En cuaresma, adéntrate en el ámbito de la oración. Cierra la puerta de tus sentidos exteriores y ora en lo secreto, en tu interioridad, y tu Padre, que ve en lo interior, te responderá (cf Mt 6,6). Déjate en el silencio de Dios; abandona en este tiempo sagrado todos tus apegos y todos tus pensamientos, tanto los malos como los buenos, y adéntrate en la esfera del silencio amoroso, del amor sin palabras.
Cuando la interioridad entra en crisis
Posiblemente no siempre sientas la oración como esa experiencia de "estar enamorado y en manos del Amado" y es fácil que tengas la sensación de que estas perdiendo el tiempo. Pero no es así; la oración de recogimiento es un “viaje” en apariencia estático. Sin embargo, aunque en la quietud (que no quietismo) lo exterior parece inactivo, los niveles inconscientes, penetrados de amor y fe, están muy activos.
La vida espiritual puede compararse al itinerario del éxodo desde Egipto hasta la tierra prometida a través del desierto; o con el camino de los discípulos de Emaús, que parten de una situación de oscuridad hasta que se le abren los ojos al Misterio (cf Lc 24,13-35). Se trata de recorrido que puede llamarse viaje interior a las profundidades del propio ser; o viaje al interior de la noche.
Al principio el viaje transcurre sin incidentes, con suavidad, pero tarde o temprano vendrán las turbulencias. Nadie te ha prometido un jardín de rosas. Llegará la "crisis"; y llegará también la "gran crisis", trastorno que puede tener lugar dos o tres veces a lo largo de la vida y que afectará a las raíces profundas de tu ser. Entonces todo parece perdido.
La crisis puede ser exógena (externa), producida por motivos externos: rechazo de quienes creías tu amigo, fracaso en el trabajo, perdida de buena fama, humillación por parecer que te muestras débil o estúpido ante los demás, angustia, bajón.
La crisis puede ser exógena (externa), producida por motivos externos: rechazo de quienes creías tu amigo, fracaso en el trabajo, perdida de buena fama, humillación por parecer que te muestras débil o estúpido ante los demás, angustia, bajón.
Pero también puede ser endógena (interior), originada por las convulsiones del interior. De pronto te sientes mal. Insomnio, temblores, etc. parece que se desintegra el armazón de tu vida. Se hace evidente la presencia del mal. Todo lo que te parecía seguro parece derrumbarse y no sabes hacia donde dirigirte. Las cosas que antes te satisfacían, ahora no te importan. Se pueden dar en ti dan en ti cambios de estado de ánimo brutales que te ponen al borde del ataque de nervios. ¿Cómo he llegado a esto?
El Espíritu te lleva al desierto
La meditación es un ejercicio cuaresmal de adentramiento en el silencioso desierto de tu interioridad. A Jesús, tras el bautismo, "el Espíritu lo llevó al desierto para ser tentado por el diablo"; a ti, bautizado, también te lleva el Espíritu al desierto. ¿Porqué tenemos la obsesión de pensar que la vida cristiana es un oasis perpetuo? No. Es desierto y oasis; tal vez más desierto que oasis.
Dios, en el camino de tu vida, te hace pasar por desiertos exteriores: problemas familiares, enfermedades, paro laboral, situaciones sociales difíciles, etc. y también por tu desierto interior. ¿Quieres conocerte de veras? Prueba a no tener comida, a perder todo tu prestigio, a ser humillado por todos. ¿Qué queda entonces de ti? Pues bien, vivir el desierto es vivir el despojo de las vanidades, la soledad más absoluta, el abandono de todo lo que hasta ahora era la razón de tu vida, la pérdida de todo aquello en lo que tu ego se ha sostenido hasta ahora.
La primera sensación cuando te quitan el suelo donde pisas es de vértigo; viene luego el miedo; hay quienes no dudan en volver cuanto antes a lo anterior. Son tentados como el pueblo de Israel en el desierto, cuando al poco de ser liberados y cantar agradecidos su nueva vida, ya no les satisface el maná que Dios les dio, y "se pusieron a llorar , diciendo: «¡Quién nos diera carne para comer! ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos y melones y puerros y cebollas y ajos! En cambio ahora se nos quita el apetito de no ver más que maná". (Nm 3,4-6). La rutina de lo que empezó con ilusión cansa, ¿no tienes ya experiencia de ello? La primera tentación ante la crisis es la de volver a Egipto, a como estábamos antes, como si el regreso a la esclavitud fuera la solución. Pero hay que seguir, no hay otra salida que la fe, es decir, la confianza a pesar de la sequedad. A su tiempo Dios proveerá un nuevo alimento que nos satisfaga.
La fe tiene su vertiente oscura; "la fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve" (Hbr 11,1); una fe que ve con claridad, que no duda, no es tal. Un alma solo pude orar "puesta en fe". Me gusta esa expresión, muy de san Juan de la Cruz, de que la oración sólo es verdadera cuando el hombre se pone "en fe"; o lo que es lo mismo, situado con esperanza, paz y serenidad en la oscuridad de la noche. En momentos de crisis la fe da a la meditación el único alimento que la mantiene viva: la confianza en Dios; se trata de la aceptación del despojo de todo aquello en que confiaba, a la espera de que Dios haga resurgir desde la interioridad al hombre nuevo, una vez despojado de todo lo viejo.
Lo más hermoso de todo esto es que tu verdadero yo, tu identidad más real, es hermosa, has sido creado "a imagen de Dios", y en el núcleo de tu corazón está Él. Nunca ha dejado de estar. Si Dios está ahí, y si Dios es amor, ¿por qué temo adentrarme en las profundidades de mi ser? Porque el demonio me engaña, me hace sentir miedo, me seduce haciéndome creer que sólo en el dinero, el prestigio y la autosuficiencia está la vida.
Hermoso y saludable ejercicio para esta cuaresma ese de abrir los ojos para ver las seducciones de ese encantador de serpientes que me distrae con sus ruidos para que no llegue al fondo de mi vida. Él sabe que si doy paso a la Luz que hay en mi interior la oscuridad que es él desaparecerá.
Caminar sabiendo que vas en buena dirección
Cuando logras apartar de tu conciencia las mentiras de tu ego, la conciencia de tu verdadera identidad aflora a la superficie y se va haciendo presente en ella. Cuando te adentras en el desierto, cuando dejas atrás tus “capas de cebolla”, cuando te despojas de tus “adornos” mentales y físicos, aparece ante ti lo que hay en el fondo; y en ese fondo hay mucho de inconsciente que no te agrada; hay una parte de nuestra personalidad que hemos arrinconado y odiamos contemplar, y que al ser removidas en la travesía espiritual puede despertar en forma de sueños, malos deseos, pesadillas, etc. Pueden emerger aquí también las pulsiones sexuales que creíamos que ya teníamos controladas. Los demonios del ego se niegan a abandonar la casa que tan cómodamente han habitado hasta ahora.
Si observas en ti miedos, pesadillas, insomnios, etc. es bueno comunicar esto a alguien que te escuche. Muchos abandonan aquí su camino por temor.
Cuando por la meditación se ahonda en uno mismo sale a la superficie la propia máscara; tu papel-rol-máscara (padre, madre, maestro, sacerdote profesor, niño bueno, persona simpática…), que está ahí, vivo y latente, se defiende de la verdad que amenaza con hacerlo desaparecer. El pedestal del ego se viene abajo, y te preguntas: ¿me seguirán queriendo quienes solo conocen mi ego? ¿Se reirán de mi?... Puede que entres en pánico.
Reconocer como eres, lo que piensas, lo que crees realmente, ante los demás -incluso ante ti mismo-, lleva consigo su dolor, pero una vez superado, te hace crecer en la virtud por excelencia del hombre feliz: la humildad. No me canso de repetir la definición que santa teresa da de esta virtud: "humildad es vivir en verdad".
Reconocer como eres, lo que piensas, lo que crees realmente, ante los demás -incluso ante ti mismo-, lleva consigo su dolor, pero una vez superado, te hace crecer en la virtud por excelencia del hombre feliz: la humildad. No me canso de repetir la definición que santa teresa da de esta virtud: "humildad es vivir en verdad".
La dirección correcta la marca Moisés en el Éxodo. En nuestra meditación el camino es Cristo, Él señala la ruta. Si Él fue arrastrado al desierto por el Espíritu para conocer la noche de la prueba, si en Getsemaní soportó la oscuridad y la duda fiado en el Padre, está claro que nuestro sendero pasa por esa misma fe y abandono a la voluntad de Dios. ¡No te dejes embaucar por los cantos de sirena del mundo!
Adquirir una mirada global
Puede que entres en una “gran crisis” (derrumbe de todo; vacío que te hace decir como santa Teresa que “ni las cosas de Dios ni las de los hombres me satisfacen”). Cuando lleguen las crisis, repito, debes encontrar un consejero. Y debes mirar tu situación espiritual como una totalidad:
1. En su dimensión psicológica. Tal vez debas acudir a un psicólogo que resitúe las vivencias de tu infancia, juventud, relaciones con tus padres, problemas de encaje sexual… etc.
2. Pero la psicología no debe ocultar la dimensión religiosa de lo que está sucediendo. En la crisis te encuentras con el insondable misterio de la persona y la existencia humana. La psicología puede ser tu ayuda, pero no te salvará; Jesús es tu Salvador, y deberás tener fe en él. Grítale como los discípulos en la barca que zozobra; Él duerme en tu misma barca (cf Mt 8,23-27) ) En momentos de crisis no abandones la oración, aunque tal vez no te convenga aumentar el tiempo; aunque sí es conveniente variar el modo; puede ser mejor orar dando largos paseos, dejando que el proceso interior se asimile interiormente de manera más pausada. Y por supuesto: acércate a la EUCARISTIA (alimento para el camino).
3. Finalmente no olvides la dimensión física. Los problemas internos suelen somatizarse. En momentos de crisis cuida tu alimentación y no abandones el ejercicio físico. Eso sí: ¡ojo con las drogas químicas! No recurras a ellas. Son pan para hoy y hambre para mañana.
Repito que lo mires todo de forma global (holística, integral). Algunos te dirán que estás “cansado”, otros que “necesitas un terapeuta”, alguien te recomendará que reces con más confianza. No cabe duda de que todo es bueno, pero nada es suficiente por sí solo.
Y en la globalidad de la mirada entra también el salirte del momento obsesivo en que te mete la crisis y contemplar tu vida en su totalidad; "no hay mal que cien años dure", y tu crisis no es sino una parte, posiblemente muy pequeña, de la globalidad de tu vida.
3. Finalmente no olvides la dimensión física. Los problemas internos suelen somatizarse. En momentos de crisis cuida tu alimentación y no abandones el ejercicio físico. Eso sí: ¡ojo con las drogas químicas! No recurras a ellas. Son pan para hoy y hambre para mañana.
Repito que lo mires todo de forma global (holística, integral). Algunos te dirán que estás “cansado”, otros que “necesitas un terapeuta”, alguien te recomendará que reces con más confianza. No cabe duda de que todo es bueno, pero nada es suficiente por sí solo.
Y en la globalidad de la mirada entra también el salirte del momento obsesivo en que te mete la crisis y contemplar tu vida en su totalidad; "no hay mal que cien años dure", y tu crisis no es sino una parte, posiblemente muy pequeña, de la globalidad de tu vida.
Finalmente, no olvides que no estás sólo, hay un grupo de oración que "hace espaldas" contigo. Y tienes el testimonio de muchos que pasaron estas “crisis” (Pablo de Tarso, Juan de la Cruz, etc). Hoy se suele hablar de “crisis de la mitad de la vida” (demonio meridiano) o de un “viaje” al mundo del inconsciente o interioridad. Es ley de vida, y la literatura la ha descrito prolijamente: viajes de Ulises, Libro bíblico del Éxodo, Divina comedia, etc. La vida espiritual es, en cierto modo, una aventura, un descenso a los infiernos, a la noche para despertar luego a la luz clara y limpia de la aurora.
Para este viaje tienes guías (sagradas escrituras, libros de oración) y maestros. Nuestro maestro es uno: Jesucristo. Pero no olvides que el viaje lo haces tú, y es tu constancia en la lucha (meditación, silencio) de cada día la que hará posible que, como Samuel, oigas la voz de Dios que te llama en la noche: "¡Samuel, Samuel!" (cf 1 Sam 3,1-14).
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. 2019




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