Buscar en este blog

sábado, 29 de junio de 2019

Oración y silencio (1). ¡Silencio, por favor!

En la web Catholic.net, he encontrado una serie de artículos sobre el silencio, escritas por el P. Juan Carlos Ortega, L.C. Él mismo autoriza su difusión siempre que se cite la fuente. Me parecen exposiciones interesantes, que procuraré ir transcribiendo durante el verano. No  transcribo literalmente el texto, sino "remozado", cambiando expresiones, añadiendo matices, suprimiendo lo que me parece poco interesante para nuestro camino. Espero que os sirva de reflexión y ánimo.
 
¡SILENCIO, POR FAVOR!

Dios no habla en el tumulto de impresiones, ni en la disipación. Cuando el alma está en silencio interior y exterior, cuando el alma está recogida dentro de sí, entonces es cuando Dios habla

“¡Silencio!, por favor”. Esta indicación, que encontramos en hospitales, bibliotecas, centros de culto, debería estar escrito en el interior de cada persona.
El hombre necesita silencio. Lo recordaba Pablo VI en una de sus homilías, en concreto en Nazaret el 5 de enero de 1964:

“Cuánto deseamos aprender la gran lección del silencio que nos ofrece siempre la escuela de Nazaret; cómo deseamos también que se renueve y fortalezca en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para todos nosotros, que estamos aturdidos por tantos ruidos y tumultos, tantas voces de nuestra ruidosa y, en extremo, agitada vida moderna”.

El silencio es necesario especialmente en el ambiente actual de baraúnda y ajetreo en el que nos solemos mover. La vida del hombre parece haber roto definitivamente los marcos tradicionales de la soledad comunitaria y del recogimiento religioso. Pero si ahondamos un poco notamos enseguida las consecuencias, que no son sino el vacío interior que lleva consigo nuestro acelerado modo de vivir. Nos vemos a nosotros mismos gozando con pasatiempos, lujos y riquezas, y, sin embargo, a poco que nos detenemos y miramos adentro, nos descubrimos vacíos y sin paz.
En el huracán de la vida moderna parece no estar Dios. Todo se realiza de manera precipitada, sin calma, sin serenidad, sin equilibrio, sin silencio. Creemos que penetramos en el fondo de las cosas porque hemos visto, viajado, oído… pero en realidad no hemos entrado en nada de lo que decimos conocer; nos ha faltado el silencio necesario para que fructifiquen las experiencias habidas.

El hombre moderno está ganando el mundo pero se está perdiendo a sí mismo. El hombre está enfermo, sufre el ruido de las calles, pero sobre todo padece por los ruidos que han penetrado en su interior. El silencio hoy es un lujo. Y a pesar de su inmenso valor, no se le aprecia; se le rehúye, y cuando se le tiene, no se sabe qué hacer con él; tal vez aporque se le considera un aburrimiento o un estorbo inútil.



 
Pecamos de ignorancia. Ignoramos el valor del silencio, ignoramos la necesidad de espacios de encuentro con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y, sobre todo, con Dios.
Dios habla en el silencio. El mundo actual sería distinto si todas las personas supieran observar la virtud de callarse y acallarse y palpar sus efectos positivos en el enriquecimiento progresivo de la propia interioridad. Pero no es así; hoy por hoy, sólo un reducido grupo de personas son amantes del silencio. Y sólo a estos amantes del silencio les puede calar el mensaje de Dios, porque 

“el mensaje divino no se comunica automáticamente, no llega por los caminos de la expresión sensible. Mis ojos no sirven, el mundo externo puede, sí, expresarme un lenguaje superficial, pero de suyo, en su interior, permanece mudo, no transmite la palabra divina. ¿Qué hacer? ¿Nos habla el Señor en el silencio o en el ruido? Respondemos todos: en el silencio. Entonces, ¿por qué no nos ponemos a la escucha en cuanto se percibe un leve susurro de la voz divina junto a nosotros?” (Pablo VI, Homilía del 15 de noviembre de 1963). 
El silencio es indispensable para la vida interior. Hacer silencio es una acción que apunta a la plenitud, es hacer vacío para que Dios llene el espacio que somos.  En el ambiente de silencio, de atención serena, la sensibilidad se agudiza para percibir la luz e inspiraciones del Espíritu Santo y así el se hombre se prepara para el influjo de la gracia.  En el silencio se preparan los santos, en su silencio  comienza la obra de Dios, y en el mismo silencio la acaba y perfecciona.

Nuevamente Pablo VI:

“¿Habla Dios al alma agitada o al alma en calma? Sabemos muy bien que, para escucharlo, debemos tener un poco de calma, de tranquilidad… es preciso aislarse un poco de toda preocupación y excitación acuciantes, y estar nosotros mismos, nosotros solos dentro de nosotros. El punto de cita no está fuera, sino en nuestro interior. La vida espiritual exige una verdadera y propia interioridad”.
Lo sabemos muy bien: a Dios no se le experimenta en el tumulto de impresiones, ni en la vorágine del ruido que nos saca de quicio. En el  silencio del recogimiento interior se establece el diálogo con Dios. A veces el Espíritu grita con gemidos inefables (cf Rm 8,26), y sólo es escuchado por quienes en el silencio de su corazón dejan que su grito se expanda. Los que viven fuera de sí, atentos sólo a la exterioridad, difícilmente perciben la voz de Dios.
 

Si quieres avanzar en el camino de la contemplación el primer paso a dar es trabajarte el silencio interior; que no es desprecio de lo exterior, sino amor, porque en el silencio diluimos las sombras que nos hacen ver el mundo como un absoluto o como un demonio y empezamos a verlo y  amarlo en toda su belleza. El silencio limpia el ojo de juicios y prejuicios haciendo transparente la mirada.

"Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!" (Mt 6,22-23). Pocos se fijan en estos versículos del evangelio; sabiduría de Dios que aumenta su sentido en el contexto en el que se escriben. No te lo revelo, pero te animo a que lo consultes tú mismo: Mt 6,19-34.

¡Silencio, por favor! El tiempo de verano, tiempo de vacaciones laborales para muchos, aprovecha el vacío de tareas para prestar atención al necesario vacío interior.
 
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com . Junio 2019

jueves, 27 de junio de 2019

Cómo reza Dolores Aleixandre

Os transcribo este testimonio de Dolores Aleixandre,  religiosa del Sagrado Corazón de Jesús,  licenciada en Filología Bíblica Trilingüe y en Teología y dedicada a impartir cursos y retiros espirituales.

 
Cómo reza Dolores Aleixandre

 El otro día, cuando un taxista me preguntó por dónde quería que fuéramos, le contesté: “Lléveme por donde le parezca mejor”. Y cómo no me voy a fiar de Dios menos que de un taxista, lo que trato de hacer cuando rezo es dejar que Él me programe la hoja de ruta.
 
Llevo ya tiempo bastante convencida de que esto de la oración le importa a Dios más que a mí, de que es más asunto suyo que mío y de que, como me descuide (San Juan de la Cruz decía aquello de “dejando mi cuidado”) y me ponga a tiro de su acción, Él hará lo que acostumbra, que es hacernos parecidos a Jesús. Así que si lo suyo es amar y comunicarse como le dé su real divina gana, me parece que lo mío es ante todo no estorbar.

 Cada noche leo el evangelio del día siguiente y trato de que me resuene también en el corazón la “otra Palabra” que Él ha ido pronunciando a través de las personas y las cosas que han pasado en el día y luego procuro que ese “rumor” me acompase el sueño, en vez del barullo de los tertulianos radiofónicos, televisivos o literarios. A esa hora les digo como en el cónclave: Exeant omnes!, y les cierro la puerta sin más contemplaciones. Sólo se queda dentro la gente que va a acompañarme al día siguiente cuando rece.

En la mañanita echo mano del “kit de oración” consistente en cojín de zen que me ayuda a mantenerme en buena postura, rincón tranquilo con icono y vela encendida (valiente tontería pienso a veces, porque suelo cerrar los ojos). Con el ir y venir de la respiración voy repitiendo tranquilamente el nombre de Jesús o algunas palabras hebreas como honeni, moskeni o tov hasdeha mehayim que no pienso explicar lo que significan.
 
También aprovecho las “ofertas de temporada”, o sea los distintos momentos del año litúrgico: no es lo mismo respirar el nombre de Jesús en Adviento que en Pascua o en Pentecostés. Y no me pregunten por qué.

 A veces me rondan las tentaciones: “Vaya desperdicio de imaginación, con la cantidad de ideas de colores que a ti se te ocurren enseguida, en vez de esta sosera tan vacía y tan oscura”. Me defiendo como puedo, agarrada a la experiencia ya antigua de que esa es para mí la puerta estrecha para “entrar en lo escondido” y quedarme ex-puesta a la mirada del Padre. Por eso me agarro como una náufraga al ir y venir de la respiración, que como una okupa benéfica, va desalojando mi corazón de ideas, de palabras y de las distracciones pesadísimas que entran y salen brincando como pulgas de playa.

 En medio de tantos intentos torpes y a trompicones, sigo pensando que no sé rezar, pero me consuela pensar que lo contrario (creerme que ya he aprendido) sería mucho peor.
Luego está la oración del entredía, pero esa es otra historia.
 
 Dolores Aleixandre
Publicado en la revista "El Ciervo" 

miércoles, 19 de junio de 2019

Silencio y meditación (cuento)

 
 
En Oriente, un gran rey fue a visitar a su maestro y le dijo:  "Soy un hombre muy ocupado, ¿podría decirme cómo puedo llegar a unirme con Dios? ¡Respóndame en una sola frase!"

 Y el maestro le dijo: - "¡Le daré la respuesta en una sola palabra!"

-"¿Qué palabra es esa?", preguntó el rey.

Dijo el maestro:  -¡Silencio!"

 -"¿Y cuándo podré alcanzar el silencio?", dijo el rey.

- "Meditación", dijo el maestro.


Entonces dijo el rey: -"¿ Qué es la meditación?" 

 El maestro respondió: -¡Silencio!"

 -"¿Cómo lo voy a descubrir?", preguntó el rey.


  -"Silencio", respondió el maestro.


 -"¿Cómo voy a descubrir el silencio?"


- "¡Meditación!"


 -"¿Y qué es la meditación?"


-"¡Silencio!"
 
* * *

Silencio es ir más allá de las palabras y de los pensamientos. ¿Qué hay de erróneo en las palabras y en los pensamientos? Que son limitados.
 
Dios no es como decimos que es; nada de lo que imaginamos o pensamos. Eso es lo que tienen de erróneo las palabras y los pensamientos.La mayoría de las personas permanecen presas en las imágenes que han hecho de Dios. Éste es el mayor obstáculo para llegar a Él. 

 ¿Te gustaría experimentar el silencio del que hablo? El primer paso es comprender. ¿Comprender qué? Entender que Dios no tiene nada que ver con la idea que tienes de Él.
 
Anthony de Mello
 

 
* * *
Creo que la historia, a la que he añadido  el comentario del propio  Tony de Mello, queda más que ilustrada. No puedo definir el silencio; es el silencio el que puede definirme, porque sólo en el silencio aflora mi ser; y es el silencio el lugar de mi encuentro con Dios: "Al mediar la noche su carrera, cuando un silencio sereno lo envolvía todo, tu Palabra descendió desde los cielos" (Sb 18,14s).
 
 

Job hubo de retractarse por haberse fabricado un Dios a su medida, y al final de su discurso hubo de reconocer su error: "Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que  superan mi comprensión" . Dios le hizo experimentar su ser más allá de los ruidos del conocimiento intelectual: "Te conocía solo de oídas; pero ahora te han visto mis ojos" (Job 42,3.5).
 
La mejor definición de Dios es su no-definición; el mejor tributo, el servicio callado; el mejor canto, un Himno de Silencio.
 
Casto Acedo. Junio 2019.

 
 

sábado, 8 de junio de 2019

Silencio (Cuento)

Os paso este cuento de T. de Mello, muy conocido, y que puedes aprovechar para tomar conciencia de la importancia del silencio en orden al encuentro con Dios.
 
 
EL PEQUEÑO PEZ 
(De Anthony de Mello)
 
«Usted perdone», le dijo un pez a otro, «es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado».

«El Océano», respondió el viejo pez, «es donde estás ahora mismo».

«¿Esto? Pero si esto no es más que agua... Lo que yo busco es el Océano», replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.

* * * * 
Se acercó al Maestro, vestido con ropas penitente y hablando el lenguaje de los penitentes:
 
-«He estado buscando a Dios durante años. Dejé mi casa y he estado buscándolo en todas las partes donde Él mismo ha dicho que está: en lo alto de los montes, en el centro del desierto, en el silencio de los monasterios y en las chozas de los pobres».
 
-«¿Y lo has encontrado?», le preguntó el Maestro.
 
-«Sería un engreído y un mentiroso si dijera que sí. No; no lo he encontrado. ¿Y tú?».
 
¿Qué podía responderle el Maestro? El sol poniente inundaba la habitación con sus rayos de luz dorada. Centenares de gorriones gorjeaban felices en el exterior, sobre las ramas de una higuera cercana. A lo lejos podía oírse el peculiar ruido de la carretera. Un mosquito zumbaba cerca de su oreja, avisando que estaba a punto de atacar... Y sin embargo, aquel buen hombre podía sentarse allí y decir que no había encontrado a Dios, que aún estaba buscándolo.
 
Al cabo de un rato, decepcionado, el penitente salió de la habitación del Maestro y se fue a buscar a otra parte.

* * * *
 
Buscas y buscas a todas horas y por todas partes. Esperas encontrar algún día tu Océano. Y cada día una decepción. ¿Dónde estará? ¿Cómo será ese Dios del que tantos me hablan? ¿Existirá de veras? Y un día sueñas con encontrarle y preparas tu discurso para cuando estés ante Él. Otro día te regocijas porque tus expectativas de llegar a donde está parecen ciertas y cercanas. También hay días en que desesperas porque no acaba de dejarse ver.

En tu contemplación no pienses acerca de Él, porque tu pensamiento no le puede abarcar. No lo imagines, porque no es un ídolo que puedas construir o imaginar. No te obsesiones con el momento del encuentro, disfrútalo, porque ya está aconteciendo. Tus preguntas, imaginaciones y expectativas son ruidos que entorpecen la visión y la unión.

Deja de buscar, pequeño pez. No hay nada que buscar. Sólo tienes que estar tranquilo, adentrarte en el silencio, abrir tus ojos y mirar.

Dios está en el silencio, es el Silencio de los silencios. Dios es Océano de silencio. Silencia tu mente. Silencia tu imaginación. Silencia tus afectos e inquietudes. Adentrarte en el silencio es encontrarle.
 
C.A. paduamerida@gmail.com. Junio 2019
 
 

martes, 28 de mayo de 2019

Quietud (cuento)


Otro cuento de Toni de Mello.
 
 
MUY BIEN, MUY BIEN...
 
En una aldea de pescadores, una muchacha soltera tuvo un hijo y, tras ser vapuleada, al fin reveló quién era el padre de la criatura: el maestro Zen, que se hallaba meditando todo el día en el templo situado en las afueras de la aldea.
 
Los padres de la muchacha y un numeroso grupo de vecinos se dirigieron al templo, interrumpieron bruscamente la meditación del Maestro, censuraron su hipocresía y le dijeron que, puesto que él era el padre de la criatura, tenía que hacer frente a su mantenimiento y educación. El Maestro respondió únicamente: «Muy bien, muy bien...».
 
Cuando se marcharon, recogió del suelo al niño y llegó a un acuerdo económico con una mujer de la aldea para que se ocupara de la criatura, la vistiera y la alimentara. La reputación del Maestro quedó por los suelos. Ya no se le acercaba nadie a recibir instrucción.
 
Al cabo de un año de producirse esta situación, la muchacha que había tenido el niño ya no pudo aguantar más y acabó confesando que había mentido. El padre de la criatura era un joven que vivía en la casa de al lado.
 
Los padres de la muchacha y todos los habitantes de la aldea quedaron avergonzados. Entonces acudieron al Maestro, a pedirle perdón y a solicitar que les devolviera el niño. Así lo hizo el Maestro. Y todo lo que dijo fue: «Muy bien, muy bien...».
* * *
 


Son muchos los problemas que nos pueden venir desde el exterior; de hecho cada día hemos de afrontar  situaciones que requieren de nosotros una respuesta adecuada. Y hay que darla. Pero ¿a qué precio?

Si es importante la solución que demos a cada problema que nos viene, también lo es que esa solución no suponga un desajuste en nuestra estabilidad interior; es decir, es importante no "quemarse", que nuestro ser (asiento, identidad, núcleo) no se tambalee.
 
La QUIETUD INTERIOR es fundamental para ello. Y un buen camino para alcanzarla es ahondarnos y asentarnos cada vez más en lo profundo de nosotros y dejar de preocuparnos por la imagen (personaje, reputación, yo-ideal) que podamos dar hacia afuera,  y valorar de modo efectivo la identidad interior (persona, ser, yo-real).
 
En lo profundo, en el "interior intimo meo", está el asiento, la Roca. El Reino de Dios está dentro de nosotros.

 Contemplare. 27 de Mayo de 2019

jueves, 23 de mayo de 2019

Quietud

En la última entrada al blog hablábamos de la respiración como un modo de expresar y acercarnos a la espiritualidad. Hoy quiero decir algo acerca de la quietud, tema de fondo del último encuentro: invitación a la quietud corporal.
 
 
Somos cuerpo 

 Es importante tener en cuenta que cristianamente hablando no tenemos cuerpo, sino que “somos cuerpo”;  el cuerpo forma parte del ser de la persona tanto como el espíritu o alma. Somos, según el enfoque desde el que nos miremos, cuerpos animados (con alma) o espíritus encarnados (con cuerpo). Me gusta decir que si sólo fuéramos un mecanismo material (hardware) al que se aplica un programa (software), seríamos robots o zombis; y si la realidad de nuestro ser fuera sólo nuestra alma, seríamos fantasmas. Pero, g racias a Dios, somos personas, seres en los que cuerpo y alma se aúnan misteriosamente.
 
Cuerpo y alma se imbrican de tal modo que uno y otra se afectan mutuamente. Cuando una dolencia física o una enfermedad hace mella en el cuerpo, o cuando la vida saludable nos mantiene lozanos y fuertes, el alma también lo sufre o lo disfruta. Y, desde el otro lado, cuando el espíritu está conforme y  feliz, o errado, disperso, y preocupado, el estado de ánimo se somatiza y se expresa en  malestar o  bienestar físico.
 

Hecha la aclaración pertinente acerca de la unidad cuerpo-alma, podemos valorar la importancia de la quietud física en la meditación; quietud que  no es un ejercicio de pura ascética, sino que más bien se trata de una técnica que nos permite disponernos para el sano crecimiento espiritual. Aquietar el cuerpo favorece que las in-quietudes interiores se pacifiquen. Relajo y contemplo mi cuerpo en quietud para facilitar que también mi interioridad halle paz y silencio a fin de ver o contemplar con claridad la realidad que soy y vivo, y abrirme al don de Dios desde mi yo real y profundo.

Cuando mi cuerpo se aquieta percibo inmediatamente las inquietudes que bullen dentro de mí. La primera tentación entonces es la de mover mi cuerpo a fin de apartar esas preocupaciones. ¿Es la mejor solución? Desde luego que no. La actitud del avestruz que esconde la cabeza ante el peligro, el hecho de no mirar o huir de lo que nos agobia, no hace que el problema desaparezca.
 
Mejor es pararse, aceptar lo que me inquieta,  ser compasivo conmigo mismo  mirando sin violencia lo que me estresa, y "dejar ir”. Para ello, procuramos ayudar al ánimo con una actitud física de quietud;  cuando el cuerpo se aquieta actúa como el lago que, revuelto por la tormenta, cuando llega la calma, va posando en el fondo todo lo que enturbiaba el agua y facilita el ver con claridad tanto el fondo como lo exterior que se refleja en sus aguas. Algo así buscamos al aquietar el cuerpo; ayuda para posar los problemas del alma, aceptarlos, amarlos y sanarlos. 
 
Quietud y anhelo de Dios
 


La quietud es un deseo de todos. El inquieto vive “fuera de sí”, descentrado, ajeno a la realidad presente. “Vivir inquietos” es algo no deseable; todos buscamos calmarnos, aquietarnos, “estar aquí”, centrados en la vida.  Todos anhelamos la quietud: “nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestra alma anda inquieta hasta que descanse en Ti”, dijo san Agustín.

Parece como si el anhelo de Dios estuviera unido a este deseo de “aquietarse”, asentarse, encontrar estabilidad y descanso.  Así es. Hemos sido creados a imagen de Dios; Dios es nuestra patria, nuestro lugar propio de existencia, nuestro hogar. Dios es el eje natural sobre el que gira adecuadamente nuestra vida, con Él en el centro se realiza la vida de la persona. 

Una de las propiedades esenciales de Dios en la filosofía y teología clásicas es la inmutabilidad. Dios es aquel que permanece estable y fijo, no sujeto a los cambios, el que está siempre ahí y no está sometido al arbitrio de ninguna otra realidad. Es el eje que todo lo sostiene,  alrededor del cual  todo gira. Hay quien con bastante certeza ha comparado a Dios con el ojo del huracán, que permanece en el centro, quieto, vacío, inmóvil, sin nada, pero al mismo tiempo mostrando toda su energía y  fuerza hacia el exterior.  
 
Para escapar de los efectos devastadores del huracán lo mejor es situarse en el centro del mismo. Meditar es ejercitarnos en ello. Se trata, por una parte, de colocarnos en el centro de Dios, en su inmenso vacío e inmutabilidad, para salvarnos así de las inquietudes de la vida; por otro lado, al meditar en quietud situamos a Dios como eje de nuestro ser.

Hemos conocido por Jesucristo que “Dios es impasible -inmutable, no sometido a cambios ni a pasiones-, pero no es incompasible, pues siempre está inclinado a tener misericordia y perdonar” (San Bernardo). Es un gran misterio: El Impasible Compasivo. La fe en Él es para nosotros garantía de estabilidad y seguridad. Tan es así que incluso “Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tm 2,13).

Sabiendo y sintiendo que Dios está en el centro, y que su amor por mí es eterno, ¿qué me puede preocupar? “¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?”; todo esto son preocupaciones inútiles si pongo a Dios como eje de mi existir. (cf Rm 8,31-38).

Por tanto, si me he descentrado, si mi vida anda inquieta y perdida, para volver al lugar natural en que debo estar, basta adentrarme y aquietarme en quien me da seguridad y permanencia: Dios.  Es lo que buscamos al aquietarnos y silenciarnos.


Es importante trabajarnos en la quietud corporal durante la meditación. Pero siempre teniendo de fondo que lo que buscamos es posarnos en Dios, descansar en Él. Son numerosos los textos bíblicos que invitan a ese estar firmemente asentados en Dios. Quien le pone en el centro es como “un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto” (Jr 17,7-8).  

¡Cuánta sabiduría! La meditación en quietud y silencio es plantarse junto al río de la vida que es Dios, alargar y ahondar las raíces de mi alma hacia Él, dejar de lado todo temor e incertidumbre, y dar frutos de caridad en el momento oportuno. Un buen ejercicio de contemplación: sentirme árbol plantado en el jardín de Dios, en quietud; sentir cómo en la profundidad que da el silencio la savia de su amor va empapando todo mi ser, y dejar a Dios ser Dios en mí, viviendo en su voluntad de darle al mundo los frutos de mi estar en Él: misericordia, paz, perdón, serenidad,…
 
Hay otros textos bíblicos que nos ayudarían a entender el sentido de la quietud en Dios, como aquel en el que Jesús alaba a María, la hermana de Lázaro mientras a su hermana  Marta le recrimina  por vivir descentrada y nerviosa: "Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada" (Lc 10,41-42). También Jesús aconseja no andar inquietos “por la vida, qué vais a comer; ni por el cuerpo, con qué os vais a vestir, … ¿Quién de vosotros a fuerza de inquietudes puede añadir un instante al tiempo de su vida? Por tanto, si no podéis lo más pequeño, ¿por qué inquietaros por lo demás? … La gente del mundo se afana por todas esas cosas… Vosotros buscad más bien su reino, y lo demás se os dará por añadidura” (Lc 12,22-31). ¡Busca el Reino, procura estar en Dios, haz de Jesucristo y su evangelio el eje central, la piedra angular, de tu espiritualidad, y todo lo demás, problemas y preocupaciones incluidos, perderán el peso que erróneamente le concedes!.

Cultivar la quietud y evitar el quietismo.

Los maestros de la mística, siguiendo la tradición bíblica, también hablan de quietud en sus escritos. En la práctica de la meditación el esfuerzo del orante es necesario, pero llega un momento en que la dinámica interior pide silencio, quietud; es el paso a la oración de recogimiento (contemplativa), las potencias -memoria, entendimiento y voluntad- se aquietan, se silencian, dando paso a la “oración infusa”, pura recepción del amor de Dios.

No viene Dios a mí por el simple hecho de “quedarme quieto”, pero la práctica de la quietud corporal me dispone a la escucha y la comunión con Dios.  En el Libro de la Vida (14-15) y Camino de Perfección (28) Moradas (4 M , 1) describe santa Teresa la oración de quietud como “contemplación infusa”, don de Dios para el que hay que disponerse en el silencio.
 
San Juan de la Cruz, es más difuso al hablar de “quietud”; para él “quietud” es más bien un sinónimo de serenidad, tranquilidad o paz interior (S prol 7; 1 S 13,13;…) actitud de escucha, receptividad y sosiego ante la acción divina en el alma. También llama quietud al efecto que dejan en el alma ciertas mercedes o gracias divinas.

Para el maestro carmelita, la quietud por antonomasia es la actitud que el espiritual ha de adoptar ante la  advertencia o noticia amorosa de Dios en cualquiera de sus grados o niveles. Cuanto más se mantiene y desarrolla esta atención amorosa en quietud, más aumenta la sensación de receptividad. Una vez llegado el espiritual a ese estado debe procurar no alterar su quietud tratando de obrar volviendo al estilo orante de la meditación. Es un punto capital en el magisterio sanjuanista.
 
Creo que con estas notas podemos tomar conciencia de lo importante que es el gesto de “estar quietos” (físicamente) y en “atención amorosa” (atentos interiormente) en nuestros ejercicios de meditación. Aquietar el cuerpo ayuda a aquietar el espíritu. Es verdad que cuando se anda inquieto y nervioso, estresado, acelerado, preocupado… cuesta mucho mantener la quietud física. Molestias, picores o pequeños dolores aparecen cuando nos sentamos para la oración. Salvo excepciones, es síntoma de que nuestro espíritu se resiste a sentarse y envía esos mensajes de desagrado al cuerpo. Hay que entrenar. Aceptar y mirar con amor esos contratiempos. Con los días, el cuerpo deja de ceder a las presiones de la inquietud interior, y se va produciendo una interacción alam-cuerpo por la que cultivando la relajación física se van serenando los problemas psíco-espirituales, y por la aceptación y calma de las crisis interiores va mejorando el estado físico.  

Advertir ,finalmente, del peligro de “quietismo”, desviación de la quietud que interpreta la meta espiritual como “pasividad absoluta”. El quietismo niega la razón y anula la voluntad, y consecuentemente la libertad. Es el error diametralmente opuesto al activismo; mientras que éste sólo quiere “hacer y hacer”, el quietista usa de la oración como huida y refugio bajo pretexto de prudencia. 
 
 Como dice el P. Royo Marín “El quietista no quiere meterse en nada. So pretexto de concentración y oración, se encastilla en su aislamiento y ociosidad sin pensar en nadie fuera de sí mismo ni preocuparse de otra cosa que de sus propios intereses. [...] Es muy cómodo no meterse en nada ni abandonar un instante la dulce ociosidad —il dolce far niente— pero no es lícito llamarse discípulo de Jesucristo que precisamente por haberse metido en todo acabó muriendo en lo alto de una cruz”. La espiritualidad cristiana no culmina en quietismo,  "¡qué bien se está aquí!", sino en acción redentora.

 
Espero que lo dicho sirva al grupo de ayuda. Primero incitando a buscar la quietud física en la meditación como ayuda para la experiencia de Dios y la consiguiente disponibilidad a la práctica de las obras de misericordia. Y en segundo lugar,  advirtiendo de evitar el peligro del quietismo. ¿Cómo sé que no estoy cayendo en éste error? Lo dimos a entender con el ejemplo del árbol; y Jesús te lo explica de modo muy simple. Analiza tu vida, tus obras, tu hacer. ¡Cuántas veces os he dicho que la vida de oración no se evalúa por los gustos y regalos recibidos en los momentos de oración, sino por los cambios a bien que se vayan apreciando en el discurrir de la vida! “Todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. … Es decir, que por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,17-20)
 
Casto Acedopaduamerida@gmail.com. Mayo 2016
 

sábado, 18 de mayo de 2019

Contemplar a Dios en la respiración

Escribo esta entrada como comentario e ilustración del último encuentro del grupo del Jueves,  donde la respiración tuvo un protagonismo especial. Por su interés la incluyo también en el blog del grupo del Miércoles.

 
¿Por qué damos tanta importancia a la respiración en nuestros momentos de oración?
 
La oración cristiana no se cierra en ninguna técnica o método. Cuando al quehacer de un grupo que se inicia en la oración lo llamamos “taller de oración” no debemos entender por ello que lograremos llegar a tener oración contemplativa siguiendo estrictamente uno método que infaliblemente garantiza unos resultados.

No es así. Primeramente porque la oración contemplativa, abierta siempre a la sorpresa de Dios, no tiene ninguna finalidad programable. Cuando hay unas expectativas concretas nos estamos alejando de la apertura al Misterio, que es inimaginable e inasible, fuera del campo de las expectativas. Y en segundo lugar, nuestras habilidades cuentan poco porque la oración contemplativa es  don gratuito, y pretender apropiarse de este don con las propias obras es tan prometeico como soberbio.
Las técnicas son medios que nos pueden ayudar a disponernos a recibir el don de Dios, pero también se pueden transformar en obstáculos si hacemos de ellas un absoluto, una condición sine qua non para que Dios se manifieste y una garantía de que lo hará. Hallar a Dios significa buscarle siempre, y la seguridad de tenerlo es la certeza de haberlo perdido.
Aclarada la relatividad de las técnicas, digamos algo acerca de la respiración.

Respirar es el primer acto del hombre. Nada más abandonar el seno materno el llanto del recién nacido anuncia el primer aliento de vida extrauterina grita al mundo que un nuevo ser ha hecho su entrada.
No hace falta ser muy inteligente para saber que desde los orígenes de la historia el hombre conoce por experiencia y por observación que el aire es un principio vital. Mientras se mantiene la respiración se mantiene la vida; cuando falta, aparece la muerte. El hombre vive porque es un ser “espiritual”, es decir, un ser animado por el “pneuma” (griego),  "ruah" (hebreo), espíritu. Si le falta el aliento (espíritu) deja de existir.

Con esta constatación tan elemental surge una pregunta lanzada desde la intuición:  ¿No será la respiración el elemento que une al hombre interior con el hombre exterior?

Aire, aliento, soplo, espíritu,… son sinónimos. El libro del Génesis se abre con la descripción de un mundo caótico y oscuro; pero ya rondando por ahí el aliento de Dios, “La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu (aliento) de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gn 1,2).

El aliento mismo de Dios, su espíritu, irá organizando la materia informe, separando la tierra del cielo, la luz de la tiniebla, el agua de lo seco, y creando todas las cosas. A este respecto,  la narración de la creación del hombre en el día sexto está impregnada de un profundo sentido espiritual: "el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gn 2,7).
El mismo aliento de Dios es infundido a la persona. La dinámica de la vida se pone en marcha por el impulso del soplo divino y queda desde entonces conectada con Dios por la respiración. Es fe proclamada en la Escritura: Dios da el aliento y todos los seres viven, “Todos los seres, Señor, están pendientes de ti. Si retiras tu soplo, expiran y vuelven al polvo. Envías tu espíritu, los creas, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104, 27.29-30).” "De Él depende la vida de los seres,  el aliento de todo ser humano” (Job 12,10).
El soplo (espíritu) es participación de la vida de Dios. Y no solamente en el plano físico del hombre como ser creado; también el aliento de Dios es redentor, capaz de sacar vida allí donde el pecado y la muerte, han hecho de las suyas. El revivir de los huesos que se narra en el capítulo 37 del profeta Ezequiel es toda una profecía de la fuerza vivificadora del espíritu, profecía de la resurrección de Jesús y del don definitivo del Espíritu que procede del Padre por el Hijo: “Sopló sobre los discípulos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”(Jn 20,22).

No es este lugar para exponer una extensa teología del Espíritu Santo de Dios en la Biblia, donde se le describe como aliento, fuego, agua, soplo, etc. Me he limitado a señalar unos textos. Ya sólo con éstos podríamos decir que el aliento tiene cierto carácter sacramental, es decir, que la respiración nos conecta de modo muy especial con el Espíritu.
 
No es nada extraño que cuando interiormente andamos preocupados, estresados, perdidos, agobiados, angustiados, etc., resumamos nuestro estado con expresiones tan elocuente como “me ahogo” o “me falta el aire”. Y las situaciones de armonía, plenitud, satisfacción, liberación de la opresión, las significamos con un “al fin puedo respirar” o un simple “uf” como expresión del descanso que nos produce vernos libres de algo que nos ahogaba.


 
El budismo es especialmente considerado con el tema de la respiración. En la práctica del Sutra de la respiración el Buda enseña a los monjes a tomar conciencia de algo tan simple como es la respiración; al centrar la atención en ella el ejercitante va dirigiendo su conciencia hacia el centro vital del hombre, tan cercano a él y tan hondo como el respirar: Espirando profundamente, soy consciente de que espiro profundamente; inspirando profundamente soy consciente de que inspiro profundamente. Espirando levemente soy consciente de que espiro levemente; inspirando levemente, soy consciente de que espiro levemente”.

Haciendo una trasposición cristiana, podemos  también nosotros hacer nuestro este ejercicio de inspirar-espirar siendo conscientes de que al hacerlo estamos captando la presencia de Dios que, al ritmo de la espiración e inspiración, nos purifica de todo lo malo que hay en nosotros  y  nos alienta y unifica con su Aliento.

Inspirar es recibir, dejar  a Dios ser Dios, permitirle que inunde los pulmones del alma; espirar es dar, abandonarse, vaciarse, expulsar de uno mismo lo que impide un aliento ágil,… Espirar es morir, para permitir que luego, tras una larga espiración, una profunda inspiración  lleve de nuevo la vida a nuestro ser.

Es la dinámica de la vida espiritual, espirar vaciándome de todo, inspirar llenándome de Dios. 


Este es el sentido del ejercicio que realizamos cuando somos invitados a centrarnos en la respiración. Ahora bien, y lo repito: aprender a respirar no es el todo de la oración contemplativa; pero hacerlo de modo consciente, dejándose llevar por el ritmo del exhalar e inhalar, nos abre al presente, aquí y ahora, de nosotros mismos, disponiéndonos para recibir el don de Dios si está en su voluntad  otorgarlo.

Casto Acedo. Mayo 2019.