Buscar en este blog

miércoles, 13 de mayo de 2020

Humildad (Tema 13 de Mayo)




Habíamos aprendido que para Teresa las virtudes más importantes que deberían trabajar sus hijas  eran el AMOR  de unas con otras, el  desasimiento (POBREZA), y la HUMILDAD, que es la más importante y abarca a las otras dos. 

Hoy comentamos esta la  virtud de la humildad. Lo hacemos en tres pasos. Primero exponiendo brevemente el tema de la "honra" en la vida y los escritos de la santa; luego comentamos la gran relación que hay entre humildad y silencio, para terminar apuntando algo sobre la importancia de la contemplación de Dios para alcanzar humildad. 

Si humildad, al decir de Teresa, es "andar en Verdad", y esa Verdad no es otra que Dios, la humildad se aprende en el silencio contemplativo de esa Verdad... Sólo quien es humilde está capacitado para practicar la meditación del silencio; y sólo quien acalla su ego puede crecer en su verdadero ser, hecho a semejanza de quien se hizo el último de todos y el servidor de todos. 

La voz de la Santa: "Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén". (6 M 10,7) 

Aunque me hubiera gustado exponer este tema en directo y a viva voz, sé que ello mi no puede ser debido a al estado de alarma. La exposición es un tanto desbalazada y no me da tiempo a redactarla más narrativamente. Si alguno/a tiene dudas puede llamarme y hablaremos. 


"HONRA" Y HUMILDAD 

Teresa hubo de sufrir en su infancia y a lo largo de toda su vida, el estigma de ser considerada judeoconversa, o sea, una cristiana de segundo orden. En sus escritos ella habla mucho de “la honra”. ¿Lo hace por resentimiento?  Lo cierto es que nunca llega a reconocer ni poner en luz algo que ella sabía: su condición de nieta de converso judío, su abuelo Juan Sánchez .

De su matriz judeoconversa le vienen posiblemente su formación y  afición a la lectura, su buen trato y conocimiento de mercaderes o su visión práctica de la vida y los negocios. También su crítica a la honra. Se refiere a ella con terminos como “puntos de honra”, “negra honra”;  y la considera “oruga que carcome”, o “cadena que no hay lima que la quiebre”;  está inquina al tema puede ser fruto de la reacción ante algo que, por experiencia familiar, considera a todas luces injusto. Ella se jacta en menospreciar la honra que viene del linaje. 

“Honra –dice Lope de Vega en "Las partidas"- es aquello que consiste en otro; ningún hombre es honrado por sí mismo; que la honra está en otro y no en sí mismo”. Es duro esto y da que pensar, porque el miedo a perder la honra, el miedo al qué dirán,  conduce sin remedio al sometimiento social.

Teresa no puede menos que ridiculizar la importancia desmesurada que se da a la honra en su medioambiente social. Es consciente de la hipocresía que se encierra en lo referente a la buena fama, y destroza  su falsedad con una de sus mejores armas: la ironía.  

Un ejemplo: cuando visita Duruelo y encuentra a fray Antonio barriendo, le dice: “¿Qué es esto, mi padre? ¿Qué se ha hecho de la honra?” (obsérvese la maliciosa pregunta), a lo que el interpelado le contesta: “Yo maldigo el tiempo que la tuve”. respuesta transmitida con verdadero placer por la narradora en el libro de Las Fundaciones.

Podríamos alargarnos más sobre el tema de la honra en los escritos teresianos, pero sirva lo dicho como muestra para hacer una valoración de lo que opinaba la santa de la honra, y su valoración de la humildad. Si la honra es cosa de apariencias, ella dirá que la humildad es “andar en verdad”.
No se refería a “la verdad del mundo” (en este caso ella faltaría a la verdad ocultando su linaje) sino a la “verdad de Dios” o, más concretamente, a “la verdad que es Dios”. Sólo Dios es realmente digno de honra. Todo hombre, por muy importante que se precie,  colocado frente a Dios, es insignificante por si mismo. Solo en Dios encuentra valor.
Se da cuenta la santa de que en el camino de perfección la “negra honra” es un obstáculo difícil de superar (cf Vida 31,20-21; Camino E 12,7). 

A la opinión del mundo contrapone la única a tener en cuenta, la de Dios (cf ya citado Vida, 37,5-6), y para ella la reforma está en no someterse a la honra del mundo, alcanzando así la libertad de “perder mil honras por Vos” (Camino 3,7; (2,5-7).

Han pasado los siglos, y puede parecernos que esto de la honra es cosa de otros tiempos. Pero no cabe duda de que, con nombre distinto, sigue presente. La podríamos llamar “cuidado de la propia imagen”. El culto al cuerpo, la obsesión por ser admirados, la búsqueda de ascenso social, siguen siendo aspiraciones comunes. Tal vez uno de los mayores problemas para crecer en humildad. El ego se ha apoderado de nuestra vida y resulta difícil la sinceridad con Dios y con uno mismo, es decir, la humildad, que no es otra cosa que estar en el justo centro de nuestra condición de hijos de Dios. 


HUMILDAD Y SILENCIO

“Humildad es andar en verdad”. Esa verdad a la que la santa se refiere no es nuestra verdad, sino la Verdad que es Dios (Jesús dijo: "Yo soy la verdad"); se trata de  vivir con transparencia ante Dios, de ser y andar en Cristo, de vivir sin vivir en mí sino en Él.

Cuando Adán peca el ego se empodera de su vida y se esconde a la mirada divina; la  soberbia, su principal atributo, le hace huir de Dios porque pone al descubierto su equivocación. Teme se visto, porque teme la muerte, ya que el ego es la mentira y sometida a la luz de la Verdad queda totalmente desvalorizada y diluida.

Y aquí comienza la "huida de Dios" que no es sino huida de uno mismo. Si Dios no me deja ser –dice el ego- invento un Dios que me lo permita. Así el hombre fabrica en  su mente un Dios adaptable a su soberbia. Ese Dios-ídolo suele ser tan engreído como su hacedor, tan falso como la oscuridad de sus intenciones, tan fantástico como sus delirios de grandeza. Es un Dios útil para justificar las propias miserias, para alcanzar la propia gloria y hacer soportable una vida que se pretende libre pero está programada para la esclavitud y el fracaso. 

La soberbia descarada, y más sutilmente, la falsa humildad, ofuscan la mirada e impiden ver la belleza de nuestra desnudez original, la hermosura que somos cuando nos despojamos de lo superfluo.

¿Cuál es entonces el camino de la humildad? Sin duda el camino de la nada y el silencio. Venir a nada para poseerlo todo. Para llegar a esa “nada”, que, en perspectiva cristiana,  no es vacío sino plenitud, se requiere entrar en el silencio de todo lo que sean nostalgias de  experiencias pasadas, conceptos sobre Dios y éxitos de nuestro ego. Ser humilde es abajamiento, kénosis, desaparición.

El hombre espiritual camina hacia la negación de sí para afirmarse en Otro. Tenemos un ejemplo evangélico en el Bautista. Ante el  “yo soy” de Jesús, Juan pone el “yo no soy”. La existencia y el ser de Juan Bautista sólo tienen sentido en el Todo que es Jesús. “El tiene que crecer, y yo tengo que menguar” (Jn 3,30). Resulta coherente que Aquel que vino a servir y no a ser servido, a anonadarse en vez de a mostrarse en poder, sólo pueda ser hallado en la nada más absoluta, en la humildad. Es la paradoja cristiana, la Pascua, el acceso a la vida por la muerte.

La palabra humildad tiene su origen en el latín “humus” (tierra). Ser humildes es volver a la tierra de la que uno ha salido. Morir a lo que pretendo para vivir en lo que soy: divino.  Cuando se inicia la Cuaresma se nos recuerda en la imposición de la ceniza el hecho de que somos tierra, humildad, y volveremos a la tierra para renacer de nuevo. Para ello necesitamos ejercitarnos  en el silencio como acceso a la interioridad.

Lo externo, es decir, las ideas, deseos, egoísmos, es impermanente, y como todo lo pasajero incapaz de satisfacer nuestra sed de vida eterna. Para poder aspirar a ella hay que entrar dentro, algo sólo posible cuando lo exterior se silencia. Es un gozo encontrar una persona vacía del ruido de la soberbia, la vanidad, la envidia, la competitividad,… una persona sin ego, es decir, sin ambición, sin deseo de dominar, sin interés particular. Pues esa persona eres tú, ese es tu yo escondido tras las máscaras del ego. 

El camino de la humildad es el del silencio de todo lo exterior para tomar conciencia del propio ser. Ahí, en el fondo, en la séptima morada, no se mueve el ego, porque la persona que eres descansa en el Ser. “Que no tiemble vuestro corazón –dice Jesús- creed en mí y creed también… En la casa de mi Padre hay muchas moradas”, es decir, descansad en mí centro, en el más hondo silencio.

Hay una gran diferencia entre moverse en el plano del ruído  (lo exterior), donde nuestro ego busca afirmarse con soberbia ante los demás, o moverse en el plano del silencio (lo interior), donde la conciencia humilde de ser en Dios te hace bienaventurado o bienaventurada. Ahí, en el fondo cristalino de la fuente que es tu  ser, no existe el ansia de tener, ni el deseo de aparentar, ni la aspiración de mandar, ni el miedo a la muerte,  porque la casa del Padre en la que habitas está edificada sobre roca, y ningún terremoto ni tormenta la hundirá.

Para llegar a esa casa no hay mapas ni etapas. A ella sólo se llega, o mejor: se accede, en el silencio humilde. 

El misterio del silencio es el camino, aunque en realidad “para el justo no hay camino”. Hasta en esto es pobre. El silencio es una esperanza, un advenimiento, una venida. “Es bueno esperar en silencio la venida del Señor”. Hallar a Dios es buscarlo siempre. Cada paso que tú das hacia Él, cada pregunta que te haces,  no es sino respuesta a los pasos que ya Él ha dado hacia tí. 

La práctica del silencio me va despojando de lo que me desquicia. ¿Qué es lo que me preocupa? ¿Merece la pena estar preocupado por esas cosas? Observa como al hacer silencio enseguida tu ego se remueve y quiere apartarte de él suscitando en ti imaginaciones, sentimientos e incluso dolores físicos para que no sigas por ese camino. ¡Qué tontería! ¿Silencio? ¡Como si no hubiera algo mejor que hacer! ¿Te vas a pasar la vida así, escondido, sin darte a conocer? ¡Con lo que tú vales! ¿No será mejor hacer algo práctico? Enseguida acuden a tu mente un montón de ocupaciones aparentemente más prácticas y necesarias; multitud de cosas que ni siquiera piensas que debes hacer cuando pierdes horas mirando la pantalla del móvil o la televisión. Ahí, alimentando tu ego, pasas muchas horas al día. Disperso, desquiciado, borracho de sueños, de  juicios, de envidias, de aspiraciones vanas.  Sé consciente de que es esto lo que te desquicia: tu falta de humildad, tus aspiraciones mundanas, el cuidado de tu honra.



BUSCANDO A DIOS 
EN LA VERDAD (HUMILDAD) 
DEL SILENCIO

Serena tu cuerpo y tu espíritu. Silencia tus deseos, tus ambiciones, “la honra” en lenguaje teresiano. Desdibuja en ti la imagen de Dios que interesadamente has ido figurando en tu mente. No necesitas nada de eso para subir al monte del Silencio, donde “solo mora honra y gloria de Dios” (Juan de la Cruz. Dibujo del monte).

En la práctica de la oración contemplativa y el silencio se esconde siempre un deseo de encontrar o encontrarse con Dios. Buscamos a Dios. Pero tengamos en cuenta que lo decisivo no es buscar a Dios con vehemencia. A menudo tras nuestra búsqueda de Dios se esconde una provocación, un “ponerle a prueba” (tentar). En realidad no busco a Dios sino a “mi Dios”; un Dios útil, que responda a mis expectativas, a mis necesidades. Sino ¿para qué quiero a Dios?, te dices. Este dios no existe, es proyección de tu soberbia. Se trata de un dios estresante, que acaba robándote incluso la poca paz y sosiego con que partes en la búsqueda: “Cuanto más tenerlo quise, con tanto menos me hallé” (Juan de la Cruz. Monte)

A Dios más que buscarlo hay que esperarlo. Recordad la respuesta del monje preguntado acerca de qué hace ahí tanto tiempo en silencio: “¡Estoy esperando al Amado de mi alma!”, respondió. Dios no se deja encontrar por los que le buscan con algún interés particular. Dice san Pablo citando a Isaías: “Fui hallado entre los que no me buscaban; me hice manifiesto a los que no preguntaban por mí”. (Is 65,1; Rm 10,20). Buscar a Dios vehementemente, con codicia, es un error. Para hallarle es preciso humildad, una virtud eminentemente teologal. Santa Teresa dice que “humildad es andar en verdad”, pero entendiendo que esa verdad en la que anda el humilde es Dios mismo; sólo la experiencia de Dios, el encuentro con su grandeza y su bondad pueden descubrir mi pequeñez y hacerme gozar de su amor inmerecido y de crecer en humildad ante Él.




"Un día le preguntaron a Buda; ¿Existe Dios?; y él dijo; No. El mismo día, por la tarde, otro hombre le preguntó; ¿Existe Dios?; y él dijo; Sí. Y ese mismo día, por la noche, un tercer hombre preguntó; ¿Existe Dios?; y Buda se quedó en silencio.”

A simple vista, el comportamiento de Buda, causa confusión. Hasta su mismo discípulo, Ananda, estaba muy molesto, no entendía la conducta de Buda. Naturalmente, había escuchado las tres respuestas. Así que, por la noche le dijo al Buda; No puedo dormir, cuéntame. Si La pregunta fue la misma, ¿Por qué contestaste de modo diferente?; A uno le dijiste que no, a otro le dijiste que sí, al siguiente no le dijiste nada, simplemente te quedaste en silencio, y cerraste los ojos. ¿Por qué?; si la pregunta fue exactamente la misma.

Buda dijo: Los que preguntaban eran diferentes. Estaba contestando a los que preguntaban. Uno era un ateo, no creía en Dios. Había venido a reforzar sus convicciones, Quería que yo dijera que no creo en Dios, para que su creencia pudiera hacerse más fuerte, y yo no puedo ayudar a la creencia de nadie. Tengo que destruir las creencias. A ese hombre le dije; ¡Sí, Dios existe!, porque a menos que las creencias sean disueltas, nadie llega a saber.

El otro hombre creía en Dios. Había venido a que le apoyara. No estoy aquí para apoyar las creencias de nadie. Estoy aquí para destruir todas las creencias; para que así, la mente pueda ascender por encima de ellas, hacia el conocimiento. Por eso a él tuve que decirle algo diferente. ¡Tuve que decirle no!

Y el tercer hombre no era ni creyente ni ateo, de modo que no hacía falta ni un sí, ni un no. Tuve que quedarme en silencio. Le estaba diciendo: entra en silencio, y conocerás. Haz lo que estoy haciendo. Cierra los ojos, entra en silencio, y conocerás. La pregunta es tal, que no puede ser respondida con un sí, o un no. La pregunta es tan profunda, que sólo puedes conocer la respuesta cuando entras en un profundo silencio. Tú sólo conocerás, cuando la pregunta haya desaparecido; entonces la respuesta surgirá en tu ser.

Esta enseñanza del Budismo nos puede ayudar a entender nuestro silencio en este momento de nuestro itinerario  por las moradas en que santa Teresa  invita a considerar la importancia de la humildad. Podemos buscar a Dios desde la soberbia de nuestras ideas queriendo encontrar a un Dios que a la postre sólo será la proyección de nuestras creencias religiosas o nuestros esquemas mentales. O incluso podemos asegurarnos en la idea de que no existe porque no cabe en nuestros pesos y medidas. Ambas posturas no son sino una provocación, una ridícula afirmación de nuestro ego. La conclusión de estas búsquedas tan pobres la nombra así san Juan de la Cruz: “cuanto más buscarlo quise, con tanto menos me hallé” (Dibujo del monte).

También podemos callar. Hacer silencio. Si Dios es el incognoscible, el incomprensible, el inefable, el “más allá de todo”, si supera todos nuestros esquemas y capacidades, está claro que no puede ser abarcado por nuestra mente y nuestras medidas. Sólo puede ser esperado. Y para esto lo más conveniente es el silencio que asoma por el hueco de tu  deseo de recibirle y gustarle. “En esta desnudez (silencio) –dice también san Juan- halla el espíritu quietud y descanso, porque como nada codicia, nada le impele hacia arriba, y nada le oprime hacia abajo, que está en el centro de su humildad. Que cuando algo codicia, en esto mismo se fatiga” (Dibujo del monte)

Entonces, me dirás:  ¿por qué hablamos de Él? ¿Para qué la Biblia? ¿Qué sentido tienen las doctrinas? Y te respondo: todo esto no es sino el torpe esfuerzo humano por tematizar y expresar lo inefable. Y está bien. Porque hay un tiempo para reflexionar y pensar, otro para cantar y poetizar, otro para danzar y hacer música,… todo ello puede dar razón de lo experimentado. Pero Dios siempre quedará más allá de nuestras pobres ideas, símbolos y palabras. Solo se da en la experiencia misma. Luego desaparece. "No me retengas", le dijo el resucitado a Maria Magdalena.  “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado” (B. Pascal, Pensées, 553). Hallar a Dios es buscarle siempre, porque él sólo se revela en la humildad de la búsqueda.

El Buda, como san Juan de la Cruz, recomienda el silencio como disposición para el encuentro con el Misterio. Esa debe ser también tu práctica: el silencio humilde que se sitúa “ante” y “en” la Verdad. El audio que mando unido a este texto quiere simplemente que te adentres en el Silencio que es Dios. Que tomes conciencia de que sólo desde la experiencia de Dios se puede entender la verdadera humildad, que no es un menosprecio de uno mismo, sino un aprecio tan alto por Dios que te lleva  a sentirte pequeño pero feliz de ser mirado por Él. 

Humildad es andar en Verdad. Que la meditación os sirva de apoyo para ese andar en humildad.  Y que Santa María de Fátima, mujer humilde  que caminó en la Verdad, se para todos  intercesora y ejemplo. 

castoacedo@gmail.com. Mayo 2020.


domingo, 15 de marzo de 2020

Vida exterior, vida interior (15 de Marzo)

En un domingo peculiar por el Estado de Alarma decretado por el Gobierno, cuando nuestros obispos extremeños han decidido el cierre de templos y lugares de culto como forma de colaborar en la erradicación del contagio a causa del covid-19, contemplamos el Evangelio de la Samaritana (Jn 4). Es un texto que ofrece la oportunidad de meditar iluminando la novedad del momento.
 
  
En estos días de “confinamiento”  comprobaremos cómo los acontecimientos exteriores nos irán  llevando a planteamientos que afectarán a nuestra interioridad. Hace unos días se daba la noticia de que en una ciudad China el estado de aislamiento de la población había generado un aumento considerable de divorcios. "La cuarentena es mala para el amor", decía el titular. Un dato que nos lleva al convencimiento de que, además del covid-19, hay “otro virus”, como el del egoísmo, que debemos combatir. 
 
La lucha contra el contagio tendrá también su batalla interior. El confinamiento en el hogar familiar a que nos veremos sometidos es una oportunidad y a la vez un riesgo. Oportunidad para ahondar en la propia identidad cuando la vida exterior se desdibuja,  cuando las seguridades materiales  no están garantizadas a tope  y entramos en impotencia y soledad; esto puede ser una ayuda para conocernos mejor a nosotros mismos y para entrar en un diálogo más cercano con las personas con  las que viviremos estos días compartiendo   techo y experiencia. 
 
Pero no olvidemos que siendo una ocasión para crecer, esto también se puede transformar en un espacio de deterioro personal. Las situaciones extremas y dificiles sacan de las personas lo mejor y lo peor. Ya vemos gestos heroicos de solidaridad, como ocurre con el personal sanitario, que en su mayoría trabaja en condiciones deplorables asumiendo su responsabilidad;  algunos incluso yendo más allá de su obligación laboral; desde aquí le damos les felicitamos y les damos las gracias. Pero no se nos ocultan gestos no precisamente solidarios, actitudes y actos de personas que mirarán sólo al “sálvese quien pueda” y haràn caso omiso a las recomendaciones que se dan para el bien común. Con esto también hay que contar.
 
Los que somos religiosos y de asistencia habitual a la misa dominical o diaria viviremos estos días sumidos en un cierto estado de orfandad, de duelo. Es normal. Se tiene la sensación de que con el cierre de templos nos han quitado algo que forma parte de nuestro ser desde siempre.
 
No obstante,  hay que ver lo positivo de todo esto.  La situación es una oportunidad para plantearnos de modo más preciso nuestra espiritualidad. “Adoradores en espíritu y en verdad”, dice Jesús.
Estamos acostumbrados a medir nuestro tono espiritual por la práctica de oraciones, ritos y devociones, especialmente por los actos que realizamos en el ámbito de la Parroquia o del grupo de fe específico al que pertenecemos. Ahora hemos de habérnoslas con nosotros mismos, entrando en el templo que somos y celebrando y valorando nuestra fe prescindiendo de la armadura social que nos facilitan los rezos comunes. ¿No nos vendrá esto bien para fortalecer la fe personal? Puede que sea esto lo que  Dios quiere y nos está pidiendo ahora: que nos afiancemos interiormente en Ėl.

 
¿Qué hizo Jesús con la Samaritana sino cambiarle el centro de referencia? Reorientó su visión religiosa, que se focalizada en el templo de Jerusalén y el santuario de Garizín, conduciéndola hacia la ermita de su corazón; del Pozo de Jacob,  capaz de saciar sólo las necesidades del cuerpo, Jesús la hizo pasar al pozo de su interioridad, al templo del Espíritu Santo que ella misma era, donde está Cristo que le dice: “El que bebe del agua del pozo vuelve a tener sed; el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,13-14) . “El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: "de sus entrañas manarán ríos de agua viva" (Jn 7,37-38).
 
También nosotros somos invitados por Jesús en estos días de “recogimiento”, valga el doble sentido, a pasar de una religiosidad vivida en su dimensión material, externa y ritual, a una más espiritual, interior y vivencial a la vez.
 

No se trata de “flotar en el aire” en sesiones de oración mística, sino de algo más sencillo como:  
 
*Tomar conciencia de la fragilidad del ser humano, sometido a la tiranía de un virus minúsculo en un tiempo de endiosamiento del poder de la ciencia y la tecnología;
 
*Aprender de modo práctico que la vida no la llenan las cosas que tenemos y hacemos, muchas de las cuales nos estarán vedadas en estos días;
 
*Asumir que tenemos muy cerca la posibilidad de pequeñas acciones  donde seguir ejerciendo la fraternidad y la caridad aunando esfuerzos para hacer más felices a los de casa;
 
*Vivir con paciencia el confinamiento, valorándolo como una acción en aparente inactividad; aquí nos vale la enseñanza: puesto que nada es permanente, deja que todo fluya; todo tiene su tiempo (cf. Qh 3,1-8).  
 
*Sentir en humildad, saberte “parte de un todo”, pieza esencial del juego de ajedrez cuyo objetivo es vencer la pandemia;
 
*Dedicar tiempo en solitario o en familia para la oración vocal   o la meditación, para la conversación espiritual  o la lectura de la Palabra. Porque es importante crecer “hacia dentro”, que no es “huir del afuera”, sino afianzar los cimientos que nos permitirán poner remedio al contagio del covid-19 y a tantos otros contagios que fracturan  las relaciones humanas.

Si en estos días sientes que tu vida entra en desesperación o vacío, recuerda que Jesús es "agua viva", capaz de saciar la sed de tu corazón. Y recuerda también que, como a la samaritana,  y por boca de quienes en este momento están reclamando tu presencia y ayuda, el mismo Jesús te dice: "Tengo sed".
 

 * * *
Dos buenos ejercicios para una oración de silencio contemplativo:

1. Contemplar desde Dios los acontecimientos de estos días, tomando conciencia de lo que se mueve en el exterior y lo que hay en el interior. Ir pasando del Pozo de Jacob al Pozo del Espíritu Santo que eres. 

2. Vaciarte de "ego", miedos, presunciones, expectativas, ... y dejar que la voluntad de Dios fluya en tu interioridad llenándola de sentido. Recuerda que "Dios es como la fuente de la que cada uno coge como lleva el vaso" (San Juan de la Cruz). 

No dejes de aportar tu parte en la batalla contra el covid-19. Para vencer no bastará con el recogimiento exterior. Tu disposición interior y la ayuda de Dios también son necesarias.  Dios primero.
 
* * *



EVANGELIO
Juan 4, 5-42
 
En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob.
 
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial.
 
Era alrededor del mediodía.
 
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
—«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
—«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?».
Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le contestó:
—«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
 
La mujer le dice:
—«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
 
Jesús le contestó:
—«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
 
La mujer le dice:
—«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».
 
Él le dice:
—«Anda, llama a tu marido y vuelve».
La mujer le contesta:
—«No tengo marido».
Jesús le dice:
—«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
La mujer le dice:
—«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
 
Jesús le dice:
—«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad».
 
La mujer le dice:
—«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
Jesús le dice:
—«Soy yo, el que habla contigo».
 
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
—«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?».
 
Salieron del pueblo y se pusieron en camino a donde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían:
—«Maestro, come».
Él les dijo:
«Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis».
Los discípulos comentaban entre ellos:
—«¿Le habrá traído alguien de comer?».
Jesús les dice:
—«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.
Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores».
 
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».
 
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
—«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

 Casto Acedo. Marzo 2020

domingo, 8 de marzo de 2020

Tabor (oración para el domingo 28 d Febrero)

Hoy, más que a una reflexión, el Tabor invita a una oración. De hecho, sobran las palabras. Basta con silenciar los ojos, los oídos y el corazón. Permanecer ahí, contemplando, admirando. Con la satisfacción de quien ha recibido el don de saborear lo que busca.


“Que bien se está aquí,
qué bueno que estemos aquí”,
en el silencio de la cima,
donde el agua del valle
y el trino de los pájaros,
dibujan un fondo 
de “música callada”.

Que bien subir aquí contigo,
dejado atrás el pensamiento,
la inquietud del corazón,
el fulgor de los sentidos.

En este monte
“no me da pena nada,
no me da gloria nada”.
No sufro nada; no gozo nada.
Sólo soy. Nada.

* * *

¡Qué bien se está aquí!,
sin hacer, solo siendo.
Gozo de ser contigo, uno,
como tú con el Padre.

Qué bien se está aquí,
oyendo tu Palabra
que venida del silencio,
como música callada, 
colma mi alma vacía.

Quiero quedarme aquí,
¡en este no-lugar!
Una extraña nube,
tu Misterio,
me cubre con su sombra.
Oscura y luminosa.
Fe.

"Este es mi hijo, el amado,
en quien me complazco".
Te recreas en el hijo.
Tu amor, en él, se hace mío,
y mi amor, en él, se hace tuyo.
Caridad.

De pronto, desapareces.
No hay visión.
En la ausencia
me hablas: “no temas”.
Hay que seguir.
¿Hacia dónde?
No importa, sólo confía.
Yo soy. Estoy siempre.
"Sólo Dios basta". 
Esperanza.

* * *

Qué bueno estar aquí,
en la quietud del Tabor,
contigo.

Me dicen, y me digo:
no subas tanto,
te necesitan
en el valle de las lágrimas.
Pero sé que es bueno
remontar el valle  
y estar junto a ti,
permanecer.

Me apremia más el mucho hacer
 que el solo ser;
y tú me desvelas
que sólo en el amor
tienen valor mis afanes.

No me atrae mucho
subir al monte
cada día.
Me da pereza
si no me engolosinas.

* * *
No dejes de llamarme;
como a Pedro, 
a Santiago y a Juan:
“venid conmigo 
a un monte alto”.

Sumérjeme en el no-decir, 
no-hacer, no-saber 
de tu nube.

No dejes de enviarme.
"¡Levántate, no temas,
yo estoy contigo!".


* * *


EVANGELIO
San Mateo 17, 1-9


En aquel tiempo, Jesús tomo consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los  llevó aparte a una montaña alta.
Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se  volvieron blancos como la luz.
Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces tomó la palabra y dijo a Jesús:

—Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para  Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una  voz desde la nube decía:

—Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle.

 
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y tocándolos les dijo:

—Levantaos, no temáis.

Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo.  Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

—No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los
muertos.

Casto acedo. Marzo 2020

 

domingo, 1 de marzo de 2020

La prueba del silencio

Una reflexión del Evangelio del primer domingo de cuaresma desde la perspectiva del silencio.
 
 
Reza así uno de los apotegmas de los padres del desierto:
 
“Nuestra perdición no es debida a los malos pensamientos que acuden a nuestra mente, sino al mal uso de ellos. Puede ser que esos pensamientos nos hagan naufragar, pero también es posible que  por ellos podamos ser salvados".

En los escritos de los antiguos padres de la Iglesia, a los pecados capitales -gula, fornicación, avaricia, tristeza, cólera, acedia, vanagloria y orgullo, según la lista de Evagrio Póntico- se les denomina “pensamientos” (logoi). Y se habla del “demonio de la gula”, “demonio de la fornicación”, “demonio de la avaricia”, etc… 

 Se trata de “pensamientos” que suelen importunar y perturbar la deseada apacibilidad de la vida monacal, trampas que pretenden debilitar la firmeza interior del monje alejándole del retiro y silencio de la celda. 
 
Los pensamientos y la lengua son contemplados por estos santos como medios muy utilizados por el maligno para desviar al justo. De ahí la importancia que dan estos padres al dominio de los pensamientos y el control de la lengua a fin de acallar los ruidos mentales y emocionales y andar por el camino recto del silencio. 

 Jesús pasó por esta prueba del silencio en su desierto interior. Vivió como uno más la seducción del mal, la invitación mental a vivir en las excentricidades pecaminosas de la  exterioridad, a primar el hacer sobre  el ser.


* Es astuta la motivación de la primera propuesta de Satanás: “si eres el Hijo de Dios…”, si puedes transformar las piedras en panes, ¿a qué esperas?. Jesús renuncia a la vida fácil, a imponer su mensaje tratando a los hombres como menores de edad: “Vosotros me buscáis no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna” (Mt 6,24).
 
*También, en el alero del templo, fue apremiado a escoger el camino fácil del espectáculo como recurso para realizar su misión. “Sus hermanos le dijeron: Sal de aquí y vete a Judea, para que tus discípulos puedan ver allí las obras que haces. Nadie que pretenda darse a conocer actúa secretamente” (Mc 9,35-36). Pero él no les hizo caso.
 
*Y cuando le ofrecen los reinos de este mundo, queda claro que no ha venido a mandar, y rehúye el poder. “Al ver la gente aquel signo -la multiplicación de panes y peces-, la gente decía: Este hombre es sin duda el profeta que había de venir al mundo. Dándose cuenta Jesús de que querían proclamarlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo” (Mc 10,42-43)
 
Jesús padeció en su vida los malos pensamientos que Satanás propone en el evangelio de hoy. ¿Cómo respondió a ellos?  Lo hace recurriendo a la Palabra: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. … No pondrás a prueba la paciencia de tu Dios … El Señor es uno y a Él sólo darás culto de adoración”. Hermosos textos para unos ejercicios de meditación. 
 
¡Que importante es el silencio de la mente, que evita que el tentador imponga su criterio; el silencio de los deseos, que no deja encumbrarse al ego sobre el yo; y el silencio del corazón, que renuncia a los propios quereres para adherirse al querer de Dios. 
 
Como dice el apotegma que inicia esta breve reflexión, los pensamientos y deseos impuros, así se definen en el decálogo, son pruebas a las que podemos sucumbir; pero también son pruebas que nos pueden ayudar a crecer.
Otro apotegma de Padres del desierto: "El abad Pastor decía: cualquier prueba que te sobrevenga la puedes vencer por el silencio”.
 
Adelante, pues; y ánimo en tu lucha. El primer paso, y tal vez el más importante del combate, consiste en acallar tu mente, tu lengua, y tu corazón. Recuerda que toda acción parte de un pensamiento previo. Al hacer precede el pensar.  No dejes que los malos pensamientos manden en ti. ¡Feliz Domingo!
 
* * *
Nota: Los apotegmas citados los puedes hallar en La sabiduría del desierto. Dichos de los padres del siglo IV, de Thomas Merton, LVI y LXXXVIII, ed. BAC, 2018. Pgs 70 y 83.



EVANGELIO
 Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.
Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.
Entonces el diablo le dijo:
—«Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan».
Jesús le contestó:
-«Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre"».
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:
—«Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo».
Jesús le contestó:
—«Está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto"».
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo:
—«Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "Encargará a los ángeles que cuiden de ti", y también: "Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras"».
Jesús le contestó:
—«Está mandado: "No tentarás al Señor, tu Dios"».
Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.
 

Casto Acedo. Marzo 2020