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miércoles, 11 de octubre de 2017

Orar con el cuerpo (I)

Va el resumen del tema 2 del libro que seguimos. No dejéis de leerlo y releerlo. Y sobre todo no dejéis de hacer vuestro día a día de silencio meditativo.
 
 
LA ORACION Y EL CUERPO 
·        “Orar es elevar la mente y el corazón a Dios” (Catecismo). Definición histórica y culturalmente condicionada.

 
·        Hoy tenemos una conciencia muy distinta acerca del cuerpo y su significado: lenguaje corporal, conocimiento de “lo sabio que es el cuerpo”. Si contactamos con él  nos dice qué comer, lo que nos conviene, la necesidad de un descanso adecuado, las consecuencias del abuso en comidas o en trabajo, etc…

 
·        Si pregunto a un psicólogo qué debo hacer para sintonizar con mi cuerpo... seguro que  me responde: “Medita”.

 
·        El cuerpo (la química del cuerpo) desempeña un papel fundamental en la vida emocional y religiosa…. Sabemos el efecto de muchas sustancias químicas para nuestro ánimo; sabemos que respirar con dificultad nos angustia y respirar sereno nos pacifica; hay una relación muy íntima entre nuestro cuerpo y nuestra “anima”.

 
·        Por otro lado, nunca se ha rendido tanto culto al cuerpo como hoy… tal vez se da hacia él una focalización excesiva.

 
·        Y todo esto afecta a nuestra manera de enfocar la oración; alimentación, salud, respiración, nervios, comida… todo esto incide en nuestra vida de oración (“mens sana in corpore sano” ¿oración sana en un cuerpo sano?).

 
·        La meditación es una actividad holística (entra en juego la totalidad de la persona: mente, corazón y cuerpo) … Ama a Dios no sólo con una parte de ti sino con todo tu ser.

 
·        Ejemplos bíblicos de oración con gestos hay en abundancia: Moisés alzando las manos durante la batalla (Ex 17,12), María, hermana de Moisés,  tocando y danzando para alabar a Dios (Ex 15,16), El niño Juanque salta de gozo en el seno de Isabel al llegar María a casa de Isabel; la mujer pecadora que inclinada lavó los pies de Jesús con sus lágrimas, y lo secó con sus cabellos; la actitud de Marta “sentada a los pies”  …

 
·        El ideal del cuerpo orante siguió vivo en la tradición cristiana, sobre todo en la monástica. Para orar se requieren ciertos hábitos corporales: ayuno, dieta vegetariana, no-alcohol, trabajo manual en el campo, periodos de silencio riguroso…


·        Sin embargo, pese a su valor, con esta ascética se fue creando un cierto desprecio al cuerpo que fue poco a poco ganando terreno en la conciencia cristiana. Ya en el NT encontramos los “docetistas” que negaban la realidad del cuerpo de Jesús… Algunos “gnósticos” también negaban el valor del cuerpo: superioridad de los pneumáticos(espirituales) sobre los hilicos(corportales)  y psíquicos (animales)…. Los escritos de san Juan dan buena cuenta de estos “espiritualistas” … “En esto podréis conocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios;  y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo” (1 Jn 4,2-3)

 
·        La idea dualista de que lo material es malo seguiría ejerciendo un pernicioso influjo en el pensamiento cristiano. Platonismo, neoplatonismo… dejaron su impronta en san Agustín… De esta concepción platónica derivan costumbres como disciplinas, cilicios, flagelaciones, etc… Muchas personas piadosas llegaron a hablar incluso de un santo odio al cuerpo. (ejemplo no cristiano: Mahatma Gandhi)

 
·        La antigua ascética perduró siglos, pero no pudo con el empuje de la ciencia médica y psicológica del siglo XX. Freud y Jung nos hacen ver que aquellas austeridades ascéticas llevaban frecuentemente a la neurosis y otros trastornos psíquicos. Se comenzó entre cristianos a buscar una ascética que –sin abandonar lo bueno de la antigua- integrara lo apreciable de lo nuevo. Nosotros formamos parte de esa búsqueda.

 
·        La antigua ascética tendía a reprimir el instinto humano (hoy sabemos lo desastrosa que es toda represión. Reprimir el temor, el enojo, enojo, la alegría (¡hay personas que tienen miedo amostrarse alegres!), la sexualidad, … puede dar orígenes a determinados desórdenes psicológicos, e incluso a la depresión.

 
·        Estamos pasando de una espiritualidad de control (jinete que controla al caballo) a otra de aceptación e integración. ¿Cómo alcanzar la integración? Necesitamos:

 
o   Ayuda psicológica… para hacer un repaso a la historia de tu vida.
o   Ayuda escribir un diario… paera identificar los desfases.
o   También ayuda pintar o dibujar (mandala)
o   En fin: desarrollar cualquier actividad creativa y creadora… El contemplativo siempre es creativo.
 
 

 

·        Hemos dicho que la química del cuerpo es importante… Pero ¡cuidado con las drogas para inducir estados o experiencias religiosas!... Mejor que las drogas es:

 
o   Adiestrar el cuerpo adoptando un estilo de vida que facilite la oración,
o   Cuidarse en la comida y la bebida
o   Aprender a respirar
o   Aprender a ser consciente del cuerpo
o   Es bueno practicar algún deporte.
o   También puedes recurrir a alguna disciplina asiática (yoga, ejercicios respiratorios o pranayama,  postura del Loto, Tai chi),  pero no las confundas con la meditación propiamente dicha.

 
·        Para aunar la química del cuerpo con tu estado espiritual puedes practicar también la marcha, el camino, la peregrinación (cf El peregrino ruso)…  en la que al andar vas descubriendo tu propio ritmo interior… Te puedes ayudar de alguna frase (El peregrino decía “Señor, Jesús, ten compasión de mí”)…
·  Ve, pues, a pasear por el campo. Y mientras lo haces, recita rítmicamente esta frase: “Dios ama a N. (pones tu nombre)”. Repítelo una y otra vez esas palabras hasta que lleguen a formar parte de tu cuerpo y se reciten por sí mismas… Percibirás entonces como nunca que Dios te ama realmente y que eres dichoso.
Buena semana meditativa.
Nos vemos el Jueves 19 de Octubre. 
Casto Acedo. Octubre 2017.

martes, 26 de septiembre de 2017

Dios es amor

Este año las entradas del blog serán más esporádicas, ya que las enseñanzas las tomaremos del libro de oración que seguiremos  y cuya portada tenéis abajo fotografiada. Como aún no lo tenéis, y para refrescar las ideas que expusimos en el primer encuentro del curso, transcribo aquí las notas que comenté. No olvidéis, no obstante, que lo importante es la práctica diaria de la oración. Es algo a veces monótono y reiterativo, tanto como la salida del sol y el ocaso,... siempre lo mismo, con ligeras variaciones estacionales o circunstanciales en razón de la climatología, pero siempre nuevo si se mira con ojos de esperanza.
 
 
·     El título de nuestro manual": Enamorarse de Dios, práctica de la oración cristiana.
 
·        Un libro sobre “el arte de orar” (¿Es un arte orar?... Si entiendo que el arte tiene una parte de inspiración y otro de técnica, sí… Hay técnicas,  modos, métodos, … y hay “inspiración”, que en este caso es don de Dios.

·        La oración es un arte que conduce (sin buscarlo) a una sabiduría, que podrá salvar al género humano de su ruina… Porque la oración “suscita la ayuda de Dios”… nos hace mirarnos en Él antes que en “nosotros mismos” (nos libera de la egolatría)…. Nos da la paz interior que conduce a la paz mundial.

·        Es este un camino en el que avanzamos “a ciegas” (fiados en la fe)… Corro sin cesar hacia la meta, a ver si logro alcanzarla como Cristo me alcanzó a mí (Flp 3,12) …  El maestro es el Espíritu Santo que habita  en nosotros…
 

·        Hay muchos tratados de oración, pero cada uno es de su época y hay que leerlo en su contexto. A nosotros nos toca orar en un mundo muy distinto del aquel en que se escribieron esos tratados….Hoy vivimos en una  una nueva conciencia religiosa  (pluralismo), no podemos sustraernos a la relación entre religiones y a su influencia mutua… (conciencia universal de unidad).

·        Un rasgo de la conciencia universal es la preocupación por el mundo interior, y un vivo interés por la “meditación”. Ésta ha dejado de ser monopolio de las religiones… Se usa como terapia (curar depresiones, aligerar la ansiedad, estimular la creatividad, ganar en autoestima… ).

·        ¿Cómo distinguir entre meditación religiosa y seglar? La experiencia religiosa es fundamentalmente la de un enamorarse incondicional y sin restricciones. Aunque aquello de lo que estamos enamorados queda siempre por descubrir”… Lo que da un carácter religioso a la meditación es la dimensión del amor… Un amor hacia Otro (en el caso del cristianismo). La meditación cristiana es encuentro con el Dios de Jesucristo, Misterio infinito de luz;  siempre cercano y siempre por descubrir.  

·        Dos conclusiones acerca de esta definición: 1º La experiencia religiosa no es algo esotérico –extraño a lo humano-, pertenece a la estructura de la conciencia humana y su camino hacia la plenitud,  y la experiencia religiosa es parte de esa plenitud. 2º la experiencia religiosa no tiene nada que ver con la fidelidad a una ley, con reglas o con dogmas;  es un movimiento de algo que dormita en el interior y un buen día despierta.

·        No hay nada malo en “la meditación laica” (mindfulness, yoga, zen laicos...) cuando sirve para la salud física o psíquica de las personas. Además, muchos empiezan por ahí… y luego llegan a la meditación religiosa. … Hay que dejar que cada cual medite a su manera, que siga su camino (siempre que no sea inmoral)… existe lo que podemos llamar solidaridad de los que oran.

·        Dos modos de meditar:
 
o   “Señor, enséñanos a orar”… algo sencillo… ponerse ante Dios y pedirle ese don… El Espíritu es el que viene y te hace decir “Padre” (Gal 4,6)… Pero ¡ojo! La oración no sólo te da paz y tranquilidad (Tabor), también te puede traer inquietud y sufrimiento (Getsemaní y Calvario). … No hay que desanimarse por ello… La fe nos dice que el destino último del hombre de Dios es la resurrección. … Luz y oscuridad… La victoria definitiva es de la Luz (Ap 7,9-16) ... Perseverancia.
 
 
o   Pensar y decir con el corazón: “Dios es amor”.   Si la meditación es relación de amor con el Otro-Dios, contemplar a Dios que me ama, detenerme y permanecer en silencio ante Dios enamorado de mí es un buen inicio para mi oración religiosa…. Se trata de meditar en silencio, con quietud de cuerpo y mente, y repetir-pensar-oir  “Dios es amor” en todo momento y lugar… hoy y cada vez que te acuerdes… en el trabajo, en casa, en el paseo, en la cocina, … “Dios es amor”… Te haces así, consciente de la mirada amorosa de Dios…  “Dios es amor” … Y te preparas así para la respuesta: “Tomad, Señor y recibid, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y poseer; Vos me lo distéis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro; disponed de todo a vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta". (San Ignacio de Loyola: Meditación para alcanzar amor).
 
Y esto es todo. Recordad estas dos breves oraciones: "Señor, enséñame orar" y "Dios es amor"... medita, meditador, y deja que el Espíritu Santo hable en el silencio de tu corazón.
 
Casto Acedo. Septiembre 2017

viernes, 18 de agosto de 2017

Nos vemos el 24 de Agosto


Hola, meditadores.
 
He hablado en particular con algunos miembros del grupo de oración contemplativa y hemos acordado tener un encuentro de oración, a las 8,30 en Don Álvaro, el próximo  Jueves 24 de Agosto. Así aprovechamos para vernos -los que podáis- y animarnos mutuamente en nuestro camino. También aprovecharemos para fijar el inicio del próximo curso.  
 
* * *
 
Os paso un brevísimo texto de Juan Casiano, sacerdote y asceta, Padre de la Iglesia, que nació en Dobruja (Rumanía)  hacia el año 360/365, y murió en el año 435.  Se formó en Belén (Palestina), en una época en la que muchos acudían a tierra santa haciendo lo que podríamos llamar  “turismo espiritual”, es decir, buscando experiencias religiosas. Ese ambiente no le satisfizo, así que se retiró como eremita al desierto de Egipto, donde halló el camino que buscaba y escribió acerca de la oración:
 
 
Debemos observar con particular fidelidad el precepto evangélico que nos manda permanecer en el recinto de nuestra habitación, cerrada la puerta, para ofrecer la oración a nuestro Padre. ¿Cómo damos cumplimiento a esa prescripción del Señor?
 
Oramos en nuestro aposento cuando ponemos a cubierto nuestro corazón de la realidad circundante, apartándole del tumulto y turbación de pensamientos y cuidados que le solicitan. Luego, en la soledad de nuestro interior, manifestamos al Señor en secreto y familiarmente nuestras necesidades. Orar con la puerta cerrada es dirigir nuestras súplicas sin mover los labios, en un perfecto silencio, a Aquel que penetra los corazones, no menos que las palabras.
 
* * *
 
Seguid meditando y disfrutando el verano.
 
Casto Acedo.

domingo, 16 de julio de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (5. CONTRA EL ÉXITO)

Va el último escrito de la serie "Modernidad y vida contemplativa". En esta entrada nos ocupamos del éxito, de ese afán que tenemos por sobresalir entre los demás, esa necesidad de levantar nuestro pedestal hasta conseguir el reconocimiento social que creemos que nos merecemos.

El interés desmesurado por sobresalir parece agudizarse hoy con la aparición de las redes sociales. Aplicaciones como Twitter, Facebook, Istragram, Youtube o Washap, gozan de gran aceptación, y tal vez se deba a que ofrecen al ciudadano de a pie la oportunidad de darse a conocer.

Las redes sociales son una ventana abierta al mundo donde mostramos lo exitosos que somos: abundamos en amigos, en golpes de suerte y en viajes, protagonizamos o participamos en eventos de importancia, somos agraciados en el amor, en la diversión, etc. Pero no seamos ingenuos, sabemos que las medias verdades son las más amargas de las mentiras; en las redes sociales solemos ocultar el otro lado de la vida, aquellas zonas oscuras que nos harían perder puntos ante ese público al que nos queremos ganar, y a cuyos criterios estamos sometidos.  



 La búsqueda de reconocimiento social

 Todos tenemos un afán innato de perfección que nos mueve a superarnos cada vez más; queremos desarrollar todas nuestras potencialidades. Y esto nos es negativo. Pero puede degenerar en paranoia cuando ese deseo de crecer y mejorar humanamente lo vivimos compulsivamente como  medio para alcanzar el triunfo social. En los tiempos que corren da la sensación de que si no vivimos nuestro minuto de gloria no somos nadie. De ahí el
deseo angustioso de sobresalir y ser aceptados por los demás, algo que puede degenerar en preocupación enfermiza. Esto se agudiza  en una sociedad democrática donde nuestro poder es directamente proporcional a la reputación de que gozamos.
 
Antes se era alguien, o cada cual  creía  que lo era, por el origen social de la familia, por la cuna en que nació o el clan al que pertenecía. La sangre daba títulos y honores que hoy han de ganarse a pulso. Por eso, desde el momento en que tomamos conciencia de ello, nos lanzamos como locos a una carrera frenética por ser reconocidos entre los primeros y los más importantes.
 
Éxito. La palabra procede del latín exitus, que significa salida. Los ingleses lo adoptaron como exit (salir). Pero tiene también otros significados, tales como término o fin. Se trata en este caso de alcanzar el fin, la meta, el triunfo. Buscar el éxito es algo connatural al hombre. Sabemos que somos seres no terminados, siempre en camino hacia una meta. El problema es que la meta, el éxito, lo solemos medir por criterios y reconocimientos exteriores a nosotros.
 
El hombre moderno aspira a que sus palabras y sus acciones tengan peso. ¿Para quién? Este es el problema. Queremos que nuestra palabra y nuestra persona pesen ante los demás, y para ello nos dedicamos a construir una imagen ideal que impacte en el entorno y tenga reconocimiento. Se trata de un “reconocimiento social”, algo que el contemplativo no busca; el contemplativo se mueve no tanto por ser reconocido cuanto por conocerse a sí mismo, conocer al otro y vivir en el conocimiento y reconocimiento de Dios. Quien medita y contempla no lo hace para adquirir éxito ante sí mismo y sentirse en paz consigo, tampoco para  crecer en estima ante la comunidad; y, por supuesto, tampoco lo hace para ganarse el reconocimiento y la aprobación de su Dios. Sabe el contemplativo que Dios le ama y reconoce a pesar de su pecado.
Pero nuestro mundo no es muy contemplativo, y se mueve con otros esquemas. La modernidad, esencialmente antropocéntrica, centrada sobre el "yo", busca validarse desde el mismo "yo". Y ¿cómo lo hacemos? Pues apostando por uno mismo, incluso al precio de dejar a los competidores tirados en la cuneta, víctimas inocentes de nuestra ambición desmedida. Ancianos, enfermos, pobres, fracasados, etc. son minusvalorados o ninguneados, convirtiéndose en el montículo de escombros sobre el que vamos edificando nuestra torre de Babel. Entendemos la vida como una carrera frenética por ser héroes reconocidos por todos. A veces pagando el precio de nuestra propia vida. “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?” (Mt 16,26). Así es cuando más que vivir nos desvivimos por alcanzar una cima que sólo existe en las ambiciosas fantasías de nuestro ego.

 
 
El éxito religioso
 
El esquema-trampa del éxito tiene también su versión en las religiones tradicionales. Se trata de vivir la fe reduciéndola a la vivencia de virtudes heroicas, de forma que solo los vencedores y los héroes llegan al cielo; los demás quedan reducidos a la nada, o van directamente al infierno. 
 
Cuando entiendes la religión como una carrera por alcanzar virtudes, es que has cambiado las ambiciones terrenales por otras aparentemente más celestiales y más nobles, pero sigues en un camino viciado por el éxito egoísta. Sólo has modificado el pedestal al que subir; tú sigues siendo el mismo. Los monasterios y las instituciones religiosas están llenas de personas que, fracasados en sus intentos de triunfo en el mundo, buscan la oportunidad de triunfar a base de esfuerzos por hacerse un lugar en el cielo. Éstos harán todo lo que contente a su dios personal, llegando incluso a despreocuparse de los hermanos siempre que se tenga la seguridad de que su dios está satisfecho de sus prácticas y sacrificios, y llegado el momento le premiará. 

Jesús previene sobre la trampa de buscar el aplauso de la gente, y avisa del premio que da Dios al que reza, comparte lo suyo o ayuna en lo secreto (cf Mt 6,1-8 ); pero también previene de los peligros de refugiarse "en lo secreto" dando la espalda al mundo. ¿No es un peligro poner el éxito personal en una contabilidad de actos piadosos por los que creo merecer un título? ¿No puede esto llevar al fariseísmo? Obrar en lo secreto debe de ser algo más que obrar el bien ocultándose a la mirada de otros; se trata de que mis actos nazcan de lo más íntimo de mí mismo, del secreto misterio de mi corazón, como fruto maduro de la percepción del Espíritu de Dios que me habita. Cuando lo vivo desde ahí no espero premio, ni siquiera de Dios, porque tendré la seguridad de que "somos siervos inútiles que hemos hecho lo que teníamos que hacer" (Lc 17,10). Que Dios esté conmigo a pesar de mis miserias es ya un premio suficientemente consolador.

En esto de la religión hay que precaverse del modo en que se entiende el éxito de una vida religiosa lograda. El contemplativo no cae en el error de medir su vida por la aceptación que su ejemplo tiene para los hermanos. No pocas veces la religión se vive como el sometimiento a una serie de protocolos y disciplinas que se valoran y promueven más que las actitudes del corazón. El contemplativo no evalúa su vida desde la mayor o menor aceptación que su vida tiene ante los miembros de su iglesia, sino confrontándose sinceramente con Dios; la luz que guía al contemplativo no es la del reconocimiento humano, aunque provenga de instancias religiosas, sino la luz de su conciencia despierta y humilde situada ante el Misterio.

 
Sin un porqué ni un para qué
 
¿Cuál es el motivo último por el que obra un contemplativo? ¿Tal vez el amor? La contemplación, por supuesto, no existe sin el amor; aunque puede haber amor sin contemplación. El amor es importante; pero hay que distinguir claramente entre el amor eros y el amor ágape, el primero es ese amor con el que el hombre se ama a sí mismo, a Dios y a los hermanos; el segundo es el amor con el que Dios ama. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. …. Él nos amó primero” (1 Jn, 4,10.19b). Sí hay un motor para la vida contemplativa debería de ser el amor ágape, aunque éste no es un motor propio de la naturaleza humana, sino regalado, una gracia, un don de Dios; el contemplativo no ama con un amor eros (amor propio) sino que su amor es el fruto maduro de quien por la contemplación ha dado paso en su vida al amor ágape (gracia) de Dios. El contemplativo ama por y con el amor con que Dios le ama. 
 
Aunque, propiamente,  en última instancia el contemplativo obra sin motivo alguno.  Quien se dedica a sumergirse y vivir en el presente (presencia de Dios) no tiene un porqué ni un para qué; si los tuviera no estaría en el presente sino que viviría en el pasado (por qué) o el futuro (para qué). Para el contemplativo cada momento es una nueva creación. No queda atado a nada, y por eso su modo de ser y vivir sorprende en cada momento. La rosa no tiene un porqué, los pájaros y los lirios del campo no viven enganchados a una explicación de su origen ni se preguntan por su futuro, simplemente son. El encanto de las rosas es, que siendo tan hermosas, nunca saben que lo son. No buscan el éxito, ni siquiera se preguntan en qué consiste su encanto. El contemplativo, como la rosa, vive en la docta ignorancia que le previene de la idolatría del triunfo. 
 
No vive el contemplativo la obsesión por ser admirado, y tampoco le agobia la obtención de unos créditos  para poder alcanzar fama de sabio. No. El contemplativo se limita a ser, a contemplar sin prejuicios la realidad; esta es su tarea: mirar, abrir los ojos a lo que hay, con su alma puesta en fe delante de Dios. Le preguntaron a Jesús: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Respondió: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado»” (Jn 6,28-29).
 
Creer, confiar en que cada día, cada instante tiene su riqueza, y a cada día le bastan sus afanes (Mt 6,34). Hacer silencio, contemplar, es ponerse en fe ante Dios, sin esperar nada, sin pedir nada, sin condicionar para nada su ser. Dejar que Dios sea Dios, que su amor se manifieste dejando que oscurezca con su “éxito” (su luz) mis éxitos (mi luz). Sólo si Dios quiere me dará a vivir el “éxtasis" (estar fuera, en Él), pero eso no es un triunfo mío sino suyo. Es el éxito de Dios. Si se diere en mí, diré, como María: “proclama mi alma su grandeza” (Lc 1,46-50 ), la suya, no la mía, porque yo soy sólo tierra, humus, humildad, un “no-ser” al que sólo el ser de Dios da valor y consistencia. 


 
El éxito de Jesús
 
El éxito de Jesús está muy relacionado con su fracaso mundano. En la vida y destino de Jesús Dios pone en evidencia lo falsas que son  las aspiraciones mundanas. En el Hijo muestra el Padre que el camino más apropiado al hombre es el del no-éxito, la huida del triunfo mundano; y eso es lo mejor primeramente por razones de sentido común: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: "Cédele el puesto a este". Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba". Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales”. (Lc 14,8-10 ). 
 
Pero también hay un sentido teológico para rechazar el prestigio mundano, y no quemarse en la carrera por obtener los mejores puestos. Nos lo recomienda san Pablo poniendo como modelo al mismo Jesús: “No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina,  no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia se humilló a sí mismo,  hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre- sobre-todo-nombre” (Flp 2,3-9)
 
La vida de Jesús es un hermoso poema a la no-ostentación. Para empezar nace en un establo, alejándose así de cualquier pretensión de prestigio social. La mayor parte de su vida es anónima, viviendo y trabajando humildemente en Nazaret. Su vida pública es de una extrema pobreza y debilidad: "El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Mt 8,20). Cuando san Pablo dice que Dios escoge lo pobre de este mundo para confundir a los fuertes se está haciendo eco de esta enseñanza (1 Cor 1,27).
 
En el desierto Jesús es tentado. Las tentaciones son el paradigma de lo que fueron las pruebas que hubo de vivir durante su vida (cf Mt 4,1-11). Al pedírsele que se arroje del alero del templo y deje que los ángeles le recojan antes de caer al suelo, el demonio le está pidiendo que haga ese milagro a fin de adquirir fama e influencia entre los hombres, y eso le dará poder. Con ese prestigio, aparentemente, le será más fácil llevar a los hombres a Dios. Jesús, sin embargo, no se dejó llevar por el éxito fácil.  Le invita a ello, cuando sus parientes le dicen:  "Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo" (Jn 7,3-4). No lo hizo, no quiso ser famoso. También se negó al encumbramiento de sí cuando multiplicó los panes y los peces y “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo” (Jn 6,15).  Elige el camino de alumbrar antes que deslumbrar, el silencio y el ocultamiento antes que el espectáculo ruidoso y la vanagloria.
 
La soledad, el silencio, el retiro, los usó Jesús como arma para alejarse de la tentación del triunfo.  Baste citar finalmente que el éxito de Jesús se sostiene en una gran paradoja: el triunfo de la cruz. La pasión y muerte de Jesús son ejemplos de cómo el camino del prestigio del mundo no es de los contemplativos. A los ojos del mundo Jesús vive el anonadamiento total. Él mismo había dicho que “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20,28),h a venido a ser el último. Jesús no busca subir, no tiene en mente su propio prestigio, sólo el del Padre (Mt 26,42), y éste pasa por amar a los hombres anteponiéndolos a su propia persona.

 
Silencio, aquí y ahora, sin pretensiones.
 
Contemplativo, el mundo invita al orgullo y la soberbia: “antes muerta que sencilla”; tanto brillas tanto vales; la vida entendida como una operación triunfo, como una carrera por llegar el primero no se sabe dónde y a costa de pisar a todo el que se me ponga en el camino; la apariencia valorada más que la realidad. Esto no es compatible con la vida contemplativa.
 
Tú vive el presente con misericordia, con el corazón puesto en tu miseria y en la de los hermanos, estando ahí, en quietud, unido a toda  la humanidad. “Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente sencilla. No os tengáis por sabios” (Rm 12,15-16).

Cuando medites hazlo “porque sí”, no busques una meta, no esperes ningún éxito. Estar cada día ahí, en silencio, puesto en fe, es ya en sí un triunfo. Y no porque el meditar sea un fin en sí mismo, sino porque tu silencio, tu quietud, tu anonadamiento y disponibilidad en la meditación, son un camino probado y recomendado por el Maestro. Él pasó noches orando a solas, abriendo su humanidad al misterio del Padre (Mc 6,46; Jn 6,15; 8,1 etc.). Te enseña así que meditar es un acto que te acerca a la realidad de lo que eres. Cuando meditas, cuando silencias tu corazón, cuando te quedas desnudo de pensamientos y emociones, cuando te vacías de tus quereres para abandonarte al querer de Dios, estás abriendo en ti una nada, un espacio vacío donde pueda entrar, si quiere, aquel que es el Todo. Cuando vives su presencia en tu interior comprendes que tu triunfo es su triunfo, tu éxito el suyo. Tú solo debes dar muerte a tu ego apagando la llama de los éxitos y ambiciones que ensordecen tu mente y tu corazón. Ya sabes: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

Meditador, no dejes de practicar y valorar tus momentos diarios de retiro y silencio. Con la práctica de la meditación desenmascaras la falsedad de los triunfos humanos, el absurdo de los éxitos ficticios que sólo conducen a la frustración. Cuando meditas entiendes que todo lo que buscas fuera lo tienes ya dentro. Basta limpiar el pozo de tu alma para permitir que el agua pura que está en ti riegue y refresque tu vida y la de los que te rodean. Esa es la meta, la llegada, el éxito: ser tú mismo, sacar el agua de tu pozo con la ayuda de Aquel que te habita, porque eres templo del Espíritu Santo (cf 1 Cor 6,19).
 
Para todos,
¡buen verano de descanso,
silencio y meditación!
 
Casto Acedo. Junio 2018
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