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domingo, 12 de julio de 2020

La Palabra (Orar en domingo 15º Ord A.)


El silencio es el lugar natural en que habita la Palabra. Silencio y Misterio se complementan. En presencia del Misterio sólo nos queda callar, como Job, que sólo alcanza a intuir el misterio de Dios al contemplar en actitud de escucha sus maravillas (cf 42,3-5)  ¿Qué es el Misterio sino aquello o Aquel que es inexpresable en conceptos y sólo accesible desde la experiencia directa? 

“Hay un solo Dios, el cual se manifestó a sí mismo por medio de Jesucristo, su hijo, que es Palabra suya, que procedió del silencio”, dice san Ignacio de Antioquía. En el silencio originario estaba la Palabra, “en el principio ya existía la Palabra; y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios… Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn1,1.14).  

La Palabra es la lluvia que cae del cielo sobre la tierra abierta, en escucha, y empapando su hondura  fructifica  en fe, esperanza y amor, virtudes teologales, divinas, que llevan a la unión con Él (cf Is 55,10-11). La Palabra da “semilla al sembrador y pan al que come”, es decir, la Palabra acogida en el vientre del silencio facilita la participación en el ser de Dios y sacia el hambre de vida eterna.

* * *

“Cuando un silencio sereno lo envolvía todo, tu palabra descendió desde los cielos” (Sb 18,14-15). El silencio abre el camino a la Palabra. La parábola del sembrador invita a contemplar a Jesús como Palabra y a mi persona como tierra. Jesús viene a mi vida, llama a mi puerta, y desea ser recibido. ¿No es ya un buen motivo de alegría el hecho de que Dios desee estar conmigo? Pero hay ruidos interiores que frustran el deseo de Dios.

1. Tal vez el primer ruido sea la rutina, el ritualismo y el legalismo farisaico. A menudo la Palabra es como semilla  “que cae al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron”.  Hay quien cierra a cal y canto sus accesos a la vida interior. ¿Prejuicios? ¿Malas experiencias? ¿Miedos? Lo cierto es que no son pocos los que tienen endurecido el corazón; es algo muy propio  de quienes ha hecho de la fe una rutina, una ley o una colección de ritos mágicos. ¿Estaré yo entre ellos?  

En personas así, la semilla   rebota y no puede  arraigar. Sólo aprovecha a los pájaros.  La perdida no es culpa de la semilla, sino de la tierra endurecida.  Sin  acogida de la Palabra, no hay transformación,  “Si uno escucha la Palabra del Reino sin entenderla –es decir, sin valorarla y aceptarla- viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón”.

2. El camino espiritual es ilusionante, sobre todo en sus principios. ¡Parece todo tan fácil! Como si la emoción del primer “te quiero”, del primer beso,fuera a durar para siempre cuando sólo es un amor de superficie, un tanteo. Aún queda mucho por ahondar. La semilla fructifica sembrada en  la profundidad del ser. Y para ahondar hay que perseverar. Ya lo sabes: “la determinada determinación” de santa Teresa.

Algunas semillas caen “en terreno pedregoso”.  El deseo de vivir desde dentro es fuerte, e ilusiona en sus primeros pasos. Dios, de entrada, mima a quien le busca, aunque en su ignorancia que tal vez lo que busque sea su propia complacencia. Cuando el egoestá al acecho para apropiarse del éxito, aunque sea espiritual, éste tiene poco futuro. La semilla “brotó enseguida; pero cuando salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó”.

La vida espiritual requiere una disposición de ánimo a prueba de éxitos. Y a prueba de cruces. El Amado se aleja poniendo a prueba el amor. ¿Qué buscas en Él? ¿Prevalece en ti el amor a Dios o el amor propio? Hay momentos en que no es agradable seguir y servir a Cristo. Entonces se requiere la “determinada determinación” teresiana, la perseverancia aunque la situación interior o exterior no acompañe.  En el desierto hay oasis. También mucha sequedad.

La Palabra  sembrada en terreno pedregoso  “significa que la escucha y la acepta enseguida con alegría, pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe”. ¡Qué importante es la constancia para quitar las piedras del deseo novedades, de expectativas, de querer imponer a Dios los ritmos del crecimiento espiritual!. ¡Y qué buen remedio es el día a día de la meditación!  Riego, decía la santa, que comienza con el trabajo de sacar agua del pozo con cubos, luego sacándola con ayuda de un cigüeñal; la perseverancia da el hábito y bastará abrir el acceso al rio para que se entre el agua por su peso; finalmente se da el riego por el agua de lluvia, por pura gratuidad divina, cuando él quiera darla. A la santa le faltó mencionar el “riego por goteo”. Si hubiera existido en su tiempo seguro que lo pone como ejemplo de perseverancia.

3. En tercer lugar, lo que “cayó entre zarzas”.  Vivir en los zarzales de una sociedad consumista y capitalista no es fácil. El estrés y el deseo obsesivo de triunfar económica y socialmente pesan sobre nosotros como una losa de cemento. En un ambiente tan materialista, ruidoso y volcado hacia fuera,  no es fácil el crecimiento en el espíritu. Hay que optar. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13), “que es una idolatría” (Ef 5,5). No se trata de negar la necesidad de lo material sino de superar el apego desmesurado a esas necesidades.

Quien pone su confianza en sus bienes “es el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas los ahogan y se queda estéril”. ¡Estoy tan atado al interés;tengo tantas ocupaciones!: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada” (Lc 10,41-42). El encumbramiento del hacer (tanto vales tanto haces), el afán de poseer (tanto vales tanto tienes) acaban por ahogar la vida espiritual.

4. Y, finalmente, la tierra más apropiada  para el espíritu: la semilla que “cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta “.Desarrollar la propia espiritualidad es cuestión de abrirse a ella en fe. Y no olvidemos que ésta es oscuridad y silencio.  La Palabra madura en el silencio. Para que arraigue has de silenciar todo lo que ensordece tu alma: prejuicios, rutinas, cansancios, expectativas, afán de aparentar y poseer. Asumir que “solo Dios basta”. 

La Palabra, que procede del silencio del Padre insemina tu silencio y lo fecunda. En el silencio encuentra la Palabra su hábitat natural. Y en ese vacío de todo se da la sanación: “No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

El silencio es el ámbito a cultivar. Un ejemplo paradigmático es el de la Virgen María, “oyente de la Palabra” (K. Rahner). En su silencio echó raíces el Verbo Encarnado. Ella es tierra buena, que “significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése da fruto”. Atender la Palabra, entenderla en su significado profundo, regarla con la oración y con una vida adecuada, te lleva a vivir en plenitud tu vocación, tu destino: la unión con Dios (GS 19)



IDEAS  PARA LA ORACIÓN 

* Es bueno tener a mano una Biblia, para leer  y  para poder tocar el “libro”, contemplarlo como símbolo de la Palabra, Presencia que sana y da vida (Sal 118; Jn 15,3).  Puedes leer el texto de Is 55,10-11 y centrar en él toda la meditación. 

*Imagina tu alma como terreno agrietado por la falta de humedad, seco y sediento. También hay en ese terreno piedras,  zarzas y maleza… Aparta de tu mente y de tu corazón todos esos apegos que obstruyen la profundización.  

*Dios se apiada de ti y manda la nieve y la lluvia. Siente como empapa tu vida y refresca tus sequedades … Déjate lavar y fecundar por su gracia . … Siente como el agua de Dios refresca, limpia empapa y revitaliza cada parte de tu cuerpo y de tu espíritu.

*Imagina que de lo más hondo de ti va brotando la semilla. Una semilla que ya estaba ahí,  pero andaba falta del agua de la Gracia. Observa como en tu espíritu Dios va creciendo, se abre paso en las dificultades, y termina siendo un gran árbol donde los pájaros anidan y los hombres encuentran sombra en días de calor (cf Mt 13,31-32; Mc 4,32).

*Siéntate a la sombra de Dios, acogiendo con él a todos los hermanos. La semilla de la Palabra te sana, te hace vivir en Dios. Contémplate como un huerto, un jardín de Edén, donde la semilla ha fructificado, y Dios se deleita. (cf Gn 3).  Siéntete en comunión de amistad, paseando con Él a la brisa del atardecer  

*Da gracias a Dios porque no sólo te da cosas, sino que se te da Él mismo en su Palabra, Jesucristo.

*Dios habla en el silencio. Toma nota de las llamadas, los impulsos del corazón,  que Dios te ha dirigido durante este rato de oración.


EVANGELIO
Mt 13,1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas:
—«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.

Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.

El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga».

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
—«¿Por qué les hablas en parábolas?».

Él les contestó:
—«A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:
"Oiréis con los oídos sin entender;

miraréis con los ojos sin ver;

porque está embotado el corazón de este pueblo,

son duros de oído, han cerrado los ojos;

para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,

ni entender con el corazón,

ni convertirse para que yo los cure".
¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador:
Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno».

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. 

Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

Casto Acedo. Julio 2020

domingo, 5 de julio de 2020

Sabiduría e ignorancia (Oración para el domingo 14º Ord A)



“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25) 
* * * 

Buda significa “iluminado”, el que ha recibido la iluminación. Así describe el maestro vietnamita Thich Nhat Hanh la Iluminación de Sidharta Gautama, más conocido como Buda:
Gautama (Buda) se sintió como si una cárcel que le había retenido durante miles de vidas se hubiese abierto de golpe. La ignorancia había sido el carcelero. A causa de la ignorancia, su mente había estado obscurecida, como la luna y las estrellas ocultas por las nubes de tormenta. Nublada por interminables oleadas de pensamientos ilusorios, la mente había dividido falsamente la realidad en sujeto y objeto, yo y otros, existencia y no existencia, nacimiento y muerte, y de esas distinciones surgían opiniones erróneas: las prisiones de los sentimientos, ansias, aferramiento y el devenir. El sufrimiento del nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte sólo contribuía a engrosar los muros de la cárcel. Lo único que se podía hacer era apoderarse del carcelero y contemplar su verdadero rostro. El carcelero era la ignorancia… Una vez eliminado el carcelero, la cárcel desaparecería y ya nunca volvería a construirse de nuevo”.
 * * *

Cuando Jesús da gracias al Padre porque ha revelado las cosas del Reino a los sencillos está expresando con palabras una experiencia de iluminación, y al mismo tiempo alaba al Padre porque dicha iluminación es un don de Dios, una revelación. El Padre se da a conocer, se deja ver, ilumina con su luz a los sencillos. Con la iluminación el yo auténtico del ser es liberado de la prisión en la que le tiene encerrado la vanidad del ego; y con los ojos abiertos ve a Dios.

Por contra, los sabios y entendidos de este mundo tienen vedado el conocimiento de Dios, su visión. ¿Por qué? Porque no son sabios verdaderos sino doctos ignorantes. Confunden las doctrinas aprendidas con la verdad gustada.  Buscan fuera lo que está dentro, confunden la creatura con el Creador, y así “alardeando de sabios resultan ser necios” (Rm 1,22; cf 1,18-31); en su ignorancia hacen de Dios un objeto, un concepto, una imagen intelectual, una realidad extraña situada frente a ellos. Y no es. Ya lo supo san Ignacio de Loyola: "no el mucho saber harta y satisface al anima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente".



Y lo mismo le pasó a san Agustín. Tardó años en darse cuenta de que a Dios no se le puede hallar ni en las imaginaciones, ni en los cálculos, ni en las especulaciones de la mente, ni en las cosas, porque Él es “el más allá de todo” (Gregorio de Nisa), y no está al alcance de nadie. Sólo por revelación se puede captar-contemplar su esencia. Buscó san Agustín a Dios en la sensualidad de las cosas, en el placer sensual, en el amor a su hijo Adeodato y a la que fue su madre,  en su amistad con Alipio y en la filosofía. Su búsqueda espiritual la focalizó Agustín fuera de su persona, como si Dios fuera un objeto entre otros objetos.

“Tú estabas dentro de mí y yo afuera. -dijo en sus Confesiones-. Tú estabas conmigo,  pero yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti  aquellas cosas que si no estuviesen en ti,  no existirían”. 
Tardó en darse cuenta de que vivía encerrado en la cárcel de la ignorancia. Sus barrotes eran su mente y sus sentidos. Consideraba como Dios lo que solo eran criaturas. Un día se rompieron para él los candados de esa cárcel y pudo percibir  la verdad sin barrotes:
“Me llamaste y clamaste,  y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste,  y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré,  y ahora te anhelo; gusté de ti,  y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia  la paz que procede de ti”.
Hermosa descripción de su experiencia. Echando mano de todos los sentidos corporales, que le tenían encerrados en su ignorancia, logra expresar su experiencia de conversión: Llamaste, clamaste (oído), brillaste, resplandeciste (vista), exhalaste y aspiré (olfato), gusté (gusto), me tocaste (tacto).  Es difícil describir  la experiencia de Dios y aquí se  hace recurriendo a la experiencia sensual.

La descripción se hace con conceptos. Pero quedarse en ellos es volver a la cárcel. La experiencia de Dios es algo inefable, imposible de encerrar y transmitir con ideas o palabras. Hay que ir más allá. Dios, más que estar como un objeto más a nuestro lado, es y existe más allá de la existencia de los seres. Yahvé (soy el que fue-soy-seré).  Dios es Todo, y “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). 

Ser iluminado es  sentirte parte de ese todo. Y eso solo se da en el recogimiento y la  humildad.  “Revelas, Padre, estas cosas a los pequeños”. Dios se revela a los humildes porque sólo quien se baja del pedestal del ego puede percibir la identidad de su yo, que no es un objeto sino un sujeto creado unido al Sujeto eterno.

* * *

Dios es Todo y es Nada. Hay mucha sabiduría en el anonadamiento de la Cruz, donde la persona queda despojada de todo lo superfluo y queda sostenida solamente en su esencia (amor de donación hasta fundirse en el Otro) Es un alivio llegar a esa experiencia de kénosis, de abajamiento y desaparición en Dios, de cruz, de nada, de iluminación.  Es salir de la cárcel a la que nos tiene atada la ignorancia. Porque no es de verdaderos sabios poner el ser en el afán de aparentar, de tener, de dominar. Ser es amar. La iluminación es el amor en estado puro.

La ignorancia es el mayor pecado del hombre. Recibir la iluminación es alcanzar la sabiduría divina: "Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria" (1 Cor 2,8). Es la ignorancia la que mató a Jesús, el autor de la vida y la gloria.  Es un deber pedir y trabajar por ser librados de este pecado.

Cansa y agota gastar tanta energía en perseguir ilusiones,  sin acertar a ver  que la felicidad no está en las cosas de fuera sino en gustar de Dios que, siendo “todo en todos” está en mí y me une a todos y a todo. 

Vivir esta unidad es encontrar la plenitud. “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis vuestro descanso”. Puedes entender ahora a san Juan de la Cruz: "El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa", porque ha gustado la sabiduría de los pequeños, ha recibido el don de la iluminación, y es libre.

* * *

PARA LA ORACIÓN

*  Es importante  elegir un lugar tranquilo y un momento sin prisas para orar.

*Comienza “descargando” los agobios y problemas que traes. Te puede ayudar el hacer unas respiraciones  profundas y luego centrarte unos minutos en el vaivén de tu respiración.

*Abandona tus pensamientos, no le des cancha. Puedes prestar atención a tu respiración cada vez que te vayas tras ellos. Es un modo de volver a ti y unificarte ubicándote en el presente.

* Siéntete unido a todo y a todos en Dios. “En Ti vivimos, nos movemos y existimos”.

* Dios dentro de ti, llenándote todo. Dios fuera de ti, envolviéndolo todo. Dios en ti y en todo. Contémplate unido o unida en Dios a la creación entera. No te limites a pensar que eres parte del todo. ¡Estás en el Todo y todo está en ti! ¿No has tenido nunca esa sensación de unidad? Rememora.

* Todo está bien. Todo va bien. Dios es. … Déjate en el Todo. No pienses, no imagines, … simplemente, abandónate. … Permanece así el tiempo de oración.

*Termina agradeciendo a Dios haber conocido la Verdad.  Dale gracias, porque no esta en tus manos salir de la ignorancia; y sin embargo Él te libera de ella. “Gracias, Padre, porque has dado a conocer tu sabiduría a los pequeños”.

* Al terminar la oración, toma nota de lo que has sentido y hacia donde sienes que se ha movido tu corazón. Anota llamadas concretas. 


EVANGELIO. 
Mt 11,25-30.


En aquel tiempo, exclamó Jesús: 

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. 

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

C. Acedo. Julio 2020

sábado, 27 de junio de 2020

Amar tu cruz (Oración para el domingo 13º A)



“El que no carga su cruz 
y me sigue, 
no es digno de mi”
(Mt 10,38)

* * *

Una historia de Anthony de Mello, en El canto del pájaro,  y que en los encuentros habituales me habéis oído referir muchas veces.  La historia es la misma de siempre, pero su lectura es nueva cada vez que la escuchas:

DIENTES DE LEÓN

Un hombre que se sentía orgullosísimo del césped de su jardín se encontró un buen día con que en dicho césped crecía una gran cantidad de "dientes de león". Y aunque trató por todos los medios de librarse de ellos, no pudo impedir que se convirtieran en una auténtica plaga. 

Al fin escribió al ministerio de Agricultura, refiriendo todos los intentos que había hecho, y concluía preguntando: "¿Qué puedo hacer?". 

Al poco tiempo llegó la respuesta: "Le sugerimos que aprenda a amarlos". 

También yo tenía un césped del que estaba muy orgulloso, y también sufrí una plaga de "dientes de león" que traté de combatir con todos los medios a mi alcance. De modo que el aprender a amarlos no fue nada fácil. 

Comencé por hablarles todos los días cordial y amistosamente. Pero ellos sólo respondían con su hosco silencio. Aún les dolía la batalla que había librado contra ellos. Probablemente recelaban de mis motivos. 

Pero no tuve que aguardar mucho tiempo a que volvieran a sonreír y a recuperar su sosiego. Incluso respondían ya a lo que yo les decía. Pronto fuimos amigos. 

Por supuesto que mi césped quedó arruinado, pero ¡qué delicioso se hizo mi jardín! 

* * * 



¿Cuál suele ser el motivo de mi oración? ¿Qué me mueve a dedicar un tiempo a la meditación o a la contemplación y el silencio? 

Es muy importante conocer las motivaciones de nuestros actos. Porque a menudo nos sobreviene el desánimo, y no precisamente por la falta de bondad de los actos que realizamos -¿quién va a decir en el caso que nos ocupa que orar no es bueno?- sino por el enfoque que le damos. 

Solemos ir a la oración con una serie de expectativas y objetivos. Y entre esas expectativas están nuestras cruces. Sobre todo en la oración de petición insistimos al Señor, le instamos y le pedimos de modo más o menos directo, que nos quite las cruces de la vida. 

Es un error. Es muy conocida la historia de aquel que le pedía a Dios que le quitara o al menos le cambiara la cruz que se le había dado a llevar. Dios, que sabía que eran muchos los que le pedían tal favor, los reunió a todos y les mandó poner las propias cruces en un montón. Luego pidió a cada uno que cogiera una de ellas. Y la sorpresa vino cuando, sopesadas las cruces ajenas, cada cual volvió a tomar la suya. 

¿Qué es la cruz? ¿Cuál es nuestra cruz? La cruz no es otra cosa que la realidad de cada día, mi realidad, mi huerto donde junto a las flores y los frutos crecen los cardos. Cada uno tiene sus cruces, realidades que pesan físicamente (enfermedad, minusvalía, ancianidad…), psíquicamente (complejos, miedos, decepciones…) o espiritualmente (pérdida de sentido, sequedad espiritual, debilidad ante aquello que sabemos que hay que vencer, o en la lucha contra los propios sentimientos…).

Cada cual tiene sus dientes de león, sus cruces o su cruz, que no son otra cosa que la realidad de su vida tal y como le va viniendo. Porque la vida, en gran medida, no la elegimos, nos viene dada por las circunstancias y las personas que se cruzan con ella. 

¿Qué relación tienen estas cruces con la vida orante? Cuando realidades desagradables, no queridas ni deseadas, aparecen en la vida, mi modo de oración suele optar por uno de estos enfoques o motivaciones:


*evadirme de la realidad, es decir, dedicar un tiempo a la oración para estar lejos de esos problemas y de paso pedir a Dios que me los solucione; o

*aprovechar para contemplar los problemas como parte de mi existir; asumir las cruces, "gloriarme en la cruz" dice san Pablo (Gal 6,14), sabiendo y sintiendo que forma parte de mi vida; mirarla con Cristo y saberme acompañado por Él en el camino hacia el Calvario. Gloriarme en la cruz es aceptar y amar mis propias limitaciones, abrazarlas sin rendirme a ellas, con un amor más de esperanza que de resignación. 

Contemplar es ver, mirar, observar. ¿Soluciono algo con esto? De momento identifico mi realidad y asumo lo que en ella hay de sufrimiento y de lucha. Hay cruces de las que no podré desprenderme fácilmente, pero todas me enseñan algo sobre mí, y son una oportunidad de crecimiento en fe, esperanza y humildad, sin dejar de lado el realismo de caridad que exige este amor en el dolor. 

Alguno dirá que eso de cargar con la cruz que suponen la familia, los amigos, las propias situaciones dolorosas, los fracasos, etc., es “perder la vida”. Por eso lo más común ante esto es el escapismo, la huida hacia la distracción, el consumo, el dopaje con sustancias extrañas... Sin embargo, para un servidor del Maestro tomar la cruz y seguir sus pasos no es “perder la vida”. “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10,39). 

Quien aprende a amar sus cruces como el jardinero  sus dientes de león, acaba descubriendo que su jardín no es el más deslumbrante de la comarca, pero es el suyo, y esto hace que para él sea el más hermoso de todos. De ahí que, puesto a elegir una cruz entre las que llevan mis hermanos, termine finalmente eligiendo la mía. Y abrazándola con amor. "Abrazar la Cruz -dice el papa Francisco- es abrazar las contrariedades, no huir de ellas y dejar que el Espíritu de Dios se abra paso".

* * *
Para orar este domingo

* Busca un momento y lugar tranquilos donde puedas silenciar tu cuerpo, tu mente y tu corazón. 

* Comienza pidiendo al Espíritu Santo que su luz penetre tu alma y te ayude a conocerte y hallar consuelo en tus sufrimientos. 

* Cuando miramos algo que nos duele solemos instintivamente volver la cabeza y tendemos a cerrar el corazón con actitud defensiva. Tú,  suelta violencias, y siente sobre tu hombro la suave mano de Jesús que mira contigo el panorama de las realidades dolorosas de tu vida. Con Él, haz un repaso de tus cruces. Paséate sin prisas por los lugares, los acontecimientos, las personas, las situaciones, que más te hicieron o hacen sufrir. Son los dientes de león de tu jardín interior. 

* Elige una de tus cruces para contemplarla con Jesús. La observas en silencio, acallando miedos, prejuicios, repulsas. No apartes los ojos de ella. Mírala con amor y compasión. Pon amor en lo que ves y da amor a la persona o situación que tienes ante ti. Recuerda a san Juan de la Cruz :“donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. 

* Deja que el amor vaya embelleciendo la cruz que contemplas. ¿Lo crees posible? ¿No crees que es hermosa la estampa del Crucificado? Es lo más hermoso del mundo. No es bella por el sufrimiento que muestra sino por el amor que transpira,  porque en su cruz Jesús cargó con nuestras cruces. Amó su cruz, y amándola nos amó y nos redimió. Contempla este Misterio.

* Jesús te perdona por las veces que la cruz que contemplas ahora, tu sufrimiento, te arrancó la paz. Odiabas esa cruz y te volvías contra las circunstancias o los hermanos a los que considerabas causantes de ella. Hoy, ahora, contemplas cómo Jesús te ama y perdona ese tu rechazo violento de la cruz. 

* Haz tú lo mismo. Ama a Jesús. Ama tu cruz. Perdónate a ti mismo tu torpeza. Ámate con el mismo amor de Jesús. Porque al que mucho ama, mucho se le perdona (cf Lc 7,47-48). Dios te perdona, haz tu lo mismo (cf Col 3,13). Padre, “perdóname, porque no sabía lo que hacía cuando cargaba mi cruz sobre los hombros de tu Hijo”. Repite interiormente esta oración. 

* Termina tu tiempo de meditación abrazando con amor la cruz que has contemplado -otro día puedes escoger otra para tu oración-.  Jesús dice; “Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11,29). ¿Lo entiendes ahora? El amor de Jesús y tu propio amor aplicado a tu cruz, la hace llevadera, hermosa y amable, como los dientes de león de tu jardín. Su existencia es inevitable, pero tu odio, con la ayuda del Espíritu, se puede evitar.

* Una vez terminada la oración no olvides tomar nota de las enseñanzas y las llamadas que has recibido en ella. Te ayudará a valorar el proceso de tu vida espiritual.

* * *


EVANGELIO Mt 10,37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: 

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. 

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. 

El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. 



El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Junio 2019


domingo, 21 de junio de 2020

Perder el miedo (Orar en domingo 12º Ord A)


"No tengáis miedo 
a los que matan el cuerpo , 
pero no pueden matar el alma" 
(Mt 10,28)

En el misterio de cuerpo y alma que somos solemos mirar más por el uno que por la otra, si bien es cierto que ambos se interrelacionan e influyen mutuamente.

Sabemos por experiencia que cuando el cuerpo anda tocado por el cansancio o la enfermedad el ánimo se resiente, y tampoco ignoramos que un estado de ánimo triste, abatido, depresivo o estresado, influye notablemente en el cuerpo.

Es preciso cuidar el cuerpo, pero no es menos necesario el cultivo del alma. Si hacemos caso a lo que el Señor dice hoy en el Evangelio, incluso deberíamos prestar más atención al alma que al cuerpo. ¿Por qué? Simplemente porque, salud corporal aparte, la felicidad humana depende más de los sentimientos que del estado de salud del cuerpo. Esto hace que sea una gran noticia el auge que la educación emocional y espiritual han adquirido en estos últimos años; un hecho positivo si, además, tenemos en cuenta que mientras el cuerpo vive sometido a la temporalidad y a la limitación espacial, el alma tiene por sí misma vocación de eternidad. No es de recibo que el destino del cuerpo físico es según el modelo de una curva ascendente que a mitad de la vida comienza a decaer, mientras que el espíritu puede seguir un camino de ascenso continuo hasta alcanzar plenitud. 

Orar es un acto de toda la persona. El cuerpo, con su postura física, su ritmo respiratorio, los latidos del corazón y el riego sanguíneo, expresa su adhesión a Dios tanto como el alma lo hace recurriendo a la oración mental o al silencio de las potencias. 
A la vida espiritual, aunque la consideramos importante, sin embargo, no solemos prestarle tanta atención como al cuerpo. Trabajo físico, gimnasio, alimentación equilibrada, descanso, preocupación por la estética, etc. suelen ocupar la mayor parte de nuestro tiempo. La interioridad, espacio del alma, no suele ser objeto de tanta atención como la exterioridad. 

Vivimos en exceso hacia fuera. Excesiva preocupación por la propia imagen exterior. Tememos morir, ser insignificantes para los demás, y nos agarramos a la apariencia del cuerpo para que eso no ocurra. No somos conscientes de que nuestro ser más profundo y duradero está dentro. Hay que entrar. Pero para conseguirlo hay que dejar de pertenecer al club de los que conceden más valor al cuerpo, perder el miedo a asumir esto y hacerlo visible en la vida con naturalidad.

El miedo a la mentalidad ambiente nos paraliza y enclaustra. “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Las críticas y ataques a nuestra imagen externa nos llevan a preocuparnos por el cuidado exterior hasta el límite de negar públicamente nuestro interior. Al hacerlo, escondemos nuestros sentimientos y pensamientos reales. Y Jesús nos dice que es una tarea inútil, porque “nada hay encubierto que no llegue a descubrirse”. Esconder nuestras ideas, creencias, fe, sentimientos, por miedo suele llevar a la muerte del alma, que sobrevive malamente asfixiada en su cárcel. 

Sin detrimento de la importancia de la dimensión corporal de la persona, no cabe duda de que ésta sería muy pobre sin el toque espiritual que define a cada cual. Por eso el Señor invita a que, a pesar de que lo espiritual no goce de mucha simpatía para aquellos entre los que convivimos, no tengamos miedo a ser nosotros o nosotras mismas, sin complejos, sin miedos. 

“Lo que os digo al oído, pregonadlo en la azotea”. Aquello que compartimos en la cuenta privada de wasap, ¿por qué no decirlo en el grupo? La riqueza interior de la fe que atesoro dentro, ¿por qué no hacerla pública? Los tiempos invitan a “salir del armario”. Es fácil cuando el ambiente exterior ayuda a ello; más difícil cuando hay rechazo. Pero Jesús anima: “¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga mi Padre… Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones”, es decir, el Señor está contigo en el combate espiritual, también cuando éste sale al exterior a mostrar su verdad. 

No tengas, por tanto miedo a que tu dimensión espiritual sea vista y conocida. No la niegues en público, porque eso afectará a su desarrollo. “A quien se declare por mí ante los hombres –dice Jesús- yo también me declararé por él,… Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré”. Es decir: si tu espiritualidad se abre hacia fuera crecerá y vivirá para siempre; pero si se niega a afirmase en el exterior, acabará muriendo. 

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NOTAS PARA LA ORACIÓN 

· Este domingo párate; relaja tu cuerpo en la postura que más te ayude a ello; cierra suavemente los ojos a fin de que tu cuerpo te facilite el recogerte interiormente; esa postura de silencio, recogimiento y humildad es ya oración. 

· Observa cómo vive tu cuerpo: respiración, latidos del corazón, fluir de la sangre expandiendo vida por todas partes. Déjate llevar y gusta de tu presencia física en la oración. Sonríe suavemente en señal de aceptación de tí mismo/a.

· En un segundo momento, acalla todo lo físico y penetra en tu “castillo interior”. Imagina y siente tu vida espiritual, invisible, en paralelo con la respiración, los latidos del corazón y el correr de la sangre. Vive tu vida interior como distinta a la vida del cuerpo, y a la vez unida a él, como formando parte de un mismo espíritu. 

· Tu espiritualidad, cuando se para en el intimismo, se ahoga. ¿No sientes cómo revives espiritualmente cuando compartes tus vivencias con otras personas? Tu interioridad tiende a salir y manifestarse al exterior. Con quienes compartes meditación le es fácil expandirse y expresarse, con los extraños tiende a replegarse. Es el miedo, que mata la vida. 

· Escucha la voz interior que te dice: “no estás solo, no estás sola". Yo estoy contigo, te dice Jesús. Muchas personas están dispuestas a escucharte; es más, son muchas las que necesitan que les hagas ver que “no solo de pan vive el hombre”. Escucha esas voces anónimas que tienen miedo a reconocer su necesidad espiritual y están gritando en el silencio y el miedo. No les niegues tu testimonio, aunque, como Jeremías o como Jesús, atraigas hacia ti el rechazo y la persecución. 

· “Dijo Jeremías: “Oía la acusación de la gente. ´Pavor-en-torno, delatadlo, vamos a delatarlo´. Mis amigos acechaban mi traspié. ´A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”. pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes” (Jr 20,10-11). Cuando vivas experiencias de rechazo como el de jeremías, toma nota: Dios es tu defensor; silencia tus miedos y cobra libertad, no estás sólo, el Espíritu está contigo, 

· “Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de la mano de los perversos”. Agradece la presencia de Dios en tu vida. Pídele romper las cadenas del miedo para ganar en amor y apertura. 

· Toma nota de tus miedos a ser tú mismo o tú misma. Constata cómo el cultivo de tu imagen física y social limita tu crecimiento espiritual. Decide si deberías dar pasos para ir saliendo del armario. 

Buen domingo. Y buena semana. 

Casto Acedo. Junio 2020. 

viernes, 12 de junio de 2020

Orar en el Corpus Christi (14 de Junio)

Una invitación a la oración en el día del Corpus Christi,  inspirada en Carlo Carreto (Más allá de las cosas) y santa Teresa de Jesús. 
"Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo.
¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija "(Teresa de Jesús, Camino, 28, 2)

 Orar seriamente es dar al menos la hora veinticuatro a Dios, pero a Dios solo. Y sólo porque es Dios, el ser Absoluto. Él tiene derecho a que yo me detenga, como tiene derecho el huésped que viene a mí.

Qué consolador es entrar en una casa amiga y ver que todo se para porque uno ha llegado.

Si el dueño de la casa había decidido salir, atrasa su salida: ahora tiene que prestarte sus atenciones. Si la señora había pensado lavar, amontona toda la ropa, porque ahora tiene que atenderte a ti.

El huésped es sagrado; todo lo demás pasa a segundo plano. Ahora eres tú lo más importante; el tiempo no lo es tanto.

Pues bien, si tiene tales derechos el huésped que ha salido de cualquier punto de la tierra para venir a verte, para estar un rato contigo, ¿no tendrá igual derecho el Dios bajado del cielo en busca tuya? ¿El Dios que se ha encarnado para hacerse visible? ¿El Dios que se hizo Eucaristía para penetrar en tu casa y estar en ella el mayor tiempo posible?

Porque aquí radica, y sólo aquí, el sentido de la oración, la fuerza que la sostiene, la esperanza que la anima: en que hay alguien que te busca, alguien que está ante ti, alguien que te dice: «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa; cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20).


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Acostumbrada el alma a orar ante el Santísimo con un “yo voy”, no vendría mal cambiar el chip y considerar los momentos de oración como un “Tú vienes”. No soy yo quien le busco, es Él quien  me busca a mí desde siempre. Y me encuentra.

Mi momento de oración, visto  como "su visita", no es un deber, sino una gracia. Una sorpresa. ¿Quién soy yo para que me visite mi Señor? (cf Lc 1,43). ¿Acaso me considero digno de ser visitado por Rey tan poderoso? 

Ante visita tan inesperada y grandiosa, no debe costar mucho dejar aun lado las ocupaciones y posponer los planes previstos para el día, porque la atención está centrada en el Huésped divino que se ha dignado a venir a casa de tan poca importancia.

"No sois vosotros quienes me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido a vosotros" (Jn 15,16). No soy yo el que voy a Él sino Él quien viene a mi. ¡Qué extraño resulta este enfoque si lo comparo con el canto eucarístico que me enseñaron en la infancia: "Vamos, niños, al sagrario, que Jesús llorando está, pero viendo tantos niños muy contento se pondrá". Quien realmente está sólo, sin Él, soy yo. Y en verdad que las lágrimas no son suyas sino mías; lágrimas de llanto trocadas en alegría al saberme hallado en Él y por Él.

El mismo Señor que hace veinte siglos  vino por primera vez en la humildad de nuestra carne, sigue viniendo ahora. Viene en cada hombre y acontecimiento, y me visita sacramentalmente en la Eucaristía, memorial de su Pascua. Corpus Christi  es la fiesta del Paso de Dios, una invitación a abrir la puerta de mi interioridad y recibir al Huésped que viene a sanarme con su presencia y su palabra.


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Notas para la oración

- Aprovecha el día de Corpus para recibir al Huésped que, aunque este año no procesione ritualmente, recorre las calles de tu historia y llama a la puerta de tu interioridad esperando ser recibido.

- Si puedes, a provecha para dar en soledad un tranquilo paseo contemplativo y acércate al sagrario de algún templo  cercano, o mejor a alguna capilla donde  esté expuesto el Santísimo a la adoración de los fieles. Ya que este año Él "no sale en procesión", al menos que tenga constancia de tu disponibilidad para recibirle y atenderle.

-Una vez ante el Santísimo, silencia tu mente y tu corazón. Deja todas tus ocupaciones. Dedica una hora a la oración. Considera el momento como un privilegio. Recibe con alegría al Señor que te visita.

-No pienses en Él. Ya sabes quién es. No le exijas que aclare tus dudas; tampoco le pidas  nada. No eres tú quien le visita, es Él quien ha venido a ti. El templo eres tú, y la Presencia Eucarística es su modo de estar dentro de ti.  Él sí podría ahora pedirte a ti que hicieras muchas cosas, pero no te pide nada. Sólo quiere tu atención amorosa y tu mirada.  

-“No os pido ahora que penséis en El –dice santa Teresa a sus hijas- , ni que saquéis muchos conceptos ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más de que le miréis.  … ¿Es mucho que, quitados los ojos de las cosas exteriores, le miréis algunas veces a Él? Mirad que no está aguardando otra cosa, como dice a la esposa, sino que le miremos. Como le quisiereis, le hallaréis. Tiene en tanto que le volvamos a mirar, que no quedará por diligencia suya”. (Camino, 26,3)

- Estás ante el Señor de la Vida, Pan del Cielo que contiene en sí todo deleite. Viene  a gozarse contigo y a permitir que tú te goces en Él. Deja que el gozo del amor fluya entre vosotros.

-Jesús dentro de ti, en tu casa, contigo.  Tu alma llena de luz; le miras visible en la aparente nada de un trozo de Pan, y se abre ante ti una ventana invisible al infinito donde tu corazón se confunde con el inmenso océano de la Vida Eterna (cf Jn 4,13). Tu vida viene de Dios Infinito y fluye hacia el mismo Infinito del que procede. Te dejas llevar por la atracción del Amado y todo te sabe a comunión y vida.

- Terminada tu oración, párate a evaluar la experiencia. Si lo crees conveniente, toma nota de lo que has recibido. El Señor te ha visitado a ti, pobre y necesitado/a. Y no olvides completar tu oración comunicando o visitando hoy  a ese hermano o hermana que  sabes que seguro gozará al saber que te preocupas por él o ella. También necesita tu visita y ser mirado con cariño por alguien que le quiera de veras.

Casto Acedo. Junio 2020