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jueves, 13 de abril de 2017

Homilía sobre el sábado Santo (Texto para orar)

Este texto es  el que contiene la oración en audio que os mando por wasap.
¡Buena meditación pascual!

De una antigua Homilía
sobre el santo y grandioso Sábado
 

El descenso del Señor al abismo 
   
¿Qué es lo que hoy sucede?  Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad.  Un gran silencio, porque el Rey duerme.  La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo.  Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.
 
Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida.  Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.  Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.
 
El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos.  Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos:  «Mi Señor esté con todos.»  Y Cristo, respondiendo, dice a Adán:  «Y con tu espíritu.»  Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole:  «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»
 
Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados:  “Salid”, y a los que se encuentran en las tinieblas:  "iluminaos”, y a los que duermen:  “Levantaos.”
 
A ti te mando:  Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos.  Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza.  Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.
 
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.
 
Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte el peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.
 
Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva.  Mi costado ha curado el dolor del tuyo.  Mi sueño te saca del sueño del abismo.  Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.
 
Levántate, salgamos de aquí.  El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste.  Te prohibí que comieras del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti.  Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.
 
El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.
 
Contemplare. Abril 2017.

 

lunes, 10 de abril de 2017

AMAR A DIOS (Amor de Dios)


 
¿COMPADECER A DIOS?

Completando la trilogía de enseñanzas sobre el amor, nos toca hablar de la “compasión” referida a Dios. El esquema que seguímos habla de “amor-compasión” por mí mismo, por el hermano y por Dios. Cuando el mandamiento manda “Amarás a Dios”, ¿podemos traducirlo como “tendrás compasión de Dios”? ¿Es que nosotros debemos o podemos perdonar a Dios? ¿Acaso Dios ha delinquido y necesita de nuestra clemencia? 

El “amarás a Dios”, a mi parecer, se puede leer en dos sentidos: 
 
1) Es posible entenderlo como “tener compasión de Dios”. Ahora bien, como he dado a entender antes, ¿no es un atrevimiento decir que tengamos compasión por Dios?, ¿no es una osadía inadmisible la de amar-compadecer-perdonar a Dios? Está claro que Dios no tiene necesidad de nosotros; nada necesita (no sería Dios) y por supuesto no necesita que le compadezcamos de nada. Es Él quien se compadece de todos.

Y, seamos sinceros, somos nosotros los que tendríamos que perdonarnos el no ser compasivos con Dios, porque solemos acusarlo de nuestros males y de los del mundo. En este punto habría que volver al tema de la autocompasión y a la compasión con el hermano. Lo que no encajamos interiormente nos sale en forma de violencia hacia fuera, y luego  solemos acusar a Dios de esos males que hacemos. Así, como en una eterna repetición de la pasión de Jesús, cargamos sobre sus espaldas nuestros crímenes.

Quien lo hace así -que me temo que somos muchos- debería revisarse  constantemente  en dos cosas:
* Por una parte sobre  su imagen de Dios. ¿A qué Dios odia quien lo hace responsable de todos los males? ¿Al dios que se ha construido para descargar en él sus propias  responsabilidades, o al Dios de Jesús que por amor gratuito carga con las nefastas consecuencias de su irresponsabilidad?.
*Y por otro lado, quien echa en cara a Dios los males del mundo, debe considerar su cinismo al cargar sobre los hombros de Dios la responsabilidad de unos hechos que seguro que él mismo provoca o hace poco por evitar.

2) Si tiene sentido el mandamiento de “amar a Dios”, no es porque Dios necesite tu amor y tu compasión, sino porque tú sí necesitas amarle para acercarte a Él y tener acceso a su perdón. Es Dios el que te ha de perdonar, no tú quien perdonas a Dios unos supuestos daños que él provoca o permite.
 
Jesús me pide “amar a Dios” no tanto por Él -hay quien piensa que nuestro Dios, para existir, necesita del amor de los hombres-  sino por mí y por mi prójimo; al pedirme que ame a Dios no está reclamando mi compasión para con Él. Dios no necesita mi compasión para completarse, porque Él es compasión (“Dios compasivo y misericordioso”), que es lo mismo que decir que es “perfecto en el amor”.  Si el mismo Dios me pide amarle es porque es lo que me conviene, y es lo mejor para la humanidad.  
 
Aclarados estos puntos, creo que lo más conveniente para nuestra reflexión no es tanto tratar sobre el “amar a Dios” sino sobre el “amor de Dios”; porque sólo quien descubre la belleza del “Dios compasivo” queda habilitado para amar a Dios sobre todas las cosas, y en esa contemplación hallará “razones del corazón” para amar al prójimo y amarse a sí mismo equilibradamente.
 
¿PUEDE DIOS SER COMPASIVO?
 (Filosofía) 
 
Damos un primer retazo a la “compasión de Dios” desde la filosofía.

A los primeros cristianos de origen no judío les resultó difícil encajar eso de “un Dios que sufre por los hombres”. En la cultura griega en la que se mueven hablar de sufrimiento de Dios es un despropósito. Dios es el motor inmóvil, un Dios (dioses) que pide ser amado, pero en ninguna manera es amante; El Dios bíblico que se encoleriza o se apasiona por su pueblo y por sus hijos, el Dios capaz de amar al hombre hasta el extremo encarnándose en el Hijo, padeciendo y muriendo en la cruz, es inconcebible en el ámbito de los filósofos y sacerdotes griegos. Es propio de ellos la "apatía" o ausencia de pasiones.

 
Los dioses de los paganos no se preocupan para nada de los hombres; son caprichosos, ajenos al sufrimiento humano. El Dios de los filósofos y de los mitos, el motor inmóvil, origen de todo, el ser del que procede todo ser, el “big-bang” de la creación, es un Dios reducido a teorías, cálculos, conceptos y silogismos, un Dios caprichoso que se juega a los dados el destino de los hombres. Un dios  al que nadie reza, nadie canta, nadie le danza, nadie espera en él,  y nadie le ama, porque es solo una idea, un recurso de la mente totalmente ajeno a las preocupaciones del hombre.

El Dios del mito y la filosofía sirve como explicación, pero no como salvación; caldea la cabeza, pero no calma el corazón. ¿Acaso se puede satisfacer la interioridad sólo con lo que existe en la mente? Ya lo dijo san Ignacio: “No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente”. Es importante entender que nuestra relación con Dios no es mental, sino vital, con todo el ser: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Mt 22,37). Por eso, en la oración contemplativa hay que poner más los ojos del corazón que los de la mente.

Desechamos, pues, al Dios de los filósofos y los científicos por teórico e inexistente, por ser capaz de llenar una biblioteca sobre temas divinos (teodicea), pero incapaz de alimentar el sentido de la vida y animar la existencia con el calor de su espíritu. Desechamos a este Dios porque no tiene vida, porque sabemos que quien  no ama y compadece está muerto.

¿DIOS PADRE-PATRÓN?
 (Psicología 

Los primeros cristianos no sólo tuvieron que vérselas con la idea filosófica y mítica de Dios propia de los paganos; también hubieron de enfrentarse con la imagen de Dios propia del judaísmo, que, aunque en sus libros sagrados  encuentran testimonios de un Dios compasivo(Antiguo Testamento),  no pudieron soportar la idea de una compasión tan extrema que le lleva incluso a morir perdonando a aquellos que le crucifican.

El Dios de Jesús es un Padre compasivo con el que vivió una relación apasionante. Así lo mostro en en sus predicaciones,  fruto de su intimidad orante con Él. Jesús  hablaba de su Padre ("Mi padre...", decía) con entusiasmo, ternura y devoción. "Te doy gracias Padre"  (Lc 10,21); "Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo" (Jn,32); "Yo he venido en nombre de mi Padre" (Jn 5,23)  "Te doy gracias Padre" (Lc 10,21), "Todo me ha sido entregado por mi Padre" (Jn 10,22), etc.

 
Los judíos prefieren al Dios de los patriarcas y de la ley de Moisés, que hace una alianza desde la altura y establece  normas severas para su Pueblo, un Padre-patrón tan propenso a la misericordia (cf Is 49,14-15) como a la ira, “Señor, lento a la ira y rico en piedad, que perdona la culpa y el delito, pero no lo deja impune, que castiga la culpa de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación" (Nm 14,18). A los judíos les descoloca un Dios que mira al hombre de igual a igual. Por eso escandalizó Jesús con sus parábolas del Padre bueno y misericordioso cf Lc 15).

El judaísmo pos-pascual estuvo dispuesto a aceptar a los cristianos como un grupo más entre los suyos, pero siempre que renunciaran a la fe en Jesucristo como Dios y lo reconocieran solo como un maestro excelente; hombre, pero no Dios. La idea de que Dios tomase carne y muriera  en la cruz les parecía a los judíos un escándalo insoportable.  San Pablo, que fue un fariseo ferviente antes de su conversión al cristianismo y se atrevió a dar el paso a la aceptación del Dios encarnado en Jesucristo,  define así la novedad de la fe cristiana: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1Cor 1,23-25).

Los judíos podrían aceptar al Padre de Jesús siempre que se le diera a la palabra “padre” el sentido que tenía en su mentalidad legalista. Pero el padre del que habla Jesús en la parábola de El Hijo pródigo, que no cumple las leyes establecidas sobre la actuación de un buen padre judío de la época, sino que antepone la compasión a las leyes y costumbres establecidas, no goza de simpatía entre los judíos. Un padre así es mirado como una perdición para el hijo porque, según ellos, le condenaría a la indisciplina y la perdición. No creían en la fuerza de la compasión como motor del cambio personal y social. Sin embargo Jesús insiste una y otra vez en afirmar que Dios es Padre  compasivo y misericordioso, bondadoso. Su ternura le hace ser parcial en su juicio, hasta el punto de no poder resistirse ante un corazón arrepentido (cf Sal 50,17).
 
 
 
Dios es, pues, Padre; y queda ya apuntado lo que significa “Padre” para Jesús y para los judíos, pero ¿qué significa en nuestra cultura? La psicología ha colocado sobre el padre toda una serie de sospechas; el padre es visto hoy por muchos  como un opresor, un "gran hermano" que todo lo ve y lo controla,  que limita la personalidad del hijo, que coarta su libertad.  

Nuestra sociedad occidental no es ya patriarcal. Predicar un “Dios padre” hoy no es fácil; pende sobre él la sospecha de manipulador y dictador. Sin embargo, estamos necesitados de la seguridad paterna. Los seres humanos nos sabemos desvalidos, arrojados a la intemperie, necesitados de ayuda. Sin padre o madre andamos huérfanos, desorientados, como en tierra de nadie (apátridas). Y en ese abandono  tendemos fácilmente a elevar a categoría de padre  a nuestros poderes (dinero, cargos, títulos), nuestras ideas (ideologías), o a algunas instituciones o personas que parece nos ponen en valor y patrocinan nuestra existencia. Ideologías, dineros, modas, líderes mediáticos, etc,  terminan ocupando el espacio que hemos dejado libre al olvidarnos de Dios.  

Concluyendo nuestra visión de Dios desde la psicología, no cabe duda de que  el hombre necesita una patria (padre), un lugar de referencia que equilibre, unifique  y de coherencia  a su vida. Tradicionalmente esa patria ha sido Dios-Padre, origen, protector y sanador de las heridas. Pero hoy vivimos el drama de una sociedad que ha pervertido la imagen del “padre” hasta el punto de situarnos en una especie de inestable juego de tronos; hemos matado al padre-Dios, y nos hemos embarcado en un peligroso culto a los ídolos. Al Dios único y bueno lo hemos cambiado por otros que compiten entre sí y que no facilitan la unidad personal interior ni la convivencia social.  De modo más o menos conscientes nos vendemos a los reyes de este mundo: la economía, el prestigio, el poder político o social. Realidades que parecen ofrecernos una cierta zona de confort y seguridad, pero la experiencia demuestra que  cualquier seguridad que pretendamos de espaldas a Dios  y su espíritu de amor y compasión es engañosa y perversa.

¿De veras crees que puedes vivir una vida plena abandonándote a un inconsistente “amor líquido” y a unos dioses efímeros como los que te ofrece el circo del mundo? ¿Se puede ser auténtico hijo (hombre) , sin anclaje en lo sólido y eterno de un padre (Dios)? Deberíamos analizar muchas de nuestras enfermedades psicológicas desde estas preguntas.


CAMPASIÓN DE DIOS
 (Teología)
 Decimos los cristianos que Dios es amor,   y que Jesucristo sufrió y “murió por nosotros” (cf 1 Tes 5,10) mostrándonos  el rostro del Dios compasivo. Pero,  ¿puede Dios sufrir? , ¿no tendrían razón judíos y griegos? ¿no es absurdo hablar de que Dios “muere por nosotros" ya sea "por nuestras manos" o "por (para)  nuestro perdón"?
Mirad, esto sólo lo podemos entender desde el misterio del Dios-Amor. Es verdad que Dios es impasible, tal como dice la filosofía: no puede padecer. Pero sí puede compadecer, como escribió san Bernardo: " Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecer" (Sermones in Cant., Serm. 26,5). ¿Acaso su omnipotencia no le permitirá ser compasivo?
 
 La pasión de Dios en Jesucristo -eso que contemplaremos en calles y liturgias en estos días de Semana Santa- nos habla de su amor. Jesucristo es Dios  padeciendo con y por los hombres. Al encarnarse en Jesús, al hacerse hombre por puro amor, Dios se hace vulnerable. ¿No es la vulnerabilidad una característica del amor verdadero? Quien ama se arriesga a ser herido, a ver su amor rechazado. Pues bien, nuestro Dios es vulnerable porque es amor; su esencia es la misericordia, hasta el punto de que "aunque seamos infieles (le crucifiquemos), Él es fiel (sigue amando), porque no puede negarse a sí mismo" (2 Tm 2,13).

 
Y, llegados aquí, podemos ejercitarnos en la meditación del misterio de la Encarnación y contemplar la imagen de Dios herido por la desidia y el abandono de sus hijos, los hombres. Mirados los dolores de Jesús desde la perspectiva del cántico del capítulo 40 de Isaías, no cabe duda de que lo que contemplamos en la pasión no es sólo muerte y sufrimiento,  sino también  gloria y amor de Dios. Con su amor hasta el extremo el Hijo glorifica al Padre. (cf Jn 12,27-28; 17, 1-4).  ¡Cuántos son los que –como Teresa de Jesús- se han convertido precisamente por la conmoción que les produjo el hecho de que Dios llegue a amar al hombre hasta el límite de la pasión y muerte!

Dios hecho hombre en el Hijo, Dios-amor, herido por el desprecio del hombre, pide de nosotros un ejercicio de compasión por Él: “¿quién se preocupará por Él?” (Is 40,8 ). Ahora bien, el mandamiento de "amar a Dios", más que un ejercicio para mostrar nuestra compasión hacia él, es una invitación a contemplar su compasión por nosotros. En la pasión del "Siervo Jesús", los cristianos vemos el amor apasionado de Dios, que “cargó sobre él todos nuestros crímenes”, y siendo inocente, “soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores” (Is 40,4-5). “No tenemos un sumo sacerdote (Jesucristo) incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado”. (Hb 4,15).
 
 
Además, contemplar la vulnerabilidad del amor de Dios  en las llagas de Cristo es un modo de contemplar el sufrimiento propio y el del hermano. ¿No decimos que la contemplación verdadera nos obliga a mirar la realidad tal como es? Pues en la pasión de Cristo la realidad está teñida de amor y dolor; amor de un Dios solidario con el hombre (encarnación); una solidaridad que no es indolente (dolor ausente de sufrimiento) sino paciente (asunción pacífica del sufrimiento). Y si contemplando y asumiendo nuestros complejos y miedos los vamos sanando, ¡cuánto más sanarán si les acercamos el ungüento del amor de Dios! Cristo, medicina de Dios, asumiendo nuestros pecados (amándonos a pesar de nuestros odios) nos sana de todo aquello de lo cual creíamos que era imposible liberarnos; por eso decimos que “sus heridas nos curaron” (Is 40,5).

No contemples en la pasión a un Dios-Padre que pide sangre; sino a Dios-Hijo que visibiliza el amor del Padre por ti. En la cruz no está el castigo de Dios al hombre; no es el Padre sino tu desprecio el que crucifica a Jesús (a los hermanos); por eso en ella puedes observar tu pecado (tu falta de compasión hacia el prójimo), y en la misma cruz, con tu pecado, puedes  contemplar también el Amor-perdón de Dios que te sana. Así pues, es un buen ejercicio silenciarte y situarte ante la compasión de Dios dibujada en el dulce rostro de Cristo sufriente. Viene bien aquí recomendarte que contemples tus miserias desde su lado, desde su mirada y su palabra de amor: "¡Por ti, todo lo hago por ti!".
 
 * * *
Querido meditador y contemplativo, esta Semana Santa ralentiza tu mente y tu corazón, busca un espacio de silencio y acompaña a Jesús en su camino hacia el Gólgota. Sitúate ante Cristo condenado injustamente, azotado, cargado con la cruz, despojado de sus vestiduras y clavado en la cruz.  Usa tu imaginación o coloca ante ti  una imagen de Cristo sufriente; y “mira que te mira” con amor. Reconoce en su dolor el amor del Padre, su compasión.  No es la ira de Dios sobre la humanidad del Hijo lo que revelan sus heridas, sino su amor; “porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). No te salvará el temor al castigo sino el reconocimiento y la aceptación de su amor y su perdón. Descansa tus sufrimientos en Él.  Deja que su medicina de amor cure tus cobardías e infidelidades.
 
¡Santa y Feliz Semana,
meditadores y contemplativos!.
 
© Casto Acedo. Abril 2018


sábado, 1 de abril de 2017

Meditación y contemplación (aclarando términos)

Esta entrada pretende aclarar términos y conceptos. El lenguaje del mundo espiritual suele estar plagado de palabras que, desde la limitación, quieren dar a entender lo ilimitado de la experiencia espiritual. Las palabras son herramientas, buenas en sí, pero también pueden dar lugar a confusión. Es por eso que os transcribo estas notas, esperando que las entendáis y nos sirvan de base para un diálogo más amplio en el grupo.
 
 
MEDITACIÓN Y CONTEMPLACIÓN
¿Por qué oramos? ¿Por qué practicamos meditación? Respondo desde la perspectiva cristiana: Porque tenemos un anhelo profundo de Dios y queremos saciarlo entrando en Él, y sabemos que “la puerta de entrada es la oración”. (Santa Teresa).
Hay muchos modos de oración: vocal, mental (estas dos conforman lo que santa Teresa y san Juan de la Cruz denominan meditación ), litúrgica, contemplativa, etc., y todas conducen a Dios.

En los tiempos que vivimos se da un abuso desconsiderado de las palabras meditación, mindfulness, silencio, contemplación. Y siendo consciente de la confusión a la que nos puede llevar tanta palabra, quisiera aclarar el significado que en nuestro grupo damos a dos de ellas que usamos y usaremos con mucha frecuencia en nuestros encuentros y escritos; me refiero a  meditación y contemplación, dos términos que parecen sinónimos, pero que tienen diferencia de sentido. No sé si esa diferencia que voy a exponer es universalmente válida, pero  quisiera aclararla para nosotros.
La meditación es una disciplina,
una tarea.
La meditación es la disciplina que nos ayuda a hacernos plenamente presentes aquí y ahora, es decir, en el momento eterno de Dios. Meditar es entrar en la realidad de nuestro yo con disciplina, perseverancia y voluntad no obligada. Para ello se nos pide quietud, es decir, permanecer quietos, inmóviles. Ayuda a ello lo que llamamos “postura adecuada”, que cada uno debe ir adquiriendo con la práctica; sea cual sea, sentado, arrodillado en el banquito o sobre el cojín con las piernas cruzadas, para conseguir quietud física siempre es aconsejable  mantener la columna vertebral recta, la cabeza ligeramente hacia arriba (como si cabeza y tronco pendieran de un hilito similar al que sostiene a una marioneta); las manos sobre las piernas o cruzadas y superpuesta la una sobre la otra en el regazo. 
Llegados a la quietud física procuramos hacernos presentes en el momento, centrando nuestra atención en alguna parte del cuerpo, observando sus sensaciones, localizando con la mente las tensiones que percibamos y aflojándolas prestándoles atención; y conviene acabar centrados en la respiración, notando su ir y venir, sin forzarla, simplemente siendo conscientes de la sensación que el aire produce en nuestro cuerpo (nariz, bronquios, pulmones, abdomen…) en su continuo entrar (inspirar) y salir (espirar). 
Luego vamos dejando que también la mente se aquiete, así como las emociones que nos pueden asaltar. Quietud, pues, del cuerpo, de la mente y del corazón.

El hecho de recogerse en meditación no es un mero ejercicio físico y mental sino que apunta a un estilo de vida, donde aprendemos a recogernos de la exterioridad que nos dispersa y a vivir en atención presente el día a día de nuestra vida: familia, relaciones, trabajo, ocio, todo. Si el momento de oración no se conecta con la vida estaremos  ante un simple divertimento. 
Hasta aquí lo que entendemos por meditación, que sería la primera parte de la oración contemplativa. Aquella en la que yo pongo mi esfuerzo gozoso.
 
La contemplación es un anhelo y un don.
Con la contemplación, nosotros   queremos ir más allá de la simple quietud relajante; no hacemos meditación buscando sólo mejorar nuestra salud;  tampoco es nuestro objetivo fundamental evadirnos de los problemas que nos preocupan mediante la huida hacia una paradisíaca felicidad mundana. Nosotros hacemos oración contemplativa. La meditación es un primer paso, una herramienta que me hace presente aquí y ahora; pero no acaba todo en un “¡qué bien estoy, de cuántas cosas me he sanado, qué sensación más bonita, que paz más estupenda he conseguido!”. La meditación es el primer paso adelante para entrar en lo más íntimo de mí mismo y encontrarme (¿a solas?) en mi interioridad. La oración contemplativa me dice que no estoy solo; en ella parto de un principio de fe: estoy habitado. La tradición cristiana, ya sea por la revelación bíblica o por el testimonio de sus místicos, dice que “no estamos huecos por dentro”:
“Hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este edificio sea tal, como a la verdad es así, que no hay edificio de tanta hermosura como una alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón”.(Teresa de Ávila, Camino 28,9).
 Así explicaba la Santa de Ávila la realidad que somos; y así lo hace san Pablo; "Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios" (1 Cor 6,19).

Con la oración contemplativa no pretendemos entrar en el espacio vacío, solitario y triste de unas estancias interiores huecas donde paseamos nuestra soledad y nos protegemos para que nadie nos moleste. La contemplación tiene otra finalidad; nos anima un anhelo, un deseo profundo del encuentro con el Misterio, que para nosotros es Dios. Dios lo abarca todo (está en todas partes, nos enseñaron de pequeños en el catecismo), y por tanto está también en mi interior; “Deus interior intimo meo, Dios es más interior a mí que yo mismo” (San Agustín).

Hay, he dicho, un anhelo de Dios en el corazón de todo hombre, porque Dios es mi patria (padre) y, con más o menos consciencia, quiero entrar en ella porque sé que ahí está mi descanso. Ahondando en mí me encuentro con Él y con mi persona, porque he sido creado a imagen y semejanza de Dios, y al contemplar su verdad admiro la verdad del diamante que yo mismo soy y entro en paz conmigo y con Él. En mi centro se encuentra la clave de mi vida. Dice santa Teresa que en la morada central de este castillo que soy habita el Castellano, el gran Rey, que es Dios. Él es la clave.
 
La meditación me dispone para el encuentro con el Rey, me ayuda a entrar en mí. La contemplación me despierta para el encuentro, me sitúa en la expectativa del Otro. Por eso, una vez quieto y acallado, “espero”. Y para ayudarme a ello me sirvo de una palabra (¡Ven Señor, Jesús!, ¡Señor mío y Dios mío!, ¡Señor Jesús, ten misericordia de mí!...) o de un acto de la imaginación (“Mira que te mira” aconsejaba Teresa a sus hijas), o de la contemplación de una imagen, etc. hasta que en mí se haga el silencio, que es donde por gracia se produce el encuentro con el Misterio. 
 
Es importante saber que no estoy solo en la oración contemplativa. Tal vez la experiencia sea de sequedad y ausencia de compañía; pero, repito, no estoy solo. Cristo vive en mi interior. Aunque yo me esconda, Él no se esconde a una mirada que le busque (cf 2 Tm 2,13).
 
La importancia de la perseverancia
 
Escribo esta reflexión sobre la distinción entre meditación y oración contemplativa para que estemos advertidos. La meditación exige de nosotros un esfuerzo gozoso, la contemplación es un don de Dios. Nuestra meta no se cumple cuando nos abrazamos a nosotros mismos en una declaración de amor ególatra o cósmica (mera meditación), sino cuando asentimos conscientes y libres al abrazo de Dios (meditación con oración contemplativa). ¿Cuándo será eso? No lo sabemos. Ni siquiera sabemos si será, ¡cómo saber cuando! Solo tenemos la promesa; y a nosotros corresponde solo esperar con los ojos abiertos y el corazón puesto en oración.
 
 
 Cuando venga el Señor ¿nos hallará despiertos? Sera así siempre y cuando no dejemos de orar con insistencia. La oración constante, capaz de superar oscuridades y sequedades,  la oración hecha en fe, tarde o temprano es correspondida. Si te mantienes firme en la oración –como se declara en el texto evangélico que sigue-, Dios no faltará a la cita
: “espera, que no tardará tu Bien”, dice san Juan de la Cruz, "te hará justicia sin tardar", dice claramente la Palabra de Dios:
"Les decía una parábola  para  enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario". Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme"». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». (Lc 18,1-8). 
 
Meditador, sé pues constante en el ejercicio de la oración contemplativa. Acostúmbrate a colocar en tu silencio y quietud una palabra, una imagen, un impulso del corazón, o algún otro recurso que te disponga al encuentro con Dios que viene. Confía y no desfallezcas. Mantente firme en la fe y Dios no faltará a su cita.
 
¡Que tengas una buena semana
de oración contemplativa!

 © Casto Acedo. Marzo 2018.

viernes, 24 de marzo de 2017

AMAR AL HERMANO (Compasión)


En la  entrada anterior del blog tratamos de la “autocompasión”, de ser “misericordiosos” con nosotros mismos, de perdonarnos el sentimiento de odio  y reproche que nos autoinfligimos por sentirnos cobardes o fracasados. Del mismo modo que cuando hay un sufrimiento físico acudimos al médico para que elimine el daño que lo produce, así en la escucha o en la meditación y contemplación –decíamos- podemos hallar caminos de sanación para el dolor que nos producen las cosas propias que no acabamos de encajar en nuestra vida. Aunque hay que decir que el objetivo principal de la meditación cristiana va mucho más allá de estos beneficios que podríamos llamar secundarios, y que un buen contemplativo nunca busca directamente.
 
Es verdad que una vida física y espiritualmente atendida y cuidada  suele dar felicidad y bienestar a quien se la procura. Pero, la práctica de la oración contemplativa,  ¿trata sólo de evitar el sufrimiento y alcanzar una vida feliz? He de decir que no es este el objetivo que se busca en la meditación. Aunque parezca extraño, la meditación no tiene ninguna finalidad práctica que nosotros debamos buscar o podamos conseguir. Me gusta decirme a mí mismo que "contemplar es hacer silencio y que sea lo que Dios quiera".  No espero nada de la oración, no espero nada de mí, no espero nada de Dios, simplemente "espero en Dios". No es bueno invertir tiempo y esfuerzo en meditar para  alcanzar metas tales como la de escapar del sufrimiento o elevarse sobre los tejados.
 
La meditación no tiene como objetivo  liberarnos del sufrimiento, sino liberarnos en el sufrimiento, aprender a vivir en nuestra vida atareada y llena de contradicciones la mística de "el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó" (cf Job 1,21). En la oración contemplativa no se trata de quitarnos de encima las cruces que nos pone la vida, sino de aprender a vivir con ellas. Huir de los problemas no es la solución, sino afrontarlos (ponerlos delante, contemplarlos para disolverlos); procura, pues, no rehuir tus realidades cuando no te gustan, sino mirarlas y asimilarlas. Recuerda: cuando no puedes erradicar los cardos crecidos en el césped de tu jardín, aprende a amarlos. Ser compasivo contigo mismo es “comprenderte”, entender tu situación dolorosa, encajarla en el global de tu vida y sanar las heridas comenzando por quererlas. Porque en la aceptación está la sanación.
 
SER COMPASIVOS CON EL OTRO
(Filosofía )

En el encuentro de esta quincena hablábamos de “compasión con el hermano”. Y para ello, decía, es preciso comenzar por ser conscientes de que no somos ni vivimos solos sino con otros; formamos parte de la “humanidad”. Precisamente, la dinámica de nuestro “ser persona” nace de la “relación”; somos y nos realizamos como personas en tanto en cuanto nos relacionamos con otros. “No es bueno que el hombre esté sólo, voy a hacerle a alguien como él, que le ayude” (Gn 2,18); sin relación, sin ayuda mutua –compasión, estar con el otro- no hay persona; sin Eva, Adán está incompleto. 
 
 Encontramos nuestra identidad personal “en el otro”; hay un “yo” porque hay un “tú”; cuando paso al lado de una persona no reacciono del mismo modo que cuando paso al lado de un objeto; ver un objeto dañado y arrojado a la basura no me produce el mismo efecto que ver a una persona herida tirada al borde del camino. El mismo encuentro con otra persona me está pidiendo “compasión”, (padecer, sentir con él).

Enmanuel Levinas, un importante filósofo del siglo pasado,  habló de la “trascendencia del rostro del otro”, hasta el punto de que “todos los hombres hacen metafísica sin saberlo”, que es lo mismo que decir que todos hombres son espirituales, sean o no conscientes de ello, porque  todos son sensibles a la presencia del otro. La propia identidad del hombre se ve trascendida, focalizada, en el misterio del rostro del hermano.

 
Sabemos que el otro nos exige que se respete su alteridad, pero sin negarla; y cada uno busca relacionarse en libertad, sin encerrarse-aislarse  en el mundo o en sí mismo.  Nos  jugamos mucho en esto. Hay una intuición central en nuestra percepción del otro: que el otro no es un objeto, ni un instrumento de mi necesidad, sino él mismo, una libertad que se manifiesta en esa persona y que exige ser atendida y respetada. El rostro del otro me remite a una trascendencia filosófica  (relación con el hermano) y teológica (relación con Dios). Eso sí, la trascendencia de la que habla Lévinas, para ser encuentro de dos “tú”, ha de evitar dos escollos: la reducción del otro a mis proyecciones sobre él (idealismo, ver en el otro lo que yo quiero ver y no la persona que es) y la fusión de mi persona con la suya hasta hacerla desaparecer (pérdida de la identidad personal, como la mística oriental que disuelve el yo en el Uno-Todo). 
 
Esto que digo es filosofía,  y tal vez resulte difícil de entender, pero me sirve para pensar y dar a entender que el tú y el yo están muy relacionados; no podemos ignorarnos  los unos a los otros. Ese principio tan universal de “haz a los demás lo que quieres que se haga contigo", o "evita hacer con los demás lo que no quieres que te hagan a ti” encuentra aquí su razón de ser. A fin de cuentas yo soy –en cierto modo- el otro; estamos en conexión espiritual,  y deberíamos ser conscientes de que el sufrimiento del otro es mi propio sufrimiento, y su felicidad la mía. 

SER COMPASIVOS CON EL OTRO
(Psicología )
 
Ahora bien, ¿cómo mostrarme compasivo con el hermano? Es fácil entender la respuesta a esta pregunta si la respondemos desde la contemplación (desde el observador que se observa y observa el mundo desde fuera de sí mismo). Decíamos en la anterior entrada que todos llevamos el “ego” que hemos ido fraguando desde la niñez. Un ego que a lo largo del tiempo ha ido guardando en los sótanos del subconsciente todo lo que no ha estado dispuesto a aceptar.


 De ahí deducíamos que muchos de nuestros sufrimientos vienen de ese sótano, de los desencajes producidos por ese niño maleducado que somos y que no ha querido crecer enfrentándose  a su realidad; nuestras frustraciones por “tonterías” o caprichos generan mucho sufrimiento gratuito. A menudo somos como niños caprichosos que vamos mendigando amor por donde vamos, y al no obtener la respuesta que esperamos nos deprimimos y minusvaloramos. ¡Cuánto sufrimiento absurdo que crea descontento y genera malestar y violencia que volcamos hacia fuera! 
 
Otras veces han sido cosas más serias (abusos, desafecciones, abandonos, violencia…) las que han dañado a nuestro niño, que se ha defendido de ello como ha podido, a veces respondiendo con la misma moneda u ocultando a la propia mirada cualquier cosa que recuerde las humillaciones sufridas. Cuando no ha habido compasión con el niño, cuando a él mismo no se le ha enseñado a perdonarse, es lógico que le cueste situarse en el mundo, amarlo y amar a los que le rodean.
 
Si para vivir la autocompasión (amor a mí mismo) he de querer el niño caprichoso y herido que hay en mi interior, me parece apropiado decir que no es otra cosa ser compasivo con el prójimo que mirarlo como el niño que es, tomar conciencia de que es débil, humano, frágil, necesitado de amor, etc., como tú. Y, tal como obraríamos si tuviéramos delante un niño inocente al que no podemos atribuirle cruelmente sus maldades, así habríamos de obrar con los adultos: con paciencia, respetando, tolerando, estimulando sus cualidades, apreciando su valor como persona, aprobando sus cualidades, sanando su vergüenza, mostrándole amabilidad. Esto es ser compasivo. Dando espacio en mi interior  al otro,  no a pesar de su pecado sino incluso con su pecado, estoy siendo compasivo y promoviendo en él la compasión. Quien se ve aceptado, amado, estimulado, tratado con cariño, tal como es, independientemente de sus errores, aprende a amarse y a amar. 
 
Y doy por supuesto que, cuando el hermano anda falto de hogar, comida, alimento, o compañía física, ser compasivo es actuar en esos casos tal y como esperaría que actuaran  conmigo si me encuentro en esas necesidades.

SER COMPASIVOS CON EL OTRO
(Teología)

 He señalado unas razones prácticas desde la filosofía y la psicología para amar compasivamente al prójimo: a) que si no soy compasivo no soy persona; b) que para ser compasivo he de amar incondicionalmente al otro; y c) que cuando doy compasión yo soy el primer beneficiado. “Donde no hay amor –dice san Juan de la Cruz- pon amor y sacarás amor”. 
 

Desde la fe cristiana podríamos citar multitud de textos bíblicos que nos inducen a “ser compasivos”. La referencia más directa es la exhortación de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 3,36). Si Dios es compasivo, el hombre, “imagen de Dios”, no debe ir contra sí mismo, porque ha sido creado para la compasión. Además, el otro y yo formamos parte de una misma realidad espiritual: el cuerpo místico de Cristo, "pues, así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros cumplen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada cual existe en relación con los otros miembros" (Rm 12,4-5; cf 1 Cor 12,30-31).
 
Un texto que nos indica el modo concreto de ejercer esa virtud de la compasión es el que inspira la lista de obras de misericordia cristianas en Mt 25,34-36; "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestísteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme".
 
Estos, y cuantos textos encontremos sobre la misericordia, no debemos leerlos como leyes dictadas para  perfeccionarnos moralmente,   sino como reflexiones sabias que nos motivan a considerar la compasión como un don y un reto. Se trata, nada más y nada menos, que de acercarnos a Dios. En la parábola citada los compasivos pregunta: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?". Y el rey les dirá: "En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis" (Mt 25,37-40). Observa que dice "conmigo lo hicisteis" y no "es como si a mí me lo hiciérais".  Ser compasivos con el prójimo es tocar a Cristo, entrar en Dios; nuestra compasión nos conecta con Él. El prójimo no es un puente para llegar a Dios, sino un lugar donde se le encuentra.

No deberíamos sentirnos llamados a practicar la compasión urgidos por unos mandamientos que nos libren del infierno, sino atraídos por la fuerza del amor que fluye del corazón de Dios, atraídos por el cielo. Cuando anhelo el amor de Dios, cuando me dispongo a recibirlo en la oración contemplativa y me dejo llenar por él, ese mismo amor se desborda desde mí hacia los demás. Dios-amor me quiere tal como soy, y yo me gozo amando a los demás tal como son.
 
Los cristianos tenemos la gran suerte de definir a Dios como “amor”, es decir, misericordia.  La referencia última de nuestra llamada a la compasión no está en  unos preceptos religiosos, sino en el mismo Dios. Somos llamados a ser: Misericordiosos (compasivos) como el Padre, tal como anunciaba el eslogan del pasado Año de la misericordia;  compasivos como el Hijo, que se juntaba con los pecadores y comía con ellos (cf Lc 15,1), porque los veía como niños a los que la vida no les había dado la oportunidad de conocer lo que realmente merece la pena; y  compasivos como el Espíritu Santo, que se derrama en los corazones sanando y resucitando lo que parecía perdido. 
 
 
La oración contemplativa es un camino de compasión. Ya casi al final de sus moradas,  santa Teresa dice: “Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras. Esta es la verdadera muestra de ser cosa y merced hecha de Dios -como ya os he dicho-, porque poco me aprovecha estarme muy recogida a solas haciendo actos con nuestro Señor, proponiendo y prometiendo de hacer maravillas por su servicio, si en saliendo de allí, que se ofrece la ocasión, lo hago todo al revés ".(7 M 4,6-7).
 
Querido meditador, termino con esta cita de la Santa de Ávila. Cuando llegó a la séptima morada de su vida, a la unión con su Esposo-Dios, Teresa no paró de obrar misericordias; el abrazo del amor-compasión de Dios le hizo crecer en amor para con ella y para con todo el mundo.  Al final de su camino espiritual comprendió que las “obras de misericordia” son el fruto maduro de la oración. Es en esa etapa de su vida cuando toma de lleno la decisión de dedicarse a su actividad fundadora.  La oración la hace no parar en la tarea de llevar el amor de Dios a todas partes, y esa actividad compasiva  está  en ella admirablemente engarzada en su oración.  
 
Tal vez en todo lo dicho sobre la compasión echas de menos la insistencia tan propia de los que no oran o lo hacen poco y mal: "¡hay que hacer, hacer, y hacer... algo; ... obras, obras!”; y es cierto, la compasión ha de pasar de lo afectivo a lo efectivo. Pero no lo hagas sólo y simplemente porque te lo mandan desde fuera; tampoco para escapar de la ansiedad que te produce la quietud y el silencio. Hay quien no se soporta y necesita estar distraído constantemente con cosas  para no encararse con su yo. 

Observa que la Santa habla de "obras, obras" en el culmen de su vida de oración. Su hacer no es huida de su ser, sino proyección del hacer de Dios en ella misma.  Antes de imponer una vida de obras ha invitado a sus hijas a madurar el propio ser en la oración, y a no dejar este camino bajo ningún concepto. Yo te  pido también que seas perseverante; y te adelanto que quienes te quieran alejar de la oración recurrirán al argumento de que lo importante no es rezar sino hacer el bien. ¡Como si no lo supiéramos!, ¡o como si rezar fuera algo malo!

Has de saber que un corazón compasivo hasta el límite se fragua en la intimidad con Dios. Cuando la vida contemplativa está bien ordenada, las obras del amor crecen en ella cada día con más fuerza. Por tanto, no dejes de orar para dejarte alcanzar por la compasión de Dios y hacerte tú mismo compasivo. Y tampoco dejes de examinar frecuentemente tus relaciones con los hermanos; si éstas van mejorando en caridad estás en el buen camino. Quien entra en el corazón compasivo de Dios irradia compasión.

Cuando la compasión se practica, tu entorno y tu mundo cambian. Puedes verlo gráficamente clicando en el siguiente dibujo o en el enlace que se halla debajo:

https://www.youtube.com/watch?v=zmIensH77WQ
 
¡Buena quincena, y bendiciones!
© Casto Acedo