te dice: “no estás solo, no estás sola". Yo estoy contigo, te dice Jesús. Muchas personas están dispuestas a escucharte; es más, son muchas las que necesitan que les hagas ver que “no solo de pan vive el hombre”. Escucha esas voces anónimas que tienen miedo a reconocer su necesidad espiritual y están gritando en el silencio y el miedo. No les niegues tu testimonio, aunque, como Jeremías o como Jesús, atraigas hacia ti el rechazo y la persecución. 

· “Dijo Jeremías: “Oía la acusación de la gente. ´Pavor-en-torno, delatadlo, vamos a delatarlo´. Mis amigos acechaban mi traspié. ´A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”. pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes” (Jr 20,10-11). Cuando vivas experiencias de rechazo como el de jeremías, toma nota: Dios es tu defensor; silencia tus miedos y cobra libertad, no estás sólo, el Espíritu está contigo, 

· “Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de la mano de los perversos”. Agradece la presencia de Dios en tu vida. Pídele romper las cadenas del miedo para ganar en amor y apertura. 

· Toma nota de tus miedos a ser tú mismo o tú misma. Constata cómo el cultivo de tu imagen física y social limita tu crecimiento espiritual. Decide si deberías dar pasos para ir saliendo del armario. 

Buen domingo. Y buena semana. 

Casto Acedo. Junio 2020. 

viernes, 12 de junio de 2020

Orar en el Corpus Christi (14 de Junio)

Una invitación a la oración en el día del Corpus Christi,  inspirada en Carlo Carreto (Más allá de las cosas) y santa Teresa de Jesús. 
"Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo.
¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija "(Teresa de Jesús, Camino, 28, 2)

 Orar seriamente es dar al menos la hora veinticuatro a Dios, pero a Dios solo. Y sólo porque es Dios, el ser Absoluto. Él tiene derecho a que yo me detenga, como tiene derecho el huésped que viene a mí.

Qué consolador es entrar en una casa amiga y ver que todo se para porque uno ha llegado.

Si el dueño de la casa había decidido salir, atrasa su salida: ahora tiene que prestarte sus atenciones. Si la señora había pensado lavar, amontona toda la ropa, porque ahora tiene que atenderte a ti.

El huésped es sagrado; todo lo demás pasa a segundo plano. Ahora eres tú lo más importante; el tiempo no lo es tanto.

Pues bien, si tiene tales derechos el huésped que ha salido de cualquier punto de la tierra para venir a verte, para estar un rato contigo, ¿no tendrá igual derecho el Dios bajado del cielo en busca tuya? ¿El Dios que se ha encarnado para hacerse visible? ¿El Dios que se hizo Eucaristía para penetrar en tu casa y estar en ella el mayor tiempo posible?

Porque aquí radica, y sólo aquí, el sentido de la oración, la fuerza que la sostiene, la esperanza que la anima: en que hay alguien que te busca, alguien que está ante ti, alguien que te dice: «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa; cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20).


* * *
Acostumbrada el alma a orar ante el Santísimo con un “yo voy”, no vendría mal cambiar el chip y considerar los momentos de oración como un “Tú vienes”. No soy yo quien le busco, es Él quien  me busca a mí desde siempre. Y me encuentra.

Mi momento de oración, visto  como "su visita", no es un deber, sino una gracia. Una sorpresa. ¿Quién soy yo para que me visite mi Señor? (cf Lc 1,43). ¿Acaso me considero digno de ser visitado por Rey tan poderoso? 

Ante visita tan inesperada y grandiosa, no debe costar mucho dejar aun lado las ocupaciones y posponer los planes previstos para el día, porque la atención está centrada en el Huésped divino que se ha dignado a venir a casa de tan poca importancia.

"No sois vosotros quienes me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido a vosotros" (Jn 15,16). No soy yo el que voy a Él sino Él quien viene a mi. ¡Qué extraño resulta este enfoque si lo comparo con el canto eucarístico que me enseñaron en la infancia: "Vamos, niños, al sagrario, que Jesús llorando está, pero viendo tantos niños muy contento se pondrá". Quien realmente está sólo, sin Él, soy yo. Y en verdad que las lágrimas no son suyas sino mías; lágrimas de llanto trocadas en alegría al saberme hallado en Él y por Él.

El mismo Señor que hace veinte siglos  vino por primera vez en la humildad de nuestra carne, sigue viniendo ahora. Viene en cada hombre y acontecimiento, y me visita sacramentalmente en la Eucaristía, memorial de su Pascua. Corpus Christi  es la fiesta del Paso de Dios, una invitación a abrir la puerta de mi interioridad y recibir al Huésped que viene a sanarme con su presencia y su palabra.


* * *


Notas para la oración

- Aprovecha el día de Corpus para recibir al Huésped que, aunque este año no procesione ritualmente, recorre las calles de tu historia y llama a la puerta de tu interioridad esperando ser recibido.

- Si puedes, a provecha para dar en soledad un tranquilo paseo contemplativo y acércate al sagrario de algún templo  cercano, o mejor a alguna capilla donde  esté expuesto el Santísimo a la adoración de los fieles. Ya que este año Él "no sale en procesión", al menos que tenga constancia de tu disponibilidad para recibirle y atenderle.

-Una vez ante el Santísimo, silencia tu mente y tu corazón. Deja todas tus ocupaciones. Dedica una hora a la oración. Considera el momento como un privilegio. Recibe con alegría al Señor que te visita.

-No pienses en Él. Ya sabes quién es. No le exijas que aclare tus dudas; tampoco le pidas  nada. No eres tú quien le visita, es Él quien ha venido a ti. El templo eres tú, y la Presencia Eucarística es su modo de estar dentro de ti.  Él sí podría ahora pedirte a ti que hicieras muchas cosas, pero no te pide nada. Sólo quiere tu atención amorosa y tu mirada.  

-No os pido ahora que penséis en El –dice santa Teresa a sus hijas- , ni que saquéis muchos conceptos ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más de que le miréis.  … ¿Es mucho que, quitados los ojos de las cosas exteriores, le miréis algunas veces a Él? Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa, sino que le miremos. Como le quisiereis, le hallaréis. Tiene en tanto que le volvamos a mirar, que no quedará por diligencia suya”. (Camino, 26,3)

- Estás ante el Señor de la Vida, Pan del Cielo que contiene en sí todo deleite. Viene  a gozarse contigo y a permitir que tú te goces en Él. Deja que el gozo del amor fluya entre vosotros.

-Jesús dentro de ti, en tu casa, contigo.  Tu alma llena de luz; le miras visible en la aparente nada de un trozo de Pan, y se abre ante ti una ventana invisible al infinito donde tu corazón se confunde con el inmenso océano de la Vida Eterna (cf Jn 4,13). Tu vida viene de Dios Infinito y fluye hacia el mismo Infinito del que procede. Te dejas llevar por la atracción del Amado y todo te sabe a comunión y vida.

- Terminada tu oración, párate a evaluar la experiencia. Si lo crees conveniente, toma nota de lo que has recibido. El Señor te ha visitado a ti, pobre y necesitado/a. Y no olvides completar tu oración comunicando o visitando hoy  a ese hermano o hermana que  sabes que seguro gozará al saber que te preocupas por él o ella. También necesita tu visita y ser mirado con cariño por alguien que le quiera de veras.

Casto Acedo. Junio 2020


viernes, 5 de junio de 2020

Orar con la Santísima Trinidad (Domingo 7 de Junio)

En la Solemnidad de la Santísima Trinidad, fiesta de este domingo 7 de Junio, se celebra también el día "Pro-Orantibus", una jornada que la Iglesia dedica a recordar que existen personas, monjes y monjas,  que dedican su vida a la contemplación como tarea específica; consagrados y consagradas para servir a Dios en el  servicio de la oración.  No les olvidemos nunca, y hagamos hoy una petición especial para que no se pierda el espíritu contemplativo en la Iglesia, ya sea por el aumento de vocaciones a la vida consagrada en estos monasterios o por los nuevos caminos o monacatos que tenga a bien abrir el Espíritu. 

* * * 

Dedicando un día a festejar a la Santísima Trinidad no celebramos ningún acontecimiento salvador concreto. En los últimos meses, aunque no hemos tenido la oportunidad de celebrarlo todo comunitariamente debido al covid-19, el motivo de nuestras celebraciones han sido acontecimientos salvadores tales como  la pasión y la muerte de Jesús, su resurrección, la aparición a los discípulos, la  ascensión a los cielos, la venida del Espíritu, o la fiesta de Cristo Sacerdote que nos remite a Jesucristo entregado al Padre en sacrificio por la humanidad, y próximamente nos gozaremos en el regalo que supone la presencia sacramental del Corpus Christi, Pan de Vida para la salvación del mundo. 


Todas estas fiestas son memoriales de todo lo que Dios ha hecho por nosotros, y así, en su hacer se ha dado a conocer. La Solemnidad de la Santísima Trinidad, sin embargo, es una solemnidad de otro orden. Quiere que por un día no pensemos en “Dios para nosotros”. (¡Qué bueno que viniste!, diría un sudamericano), sino en el “Dios que es” (¡Qué bueno es que seas y estés!).

A Dios comienzas a conocerle por sus obras. Porque un día palpaste su presencia salvadora en tu vida. Le sentiste como amigo que te ama y acompaña en tus soledades, como terapeuta que curó las heridas de tu soberbia, tu avaricia o tu tristeza. Te admiraste de cómo te liberó de la depresión a la que estabas atado y que te ahogaba; te dio fuerzas acompañándote en tus dolores,  y consuelo en los momentos de duelo. Le has conocido  y le bendices como consejero que te ayudó a tomar aquella opción fundamental tan importante para tu vida, ... En todos esos momentos dejaste hacer al Espíritu, y así pudiste experimentar la Pascua, el paso de Dios por tu historia personal. 

Es bueno gozarse en Dios cuando se percibe en su hacer. Pero Dios te mira siempre, incluso cuando no lo sientes y lo crees lejano, y ausente de tu vida. ¿Recuerdas a los discípulos de Emaús? Se creían abandonados y solos, y Jesús mismo les sale al paso para decirles que Dios nunca les abandonó. Precisamente cuando más lejano parecía de ellos, era cuando más fuertemente los estaba amando en la cruz. En su pasión, muerte y descenso a los infiernos llevó consigo todas las mentiras, traiciones, y crímenes de la humanidad. Olvidado de todos, tiene presente a todos. Asumiendo el sufrimiento de la humanidad toda, descendió hasta las cloacas de sus miserias y tomándola de la mano la rescató. Hoy no podemos sino exclamar: ¡Cuánto haces por nosotros, Señor! ¡Cuánto agradecimiento en nuestro corazón! 

Dios “para mí”. Importante. Pero la fiesta de hoy está pidiendo una mirada nueva. Me invita a despojarme de ese "para mí" en lo que tiene de interés personal, para contemplarle  en su mismo Ser.



Aunque nunca te has parado a pensarlo, más allá de tus percepciones, experiencias, consuelos,  agradecimientos, o elucubraciones, Dios es. Y, perdona que te lo diga, porque son muchas las veces en que olvidas algo fundamental: aunque tú te olvidaras de Él, aunque no le rindieras culto, aunque no te hubiera creado a ti, ni hubiera creado el universo, y aunque nunca te hubiera salvado de nada, Dios no dejaría de ser. Tu ser (creación) y tu existir en luz (redención) no es una necesidad de Dios. Quienes necesitan de los hombres para existir son los ídolos (Sal 135,15). 



Dios es más allá de todo ser. Dios es Amor. ¿Necesitó Dios crear al hombre para poder amar? Pues no. El Dios de Jesucristo, la Santísima Trinidad, tiene cumplido en sí mismo su Ser-Amor. El Amor es pleno y completo en el núcleo de la Trinidad; tres personas que se aman hasta ser Uno. ¿Crees que es imposible? 


La versión más parecida de este Misterio, aunque con las deficiencias propias de lo humano, la tienes en el amor conyugal, por el que dos personas pueden amarse hasta el punto de ser “una sola carne” (Gn 2,24; Mt 19,5), un solo ser, sin dejar de ser dos. O en la familia: padre, madre e hijos, son varios y son “unidad familiar”, algo más que la suma de tres partes; no es matemáticas, es amor. O en esa conjunción que se da entre el amante, el amado y el amor (padre-madre amante, hijo-hija amados, espíritu de amor que fluye entre ellos)… 

Estas son algunas de las imágenes con las que el imaginario cristiano ha intentado expresar lo inexpresable: la plenitud que Dios es en sí mismo, que existe desde siempre, por siempre y para siempre. Es lo que filosóficamente se denomina aseidad (cualidad por la que un ser es y existe por sí mismo), palabra cuya meditación propició la conversión del joven Thomas Merton en sus años de juventud. Ya ves que también la mente es camino para llegar a Él.

Cuando se siente, se piensa y se contempla a Dios en sí mismo se abre una puerta nueva para entender y vivir la espiritualidad. Se descubre que, más allá del propio espíritu humano y sus batallas por sobrevivir en medio de la oscuridad, hay una luz que siempre ha estado, que está y que seguirá estando ahí. Adentrarte, o dicho más exactamente, ser introducido en este misterio de luz y amor es lo más gratificante que puedes vivir; porque te sitúa  más allá de toda pre-ocupación y ocupación humana, y todo tu ser encuentra ahí su descanso. Quien no se resiste a la seducción del Espíritu, y se abandona a la contemplación del Misterio de la Trinidad, queda purificado de sus ídolos, porque, a decir de san Juan de la Cruz, en la cima del monte, en la plenitud, “ahí solo mora honra y gloria de Dios”. 

* * *
En la fiesta de la Santísima Trinidad, no pienses (silencia tu mente), no te limites a recordar agradecido las heridas que Dios te sanó, ni las gracias especiales que te dio (silencia tu memoria); no hagas propósito de cambiar nada, ni planes para reorientar tu vida (silencia tu voluntad). Hoy solamente, contempla; adora y confía. No tienes nada que hacer, sólo dejarte hacer.

La Santísima Trinidad no es una fiesta para pensar en las maravillas que Dios ha hecho por ti, sino una invitación a permitir que Dios te acune en su seno y goces de la mayor gracia: ser y estar en la Trinidad; reposar sobre los brazos del Padre, en compañía del Hijo y respirando Vida en el Espíritu Santo.

“Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”, dijo san Juan de la Cruz. Seguro que esta frase la has meditado casi siempre como una llamada urgente a “hacer”. Al leerla pensaste que el amor al que se refiere el autor es, evidentemente, tu amor. Medítala hoy desde otra perspectiva, desde el Amor que es Dios.  “¿Te siente vacío o vacía, triste, fracasado o fracasada, es la frustración la tónica de tu espíritu? ¿No hay amor en ti? Pues, ahí donde has perdido el amor, pon a Dios y sacarás amor".


* * *

Practica: 


* Afloja y suelta tus tensiones corporales, tus pensamientos de ahora, tus experiencias pasadas y tus expectativas futuras. 

* Entra en Presencia. Dios es "Presente". ¡Adéntrate en el Ahora!.



* Déjate seducir por el circulo de Amor que es la Santísima Trinidad y permite que te abarque y te inunde. 

*Abandónate en brazos del Padre, aprecia la compañía del Hijo y siente la caricia del Espíritu Santo.

*Observa cómo la contemplación con Dios te reconcilia con Él, con tus hermanos, y contigo mismo. Siente la armonía de reconciliación. Date tiempo


* * *

Al final, no dejes de tomar nota en tu diario. Recordar las dificultades, sugerencias, recuerdos, llamadas a actuar, etc. que Dios te sugiere tras su encuentro contigo, te ayudará a entenderle y entenderte a ti mismo cada vez con más claridad. 

 * * *
Transcribo aquí, por si te interesa, una oración clásica a la Santísima Trinidad, de la santa carmelita descalza Isabel de la Trinidad. Un resumen de su espiritualidad lo tienes clickando bajo la foto.




ELEVACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD 

(Preparación a la oración)

¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme enteramente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me sumerja más en la hondura de tu Misterio.

Inunda mi alma de paz; haz de ella tu cielo, la morada de tu amor y el lugar de tu reposo. Que nunca te deje allí solo, sino que te acompañe con todo mi ser, toda despierta en fe, toda adorante, entregada por entero a tu acción creadora.

(Dirígete al Hijo,
 segunda persona de la Trinidad)


¡Oh, mi Cristo amado, crucificado por amor, quisiera ser una esposa para tu Corazón; quisiera cubrirte de gloria amarte… hasta morir de amor! Pero siento mi impotencia y te pido «ser revestida de Ti mismo»; identificar mi alma con todos los movimientos de la tuya, sumergirme en Ti, ser invadida por Ti, ser sustituida por Ti, a fin de que mi vida no sea sino un destello de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.

¡Oh, Verbo eterno, Palabra de mi Dios!, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme dócil a tus enseñanzas, para aprenderlo todo de Ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero fijar siempre la mirada en Ti y morar en tu inmensa luz. ¡Oh, Astro mío querido!, fascíname para que no pueda ya salir de tu esplendor.


(Palabras al Espíritu Santo, 
tercera persona de la trinidad)



¡Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor, «desciende sobre mí» para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo. Que yo sea para El una humanidad suplementaria en la que renueve todo su Misterio.



(Oración al Padre, primera persona)



Y Tú, ¡oh Padre Eterno!, inclínate sobre esta pequeña criatura tuya, «cúbrela con tu sombra», no veas en ella sino a tu Hijo Predilecto en quien has puesto todas tus complacencias.

(Conclusión: pide vivir sumergida en eterna comunión con Dios)

¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!, yo me entrego a Ti como una presa. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vos, mientras espero ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas.



Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Junio 2020

sábado, 30 de mayo de 2020

El aliento del alma (Pentecostés)

Una oración para Pentecostés. 

“Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gn 2,7).

Hermoso versículo del libro del Génesis. Cada vez que lo leo imagino al autor, un judío exiliado en Mesopotamia donde la cultura del adobe y las vasijas de arcilla disfrutan una época de esplendor. Nuestro hagiógrafo observa cómo los alfareros modelan sus vasijas con el barro sacado de las tierras que bordean los ríos Éufrates y Tigris.

 Los poemas babilónicos hablan de una diosa, Marduk, que en el paradisíaco vergel donde convergen los dos ríos, da vida al héroe nacional, Guilgamés. La diosa  moldea el cuerpo del superhombre con  arcilla empapada en sangre derramada durante una pelea entre dioses;  y toma vida por el  aliento que la diosa  insufla en su nariz.

El autor bíblico no se había preguntado nunca el cómo y cuando había sido creado el género humano. Su Dios era de otro orden; no se había dado a conocer por mitos intemporales que cuentan historias y enseñanzas para explicar lo desconocido. Su Dios se había revelado obrando en la historia de su pueblo,  salvando del hambre, de la enfermedad, de la esclavitud y de la muerte. 

No obstante, observando el interés de los babilonios por las historias de creación no dudó ni un momento en señalar a su único Dios como autor del origen del hombre. Adaptándose a la cultura en la que se halla cuenta que  Dios crea a Adán, el primer hombre como cenit de todo lo creado antes. Yahvé, "el que es desde antes de existir nada", creó todo ordenando el caos (nada) preexistente con su Palabra y animándolo con su Espíritu.  Para ello nuestro escritor toma las imágenes de la cultura en la que vive su exilio: polvo, agua, arcilla, alfarero, soplo...

Al decir que Adán “se convirtió en ser vivo” el autor sagrado afirma que toda persona recibe de Dios su aliento  (ruáh, espiritu). Todo ser ha sido creado por Dios, y todo se sostiene por su Espíritu: “(Todas las criaturas) aguardan a que les eches comida a su tiempo: se la echas, y la atrapan; abres tu mano, y se sacian de bienes; escondes tu rostro, y se espantan; les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo” (Sal 134,27-30).

El aliento de Dios, su soplo, está en la base del ser y el devenir de los seres. La tierra, el mar, los cielos, tú y yo, el universo entero, … viven gracias al aliento de Dios. De la conexión espiritual con Dios depende la vida toda. Sin su Espiritu, todo perece.

Después de resucitar, Jesús se apareció a los suyos y les dijo: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”; es decir, como el Espíritu descendió sobre mi en el Jordán y me urgió a “evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos;  a proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18), así será para vosotros. "Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”, y les da el encargo de atar el mal y desatar el bien. 

El soplo de Jesús sobre los discípulos va a generar el movimiento del envío, lo cual evidencia que el Espíritu no es sólo Creador, también Redentor. El Espíritu es motor de nuestra razón de ser, está presente en el punto de partida de la práctica de la justicia, es la fuente del dinamismo del amor. Y amar como Dios es la vocación y destino (espiritualidad) del hombre.


* * *
Prácticamente todas las religiones tienen en cuenta la respiración como símbolo del Espíritu y camino para entrar en comunión con Él. 

Hoy es Pentecostés, la fiesta del Espíritu. Y te ofrezco aprovechar la evocación y contacto con la realidad de tu aliento para entrar en el silencio de Dios. 

·        Comienza  con la Secuencia del Espíritu Santo, esa invocación que te dispone a ser pertrechado por el Espíritu para afrontar con paciencia los avatares de la vida: oscuridad, sequedad, frialdad, fatigas, errores, etc.,; "Ven, Espíritu divino, / manda tu luz desde el cielo...".

·        Después de esa invocación, silencia tu cuerpo manteniendo la postura adecuada para permanecer  en quietud. Relaja todos y cada uno de los músculos que no necesitas para mantenerte despierto y respirar. Imagina como la caricia de Dios va moldeando tu cuerpo, como el alfarero que modela una vasija: tu cabeza, tronco, manos, pies,… Deja que el barro que eres se rinda dócil a sus manos. 

·        Observa ahora con atención cómo tus pulmones reciben por la nariz el aire que te une a toda la creación. Siente la comunicación, el diálogo y la compenetración, con el Todo y con todo al ritmo de tu inspiración y espiración. 

·       Deja que el aliento de Dios te invada. e invada. El Espíritu se une a tu espíritu. Sumérjete en Dios Espíritu Santo, que “lo trasciende todo, lo penetra todo, y lo invade todo” (Ef 4,6). En él vives, te mueves y existes (Hch 17,28).  ¡Te sientes uno con Él! 

·       “Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro”. Quédate ahí, en gracia, en presencia… Tu espíritu unido al Espíritu… "¡Tú eres yo, yo soy Tú!  

·        Finalmente, repite con el salmo y el magníficat:Todo ser que alienta alabe al Señor”.(Sal 150, 6). "Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador" (Lc 2,47).


 * * *

Terminada tu oración. Siéntate, toma papel y lápiz y escribe tu experiencia del momento.

·        Si ha sido gratificante, ¿qué he sentido? ¿Qué mociones –movimientos de tu corazón- han surgido en mi? ¿Perdón? ¿Alabanza? ¿Atención a la creación? ¿Comunión? ¿Comunicación de bienes? …

·        Si no has conseguido entrar en el silencio y el recogimiento necesarios: ¿Qué esperaba del momento? Ya sabes que la oración de silencio es desinteresada: sin un “por qué”, sin un “para qué”. …¿Qué me ha distraído? ¿Cuánto de utilidad le pido a mi momento de oración? ¿Qué ocupa mi corazón que le impide entrar en silencio?

·        A que me llama la práctica del silencio de hoy: ¿Moderar mi deseo de….? ¿Cuidar mis relaciones con …. (personas, cosas)? ¿Desprenderme de tiempo o bienes en beneficio de alguien? ¿Más fidelidad a …? ¿Desapego de ….? ¿Seguir orando a pesar de la sequedad?


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Que no te falte nunca el aliento de Dios. Y no olvides que si el alimento material es el sostén del cuerpo, la práctica de la oración es el aliento del alma.

Mérida. Mayo 2020