“El noveno grado de humildad consiste en que el monje no deje hablar a la lengua y, guardando silencio, no hable hasta que se le pregunte. Pues la Escritura enseña que en las muchas palabras no falta el pecado, y el que refrena la lengua es hombre prudente (Prov 10,19), y que el deslenguado no estará firme en la tierra (Sal 140,11).El décimo grado de humildad consiste en no ser de risa fácil y pronta, pues está escrito que el necio se ríe a carcajadas (Eclo 21,20)".
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sábado, 9 de enero de 2021
Meditación en la humildad (5)
martes, 29 de diciembre de 2020
Sobre el autoengaño
Aparentemente parece que es inconcebible y absurdo pensar que uno pueda engañarse a sí mismo; pero es algo tan rutinario en nosotros que no nos percatamos de ello. Casi podríamos decir que vivimos muchas facetas de nuestra vida instalados en la mentira, o en algo no menos nocivo: la media verdad, un apaño mental que nos permite ir tirando, pero sin apenas empuje. Todos sabemos que hay medias verdades que son más dañinas que la mentira.
¿Por qué me engaño a mí mismo? La respuesta puede estar en algo tan comprensible como el querer huir del sufrimiento. No me gustan algunas cosas que me suceden o me han sucedido en la vida, cosas que me inquietan e impiden vivir en paz. Hay en mi memoria acontecimientos o elementos oscuros de los que me avergüenzo, tendencias e inclinaciones que descubro en mí mismo y que no me gustan, tareas que considero que debo realizar pero que temo hacer por el dolor o sufrimiento que sospecho me acarrearían; hay evidencias que debo asumir pero no me apetece, porque me dan miedo.
Ese miedo provoca en mi, de modo más o menos consciente, una reacción de “olvido”, de relegación mental de esos asuntos; y de este modo acabo creando una realidad parcial o incluso paralela, seleccionada según mis propios intereses, que excluye todo lo que estorba a mis planes. Me construyo un mundo ideal en el que me siento cómodo, un mundo confortable que justifico racionalmente y donde todo lo desagradable queda fuera.
Entro así en un sueño. Mi mente deja fuera de su consciencia aquello que no quiere aceptar. Puede ser mi condición sexual, o mi avaricia oculta, mi miedo a comprometerme en una concreta relación de pareja, mis negocios poco limpios, la incongruencia de mis comportamientos morales contrarios a mis creencias, un acontecimiento personal o familiar que me avergüenza, etc.
Aunque todos estos asuntos son objeto de mis pensamientos, sin embargo, mi ego se las apaña para no mirarlos con detenimiento, para apartarlos y esconderlos lejos del punto de mira de la contemplación directa. Todas esas cosas acaban formando un mundo que vivo en penumbra, una sombra que no permito entrar en mi consciencia.
Está claro que si quiero crecer espiritualmente necesito prestar atención a todo, adentrarme también en la contemplación de mis sombras, de aquello que no acabo de encajar; necesito despertar del mundo irreal que ha seleccionado y fabricado mi mente, y adentrarme en mi realidad, aunque asumir todo lo que hasta hora he apartado de mi atención lleve consigo sufrimientos (cruz). No cabe duda de que esos sufrimientos son purificadores y forman parte de la dinámica pascual (muerte-vida) de toda espiritualidad.
La dinámica del auto-engaño
La fábula de Esopo la Zorra y la uvas expone de forma sencilla la dinámica del autoengaño:
Estaba una zorra con mucha hambre, y al ver colgando de una parra unos deliciosos racimos de uvas, quiso atraparlos con su boca
Mas no pudiendo alcanzarlos, a pesar de sus esfuerzos, se alejó diciéndose:
—¡Ni me agradan, están tan verdes!
El hambre produce dolor a la zorra; y sabe que su solución puede estar en alcanzar las uvas del parral. Pero al no lograrlo se añade ella misma el sufrimiento del fracaso. Entonces se pone en marcha el mecanismo de justificación que alivie su frustración: las uvas están verdes. Se engaña a sí mismo ignorando su impotencia para conseguir su premio, y lo hace del modo más común: negando la realidad y culpando a otros de su desgracia: “no me agradan, están verdes”.
Es la forma en la que tú mismo o tu misma te engañas. Cuando la realidad no te gusta buscas justificaciones que no son sino mentiras. Es lo que hace el padre que trabaja sin descanso día y noche porque es ambicioso, pero se convence a sí mismo de que lo hace por sus hijos a los que no dedica ni unos minutos al día; es la mentira de quien se queja de lo insolidario que es el mundo, pero rehúye comprometerse en un voluntariado social; el engaño de quien despotrica contra los ricos excluyéndose de entre ellos mientras avariciosamente crecen los números en su cuenta corriente; el autoengaño del fundamentalista religioso o político que quiere imponer su fe y moral a los demás so pretexto de querer salvarlos; la mentira del hipócrita que impone a otros, a veces a sus hijos o pareja, exigencias de respeto y trabajo que no está dispuesto a imponerse a sí mismo (Mt 23,1-4), etc.
No pararíamos de poner ejemplos. Y si somos honrados con nosotros mismos reconoceríamos que hay muchas cosas que pasan ante nuestras narices, cosas que nosotros mismos hacemos o dejamos de hacer y que marginamos no prestándo la debida atención sólo porque no conviene a nuestros interés, porque nos molesta el simple hecho de pensarlas. ¿No te has dado nunca cuenta de cómo justificas mentalmente tus pequeñas faltas de respeto y atención a los detalles que te exige la vida familiar o de amistad? Cuando no quieres dedicar tiempo y esfuerzo a cuidar, escuchar o atender a alguien, siempre encuentras una explicación. El posible sufrimiento de no responder a las exigencia de tu conciencia te lleva a buscar justificaciones que adormezcan la intranquilidad interior.
Engaño personal y social
Las más de las veces todo lo dicho ocurre de modo inconsciente. Tu mente te ha acostumbrado a protegerte de la ansiedad disminuyendo la atención ante hechos y circunstancias que te desagradan. Y esta falta de atención personal a la realidad acaba también creando una somnolencia o autoengaño social; así, situaciones que cada uno edulcoramos mentalmente acaban estableciéndose como mentiras sociales que se adornan con eufemismos. ¿No habéis oído nunca decir aquello de “mi padre está mejor en la residencia de mayores”, estoy de acuerdo con la “interrupción voluntaria del embarazo”, hay que ayudar a “bien morir” (eutanasia), "nadie es perfecto", "una cosa es la teoría y otra la práctica", etc.?
Una realidad distorsionada por una atención deficiente (realidad no-meditada) deforma nuestra percepción y experiencia e inhibe nuestra acción. ¿No notáis cómo nuestro siglo, en un uso indecente de los medios de comunicación, con la excusa de amortiguar el dolor echa mano de la distorsión de los hechos, a veces banalizándolos, a fin de manipular la experiencia? Y con facilidad nos sometemos a los edulcorados criterios propagandísticos a fin de escapar a la dolorosa realidad. ¿No ha ocurrido así con el cómputo y otras noticias acerca de la pandemia del coronavirus? La realidad que conocemos suele ser la que más nos agrada. ¿Cuántas veces has dejado de ver un programa de televisión, o un periódico, cuando dan opiniones que son contrarias a tus gustos e ideología? Tú mismo seleccionas la realidad y te cierras así a una vida plena de felicidad, un estilo de vida que no rehúye sino que ama y respeta a los contrarios. Si sólo amo a mis amigos, ¿qué mérito tengo? ( cf )
La meditación como terapia
Deberíamos concienciarnos de la importancia de la meditación-contemplación de nuestra realidad a fin de despertar de nuestros engaños, sean estos conscientes (culpable) o inconscientes (ignorancia). La felicidad solo es posible en la verdad; es la verdad la que facilita el crecimiento espiritual y nos hace libres. Y es fácil de entender esto: lo que hacemos objeto de nuestra atención plena (meditación) queda dentro del marco de nuestra conciencia y es susceptible de ser reconocido y sanado, mientras que aquello que es desechado termina desvaneciéndose. Aunque siempre estará en el fondo, inclinando la balanza hacia el abismo, y puede emerger dolorosamente en cualquier momento.
Decía Williams James que “mi experiencia es aquello a lo que estoy dispuesto a prestar atención. Y mi mente va siendo modelada por los ítems que recibo”. Cuando no vivo como pienso acabo pensando como vivo. Para ello solo tengo que mentirme un poco no dando importancia a lo que no satisface mis intereses. Nadie dio importancia al covid-19 hasta que le tocó dolorosamente en carne propia o de amigos o familiares cercanos. Faltó atención, contemplación de la realidad en su justa densidad. Cuando se tomó conciencia se inició el camino hacia la vacuna. Lo mismo ocurre con tantos y tantos virus personales que nos negamos a reconocer en nuestro yo.
Meditar es un buen camino para conocernos y poder salir de la dinámica de autoengaño en la que, por desgracia, estamos sumidos. Hay muchas cosas que pasan inadvertidas en nosotros porque no queremos mirarlas detenidamente; y como no las advertimos no las podemos cambiar al menos que seamos consientes de ellas y determinemos, aunque no nos guste, aceptarlas y trabajarnos espiritualmente para sanar nuestro yo.
* * *
Para practicar el conocimiento propio
Dice la carta de Santiago que “quien oye la palabra y no la pone en práctica se parece al hombre que se miraba la cara en un espejo y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era. Pero el que se concentra en una ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, no como oyente olvidadizo, sino poniéndola en práctica, ese será dichoso al practicarla” (Sant 1,23-25). Y valga esta cita para que la apliquemos a la meditación y el silencio. Sin práctica, todo lo escrito aquí es un discurso inútil. Sólo la práctica del silencio y la meditación nos puede hacer dichosos.
Y aquí me gustaría señalar la importancia del tema que hoy nos ocupa. Para ser honesto con uno mismo es de vital importancia abrir los ojos de la inteligencia y el corazón al hecho de que el mayor obstáculo para el crecimiento espiritual soy yo mismo. Solemos acusar de nuestros fracasos a personas o circunstancias externas a nosotros. “Si hubiera nacido en otra familia, si no fuera por lo difícil que está la situación actual, si mi trabajo me lo permitiera, si yo tuviera mejores medio, si mis hijos fueran más obedientes, etc.” Estos condicionales son un autoengaño, una manera de echar fuera la responsabilidad, una manera de justificar lo injustificable. Esos obstáculos se pueden mirar más como oportunidades que como impedimentos.
Nos chantajeamos a nosotros mismos cuando echamos mano de argumentos externos para no tener necesidad de mover algo dentro de nosotros. Si pusiéramos empeño en conocernos y entrenarnos para vivir en la realidad seríamos invencibles; nada fuera de nosotros nos podría apartar de la sabiduría. Pero hay en nuestro castillo interior un traidor, un ego que se ha colado de polizón y no te deja ser tú mismo al dar juego a elementos poco recomendables: miedos, complejos, pasividad, acomodamiento… El enemigo está dentro de ti, y te engaña convenciéndote de que es bueno ocultar lo oscuro, porque sacarlo a la luz no es conveniente y no te servirá de nada.
No es fácil ejercitarse en la honestidad personal, pero te propongo:
1.- Que escojas algún elemento de tu personalidad que no te guste y que normalmente rehuyes. Un complejo, un miedo, una experiencia dolorosa que no quieres recordar, una vergüenza que quieres tapar, una justificación para no cambiar alguna actitud… Puedes pensar en alguna persona, ideología u opinión, hacia la que sientes rechazo y sueles dejar en la penumbra en cuanto aparece.
2.- Mira ese elemento con serenidad en el tiempo de meditación. Sácalo de la sombra y préstale atención plena. Hazlo con cariño sin rechazo, como un miembro herido de tu cuerpo que quieres sanar. Mira que Dios te quiere tal como eres.
Cuando termines la oración, escribe tus impresiones. No será fácil poner al descubierto las mentiras que has mantenido ocultas durante tantos años, pero es un trabajo que merece la pena. Romper esquemas de bienestar es sano y facilita la aventura de recorrer caminos siempre nuevos.
Casto Acedo. Diciembre 2020.
sábado, 26 de diciembre de 2020
Meditación en la humildad (4)
miércoles, 9 de diciembre de 2020
Desmontar la necesidad de agradar
Unida a la meditación en la humildad-3 va esta reflexión e invitación a la práctica del propio conocimiento. Recordad que estamos profundizando en las terceras moradas de santa Teresas, en concreto en el tema del conocimiento de un@ mism@ y la humildad. "Humildad es andar en verdad", decía la santa, es conocerse en la propia verdad.
La catequesis hizo crecer en muestra mente el esquema de la aprobación; en este caso bajo la mirada de un Dios que premia o castiga según que nuestras obras le agradaran o no. De este modo las religiones han domesticado el mensaje de los líderes religiosos hasta hacer de ellos unos conformistas sociales; a pesar de que un estudio cuidadoso de Jesucristo nos demostrará que no era una persona cuya aspiración era la de agradar a los demás, sino todo lo contrario: alguien que provocó con sus palabras y actitudes el rechazo y la censura. Lo mismo cabría decir de los otros fundadores de religiones, que fueron rebeldes al sistema imperante. Pero hemos domesticado su mensaje adaptándolo a la cultura de la “aprobación social”.
El precio pagado para obtener beneplácito de otros ha sido muy alto: cuando he actuado así he sacrificado mi auténtico ser (yo) a costa de engordar una falsa imagen de mí mismo (ego). La necesidad de aprobación ha hecho de mí un títere que se mueve al ritmo que marcan otros. Y esto, en muchas ocasiones, no ha hecho más que producir en mí amargura, tristeza y desencanto.
A veces estallamos violentamente ante los demás. ¡Chic@, no hay quien te conozca! ¿Cómo sales hoy tan respondon@?¡No esperaba eso de ti!
Hemos aguantado mucho tiempo con la propia identidad escondida y represada; hemos callado para no crear conflictos, para no desagradar; hemos acallado los pensamientos por miedo al rechazo; hemos moderado o corregido la propia opinión adaptándola al oyente; hemos reprimido nuestra personalidad por temor a que nos rechacen y nos excluyan del rebaño;… pero llega un momento en que el "yo" se rebela y se impone violentamente.
Hay quienes no entienden que una persona tan formal y tímida hasta entonces, de repente, explote. Pero tiene su lógica. La olla a presión tiene un límite de resistencia. Cuando la presión (represión) a la que se somete el yo debido a la necesidad de agradar no encuentra una válvula de escape revienta violentamente o se desinfla cayendo en la depresión.
* * *
Creo que no nos costará mucho esfuerzo vernos reflejados en lo expuesto.
Pues bien, la necesidad de aprobación nace de algo falso, pero que nosotros hemos establecido como real desde siempre: para ser feliz necesitamos la aprobación de los demás, y para ganar ésta debemos someter nuestros gustos y criterios a lo que ellos esperan de nosotros. Esta creencia firmemente arraigada en nuestra mente y nuestro corazón nos pone en situaciones muy difíciles en la vida, y con frecuencia nos obliga al fariseísmo.
No somos tan perfectos como quieren los demás que seamos, pero ¿cómo desmontar la imagen que les hemos vendido hasta ahora? Y si declaro lo que realmente soy y pienso, ¿no me rechazarán?, ¿no me quedaré sin amigos? ¿no me repudiará mi pareja? ¿Podré conservar mi puesto de trabajo? … Por miedo a la intemperie y la soledad preferimos seguir vendiendo una imagen ficticia de nosotros y escondiendo la realidad. "Sepulcros blanqueados" (Mt 23,27), decía Jesús.
Lo que hacemos al querer agradar siempre es tan inútil como absurdo. Pienses lo que pienses, digas lo que digas, hagas lo que hagas, siempre habrá gente que estará de acuerdo contigo y gente que no. Y seguramente, contra tu pronóstico, tendrás más aceptación cuando seas tú mismo que cuando juegas a dar coba a tu interlocutor. Pruébalo.
Pierde el miedo a opinar cuando tus ideas son contrarias a las que exponen otros; plantea los temas desde tu punto de vista, aunque choque con los otros; hazlo con respeto y verás como, aunque al principio te cueste, irás descubriendo un mundo nuevo a tu alrededor. Un mundo en el que tú no serás una marioneta en manos de otros; serás tú mismo. Muchos te rechazarán (no has nacido para agradar a todo el mundo), pero seguro que otros muchos te valorarán y respetarán como nunca lo han hecho hasta ahora .
* * *
Practicando
Propongo un ejercicio que ayude a tomar conciencia de cómo tendemos a vender una imagen de nosotros que sea del agrado y aprobación de los que nos rodean, sometiéndonos para ello a sus criterios. Simplemente, al acabar el día, constata si has vivido algún hecho como los que se mencionan a continuación o similar:
* Has adulado a algún interlocutor buscando (yo diría mendigando) su cariño.
*Te has sentido humillado o insultado porque alguien ha declarado una opinión contraria a la tuya.
*Has hecho algún favor a otra persona y te ha quedado cierto resentimiento porque lo has hecho forzado. No te has atrevido a decirle que no.
* Has dicho algo que no piensas sólo por evitar que los que te escuchan te den de lado (miedo al rechazo).
*Has propagado chismes y habladurías sólo por llamar la atención y disfrutar de la atención que te prestan tus oyentes.
* Estás ansioso porque los demás aprueben y alaben algo bueno que has dicho o has realizado. Y si lo minusvaloran te hundes.
Puedes tomar nota de alguna experiencia igual o parecida que hayas vivido durante el día o la semana. Mira lo más objetivamente posible el hecho a fin de extraer lecciones para liberarte de esa costumbre que te lleva a buscar la aprobación de otros.
Sólo por el hecho de hacerte consciente de esas reacciones automàticas para recibir aprobación estás poniendo el cimiento para ser más libre, más dueño de ti mismo.
Puedes seguir estos pasos
1. 1. ¿Qué ocurrió? Repasa el acontecimiento, y míralo sin juzgarlo (evita sentimientos de culpa o impotencia).toma nota
2. 2. ¿Qué me motivó a hablar o actuar así? No tengas miedo a reconocer el poder que la “imagen de quieres dar de ti mismo” ha tenido en tu respuesta o reacción.
3. 3. ¿Reconozco en lo dicho u hecho un deseo de ser aprobado a costa de ceder en mis verdaderas opiniones o posturas? Sin ser duro o dura contigo, reconoce humildemente tu error. Sólo así podrás corregirlo en otra ocasión.
Es importante que te liberes del “qué dirán”. Tus actos deben partir de un decisión personal, fruto de un conocimiento recto (conciencia formada en la bondad y la verdadera compasión). A partir de la toma de conciencia del hecho deberías estar más atento cuando se repita y crear mecanismos para dar la respuesta más adecuada a tus ideas y convicciones propias. Se hace camino al andar.
Y no te autoengañes. Cuando te sientes mal (dolido, deprimido, ofendido…) porque alguien no te aprueba, que sepas que, aunque tú crees que es él el responsable de tu desdicha, no es así. El problema es tuyo, y al cargar la responsabilidad sobre otro te estás ocultando la herida, con lo cual haces imposible la curación.
* * *
Es importante ser tu mismo, con tus debilidades, tus ideas acertadas unas veces, equivocadas otras, pero tú mismo. Estás llamado o llamada a ser un loco o una loca, una persona rara por su originalidad, que no tiene por qué someterse a nadie, basta que sea ella misma respetando, que no sometiéndose, a lo otros. Una aloca o un loco original, como el que describe la parábola de Kalil Gibrán.
El loco (1918)
Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras -si; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas-; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:
-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!
Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:
-Miren! ¡Es un loco!
Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!
Así fue que me convertí en un loco. Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser. Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.
Medita esta parábola y aprende a no vivir esclavo de la aprobación de otros. Hallarás libertad y seguridad, “la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser”.
Nota: las referencias psicológicas a la necesidad de aprobación están recogidas muy resumidamente del capítulo III de Wayne W. Dyer, en Tus zonas erróneas.
Casto A. Diciembre 2020
Meditación en la humildad (3)
Soltar el perfeccionismo y la codicia
Muchas veces nos equivocamos, y es de sabios reconocer los propios errores y recomenzar. El error no es un fracaso sino una oportunidad; el fracaso no es caer sino quedarse en el suelo.
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