Buscar en este blog

lunes, 27 de agosto de 2018

Desierto y oración

 
 Al hablar de la “oración del ser”, dijimos que en realidad se trata de la “oración del estar enamorado”. Y si podemos orar de esta manera, hagámoslo: abandonemos tanto los malos como los buenos pensamientos y entremos en la esfera del silencio amoroso, del amor sin palabras.
 
Cuando la interioridad entra en crisis

 Pero no siempre  sientes la oración como esa experiencia de "estar enamorado" y es fácil que tengas la sensación de que estas perdiendo el tiempo. Y no es así;  la oración existencial es un “viaje” en apariencia estático. Sin embargo, aunque en la quietud (que no quietismo) lo exterior parece inactivo,  los niveles inconscientes, penetrados de amor y fe, están muy activos. 

La vida espiritual puede compararse al itinerario del éxodo desde Egipto hasta la tierra prometida a través del desierto; o con el camino de los discípulos de Emaús, que parten de una situación de oscuridad hasta que se le abren los ojos al Misterio (cf Lc 24,13-35). Se trata de recorrido que puede llamarse viaje interior a las profundidades del propio ser; o viaje al interior de la noche.

Al principio el viaje transcurre sin incidentes, con suavidad, pero tarde o temprano vendrán las turbulencias. Nadie te ha prometido un jardín de rosas.  Llegará la "crisis"; y llegará también la "gran crisis", trastorno que puede tener lugar dos o tres veces a lo largo de la vida y que afectará a las raíces profundas de tu ser.

La crisis puede ser exógena (externa),  producida por motivos externos: rechazo de quienes creías tu amigo, fracaso en el trabajo, perdida de buena fama, humillación por parecer que te muestras débil o estúpido ante los demás,  angustia, bajón.

Pero también puede ser endógena (interior), originada por las convulsiones del interior. De pronto te sientes mal. Insomnio, temblores, etc. parece que se desintegra el armazón de tu vida.  Se hace evidente la presencia del mal. Todo lo que te parecía seguro parece derrumbarse y no sabes hacia donde dirigirte. Las cosas que antes te satisfacían, ahora no te importan. Se pueden dar en ti dan en ti cambios de estado de ánimo brutales que te ponen  al borde del ataque de nervios. ¿Cómo he llegado a esto?

 
El Espíritu te lleva al desierto
 
La meditación es un ejercicio cuaresmal de adentramiento en el silencioso desierto de tu interioridad.  A Jesús, tras el bautismo,  "el Espíritu lo llevó al desierto para ser tentado por el diablo"; a ti, bautizado, también te lleva el Espíritu al desierto. ¿Porqué tenemos la obsesión de pensar que la vida cristiana es un oasis perpetuo? No. Es desierto y oasis; tal vez más desierto que oasis.
 
Dios, en el camino de tu vida, te hace pasar por desiertos exteriores: problemas familiares, paro laboral, enfermedades, situaciones sociales difíciles, etc. y también por tu desierto interior.  ¿Quieres conocerte de veras?  Prueba a no tener comida, a perder todo tu prestigio, a ser humillado por todos. ¿Qué queda entonces de ti? Pues bien, vivir el desierto es vivir el despojo de las vanidades, la soledad más absoluta, el abandono de todo lo que hasta ahora era la razón de tu vida, la pérdida de todo aquello en lo que tu ego se ha sostenido hasta ahora.  

La primera sensación cuando te quitan el suelo donde pisas es de vértigo; viene luego el miedo; hay quienes no dudan en volver cuanto antes a lo anterior. Son tentados como el pueblo de Israel en el desierto, cuando al poco de ser liberados y cantar agradecidos su nueva vida, ya no les satisface el maná que Dios les dio, y "se pusieron a llorar , diciendo: «¡Quién nos diera carne para comer! ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos y melones y puerros y cebollas y ajos! En cambio ahora se nos quita el apetito de no ver más que maná". (Nm 3,4-6). La rutina de lo que empezó con ilusión cansa, ¿no tienes ya experiencia de ello? La primera tentación ante la crisis es la de volver a Egipto, a como estábamos antes, como si el regreso a la esclavitud fuera la solución. Pero hay que seguir, no hay otra salida que la fe, es decir, la confianza a pesar de la sequedad. A su tiempo Dios proveerá un nuevo alimento que nos satisfaga. 

La fe tiene su vertiente oscura; "la fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve" (Hbr 11,1); una fe que ve con claridad, que no duda, no es tal. Un alma solo pude orar "puesta en fe". Me gusta esa expresión, que creo muy de san Juan de la Cruz, de que la oración sólo es verdadera cuando el hombre se pone "en fe"; o lo que es lo mismo, situado con esperanza, paz y serenidad en la oscuridad de la noche. En momentos de crisis la fe da a la meditación el único alimento que la mantiene viva: la confianza en Dios; se trata de la aceptación del despojo de todo aquello en que confiaba, a la espera de que Dios haga resurgir desde la interioridad al hombre nuevo, una vez despojado de todo lo viejo.
Lo más hermoso de todo esto es que tu verdadero yo, tu identidad más real, es hermosa, has sido creado "a imagen de Dios", y en el núcleo de tu corazón está Él. Nunca ha dejado de estar. Si Dios está ahí, y si Dios es amor, ¿por qué temo adentrarme en las profundidades de mi ser? Porque el demonio me engaña, me hace sentir miedo, me seduce haciéndome creer que sólo en el dinero, el prestigio y la autosuficiencia está la vida.
 
Hermoso y saludable ejercicio para esta cuaresma ese de abrir los ojos para ver las seducciones de ese encantador de serpientes que me distrae con sus ruidos para que no llegue al fondo de mi vida. Él sabe que si doy paso a la Luz que hay en mi interior la oscuridad que es él desaparecerá.
 
 
Caminar sabiendo que vas en buena dirección

Cuando logras apartar de tu conciencia las mentiras de tu ego, la conciencia de tu verdadera identidad aflora a la superficie y se va haciendo presente en ella. Cuando te adentras en el desierto, cuando dejas atrás tus “capas de cebolla”, cuando te despojas de tus “adornos” mentales y físicos, aparece ante ti lo que hay en el fondo; y en ese fondo hay mucho de inconsciente que no te agrada; hay una parte de nuestra personalidad que hemos arrinconado y odiamos contemplar, y que al ser removidas en la travesía espiritual puede despertar en forma de  sueños, malos deseos, pesadillas, etc. Pueden emerger aquí también las pulsiones sexuales que creíamos que ya teníamos controladas. Los demonios del ego se niegan a abandonar la casa que tan cómodamente han habitado hasta ahora.
 
Si observas en ti miedos, pesadillas, insomnios, etc.   es bueno comunicar esto a alguien que te escuche. Muchos abandonan aquí su camino por temor.
 
Cuando por la meditación se ahonda en uno mismo sale a la superficie la propia máscara;  tu papel-rol-máscara (padre, madre, maestro, sacerdote profesor, niño bueno, persona simpática…), que está ahí,  vivo y latente, se defiende de la verdad que amenaza con hacerlo desaparecer.  El pedestal del ego se viene abajo, y te preguntas: ¿me seguirán queriendo quienes solo conocen mi ego?  ¿Se reirán de mi?... Puede que entres en pánico.

Reconocer como eres, lo que piensas, lo que crees realmente, ante los demás -incluso ante ti mismo-, lleva consigo su dolor, pero una vez superado,  te hace crecer en la virtud por excelencia del hombre feliz: la humildad. No me canso de repetir la definición que santa teresa da de esta virtud: "humildad es vivir en verdad".
 
La dirección correcta la marca Moisés en el Éxodo. En nuestra meditación el camino es Cristo, Él señala la ruta. Si Él fue arrastrado al desierto por el Espíritu para conocer la noche de la prueba, si en Getsemaní soportó la oscuridad y la duda fiado en el Padre, está claro que nuestro sendero pasa por esa misma fe y abandono a la voluntad de Dios. ¡No te dejes embaucar por los cantos de sirena del mundo!
 

Adquirir una mirada global
 
Puede que entres en una “gran crisis” (derrumbe de todo; vacío que te hace decir como santa Teresa que “ni las cosas de Dios ni las de los hombres me satisfacen”). Cuando lleguen las crisis, repito, debes encontrar un consejero. Y debes mirar tu situación de forma holística (en su totalidad):

1. En su dimensión psicológica.  Tal vez debas acudir a un psicólogo que resitúe las vivencias de tu infancia, juventud, relaciones con tus padres, problemas de encaje sexual… etc.

2. Pero la psicología no debe ocultar la dimensión religiosa de lo que está sucediendo. En la crisis te encuentras con el insondable misterio de la persona y la existencia humana. La psicología puede ser tu ayuda, pero no te salvará; Jesús es tu Salvador, y deberás tener fe en él. Grítale como los discípulos en la barca que zozobra; Él duerme en tu misma barca (cf Mt 8,23-27) ) En momentos de crisis no abandones la oración, aunque tal vez no te convenga aumentar el tiempo; aunque sí es conveniente variar el modo; puede ser mejor orar dando largos paseos, dejando que el proceso interior se asimile interiormente de manera más pausada. Y por supuesto: acércate a la EUCARISTIA (alimento para el camino).

3. Finalmente no olvides la dimensión física. Los problemas internos suelen somatizarse. En momentos de crisis cuida tu alimentación y no abandones el ejercicio físico. Eso sí:  ¡ojo con las drogas químicas! No recurras a ellas. Son pan para hoy y hambre para mañana.

Repito que lo mires todo de forma global (holística, integral). Algunos te dirán que estás “cansado”, otros que “necesitas un terapeuta”, alguien   te recomendará que reces con más confianza. No cabe duda de que todo es bueno, pero nada es suficiente por sí solo.


Y en la globalidad de la mirada entra también el salirte del momento obsesivo en que te mete la crisis y contemplar tu vida en su totalidad; "no hay mal que cien años dure", y tu crisis no es sino una parte, posiblemente muy pequeña, de la globalidad de tu vida.
 

Finalmente, no olvides que  no estás sólo, hay un grupo de oración que "hace espaldas" contigo. Y tienes el testimonio de muchos que pasaron estas “crisis” (Pablo de Tarso, Juan de la Cruz, etc).   Hoy se suele hablar de “crisis de la mitad de la vida” (demonio meridiano)  o de un “viaje” al mundo del inconsciente o interioridad. Es ley de vida, y la literatura la ha descrito prolijamente: viajes de Ulises, Libro bíblico del Éxodo, Divina comedia, etc.  La vida espiritual es, en cierto modo, una aventura, un descenso a los infiernos, a la noche para despertar luego a la luz clara y limpia de la aurora.
 
Para este viaje tienes guías (sagradas escrituras, libros de oración) y maestros. Nuestro maestro es uno: Jesucristo. Pero no olvides que el viaje lo haces tú, y es tu constancia en la lucha (meditación, silencio) de cada día la que hará posible que, como Samuel, oigas la voz de Dios que te llama en la noche: "¡Samuel, Samuel!" (cf 1 Sam 3,1-14).
 
 
 

sábado, 9 de junio de 2018

El silencio de las potencias


 
Os paso las notas de la última enseñanza, sin desarrollar. Por si os sirven de referencia para entender el audio que ya mandé. Feliz semana.
El silencio de las potencias

1.- Comenzábamos preguntándonos “cómo meditar”

2.- Comenzamos insistiendo en la “postura” y “respiración”: QUIETUD…. Estar quieto para ser nosotros (como el vaso que revuelto está sucio y al quedarse quieto se posan las impurezas y adquiere claridad). La quietud corporal ayuda a la quietud interior. Quietud y silencio vienen a ser casi lo mismo: aquietar es silenciar… Para escuchar necesitamos estar “parados”, quietos. Cuando nos “aquietamos” se activa nuestra interioridad…

3.- Una vez quietos físicamente toca aquietarnos interiormente; silenciar las ”potencias” del alma; dejar de “ser-obrar” para dejar “al ser” ser en nosotros. Silenciar la memoria, el entendimiento y la voluntad.

a) Silenciar el ENTENDIMIENTO (los pensamientos)… nos sacan de nosotros mismos, nos alejan de lo único real (el presente) para llevarnos al mundo de la fantasía (pasado o futuro)… Esos pensamientos pueden ser buenos y hermosos (flores) o feos y desagradables (fieras)… “Buscando mis amores / iré por esos montes y riberas; / ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras / y pasaré los fuertes y fronteras” (Sjc). “No tengáis miedo ni os asustéis; al contrario. Dad culto a Dios en vuestros corazones” (1 pe 3,14-15) …


Silenciar el entendimiento nos abre a la fe: ¿Qué es el entendimiento puesto en fe?: “Qué bien se yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche…” (San Juan de la Cruz) “La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve”. (Hb 11,1). El Dios que esperas no es Dios. Ver equivale a entender: (¿No lo ves? ¿Es que estás ciego para no verlo?) … “El que estuviera a oscuras y se cegare en todas sus luces propias y naturales, verá sobrenaturalmente; y la que a alguna luz suya se quisiere arrimar, tanto más cegará y se detendrá en el camino de la unión” (Sjc 2S 4,7) … Llega un momento en que el entendimiento no puede guiarte para la unión con Dios. … “Porque otras ciencias, con la luz del entendimiento se alcanzan; más esta de la fe, sin la luz del entendimiento se alcanza… y con la luz propia se pierde, si no se oscurece” (2S 3,4)…. “…y oscuro ha de ir por amor en fe, y no por mucha razón” (2S 29,5)… “Este entender no entendiendo, toda ciencia trascendiendo”…

a) Silenciar la MEMORIA: La memoria la conforman nuestras vivencias, nuestra historia, todo lo que hemos vivido y está en nosotros más o menos consciente o inconsciente… En nuestra memoria están también nuestras “imágenes” (imágenes de Dios, imágenes de los hermanos, … modo de entender el mundo, la moral, la vida… “No te harás imagen ninguna de Dios”


El silencio de la memoria nos abre a la esperanza. Texto clave que cita Sjc: “Pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve no es esperanza. Efectivamente, ¿cómo va a esperar algo uno que ve? Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia” (Rm 8,24-25). … Aquí se enraíza lo que llamamos la pobreza espiritual” (“bienaven-turados los pobres de espíritu” (Mt 5)… Ascesis-renuncia de la memoria, del propio ser (todo el bagaje de mis creencias y honra-consideración)… Bajar del pedestal … Silenciar la memoria es dejar el espíritu libre para que se mueva solo por el Espíritu Santo (el encuentro con Dios no es cuestión de voluntarismo, sino acción-don del Espíritu) … Ser pobres de espíritu… Mención bíblica especial la Virgen María, que voluntariamente pobre vivió siempre bajo la moción única del Espíritu Santo (Sjc 3S 2,10). …

  c) Silenciar la VOLUNTAD (los “quereres” o apetencias)… Nada más sentarnos nos invade el deseo de levantarnos, de movernos, de hacer cosas… “No queremos estar” (miedo a silenciarnos, nerviosismo, …) … Nuestros “quereres” nos sacan de quicio (que sea lo que yo quiero… pero la vida es tozuda, y es lo que Dios quiere…)… Tarea del silencio de la voluntad: “Hágase tu voluntad…”… Dejar de poner la voluntad en el gozo propio (lo que yo quiero) y ponerla solo en el gozo de Dios (lo que Dios quiere) …


Silenciar la voluntad nos abre a la caridad-ágape (amor): … No querer mi querer (quererme) sino querer lo que Dios quiera: “no lo que yo quiero sino lo que tú quieres”. Se trata de dejar que Dios obre “en el vacío y la oscuridad de sus sentimientos”, porque amar así es amar “lo que es cierto y verdadero, al gusto de la fe” (III,17). … Que cada obra que realicemos no la midamos por el agrado que nos producen, sino por el agrado de Dios (y bien del prójimo) … Igual que con la ascesis del entendimiento y la memoria (imágenes e ideas que impiden avanzar) ocurre con la ascesis de la voluntad. Se trata de desligarse de los apegos a los gustos que proporcionan las obras (sean buenas o malas) que realizamos, apegos y gustos que impiden avanzar hacia el amor de Dios (unión con Dios)

4.- Todo esto que hacemos en el silencio es un ”camino espiritual”, un modo de facilitarnos el acercamiento a “Dios que viene si quiere”; estas prácticas no garantizan el encuentro, ayudan a su posibilidad. Son “disposiciones del alma” en lo que tienen de ascesis, y muestra de buena voluntad para el encuentro con el que es “inmarcesible”… No son sólo técnicas, son un modo de vida que diseñamos para nosotros: Vivir con el entendimiento puesto sólo en lo que Dios nos da a entender, la memoria anclada en lo que somos en origen (imagen de Dios, hijos de Dios) y la voluntad dirigida sólo a lo que es querido por Dios.
 
Casto Acedo. Junio 2018. paduemerida@gmail.com
 

miércoles, 30 de mayo de 2018

San Agustín y el niño (A propósito del misterio de la Santísima Trinidad)

Repasando mi Blog "En tu nombre..." he encontrado esta breve y simple reflexión de hace tres años. Creo oportuno reponerla aquí por lo que nos puede iluminar en nuestro camino de contemplación. 
 
 

Una leyenda atribuye a san Agustín que un día paseaba por la playa mientras iba reflexionando sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Trataba de comprender, con su mente analítica, cómo era posible que tres Personas diferentes (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pudieran constituir un único Dios.
 
Estando en esas cavilaciones encontró a un niño que había excavado un pequeño hoyo en la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niño corría hacia el mar y recogía un poquito de agua en una concha marina. Después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez. Aquello llamó la atención del santo, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño sobre lo que hacía:
–Intento meter toda el agua del oceáno en este hoyo –le respondió el niño.
–Pero eso es imposible –replicó el teólogo– ¿cómo piensas meter toda el agua del oceáno que es tan inmenso en un hoyo tan pequeñito?
– Al igual que tú, que pretendes comprender con tu mente finita el misterio de Dios que es infinito…
 
Y en ese instante el niño desapareció.


* * * *

 
Una de las lecciones más importantes de las muchas que se pueden extraer del “misterio” de la Santísima Trinidad es precisamente la constatación de que "es un misterio". Dios es misterio, Dios es inalcanzable para la mente del hombre, es impensable; y vamos así  más allá de san Anselmo, que lo definía como “aquello mayor de lo cual nada puede pensarse”.
 
Siendo así, ¿habrá que renunciar a su conocimiento? De ninguna manera; porque conocer no es sólo pensar; también con el corazón se llega al conocimiento, más aún, solo desde el corazón se puede conocer de veras la realidad. Porque el amor me sitúa más allá de mi subjetividad e intereses, el amor limpia mi mirada, dispone mi ánimo para empaparse de la realidad que me envuelve. El amor me abre la puerta a la contemplación, me permite empaparme de Dios y sentirme parte de Él.

Si la Trinidad sólo se explica místicamente desde la relación de las personas, sólo desde mi relación profunda con Dios, desde el conocimiento del corazón (conocimiento cordial), me está permitido acceder al Misterio insondable de Dios. El tiempo del hombre es, pues, tiempo de contemplar, de amar, de abrir los poros del corazón, porque la mente humana es pequeña, y queda aún más empequeñecida cuando prescinde de la sensibilidad del corazón. Dios es uno, Dios es tres, Dios es Misterio.

Deja a un lado los conceptos que te deslumbran y déjate iluminar por las intuiciones del corazón.  Dios no cabe en el pequeño hoyo que has excavado con tus conceptos. Busca espacios y tiempos para no pensar,  momentos para “ dejar de hacer” y “sentir tu ser”. No te empeñes tanto en acarrear el agua a tu pozo y sumérgete en el mar del que viene toda agua! 
 
Casto Acedo. Mayo 2015-2018. paduamerida@gmail.com.

sábado, 26 de mayo de 2018

Día PRO-ORANTIBUS, (27 de Mayo)



27 de mayo,
Jornada “Pro Orantibus”:
“Solo quiero que le miréis a Él”

 El domingo 27 de mayo, solemnidad de la Santísima Trinidad, se celebra la Jornada Pro Orantibus (a favor de los que oran). Los obispos españoles, en el Año Jubilar Teresiano, proponen como lema la invitación de Santa Teresa, “Solo quiero que le miréis a Él“. Además manifiestan “el agradecimiento y, a la vez, el apoyo paternal a los innumerables hombres y mujeres que esparcidos por la geografía española mantienen vivo el ideal religioso de la vida contemplativa”.
 
¿Qué mejor día que este de la Solemnidad de la Santísima Trinidad para celebrar el don de la contemplación? Dios es Misterio. Y en su trascendencia y cercanía por Jesucristo, Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) es el motor y la meta de todo cristiano; todos estamos llamados a la contemplación como estilo de vida, un estilo que no apunta a otra cosa sino a vivir dando gloria a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo con todo nuestro ser: memoria (sentimientos), inteligencia (pensamientos)  y voluntad (obras)Como señala san Juan de la Cruz en su dibujo del Monte,  la vida contemplativa apunta a vivir en la sola gloria de la Trinidad: “Solo mora en este monte  la honra y gloria de Dios”.

En España, según datos de diciembre de 2017, hay 801 monasterios de vida contemplativa (35 masculinos y 766 femeninos) y 9.195 religiosos y religiosas (340 masculinos y 8.855 femeninas).
 
Según los datos que se están recopilando desde las instancias pertinentes, en los monasterios españoles hay aproximadamente 150 postulantes; 250 novicias y 450 profesas temporales. En las congregaciones religiosas femeninas habría alrededor de un 26% de extranjeras.
 
Además de estos datos, no son nada desdeñables los numerosos grupos de laicos que se interesan y se sumergen en la práctica de la oración contemplativa. Nuestro grupo podría contarse entre ellos. ¡Ojalá estos grupos crezcan en número e intensidad para que Dios sea conocido y gustado por todos los que le buscan con un corazón sincero!.
 

No quisiera que esta celebración del día Pro-orantibus pasara desapercibida para nosotros. Que hoy no nos falte la oración por todos los que han optado por vivir una vida de total entrega a la oración en los diversos monasterios de vida contemplativa, ni tampoco un recuerdo y compromiso con todos los laicos que buscan a Dios en lo que muchos llaman “el nuevo monacato”, una vida de contemplación en el mundo buscando espacios y tiempos para el encuentro con Dios en medio del ajetreo de nuestro ruidoso y acelerado mundo contemporáneo. 

¡Feliz día, Contemplativos!
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Mayo 2018
 

martes, 13 de marzo de 2018

AMARTE A TI MISMO (Autocompasión)

Vamos a dedicar un tiempo a profundizar en la idea y la vivencia de la compasión en tres dimensiones que entresacamos del texto de Mt 21,35-39: “Un doctor de la ley le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». El le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal y primero.  El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»”. 

Encontramos aquí tres mandamientos que se complementan mutuamente y cuya conexión no debe romperse si se quiere ser fiel a la totalidad del amor. Se trata de “amar a Dios” (que está sobre ti, encontrarte-conocerte en Dios, desde arriba), “amar al prójimo” (que está junto a ti, encontrarte-reconocerte  en el rostro del prójimo, desde tu relación con los otros) y “amarte a  ti mismo (conocer-amar  tu ser interior, desde dentro).

Comentamos por partes cada una de estas llamadas al amor-compasión, sin perder de vista la imbricación necesaria entre ellas. Quien no se ama a sí mismo no puede amar al otro ni a Dios; quien no ama al prójimo muestra su rechazo a Dios y su poco amor a sí mismo, y quien no ama a Dios (entiendo que quien vive el amor como valor esencial cree en la trascendencia, “Dios es amor”) es incapaz de amar al prójimo y de conocerse y amarse a sí mismo. Comentamos hoy la importancia del amor a uno mismo.


CONTEMPLARSE Y AMARSE A  UNO MISMO
(Autocompasión)
 
Cuando te invitan a “compadecerte de ti mismo” lo primero que aflora es la idea de sentir pena y lástima de ti mismo;  todo lo contrario de lo que pretendemos decir al hablar de  autocompasión.  La palabra lástima, que en su significado etimológico viene a ser “sentirse lastimado por el sufrimiento del otro”, ha perdido fuelle hoy y suele entenderse como una lágrima que se vierte a distancia de la realidad que la causa, una reacción puramente sentimental y pasiva, que no ayuda a crecer al que sufre ni al que siente lástima por él. Además, a la lástima le suele acompañar el sentimiento de superioridad del que la siente.  Así, pues, compasión no es lástima, al menos en ese sentido tan farisaico.

Hay otros conceptos, mucho más de moda hoy, y que se solapan con el de  compasión, como lo son el de empatía (percibiré el mundo propio del otro como mío; así soy compasivo cuando percibo el dolor del otro), simpatía (identificación de mis sentimientos con los del prójimo), altruismo (ayuda al que sufre, aunque esta a veces no va acompañada de un compartir el dolor del sufriente). Tampoco el concepto tan de moda de autoestima sería la autocompasión; la sana autoestima es uno de los frutos de la autocompasión, pero creo que  ésta es mucho más, porque a la autocompasión la entendemos como amor a ti mismo, pero desde Dios y desde el prójimo;  no olvidemos el enlace necesario de los tres amores.

¿Cuándo necesitamos autocompasión? La necesitamos cuando vivimos en dificultades, cuando nos percibimos “un desastre”, cuando nuestros proyectos y “quereres” hacen agua y nos invade el sentimiento de fracaso. “¡Qué tonto soy!”, “Soy un idiota irremiso!”, “¿Quién puede querer a una persona como yo, tan inútil?”…

Necesitamos compadecernos de nosotros mismos cuando las cosas nos salen mal, cuando –al decir de un amigo mío muy entrañable y poco delicado en sus descripciones de las cosas del espíritu- “padezco diarrea mental y perforación psicológica”, es decir: ¡mi mente está embotada y  todo me sale hecho una mierda! (con perdón). Es entonces cuando comienzan a fraguarse en mí unas reacciones nada aconsejables: autocrítica feroz, vergüenza de existir y vivir que me lleva a aislarme de los demás (¿quién me va a querer a mi?) y obsesión por la propia miseria e insignificancia (el rechazo de mí mismo crece más y más alimentado por mis ideas  pesimistas sobre mí mismo; una especie de autotortura).
 
 

Trabajar mi autoestima (psicología)

¿Cómo salir de este bucle de negatividad al que me lleva al "odio a mí mismo"? Lo primero es ejercitarme en al “amor a mí mismo”, darme ánimos y mucho cariño cuando las cosas no salen como yo quisiera; los errores son una oportunidad para aprender el camino del acierto;   el único gran error es darte por vencido. No olvides que, tal como a mí me enseñaron,  a la lista de los derechos humanos le falta uno: “toda persona tiene derecho a equivocarse”. Tampoco huir de los demás y esconderte por tu baja consideración personal te ayudará a crecer espiritualmente. Y, por supuesto, a nada conduce el enróscate en una obsesión lastimosa de desprecio de ti mismo; para evitarlo es esencial la contemplación, es decir, la observación objetiva de tu ser; no olvides que la meditación te ayuda precisamente a observarte “desde fuera” siendo un observador observado, con lo cual te preparas también para compadecerte-amarte, para abandonar la perspectiva subjetivista de tu ego y quererte tal como tú eres.  

La experiencia demuestra que  la pedagogía que funciona con los demás también funciona con uno mismo. ¿Crees que el mejor modo de educar y hacer crecer a una persona es el camino de la comprensión y el perdón por sus errores? Pues lo mismo ocurre contigo mismo. Si eres duro contigo acabarás hundiéndote más y por inercia hundiendo a los que te rodean. Si te muestras comprensivo con tu yo, aceptando sus limitaciones, te volverás más humano con todos. No olvides analizar y comprender que todas tus salidas de tono contra el prójimo tienen de fondo una insatisfacción, el rechazo de algo que no encajas en ti mismo. El niño caprichoso que hay en ti se odia a sí mismo, y no solamente se autodestruye con su desprecio, sino que vuelca toda su energía negativa en el entorno. Contempla a un toxicómano o a un alcohólico violentos, ¿no ves cómo toda su violencia es fruto de su frustración personal? Sus fracasos a la hora de liberarse de esas drogas le hunden cada vez más, y su locura les vuelve agresivos. Mira un hombre frustrado en su casa incapaz de imponer su autoridad, ¿entiendes ahora por qué es un jefe implacable? ...  ¿Comprendes ahora cómo debes amarte a ti mismo y su importancia para poder amar al prójimo?

Cuando el sufrimiento viene luchamos contra él, pero es fácil confundir la pena  y el dolor con la propia persona. De este modo, cuando nos autocondenamos sin concedernos la más mínima justificación, cuando nos infligimos el castigo que creemos que merecemos como culpables sin concesiones a la autocompasión, cuando luchamos contra nosotros mismos, cuando no sólo nos sentimos mal sino que nos convencemos de que somos malos por naturaleza, entramos en un bucle de autodestrucción irremediable. Caemos en picado, hay que arrojar por la borda el peso que nos hunde; y es la compasión la que nos aligera; sin ella no hay posibilidad de remontar el vuelo.

¿Qué pasaría si dejo de autocastigarme? ¿Cómo cambiaría mi vida si mi visión acerca de mí persona fuera más positiva? Hay quien se empeña en ver en la autocompasión una puerta al libertinaje, como si la autoindulgencia fuera un vicio capital que corrompiera toda posibilidad de reforma. Y sería así si la tomáramos como una justificación barata de nuestros desmanes. No se trata de dejar de luchar contra  lo que de negatividad hay en nuestro ego, sino contra la vergüenza, la pena, el miedo, la desesperación de nuestro yo. Se trata de tomar conciencia de que a veces nos sentimos mal a causa de nuestro modo de vida o del modo inadecuado de enfocarla, pero –y esto es importante-  no somos malos por naturaleza. Los errores y fracasos nos pueden dañar, pero yo no soy mi ego fracasado, yo no soy el “personaje” que  represento, soy algo más grande y valioso. Puedo “fracasar en algo”, pero nunca debería decir que “soy un fracasado”; soy lo que soy, y a los ojos de Dios tengo más valor que la más valiosa perla.



Amarme como Dios me ama (teología)

Y, mencionado Dios, entramos en consideraciones de fe. La fe cristiana nos da el mandamiento de «Amarás al Señor tu Dios … y a tu prójimo como a ti mismo»”.   Y el “como a ti mismo” está íntimamente entrelazado con el “a Dios y al prójimo”.  Para garantizarte el “amor a ti mismo” (autoestima, valoración justa), tienes el “amor de Dios”. En las últimas décadas del siglo XX se hizo muy famoso el icono de la sonrisa con el eslogan “Sonríe, Dios te quiere”. Basta ser consciente de esto para crecer en la consideración adecuada del propio valor. Lo sorprendente es que “Dios te quiere” tal y como eres, también con tus fracasos.  “Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”. (Rm 5,6-8). Tu  amor puede fracasar, pero el amor de Dios no fracasa en tí. Contempla esto. Es el mejor antídoto ante la depresión y el desprecio que se puede sentir por uno mismo. Si Dios está contigo, ¿Quién contra ti? ¿Tú? ¡No te dejes engañar! (cf Rm 8,31).

Tal vez te parezca arduo de entender, pero si contemplas una estampa de la pasión  (flagelación, coronación de espinas, Ecce Homo, cruz a cuestas, crucifixión…) con ojos de fe, tomando conciencia de que Dios ahí te está amando (“¡por ti, yo, tu Dios,  paso por esto!”), puedes  llegar a intuir lo que vales a los ojos de Dios, y desde ahí sorprenderte de tu gran valor ante sus ojos. Para sacarte del infierno al que te llevan tus caídas  Dios te da su amor, no su reproche. ¿Por qué no haces tú lo mismo? Mírate a ti mismo con Jesús y ámate como Él te ama.

Es de sentido común: mejor amarte que odiarte. Dios te ha hecho a su imagen, y “Dios es amor”. Tú también eres amor. Estás llamado a amar, ¿pero cómo vas a dar lo que no tienes? ¿Cómo amar a mi prójimo si no me amo a mí mismo? En tu propio yo puedes amar a toda la humanidad o despreciarla. El rechazo de ti mismo te lleva al rechazo del prójimo y de Dios; la confianza  en ti mismo te conduce  a confiar en los demás y en Dios.  Quien se ama a sí mismo enciende la lámpara del amor, se hace amor, “es amor”, como Dios, que es amor en su mismo ser  y hace partícipe de su ser amor a todo lo creado.   

Más que “tener y dar” amor, no olvides que “eres y vives amor”. Ese ser es el diamante que llevas dentro, la luz que ha de iluminar tu vida. La oración contemplativa te ayuda a entrar en tu morada interior,  a ir desasiéndote del ego que te impide verte como imagen de Dios; en la oración contemplativa  te adentras  en la fuente interior de la que brota todo amor: Dios en ti y tú en Dios.  ¿Puede haber mayor motivo para amarte y amar?
 
* * *
Contémplate, pues, meditador, y deséate todo lo mejor, como Dios te lo desea. Dios te ama, ¿te vas a despreciar tú mismo? Acércate a su amor e iras comprobando cómo tú mismo te percibes más amado y más amable.   
 
Casto Acedo
Marzo 2018
© castoacedo
 

miércoles, 28 de febrero de 2018

ORACIÓN Y VIDA (II)

 
Oración y acción

Invitación a la perseverancia en la oración desde unas consideraciones sobre el papel de la fe y las obras en la vida cristiana.
 
NOTA: un comentario en tres partes (aquí va la segunda) sobre la importancia de la oración continua, su papel en la vida y acerca de la relación entre la vida espiritual (oración) y moral (acción).
 
Nuestra presencia en un grupo de oración cristiana tiene como objetivo conducirnos a una “vida en Cristo”; y aclarando diremos que en esta vida es tan importante y primero ser cristiano  (ser en Cristo) como vivir en cristiano, es decir, hacer lo que hizo y hace Jesús de Nazaret (vivir como Cristo). No podemos separar una cosa de la otra, evitando así la oposición que muchos han querido ver entre el profeta (que en la Biblia no es quien adivina el futuro, sino el hombre de la escucha, la acción y el compromiso con la justicia) y el místico (hombre de la contemplación).

Seguramente muchos de los que nos embarcamos en un proyecto de crecimiento en la interioridad, hemos sentido el dilema de elegir entre priorizar la oración o las obras, o hemos  tenido que superar ciertos escrúpulos y miedo a engañarnos a nosotros mismos cuando nos planteamos retiramos un momento de la vida activa (¡hay tanto que hacer!) para dedicamos a contemplar.  Nos da entonces la sensación de que el místico y el profeta que hay en nosotros entran en conflicto: ¿No son más importantes otras cosas que tengo entre manos? ¿No estaré haciendo de la oración una excusa para no encarar mi vida con realismo? ¿No responde mi deseo de orar  a la postura que K. Marx critica cuando dice que la religión es el opio del pueblo, una droga con la que se conforma y acalla ante las injusticias del mundo? ¿No seré, como dice S. Freud, un neurótico acomplejado que huye de la dura realidad refugiándose en la fe y la oración?

¡Hay que decir que tanto marxistas como freudianos han servido de correctivo a  muchos cristianos desde los cuales sus críticas hallan justificación. Pero dichas críticas no responden al estilo de vida que Cristo vivió y propone. Es verdad que Jesús perseveró dedicando mucho tiempo al retiro y la oración, pero a Jesús no le seguían porque oraba, sino por la justicia, misericordia y compasión que repartía.


Ahora bien, ¿de dónde le venía a Jesús la energía para poder realizar su misión? Sin duda alguna, de su unión con el Padre: “Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí …  Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,25.30). La intimidad del Hijo con el Padre se fortalece en la oración y se explicita en las obras de Dios. Basta echar un vistazo a los evangelios para darse cuenta de que el seguimiento de Jesús no es para quienes dan la espalda a la justicia, ni tampoco para los que el miedo a la vida encierra en su castillo de invierno esperando que amaine la tormenta.

El místico y el profeta caminan juntos. No son dos personas distintas que te habitan, sino una misma persona que ora y trabaja. No podemos olvidar que las grandes vocaciones proféticas se gestan en experiencias místicas (cf Is 6,1-13; Jr 1,4-10; Ez 1-3); por tanto, de principio, la vida contemplativa y la vida activa no se excluyen sino que se necesitan. Porque sin  la gracia de Dios es imposible vivir las exigencias de la vida cristiana (cf Mt 19,24-26) y, si no se viven sus exigencias, la misma vida de fe y oración queda en entredicho: "No todo el que me dice "Señor, Señor"  entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo" (Mt 7,21). 

Son importantes las buenas obras, pero no podemos olvidar que el hecho de orar con perseverancia, en sí mismo  es ya una obra que responde a un mandato del Señor (cf Lc 11,9-10; Mt 26,41; Col 4,2; etc); y además, ¿qué son las obras cristianas sino una explicitación de la voluntad del orante que desde la meditación se ha trabajado buscando la unión con la voluntad de Dios? Santa teresa explica  todo esto remitiéndose a  dos figuras evangélicas: “Marta y María han de andar juntas” (7 M 4,12), la oración y la acción son inseparables.




Discernir mi oración
 
Así pues, no tengamos miedo a orar; pero tampoco tengamos miedo a discernir la autenticidad de nuestra oración. ¿Cómo?  Es muy fácil si tenemos el valor de mirar desde cierta distancia  nuestros propios pensamientos y acciones  siendo "un observador que se observa". Luego, sólo falta responder con sinceridad a unas preguntas muy simples:  

En mis tiempos de oración busco la relación con Dios, y esta relación no la puedo medir objetivamente con  la claridad que desearía; pero como el amor de Dios no lo puedo separar del amor al prójimo y del amor a mí mismo, me pregunto:

·        ¿Voy sintiendo una mayor aceptación de mí mismo, superando complejos, perdiendo miedos, ganando en autoestima y consideración de mí mismo, queriéndome  tal como soy, con mis limitaciones y errores?

·        Mi relación con los otros (familia, vecinos, compañeros de trabajo, de estudios, de vida…) ¿va perdiendo la dureza que tal vez antes tenía? ¿Me siento más potente y  libre para acercarme a ellos? ¿Me tocan la interioridad y me mueve a actuar las situaciones de injusticia que detecto en mi ambiente y en el mundo?  Es importante que te des cuenta de que la mejora de tu relación con Dios sólo es posible desde la mejora de la relación con  tu prójimo.

·        Finalmente, con respecto a la cuestión de si estás más cerca de Dios o no, decirte que tras la consideración de las dos cuestiones anteriores la pregunta y su respuesta son aquí superfluas. El árbol bueno da frutos buenos, y de la abundancia del corazón habla la boca (cf Mt 12,33-34). Cuando quieras progresar en  tu relación con Dios trabájate en crecer en la relación contigo mismo y con los otros. A ellos y a ti te puedes acercar por propia voluntad, la cercanía de Dios es gracia.
 
P ara poner nota a nuestra oración, para leer el progreso o retroceso en el camino que has iniciado basta, según lo dicho, con observar los efectos que la práctica de la meditación va produciendo en tu corazón. Si éstos son positivos, no abandones la práctica. En un mundo donde el activismo, las prisas y los resultados parecen la prioridad, no conviene abandonar la buena meditación. Es una pérdida de tiempo!, te dirán. ¿Acaso no es mayor pérdida el caudal de tiempo que dedicamos a uniformar nuestras mentes consumistas, peor aún, conformistas, extasiándonos ante el televisor?
Discernir mi acción

Tu vida de acción es importante, pero no tanto por lo que haces cuanto por la fuente desde donde lo haces. Ahondar y tomar conciencia de esto es fruto de la meditación.  Porque puedes  actuar simplemente movido por  la ley moral que te impele a actuar, lo cual no está del todo mal, pero es humanamente poco gratificante; también puede que te nuevas por el sometimiento a tu ego,  que quiere dar una imagen de buena persona cumplidora y solidaria; o simplemente puede que actúes para evitar el malestar que sientes cuando tu conciencia te acusa de inacción. Al final, haces las cosas, pero en el fondo la vida que llevas no te satisface.

La meditación te ayuda a entrar en ti mismo, a conocerte en el espejo de Dios (algún día explicaremos esto más detalladamente), a ver con claridad quién eres y lo que estás llamado a hacer. Y desde dentro, no por reacción ante estímulos externos, sino por la dinámica de tu propio ser, la meditación te ayuda a  actuar obrando aquello que sea lo adecuado a tu propia vocación.

En la comunidad hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu;  hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor;  y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.  Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.  ... El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor 12, 4.7-11).

 
Cada uno, pues, está llamado a actuar desde su vocación personal para el bien de la comunidad. Hallar tu sitio es importante. Cuando lo encuentras –y repito que a ello te ayuda la oración- comienzas a ser y actuar tú mismo, sin celos, sin envidias, sin complejos… Si otros reciben un carisma más llamativo no te molesta, si parecen más comprometidos que tú, no envidias, si algunos no entiende tu modo de obrar cristiano, no te preocupa;  El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”;  tú realizas la tarea a la que te sientes llamado por el Espíritu desde el hondón de tu ser, y eso es lo único importante.

Tal vez tu llamada no es para nada espectacular, ¿hay algo menos espectacular que la vida de oración contemplativa de monjes y monjas de clausura? ¿Es muy significativa la tarea de quien renuncia a un trabajo para poder cuidar a sus padres ancianos? ¿Publican los periódicos noticias de personas que día a día hacen bien su trabajo?... También estos, como los políticos, los dirigentes sindicales, los que adornan con su testimonio de bondad los medios de comunicación, repito, también estos que no brillan tanto (posiblemente estés entre ellos), colaboran al bien común de la humanidad. 

Hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos”, dice san Pablo. La meditación te ayuda a tomar conciencia de que eres parte de un todo; y en ese todo tienes una misión, una tarea que realizar. Todas son importantes, todas necesarias. El criterio para saber si tus obras son valiosas a los ojos de Dios lo tienes en el impulso que te hace trabajar y hacer: ¿Tu ego? ¿Tus miedos? ¿Tu imagen?... ¿O el bien común, el hecho de sentirte unido a los demás  en “un mismo Señor que obra todo en todos”?

Compartiendo desde dentro con vosotros, os digo que llevar este grupo de oración hacia adelante ha suscitado en mí ciertos escrúpulos acerca de si no estaré apoyando una iglesia que huye del mundo. Y os añado que hay algo que me consuela sobremanera y me ayuda a discernir; se trata del hecho de que entre los que compartimos nuestras reflexiones sobre la contemplación  y practicamos momentos de silencio en común, sois muchos los que estáis implicados en  tareas de Iglesia como catequesis o Cáritas, o en otras asociaciones, como el Centro de Escucha, movimiento Pro-vida, etc. Puede que alguno no esté implicado en nada de eso, pero seguro que su misma vida de familia, vecindad,  trabajo, etc.  se siente interpelada e iluminada desde la oración. ¡Es importante no perder la unidad entre nuestros silencio meditativo y nuestra vida común!


 

“Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16). Si con la práctica de la meditación te sientes más tú mismo, si sientes más tuyos a los demás, si tu trabajo, tu vida de familia y vecindad y tu  dedicación a tareas de servicio voluntario, los vives de modo más satisfactorios; si tu vida la vas viviendo más desde dentro y te importan cada vez menos las imposiciones y el qué dirán de fuera,  ¡enhorabuena! Tus obras están respondiendo a tu oración, y tu oración es buena.

 

* * * * * * *
Meditadores, ánimo y no ceséis  en la práctica del silencio meditativo. Son importantes las buenas obras. Pero no olvidéis que meditar también es una obra buena que cada uno de nosotros nos autoregalamos directamente e indirectamente regalamos a todos los que se benefician de nuestra cercanía.
 
Casto Acedo. castoacedo@hotmail.com. Febrero 2018