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domingo, 21 de junio de 2020

Perder el miedo (Orar en domingo 12º Ord A)


"No tengáis miedo 
a los que matan el cuerpo , 
pero no pueden matar el alma" 
(Mt 10,28)

En el misterio de cuerpo y alma que somos solemos mirar más por el uno que por la otra, si bien es cierto que ambos se interrelacionan e influyen mutuamente.

Sabemos por experiencia que cuando el cuerpo anda tocado por el cansancio o la enfermedad el ánimo se resiente, y tampoco ignoramos que un estado de ánimo triste, abatido, depresivo o estresado, influye notablemente en el cuerpo.

Es preciso cuidar el cuerpo, pero no es menos necesario el cultivo del alma. Si hacemos caso a lo que el Señor dice hoy en el Evangelio, incluso deberíamos prestar más atención al alma que al cuerpo. ¿Por qué? Simplemente porque, salud corporal aparte, la felicidad humana depende más de los sentimientos que del estado de salud del cuerpo. Esto hace que sea una gran noticia el auge que la educación emocional y espiritual han adquirido en estos últimos años; un hecho positivo si, además, tenemos en cuenta que mientras el cuerpo vive sometido a la temporalidad y a la limitación espacial, el alma tiene por sí misma vocación de eternidad. No es de recibo que el destino del cuerpo físico es según el modelo de una curva ascendente que a mitad de la vida comienza a decaer, mientras que el espíritu puede seguir un camino de ascenso continuo hasta alcanzar plenitud. 

Orar es un acto de toda la persona. El cuerpo, con su postura física, su ritmo respiratorio, los latidos del corazón y el riego sanguíneo, expresa su adhesión a Dios tanto como el alma lo hace recurriendo a la oración mental o al silencio de las potencias. 
A la vida espiritual, aunque la consideramos importante, sin embargo, no solemos prestarle tanta atención como al cuerpo. Trabajo físico, gimnasio, alimentación equilibrada, descanso, preocupación por la estética, etc. suelen ocupar la mayor parte de nuestro tiempo. La interioridad, espacio del alma, no suele ser objeto de tanta atención como la exterioridad. 

Vivimos en exceso hacia fuera. Excesiva preocupación por la propia imagen exterior. Tememos morir, ser insignificantes para los demás, y nos agarramos a la apariencia del cuerpo para que eso no ocurra. No somos conscientes de que nuestro ser más profundo y duradero está dentro. Hay que entrar. Pero para conseguirlo hay que dejar de pertenecer al club de los que conceden más valor al cuerpo, perder el miedo a asumir esto y hacerlo visible en la vida con naturalidad.

El miedo a la mentalidad ambiente nos paraliza y enclaustra. “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Las críticas y ataques a nuestra imagen externa nos llevan a preocuparnos por el cuidado exterior hasta el límite de negar públicamente nuestro interior. Al hacerlo, escondemos nuestros sentimientos y pensamientos reales. Y Jesús nos dice que es una tarea inútil, porque “nada hay encubierto que no llegue a descubrirse”. Esconder nuestras ideas, creencias, fe, sentimientos, por miedo suele llevar a la muerte del alma, que sobrevive malamente asfixiada en su cárcel. 

Sin detrimento de la importancia de la dimensión corporal de la persona, no cabe duda de que ésta sería muy pobre sin el toque espiritual que define a cada cual. Por eso el Señor invita a que, a pesar de que lo espiritual no goce de mucha simpatía para aquellos entre los que convivimos, no tengamos miedo a ser nosotros o nosotras mismas, sin complejos, sin miedos. 

“Lo que os digo al oído, pregonadlo en la azotea”. Aquello que compartimos en la cuenta privada de wasap, ¿por qué no decirlo en el grupo? La riqueza interior de la fe que atesoro dentro, ¿por qué no hacerla pública? Los tiempos invitan a “salir del armario”. Es fácil cuando el ambiente exterior ayuda a ello; más difícil cuando hay rechazo. Pero Jesús anima: “¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga mi Padre… Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones”, es decir, el Señor está contigo en el combate espiritual, también cuando éste sale al exterior a mostrar su verdad. 

No tengas, por tanto miedo a que tu dimensión espiritual sea vista y conocida. No la niegues en público, porque eso afectará a su desarrollo. “A quien se declare por mí ante los hombres –dice Jesús- yo también me declararé por él,… Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré”. Es decir: si tu espiritualidad se abre hacia fuera crecerá y vivirá para siempre; pero si se niega a afirmase en el exterior, acabará muriendo. 

* * * 

NOTAS PARA LA ORACIÓN 

· Este domingo párate; relaja tu cuerpo en la postura que más te ayude a ello; cierra suavemente los ojos a fin de que tu cuerpo te facilite el recogerte interiormente; esa postura de silencio, recogimiento y humildad es ya oración. 

· Observa cómo vive tu cuerpo: respiración, latidos del corazón, fluir de la sangre expandiendo vida por todas partes. Déjate llevar y gusta de tu presencia física en la oración. Sonríe suavemente en señal de aceptación de tí mismo/a.

· En un segundo momento, acalla todo lo físico y penetra en tu “castillo interior”. Imagina y siente tu vida espiritual, invisible, en paralelo con la respiración, los latidos del corazón y el correr de la sangre. Vive tu vida interior como distinta a la vida del cuerpo, y a la vez unida a él, como formando parte de un mismo espíritu. 

· Tu espiritualidad, cuando se para en el intimismo, se ahoga. ¿No sientes cómo revives espiritualmente cuando compartes tus vivencias con otras personas? Tu interioridad tiende a salir y manifestarse al exterior. Con quienes compartes meditación le es fácil expandirse y expresarse, con los extraños tiende a replegarse. Es el miedo, que mata la vida. 

· Escucha la voz interior que te dice: “no estás solo, no estás sola". Yo estoy contigo, te dice Jesús. Muchas personas están dispuestas a escucharte; es más, son muchas las que necesitan que les hagas ver que “no solo de pan vive el hombre”. Escucha esas voces anónimas que tienen miedo a reconocer su necesidad espiritual y están gritando en el silencio y el miedo. No les niegues tu testimonio, aunque, como Jeremías o como Jesús, atraigas hacia ti el rechazo y la persecución. 

· “Dijo Jeremías: “Oía la acusación de la gente. ´Pavor-en-torno, delatadlo, vamos a delatarlo´. Mis amigos acechaban mi traspié. ´A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”. pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes” (Jr 20,10-11). Cuando vivas experiencias de rechazo como el de jeremías, toma nota: Dios es tu defensor; silencia tus miedos y cobra libertad, no estás sólo, el Espíritu está contigo, 

· “Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de la mano de los perversos”. Agradece la presencia de Dios en tu vida. Pídele romper las cadenas del miedo para ganar en amor y apertura. 

· Toma nota de tus miedos a ser tú mismo o tú misma. Constata cómo el cultivo de tu imagen física y social limita tu crecimiento espiritual. Decide si deberías dar pasos para ir saliendo del armario. 

Buen domingo. Y buena semana. 

Casto Acedo. Junio 2020. 

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