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viernes, 5 de abril de 2019

Getsemaní

Un breve escrito acerca de la oración del pasado miércoles, sobre Getsemaní, que nos sirva de recordatorio y síntesis.

 
"El género humano es incapaz de soportar un exceso de realidad" (T.S. Elliot) 

Una vez dejado atrás el ego en las tres primeras moradas (reconocimiento y rechazo del pecado, conversión y decisión de seguir a Jesús) nos parece que todo está hecho; pero no podemos ignorar que “muerto el ego” nos queda el “yo mismo”, y este “yo mismo” sigue enganchado al apetito de la dulzura de las cosas del espíritu, ansiando el Tabor y rechazando el Calvario. Por lo general, aún seguimos anclados en la vieja estructura espiritual: si practico mi oración, si cumplo con los ritos y doy el diezmo de mis bienes como limosna, nos decimos,  ¿cómo no voy a ser merecedor de consolaciones –regalos y gustos- en la oración? Es lo menos que espero de Dios. Por eso, buscamos la oración gratificante y rehuimos la que trae sequedad y dolor.

Aún no hemos pasado por la noche de la purificación, la sanación y la iluminación. Lo sabemos porque si tuviéramos que escoger entre Tabor y Calvario, escogeríamos Tabor. Algo muy distinto nos decía el  canto que escuchábamos: “Si tuviera que escoger estar contigo en el monte Tabor, oh Jesús, mi Señor, o en la colina del calvario, … yo escogería estar contigo en tu dolor, escogería estar contigo ante la cruz, donde tu amor se derramó y tú estabas tan solo”; Teresa de Jesús eligió la cruz, el descenso a los infiernos con Jesús. Sus visiones del infierno apuntan a esta elección.

Mi “yo mismo” real, no puede ser sin los otros, sin los que sufren la esclavitud del pecado y sus consecuencias (separación, dolor, sufrimiento, cruz). Aún no amo lo suficiente, porque si amara de verdad, escogería estar con los hermanos en el dolor antes que en el gozo, como una buena madre elegiría antes acompañar al  hijo enfermo que al sano, y estaría más disponible cuanto más consciente fuera del sufrimiento del hijo. (Aclaro: no es que no deseemos que el hermano viva en continua fiesta, pero bien sabemos que nuestro amor es más desapegado y necesario cuando acompañamos al hermano en su dolor que cuando estamos con él en fiesta).

El “sudor de sangre” de Jesús en Getsemaní, es el signo visible del amor de Aquel que al encarnarse asumió en su totalidad la condición humana colectiva. “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5, 21).  Encarnado, nacido en todo  igual a nosotros menos en el pecado, Jesús, en Getsemaní y en el Calvario, soportó el exceso de realidad de su "yo mismo" encarnado y solidario; ahí donde nosotros rehuimos  la realidad del dolor, Jesús se adentra en ella; el que no cometió pecado y no mereció pena por ello, muere y desciende a los infiernos, experimentando de modo sublime  la realidad del pecado de todos con el sufrimiento consecuente.


Jesús sufrió sabiéndose y experimentándose como parte del “todo” que es la humanidad. ¡Gran misterio este de la Encarnación, Dios hecho hombre! El que no cometió pecado se solidariza con nuestro pecado, carga con las culpas de todos; se hizo uno con todos; descendió a nuestro infierno, a ese oscuro lugar en el que el veneno del mal genera sufrimiento, tristeza y llanto (cf Is 53).
 

 Este es el momento del “terror existencial”, del horror del infierno que experimentó Santa Teresa en su Sexta Morada (6 M 11.2; V 30,2; V 32) , y en cuya noche tomó la decisión de aceptar los desposorios con Jesús y amar como Él a todos los sufrientes, ya sean víctimas de la explotación injusta o del sometimiento ignorante a los apetitos de su sensualidad. Con Jesús, su Amado, Teresa decidió amar a víctimas y verdugos, porque unos son víctimas por soportar la maldad de otros, y otros lo son por ignorar que son parte del “todo” y no entender que todo daño infringido al hermano es un daño que tarde o temprano se vuelve contra él mismo. Pasear en su noche por el infierno de los hombres, movió a Teresa a compasión, a sufrir con ellos trabajando para liberarlos de su esclavitud. Ahí decide hacer algo por Cristo, fundar “palomarcicos” desde donde sanar al mundo del cáncer del odio y de las guerras.

Podríamos preguntarnos: ¿siento yo por los hermanos el mismo amor que Jesús? ¿No es verdad que rehúyo entrar en Getsemaní? En mi oración, ¿no estaré esquivando asomarme al infierno que es mi “yo pecador” y sus consecuencias reales en el mundo? ¿De veras me siento parte de un “todo” y vivo el pecado del mundo como propio? ¿O soy de los afianzados en “que cada uno se salve como pueda”, “que cada palo aguante su vela”? .. Con tu respuesta a estas preguntas sabrás si ya has entrado en Getsemaní o te quedaste alienado en el Tabor.
 
En el Viernes Santo te puedes contemplar con Jesús en el sufrimiento del mundo. Tú formas parte activa y pasiva de ese sufrimiento. Jesús lo sufre sólo pasivamente. Pero esa "pasividad" no es inacción; al contrario, es el amor en su máximo grado de paciencia. En la Cruz, cuando Jesús tuvo en sus manos todas las papeletas para justificar una venganza de Dios, sólo encontramos amor. Amor escondido en el silencio, en la pasividad; aunque nunca tanta inacción (no-violencia activa)  estuvo tan cargada de actividad redentora como ahí.


No obstante, la meta no es la Cruz sino la Resurrección. Al exceso de realidad que subyace en la Cruz, le corresponde un exceso mayor: el de la realidad de la vida que fluye por nuestras venas y anhela sobreponerse a la muerte que nos acosa. Espero que la Semana Santa de este año la vivamos como un tiempo especial, una oportunidad para entrar con Él en la noche del Viernes Santo y despertar con Él a la luz radiante del amanecer del Domingo de Resurrección.

¡Feliz Pascua!


Casto Acedo. Abril 2019. paduamerida@gmail.com

jueves, 28 de marzo de 2019

Ser y hacer

 
En uno de los encuentros de nuestra meditación comunitaria, creo que hace dos años,  mencioné un texto  de Meister Eckhart, un autor espiritual  del siglo XIV. El texto era llamativo  por la invitación al meditador a centrarse más en el “ser” que en el “hacer.
 
Vivimos en un tiempo y un mundo eminentemente práctico, donde todo tiene que tener una utilidad, un “para qué”; y éste “para qué” se mide siempre en claves prácticas, ya sea de beneficio económico o de bienestar físico. Esto de meditar ¿para qué sirve? Si no hay un beneficio ¿para qué hacer un ejercicio de meditación?
 
El texto que citamos comenzaba así: “La gente nunca debería pensar tanto en lo que tiene que hacer; tendrían que meditar más bien sobre lo que son”.O sea que el “hacer meditación” debe orientarse al conocimiento y crecimiento del propio  “ser” y no al revés. En nuestra cultura el ser está orientado al hacer. Hacemos cosas para obtener beneficios materiales, trabajamos para consumir; y consumimos para seguir trabajando. La economía capitalista, que se mueve por la dialéctica de la producción y el consumo, ha entrado a formar parte de nuestro propio ser. Tanto es así que incluso la meditación llegamos a concebirla como un bien de consumo más.
 
Pues bien, según nuestra tradición cristiana, más importante que “hacer cosas” es “ser yo mismo”. Mi identidad  profunda no está en mi oficio o mis construcciones, sino en mi “yo mismo”, en mi ser. Tengo un valor más allá de lo que hago.
 
 
En cierta ocasión, estando Jesús  en casa de su amigo Lázaro, una de sus hermanas, María, aprovechó para  sentarse a sus pies y escucharlo. Mientras tanto,  su hermana Marta, no cesaba de trajinar por la casa (cf Lc 10,38-42). Llega un momento en que Marta no puede callar y presenta a Jesús su queja: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».Uno esperaría que Jesús le diera la razón. Sin embargo, lo que hace Jesús es dar luz acerca de ese error tan común en nosotros, y que consiste en creer que el hacer es más importante que el ser: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
 
Jesús no se muestra contrario a la actividad que Marta realiza, sino al “activismo”, a la inquietud, el desasosiego y la tensión con que lo hace: “Andas inquieta y preocupada”, es decir, no tienes quietud en tu ser, estás atada por pensamientos que te ocupan y te alejan de ti misma. El mismo reproche  que Marta hace a María -¡No hace nada, dile que me eche una mano!- esconde una cierta envidia y unida a la no aceptación de su tarea. Hace las labores de casa sin convencimiento, sin que la energía le nazca de dentro, sino como una imposición, y eso le desquicia.
 
Sin embargo, a María la contemplación de Jesús le produce sosiego y paz, quietud. Está aprendiendo  a ser; más aún, está siendo. A los  ojos de Marta su postura es de pasividad, sin embargo es Marta la que tiene el espíritu paralizado, incapaz de ser.

Sigue diciendo M. Eckhart en el texto que leíamos: “Si la gente y sus modos fueran buenos, sus obras podrían resplandecer mucho. Si tú eres justo, también tus obras son justas. Que no se pretenda fundamentar la santidad en el actuar; la santidad se debe fundamentar en el ser, porque las obras no nos santifican a nosotros sino que nosotros debemos santificar a las obras. Por santas que sean las obras, no nos santifican en absoluto en cuanto obras: sino en cuanto somos santos y poseemos el ser, en tanto santificamos todas nuestras obras, ya se trate de comer, de dormir, de estar en vigilia o de cualquier cosa que sea”.

Sé que esto suena a "reforma protestante"; Lutero bebió de la fuente de su paisano M. Eckart; y, ciertamente, sería un error no considerar las obras; el error está en considerarlas como lo que nos edifica, cuando en realidad somos nosotros los que damos valor a las obras.  ¿Acaso alguien que da un donativo millonario para una causa justa es santo por el mero hecho de hacerlo? Si da el donativo es porque tiene el dinero, y la obra en sí, objetivamente es buena, pero ¿qué dirías si sabes que da el donativo con el objetivo de promocionarse o lavar su imagen ante el mundo? ¿Le justificarán sus obras? ¿Quedó justificado el fariseo de la parábola apoyado en que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que tiene, o el publicano que se reconocía en su ser pecador? (cf Lc 18,9-14).
 
Mis obras pueden darme pistas acerca de la verdad de mi camino espiritual, pero no son la meta de mi camino. Los mandamientos, la ley, me informan de mi lejanía de Dios y de cómo debería vivir, pero el mero hecho de procurar cumplirlos no me salva. Si así fuera, la salvación sería un imposible. ¿Conoces a alguien que ame a Dios sobre todas las cosas?

Creo que en los ejemplos evangélicos de Marta y María y de la parábola
del fariseo y el publicano, podemos comprender mejor a M. Eckart.  Cuando nuestras obras nos esclavizan, cuando no son expresión de nuestro ser sino  búsqueda desesperada de una identidad que no tenemos y queremos hallar, podemos experimentar que no nos salvamos por lo que hacemos sino por lo que somos: hijos de Dios. Su amor y misericordia nos preceden siempre.

Por tanto, no te estreses haciendo cosas; tampoco te deprimas cuando no salen como quisieras. Para Dios lo importante eres tú, no tu productividad.
Hay otros textos de la Escritura que vienen a enseñarte lo mismo; como cuando Jesús dice:  “ No andéis agobiados … no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus problemas…  Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia” (cf Mt 6, 31-34). Fíjate en que -como en el caso de Marta- Jesús no dice que no se trabaje; lo malo no es el hacer sino el “hacer agobiante”, la preocupación, lo que no te deja ser porque te desquicia y enfurece.
Otro texto que podríamos citar es el conocido himno al amor de san Pablo (1 Cor 13,1-13);  “Si  repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría…  El amor es paciente, es benigno, es servicial, etc…” . El ejemplo que dije del adinerado que da un fuerte donativo a una causa justa encuentra aquí una apostilla. El himno, leído detenidamente dice que lo que define al amor no es lo que “hace” sino lo que “es”; sólo el “ser” (amor) da valor al “hacer” (obras). No son las obras las que nos santifican, sino nuestro amor el que santifica a las obras. Aunque diera todas mis riquezas a los pobres, si no lo hago desde mi ser, si no tengo amor, de nada me sirve.

 Querido amigo:  te digo todo esto para que seas conscientes de la importancia de la práctica de la meditación. Sin despreciar el hecho de que pueda conducirnos a obrar cada día con más justicia, su valor está en que  te conduce  a ser cada día más “tú mismo, aquí y a hora”, te lleva a conocerte más -con el tiempo sabrás que un mayor conocimiento y aceptación de Jesús en tu vida  te da un mayor conocimiento y aceptación de ti- y a obrar con más libertad, sin imposiciones externas, desde el fondo de tu alma; las obras de la libertad no responden a una reacción ante las amenazas o seducciones del exterior, ni al cumplimiento de una ley, sino a una decisión nacida y animada en  tu interior más íntimo.
Así pues, aquiétate unos minutos cada día, deja tus tareas, ponte a los pies del Maestro como María, acállate, escucha, y déjate inundar por la Presencia que da consistencia a tu ser en el silencio. Que la música callada de Dios te inunde. Si perseveras en la meditación llegará un día en que tu ser y tu hacer no  caminarán desconectados; Marta y María andarán juntas. A esto te conduce la meditación, a que tu vida sea toda contemplativa. Pero mientras recibes ese don, no cejes en tu camino de perseverancia.
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Marzo 2019

jueves, 21 de marzo de 2019

Viajes espirituales (notas)

Os paso los apuntes de la exposición del Miércoles.
Notas a partir del libro de William Johnston, Enamorarse de Dios.
 
En psicología y en espiritualidad se habla de la vida como de un camino-viaje; y últimamente se  de segundo, y hasta  de tercer viaje… Es como si la vida pasase por varios ciclos donde predominan unos valores u otros, una  forma distinta de ver, entender y vivir la vida con lo que nos vamos metamorfoseando  en una nueva persona.

 Se me ocurren tres grandes viajes al hilo de la percepción de Dios que vamos teniendo con el paso de los años:

o Viaje de la niñez, la seguridad del nido familiar y religioso, centrados en la ley, la adaptación a unas normas que aprendemos como camino de salvación (mandamientos). La fuerza nos la da la confianza en DIOS PADRE, protector, garante de la existencia, del que nos fiamos y que nos acompaña dándonos seguridad… La meta es el encuentro con Dios Todopoderoso, garante de una vida que descubrimos débil y necesitada. Unión “afectiva” con Dios. Jesús debió vivir esta etapa en su infancia…

o Viaje de la juventud, despertar al mundo que nos rodea, descubrimiento de “los otros”, necesidad de afirmarnos ante los padres y ante los hermanos; competitividad; inicio de una vida religiosa obsesionada más por el “hacer obras liberadoras” que por “realizar ritos”. Fuerza y guía de esta etapa es Jesucristo, DIOS HIJO, compañero, amigo, modelo de libertador. Siguiendo sus pasos luchamos por liberarnos de todo lo que nos ata. Descubrimos el fariseísmo del mundo y amamos desenmascararlo… Nuestra espiritualidad, en esta etapa, se suele desligar de las prácticas rituales y quiere ir más a lo “efectivo”, a las obras… También Jesús, hasta la “crisis de Galilea” se lanzó a curar, predicar, anunciar, …saliendo a los caminos.

o Viaje de madurez. Llegado un determinado momento, los ímpetus de la vida se serenan. Se inicia una nueva etapa. Los fracasos en el compromiso, fracasos interiores (insatisfacción, impotencia…) y fracasos externos (incomprensión, abandonos, aburguesamiento…) nos descolocan. Entramos en crisis. ¿Acedia? Buscamos salidas. Una es la de la “huída”, que termina en el aburguesamiento, la espiritualidad rutinaria, el cumplimiento narcotizante; otra es la “interiorización”, la profundización, … es el tiempo del ESPIRITU SANTO… “Señor y dador de vida”, santificador… Al mirar el mundo desde tu interioridad, una nueva vida comienza para ti. …

 
 
En esta nueva etapa se entra, como hemos dicho, a partir de una crisis. Estás pasando el libro de tu vida y te das cuenta de que hasta ahora has vivido en la superficie de la existencia… Entras en aguas profundas, en zonas desconocidas e inexploradas… una nueva viva comienza para ti. Una vida que “brota desde dentro”, salta desde la interioridad, … tu verdadero yo emerge de entre las basuras de tu perdición y has de aceptarlo e integrarlo.

Meister Eckart dice que en este momento estás naciendo a tu verdadero Yo; más aún, una antigua tradición mística habla del “nacimiento de Dios en el alma” … No solo está naciendo tu verdadero Yo sino también el mismísimo Verbo de Dios. “No vivo yo sino que es Cristo quien vive en mi” … “Para mí el vivir es Cristo” (San Pablo).

Este viaje está empezando y, no existe ningún mapa para este camino, porque es un viaje a lo desconocido “para ir a donde no sabes has de ir por donde no sabes”, dice san Juan de la Cruz. No conoces ni el camino ni la meta. Sólo Dios sabe a dónde vas … y cómo. Lo conoces no conociendo… en pura fe.



El viaje místico tiene dos aspectos: (wu-wei) (acción y no acción).

o La vía del esfuerzo personal; es lo que tu trabajas, sudas, te esfuerzas… Esta vía comienza con una gran reslocución, una gran determinación… Aquí puedes aprender mucho de los adeptos al zen (decidir la práctica atravesando dificultades hasta alcanzar la iluminación) … En tu caso “tomar la decisión de seguir a Jesús en su vida y en su muerte” (para ello debes leer sin descanso los evangelios, poniendo especial hincapié en las exigencias del discipulado… Tampoco olvides a san Pablo: leyó su vida como una carrera con sufrimientos por Jesús, … En el budismo zen la exigencia que se pide es una rigurosísima disciplina, en el cristianismo la disciplina más importante es el amor al prójimo. “La mística es amor, donde no hay amor no hay mística”; asegúrate, por tanto, de que el amor humano impregna tu vida y va siempre creciendo y creciendo. Amor samaritano, amor al prójimo, a la comunidad, a tu familia, a tus amigos, … ¡Huye de quienes piensan que el verdadero místico debe aislarse de todo amor humano!... Es cierto que el amor humano mismo puede desgarrarte el alma (por su vulnerabilidad), pero el vacío mismo del que ama es camino hacia el encuentro (iluminación). … Y por supuesto, no hace falta mencionar, la mesa de la Eucaristía, mesa del amor.

oLa vía de la “no-acción”. Aquí la oración va haciéndose cada vez menos trabajosa. Déjate en Dios. No te entrometas. Déjate llevar por el proceso mismo del crecimiento. Has de renunciar a tu deseo de llevar la iniciativa, de ser dueño de tu vida, de hacer planes…Abandónate al Espíritu (como María en la anunciación: Hágase en mí, según Tú). Cuando vayas abandonándote notarás que debes desprenderte más y más de todo lo que hasta entonces te ha dado seguridad, de todas las necesidades creadas por ti (consumo)… También de tu apego a la salud, los amigos, tu deseo de reconocimiento… Todo esto es doloroso, como un parto, “pero tu tristeza se convertirá en gozo”…. Estás en el viaje del “adiós” (adiós padre, madre, hijos, tierra…, estructuras, leyes, apegos, … me aventuro hacia un lugar sin nada a la vista nada, nada, nada, …) … Despedirte también de tus recuerdos, de tu memoria, de todo lo que hasta ahora has sido o creído ser…


 Una vez que lo dejes todo verás que no has perdido nada… No has dicho adiós a nada de lo que tenías, sino al apego que les tenías. Y una vez desapegado de todo eso irás experimentando una libertad interior que te procurará una intensa alegría… Tu seguridad será no tener ninguna… Has recobrado tu verdadero yo…. En adelante, podrás amar… Ya no te importa el qué dirán (porque no tienes máscaras que oculten una personalidad que tema ser descubierta); eso sí, puede que eso de ser tú mismo y decir lo que piensas te cree problemas (con tu familia, con la Iglesia). No encajas en el ambiente. Has de aceptar el destino del profeta…

Ah!, nunca debes pensar que has llegado al final de tu viaje… prosigue tu camino, tu ascenso al monte… Ten en cuenta, no obstante, que el Tabor no es la meta… más adelante está el Calvario, … y luego el monte de la Ascensión.. 

 Sigue los pasos de Jesús.

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Marzo 2019


 

martes, 12 de marzo de 2019

Orar en Cuaresma

 
En cuaresma, adéntrate en el ámbito de la oración. Cierra la puerta de tus sentidos exteriores y ora en lo secreto, en tu  interioridad, y tu Padre, que ve en lo interior, te responderá (cf Mt 6,6). Déjate en el silencio de Dios; abandona  en este tiempo sagrado todos tus apegos y todos tus pensamientos, tanto los malos como los buenos, y adéntrate en la esfera del silencio amoroso, del amor sin palabras.
 
Cuando la interioridad entra en crisis
Posiblemente  no siempre  sientas la oración como esa experiencia de "estar enamorado y en manos del Amado" y es fácil que tengas la sensación de que estas perdiendo el tiempo. Pero no es así;  la oración de recogimiento  es un “viaje” en apariencia estático. Sin embargo, aunque en la quietud (que no quietismo) lo exterior parece inactivo,  los niveles inconscientes, penetrados de amor y fe, están muy activos. 

La vida espiritual puede compararse al itinerario del éxodo desde Egipto hasta la tierra prometida a través del desierto; o con el camino de los discípulos de Emaús, que parten de una situación de oscuridad hasta que se le abren los ojos al Misterio (cf Lc 24,13-35). Se trata de recorrido que puede llamarse viaje interior a las profundidades del propio ser; o viaje al interior de la noche.

Al principio el viaje transcurre sin incidentes, con suavidad, pero tarde o temprano vendrán las turbulencias. Nadie te ha prometido un jardín de rosas.  Llegará la "crisis"; y llegará también la "gran crisis", trastorno que puede tener lugar dos o tres veces a lo largo de la vida y que afectará a las raíces profundas de tu ser. Entonces todo parece perdido.
La crisis puede ser exógena (externa),  producida por motivos externos: rechazo de quienes creías tu amigo, fracaso en el trabajo, perdida de buena fama, humillación por parecer que te muestras débil o estúpido ante los demás,  angustia, bajón.

Pero también puede ser endógena (interior), originada por las convulsiones del interior. De pronto te sientes mal. Insomnio, temblores, etc. parece que se desintegra el armazón de tu vida.  Se hace evidente la presencia del mal. Todo lo que te parecía seguro parece derrumbarse y no sabes hacia donde dirigirte. Las cosas que antes te satisfacían, ahora no te importan. Se pueden dar en ti dan en ti cambios de estado de ánimo brutales que te ponen  al borde del ataque de nervios. ¿Cómo he llegado a esto?

 
El Espíritu te lleva al desierto
 
La meditación es un ejercicio cuaresmal de adentramiento en el silencioso desierto de tu interioridad.  A Jesús, tras el bautismo,  "el Espíritu lo llevó al desierto para ser tentado por el diablo"; a ti, bautizado, también te lleva el Espíritu al desierto. ¿Porqué tenemos la obsesión de pensar que la vida cristiana es un oasis perpetuo? No. Es desierto y oasis; tal vez más desierto que oasis.
 
Dios, en el camino de tu vida, te hace pasar por desiertos exteriores: problemas familiares, enfermedades, paro laboral,  situaciones sociales difíciles, etc. y también por tu desierto interior.  ¿Quieres conocerte de veras?  Prueba a no tener comida, a perder todo tu prestigio, a ser humillado por todos. ¿Qué queda entonces de ti? Pues bien, vivir el desierto es vivir el despojo de las vanidades, la soledad más absoluta, el abandono de todo lo que hasta ahora era la razón de tu vida, la pérdida de todo aquello en lo que tu ego se ha sostenido hasta ahora.  

La primera sensación cuando te quitan el suelo donde pisas es de vértigo; viene luego el miedo; hay quienes no dudan en volver cuanto antes a lo anterior. Son tentados como el pueblo de Israel en el desierto, cuando al poco de ser liberados y cantar agradecidos su nueva vida, ya no les satisface el maná que Dios les dio, y "se pusieron a llorar , diciendo: «¡Quién nos diera carne para comer! ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos y melones y puerros y cebollas y ajos! En cambio ahora se nos quita el apetito de no ver más que maná". (Nm 3,4-6). La rutina de lo que empezó con ilusión cansa, ¿no tienes ya experiencia de ello? La primera tentación ante la crisis es la de volver a Egipto, a como estábamos antes, como si el regreso a la esclavitud fuera la solución. Pero hay que seguir, no hay otra salida que la fe, es decir, la confianza a pesar de la sequedad. A su tiempo Dios proveerá un nuevo alimento que nos satisfaga. 

La fe tiene su vertiente oscura; "la fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve" (Hbr 11,1); una fe que ve con claridad, que no duda, no es tal. Un alma solo pude orar "puesta en fe". Me gusta esa expresión, muy de san Juan de la Cruz, de que la oración sólo es verdadera cuando el hombre se pone "en fe"; o lo que es lo mismo, situado con esperanza, paz y serenidad en la oscuridad de la noche. En momentos de crisis la fe da a la meditación el único alimento que la mantiene viva: la confianza en Dios; se trata de la aceptación del despojo de todo aquello en que confiaba, a la espera de que Dios haga resurgir desde la interioridad al hombre nuevo, una vez despojado de todo lo viejo.

Lo más hermoso de todo esto es que tu verdadero yo, tu identidad más real, es hermosa, has sido creado "a imagen de Dios", y en el núcleo de tu corazón está Él. Nunca ha dejado de estar. Si Dios está ahí, y si Dios es amor, ¿por qué temo adentrarme en las profundidades de mi ser? Porque el demonio me engaña, me hace sentir miedo, me seduce haciéndome creer que sólo en el dinero, el prestigio y la autosuficiencia está la vida.
 
Hermoso y saludable ejercicio para esta cuaresma ese de abrir los ojos para ver las seducciones de ese encantador de serpientes que me distrae con sus ruidos para que no llegue al fondo de mi vida. Él sabe que si doy paso a la Luz que hay en mi interior la oscuridad que es él desaparecerá.
 
 
Caminar sabiendo que vas en buena dirección

Cuando logras apartar de tu conciencia las mentiras de tu ego, la conciencia de tu verdadera identidad aflora a la superficie y se va haciendo presente en ella. Cuando te adentras en el desierto, cuando dejas atrás tus “capas de cebolla”, cuando te despojas de tus “adornos” mentales y físicos, aparece ante ti lo que hay en el fondo; y en ese fondo hay mucho de inconsciente que no te agrada; hay una parte de nuestra personalidad que hemos arrinconado y odiamos contemplar, y que al ser removidas en la travesía espiritual puede despertar en forma de  sueños, malos deseos, pesadillas, etc. Pueden emerger aquí también las pulsiones sexuales que creíamos que ya teníamos controladas. Los demonios del ego se niegan a abandonar la casa que tan cómodamente han habitado hasta ahora.
 
Si observas en ti miedos, pesadillas, insomnios, etc.   es bueno comunicar esto a alguien que te escuche. Muchos abandonan aquí su camino por temor.
 
Cuando por la meditación se ahonda en uno mismo sale a la superficie la propia máscara;  tu papel-rol-máscara (padre, madre, maestro, sacerdote profesor, niño bueno, persona simpática…), que está ahí,  vivo y latente, se defiende de la verdad que amenaza con hacerlo desaparecer.  El pedestal del ego se viene abajo, y te preguntas: ¿me seguirán queriendo quienes solo conocen mi ego?  ¿Se reirán de mi?... Puede que entres en pánico.

Reconocer como eres, lo que piensas, lo que crees realmente, ante los demás -incluso ante ti mismo-, lleva consigo su dolor, pero una vez superado,  te hace crecer en la virtud por excelencia del hombre feliz: la humildad. No me canso de repetir la definición que santa teresa da de esta virtud: "humildad es vivir en verdad".
 
La dirección correcta la marca Moisés en el Éxodo. En nuestra meditación el camino es Cristo, Él señala la ruta. Si Él fue arrastrado al desierto por el Espíritu para conocer la noche de la prueba, si en Getsemaní soportó la oscuridad y la duda fiado en el Padre, está claro que nuestro sendero pasa por esa misma fe y abandono a la voluntad de Dios. ¡No te dejes embaucar por los cantos de sirena del mundo!
 

Adquirir una mirada global
 
Puede que entres en una “gran crisis” (derrumbe de todo; vacío que te hace decir como santa Teresa que “ni las cosas de Dios ni las de los hombres me satisfacen”). Cuando lleguen las crisis, repito, debes encontrar un consejero. Y debes mirar tu situación espiritual como una totalidad:

1. En su dimensión psicológica.  Tal vez debas acudir a un psicólogo que resitúe las vivencias de tu infancia, juventud, relaciones con tus padres, problemas de encaje sexual… etc.

2. Pero la psicología no debe ocultar la dimensión religiosa de lo que está sucediendo. En la crisis te encuentras con el insondable misterio de la persona y la existencia humana. La psicología puede ser tu ayuda, pero no te salvará; Jesús es tu Salvador, y deberás tener fe en él. Grítale como los discípulos en la barca que zozobra; Él duerme en tu misma barca (cf Mt 8,23-27) ) En momentos de crisis no abandones la oración, aunque tal vez no te convenga aumentar el tiempo; aunque sí es conveniente variar el modo; puede ser mejor orar dando largos paseos, dejando que el proceso interior se asimile interiormente de manera más pausada. Y por supuesto: acércate a la EUCARISTIA (alimento para el camino).

3. Finalmente no olvides la dimensión física. Los problemas internos suelen somatizarse. En momentos de crisis cuida tu alimentación y no abandones el ejercicio físico. Eso sí:  ¡ojo con las drogas químicas! No recurras a ellas. Son pan para hoy y hambre para mañana.

Repito que lo mires todo de forma global (holística, integral). Algunos te dirán que estás “cansado”, otros que “necesitas un terapeuta”, alguien   te recomendará que reces con más confianza. No cabe duda de que todo es bueno, pero nada es suficiente por sí solo.


Y en la globalidad de la mirada entra también el salirte del momento obsesivo en que te mete la crisis y contemplar tu vida en su totalidad; "no hay mal que cien años dure", y tu crisis no es sino una parte, posiblemente muy pequeña, de la globalidad de tu vida.
 

Finalmente, no olvides que  no estás sólo, hay un grupo de oración que "hace espaldas" contigo. Y tienes el testimonio de muchos que pasaron estas “crisis” (Pablo de Tarso, Juan de la Cruz, etc).   Hoy se suele hablar de “crisis de la mitad de la vida” (demonio meridiano)  o de un “viaje” al mundo del inconsciente o interioridad. Es ley de vida, y la literatura la ha descrito prolijamente: viajes de Ulises, Libro bíblico del Éxodo, Divina comedia, etc.  La vida espiritual es, en cierto modo, una aventura, un descenso a los infiernos, a la noche para despertar luego a la luz clara y limpia de la aurora.
 
Para este viaje tienes guías (sagradas escrituras, libros de oración) y maestros. Nuestro maestro es uno: Jesucristo. Pero no olvides que el viaje lo haces tú, y es tu constancia en la lucha (meditación, silencio) de cada día la que hará posible que, como Samuel, oigas la voz de Dios que te llama en la noche: "¡Samuel, Samuel!" (cf 1 Sam 3,1-14).
 
 Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. 2019

viernes, 8 de febrero de 2019

Crisis (Notas)

 Van las notas de lo que se expusieron en el último encuentro, tomadas de Enamorarse de Dios, de Williams Johnston, aunque falta lo referente a la aceptación de la propia  debilidad (manifiesta en la crisis) como punto de partida para que la fuerza de Dios opere en nosotros (cf 2 Cor 12,10).

CRISIS (Consideraciones)


Al hablar de la “oración del ser”, dijimos que en realidad se trata de la “oración del estar enamorado”. Y si podemos orar de esta manera, hagámoslo: abandonemos tanto los malos como los buenos pensamientos y entremos en la esfera del silencio amoroso, del amor sin palabras.
Tentaciones y dificultades:
 
o   Sensación de que estas perdiendo el tiempo. No es así, los niveles inconscientes están muy activos (niveles penetrados de amor y fe)
 
o   La oración existencial  es un “viaje” en apariencia estático. Pero no. Puede compararse al éxodo desde Egipto hasta la tierra prometida a través del desierto… O puede llamarse viaje interior a las profundidades del propio ser; o viaje al interior de la noche; o puede compararse con el camino de los discípulos de Emaús… hasta conocer al que buscan al partir el pan.
 
o   Al principio el viaje transcurrirá sin incidentes, con suavidad, pero tarde o temprano vendrán las turbulencias. … Nadie te ha prometido un jardín de rosas…
 
o   Llegará también el tiempo de la “gran crisis”, que afectará a las raíces profundas de tu ser (trastorno que puede tener lugar dos o tres veces a lo largo de la vida).
 
 
o   La crisis puede ser:
§   Endógena, originada en el propio interior. De pronto te sientes mal. Insomnio, temblores, … parece que se desintegra el armazón de tu vida. Presencia del mal. Todo lo que te parecía seguro parece derrumbarse y no sabes hacia dónde dirigirte… Las coas que antes te satisfacían no te importan ya … Cambios de estado de ánimo brutales… Al borde del ataque de nervios.
§   Exógena, con motivos externos: rechazo de quienes creías tu amigo, fracaso en el trabajo, perdida de buena fama, humillación por parecer que te muestras débil o estúpido ante los demás… Angustia, bajón.
 
Tu inconsciente está aflorando a la superficie. Cuando te adentras en el desierto, cuando dejas atrás tus “capas de cebolla”, cuando te despojas de tus “adornos” mentales y físicos, aparece ante ti lo que hay en el fondo (y en ese fondo hay mucho de inconsciente):
 
o la parte de nuestra personalidad que hemos arrinconado y odiamos contemplar (sueños-pesadillas)… es bueno comunicar esto a alguien que te escuche.
 
o    Resurgen las pulsiones sexuales que creíamos que ya teníamos controladas… tus complejos de Edipo o Electra, tus miedo de despegarnos de nuestro padre o nuestra madre…
 
o      Se plantea el problema de la propia máscara: tu papel-rol-máscara (padre, madre, maestro, sacerdote profesor, niño bueno, persona  simpática… )… El pedestal se te viene abajo… ¿Se reirán de mi?... Reconocer que no eras así ante los demás (incluso ante ti mismo) te hace crecer en humildad.
 
o      Puede que, en fin, nazca la “gran crisis” (derrumbe de todo; vacío, “ni las coas de Dios ni las de los hombres me satisfacen”.
 
 
Cuando lleguen las crisis debes encontrar un consejero. ..,. Y debes mirar tu situación de forma holística:
 
o  Hay una dimensión psicológica. … Tal vez cebas acudir a un psicólogo que resitúe las vivencias de tu infancia, juventud, relaciones con tus padres, problemas de encaje sexual… etc.
 
o  Pero la psicología no debe ocultar la dimensión religiosade lo que está sucediendo… En la crisis te encuentras con el insondable misterio de la persona y la existencia humana. La psicología puede ser tu ayuda, pero no te salvará; Jesús es tu salvador, y deberás tener fe en él. (Grítale como los discípulos en la barca que zozobra; Él duerme en tu misma barca)
 
o  No abandones la oración, aunque tal vez no te convenga aumentar el tiempo; tal vez sí el modo; puede ser mejor orar dando largos paseos, dejando que el proceso interior se asimile interiormente… Y por supuesto: acércate a la EUCARISTIA (alimento para el camino).
 
o  Finalmente no olvides la dimensión física… Los problemas internos suelen somatizarse… Cuida tu alimentación y el ejercicio físico… pero ¡ojo con las drogas químicas! No recurras a ellas.
 
Pero, repito, míralo todo de forma holística (total, íntegral):
o   Unos te dirán que estás “cansado”
o   Otros que “necesitas un terapeuta”
o   Otros re recomendarán que reces con más confianza
 
No cabe duda de que todo es bueno, pero nada es suficiente por sí solo. Debes considerar la crisis de modo holístico.
 
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o  Muchos pasaron esta “crisis” (Pablo de Tarso, Juan de la Cruz, etc)

 
o Hoy se suele hablar de “crisis de la mitad de la vida” o de un “viaje” al mundo del inconsciente o interioridad…
 
o No olvides que en la oscuridad, si te mantienes en el santuario, tarde o temprano oirás la voz que, como a Samuel, te llamará en la noche: “Samuel, Samuel…”·