Hoy, más que a una reflexión, el Tabor invita a una oración. De hecho, sobran las palabras. Basta con silenciar los ojos, los oídos y el corazón. Permanecer ahí, contemplando, admirando. Con la satisfacción de quien ha recibido el don de saborear lo que busca.
“Que bien se está aquí,
qué bueno que estemos aquí”,
en el silencio de la cima,
donde el agua del valle
y el trino de los pájaros,
dibujan un fondo
de “música callada”.
Que bien subir aquí contigo,
dejado atrás el pensamiento,
la inquietud del corazón,
el fulgor de los sentidos.
En este monte
“no me da pena nada,
no me da gloria nada”.
No sufro nada; no gozo nada.
Sólo soy. Nada.
* * *
¡Qué bien se está aquí!,
sin hacer, solo siendo.
Gozo de ser contigo, uno,
como tú con el Padre.
Qué bien se está aquí,
oyendo tu Palabra
que venida del silencio,
como música callada,
colma mi alma vacía.
Quiero quedarme aquí,
¡en este no-lugar!
Una extraña nube,
tu Misterio,
me cubre con su sombra.
Oscura y luminosa.
Fe.
"Este es mi hijo, el amado,
en quien me complazco".
Te recreas en el hijo.
Tu amor, en él, se hace mío,
y mi amor, en él, se hace tuyo.
Caridad.
De pronto, desapareces.
No hay visión.
En la ausencia
me hablas: “no temas”.
Hay que seguir.
¿Hacia dónde?
No importa, sólo confía.
Yo soy. Estoy siempre.
"Sólo Dios basta".
Esperanza.
* * *
Qué bueno estar aquí,
en la quietud del Tabor,
contigo.
Me dicen, y me digo:
no subas tanto,
te necesitan
en el valle de las lágrimas.
Pero sé que es bueno
remontar el valle
y estar junto a ti,
permanecer.
Me apremia más el mucho hacer
que el solo ser;
y tú me desvelas
que sólo en el amor
tienen valor mis afanes.
No me atrae mucho
subir al monte
cada día.
Me da pereza
si no me engolosinas.
* * *
No dejes de llamarme;
como a Pedro,
a Santiago y a Juan:
“venid conmigo
a un monte alto”.
Sumérjeme en el no-decir,
no-hacer, no-saber
de tu nube.
No dejes de enviarme.
"¡Levántate, no temas,
yo estoy contigo!".
* * *
EVANGELIO
San Mateo 17, 1-9
En aquel tiempo, Jesús tomo consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.
Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces tomó la palabra y dijo a Jesús:
—Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:
—Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle.
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y tocándolos les dijo:
Jesús se acercó y tocándolos les dijo:
—Levantaos, no temáis.
Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
—No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los
muertos.
Casto acedo. Marzo 2020


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