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viernes, 25 de noviembre de 2016

Una palabra hecha camino (John Main)



 

Os transcribo la introducción y el primer capitulo de Una Palabra hecha camino, de John Main (Ed Sigueme, Salamanca 2016). Resalto en rojo lo que me parece interesante. John Main es un monje benedictino, que se centra en la repetición de una palabra "marahnata" (Ven, Señor) como método para enseñar la oración contemplativa. El texto os puede ayudar a meteros en este mundo fascinante y simple a la vez.

 
También lo podéis leer y bajar en pdf en:
 
Introducción
CÓMO MEDITAR
 
Siéntate.
Colócate con la espalda erguida.
Cierra suavemente los ojos.
Siéntate relajado, pero alerta.
En silencio, comienza a repetir en tu interior una única palabra.
Recomendamos la oración Maranatha («Ven, Señor»
 
Recítala como cuatro sílabas de idéntica longitud.
Escúchala mientras la pronuncias suave pero incesantemente.
Procura no pensar ni imaginar nada, sea espiritual, sea de
otra naturaleza.
Si acuden a ti pensamientos o imágenes, recuerda que son
distracciones en el momento de la meditación, de modo que
vuelve simplemente a pronunciar la palabra.
Medita cada mañana y cada tarde entre veinte y treinta minutos.
 
* * * *
Cap. primero
 
DAR CULTO EN NUESTRO CORAZÓN
 

Lo más importante que hay que saber acerca de la meditación es cómo meditar. También tiene importancia –supongo– saber por qué es interesante meditar, pero en primer lugar debes saber qué hacer. Permíteme recordártelo una vez más, para que tengas las ideas claras al respecto:

Busca un lugar que sea lo más tranquilo posible. Por lo que se refiere a la postura, la norma básica es sentarse con el tronco erguido. Siéntate en el suelo o en una silla con respaldo, y mantén la columna vertebral recta. Cierra suavemente los ojos. Para meditar necesitas recitar una palabra; te sugiero esta: maranatha, que en arameo significa «ven, Señor» (1 Cor 22, 13; Ap 22, 20). Con sencillez, con suavidad, repite esa palabra en silencio en tu corazón, en las profundidades de tu ser. Repítela sin cesar. Escúchala como un sonido. Dila, pronúnciala con claridad en silencio, pero escúchala como un sonido. En la medida de lo posible, procura meditar cada mañana y cada tarde. Ten por cierto que nunca aprenderás a meditar si no lo haces todos los días por la mañana y por la tarde. Necesitas reservar esos espacios de tiempo, así de sencillo.

Ahora bien, como cristianos, ¿qué significa para nosotros meditar? Consideremos este consejo de la Carta primera de san Pedro a los primeros cristianos: «No tengáis ningún miedo ni os turbéis. Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones» (1 Pe 3, 15). Esta es la esencia de lo que los primitivos cristianos pensaban respecto de lo que significa ser cristiano. Ellos sabían, al igual que nosotros, que vivimos en un mundo en continuo cambio, confuso y muy a menudo caótico. Y los primeros cristianos también eran conscientes de que el cambio, la confusión y el caos no solo se dan en el exterior de nosotros mismos, sino también en nuestro interior. De hecho, sabían, como nosotros, que la mayor parte de la confusión externa, en el mundo, ha sido provocada directamente por la confusión interna que reina en cada uno de nosotros. Reconocían que el desafío humano permanente es encontrar armonía, orden y paz. Sabían que el desafío más importante consiste en hallar esos elementos en nosotros mismos. Habían descubierto también que, si podemos encontrar ese orden, esa paz, esa armonía y esa disciplina dentro de nosotros mismos, aunque buena parte de la confusión externa permanezca, ya no tendrá poder alguno sobre nosotros. Jesús habló de ello de la siguiente manera: «Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa, pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7, 25).

Los primeros cristianos sabían por experiencia que Cristo es la roca. Más aún, él es el cimiento rocoso sobre el que cada uno de nosotros tenemos que construir nuestra propia vida. Sabían –porque lo experimentaban personalmente, al igual que nosotros hemos de aprender a la luz de nuestras vivencias– que Cristo es el principio vivo de armonía, orden y amor. Eran conscientes, como nosotros, de que la armonía y el orden esenciales únicamente pueden basarse en el amor. Y sabían, al igual que nosotros, que cuando cimentamos nuestra vida en Cristo, como roca y fundamento, entonces estamos enraizados en la realidad misma. Entonces estamos tan arraigados en la realidad esencial que ninguna otra cosa tiene un poder decisivo sobre nosotros, ni siquiera la muerte. Porque estamos arraigados en el amor eterno, al que nada puede destruir.

Ahora bien, el desafío que cada uno debe afrontar consiste en encontrar el camino que conduce hasta este cimiento que se apoya en roca. El reto que se nos presenta es hallar la forma de dar culto al Señor Jesús en nuestro corazón. A este respecto, Pedro añade: «En cuanto hombre, sufrió la muerte, pero fue devuelto a la vida por el Espíritu» (1 Pe 3, 18). Justamente esto es lo que hemos de hacer: dejar de cimentar nuestra vida en el deseo de cosas que pasarán para, según afirma el apóstol, reconstruirla conforme a la voluntad de Dios. Para Pedro, cumplir la voluntad divina no consiste solo en practicar los mandamientos, sino en responder plenamente a nuestro destino, que es vivir con la vida de Dios en el Espíritu. Tal es el núcleo del mensaje evangélico, y es lo que, como cristianos, hemos de transmitir a nuestros contemporáneos si queremos ser fieles a la misión que Jesús nos ha encomendado.


Vivos con la vida de Dios, en el Espíritu. Aquí radica la importancia de nuestra meditación diaria. Esta no es sino el retorno a la fuente de la vida, donde nuestro espíritu se sumerge por completo en el Espíritu de Dios, y vive plenamente con su vida y ama plenamente con su amor. Nunca debemos contentarnos con menos. Como cristianos, no tenemos que ser conformistas, ni tampoco inconscientes ni derrotistas. En la misma carta, el apóstol Pedro nos pide que «llevemos una vida ordenada dedicada a la oración». Y a continuación nos exhorta a «amarnos intensamente unos a otros» (1 Pe 4, 7-8). Pero eso es algo que solo podemos hacer si estamos plenamente vivos con la vida de Dios. Esa es la razón de nuestra meditación: abrirnos a la realidad divina que está más cerca de nosotros que nosotros mismos. Por tanto, el reto consiste en vivir la realidad que Cristo ha logrado para cada uno de nosotros, en cada uno de nosotros; vivir la vida fundados en la roca que es Cristo, vivos con su Espíritu, vivos con el espíritu del amor. Meditar cada día con fidelidad no es otra cosa que egresar a esa realidad suprema y abrirnos a ella.

Al leer el Nuevo Testamento, sobre todo si lo hacemos con ojos iluminados por el Espíritu de Cristo que arde en nuestro corazón, quedamos fascinados, asombrados por el destino maravilloso que se nos ha concedido. Ahora bien, hemos de recordar siempre que la condición para estar abiertos y responder a dicho destino es la sencillez, la pobreza de espíritu. Ello significa que se nos invita a renunciar a toda complejidad, a todo deseo de poseer a Dios o de gozar de sabiduría espiritual, y a recorrer la senda estrecha del desapego. Necesitamos fidelidad. Aprendemos a ser fieles solo a base de mantener la fidelidad a los momentos diarios de meditación y, durante estos,  a la recitación del mantra.

A partir de tu experiencia de esta fidelidad concreta, considera de nuevo lo que dice san Pedro: «Sed sensatos y vivid sobriamente para dedicaros a la oración. Ante todo, amaos intensamente unos a otros, pues el amor alcanza el perdón de muchos pecados. Practicad de buen grado unos con otros la hospitalidad. Cada uno ha recibido su don; ponedlo al servicio de los demás como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. El que habla, que lo haga conforme al mensaje de Dios; el que presta un servicio, hágalo con la fuerza que Dios le ha dispensado, a fin de que en todo Dios sea glorificado por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por siempre. Amén» (1 Pe 4, 7-11).(cf Nota 1)
 
Cumplimos nuestro destino, lo que en lenguaje cristiano es nuestra vocación, glorificando a Dios en todo lo que hacemos. Pero esto solo es posible de una forma realista si glorificamos a Dios en todo lo que somos. La meditación nos conduce hasta esa unidad en la que vivimos en plenitud y damos gloria a Dios, reflejando su propia gloria sencillamente siendo lo que somos, ahora.
 
John Main
 
 

INTRODUCCION A LA CONTEMPLACION - 2


Hablemos de oración contemplativa
 
 
·        Se trata de una oración “simple” y “para simples” (es lo primero que se me ocurre). Porque se trata sólo de “mirar”, de ponernos ante algo o alguien y “verlo”…

·        Normalmente son dos los obstáculos que nos impiden ver la realidad (cosas, acontecimientos, personas, Dios) tal como es.  Y ya las hemos señalado antes: nuestra mente (ideas preconcebidas, juicios, censuras, …) y nuestras emociones (miedos, deseos, inseguridades, etc).

·        En el camino de la oración contemplativa hemos de aprender a conocernos bien a nosotros mismos, nuestras creencias (para desmontarlas) nuestras  emociones (para controlarlas). 

·        Hemos de centramos en “darnos cuenta” (contemplar) de nuestras ideas y pensamientos.Para ello, hacemos  ejercicios de silencio y observamos como  nuestra mente nos crea sentimientos, y entorpece nuestra interiorización. En una palabra: nos quita la paz. 

·       La mente nos remite al pasado (cosas que nos han sucedido y cuyo recuerdo suscita en nosotros sentimientos felices o tristes) o al futuro (anhelos y deseos que nos inquietan –matan nuestra quietud-). Y para poner remedio a ese dominio de la mente solo nos queda “centrarnos en el presente, que es lo único que existe”…
 

·        ¿Cómo ejercitarnos en vivir el presente?  Lo hacemos echando mano de algo que estamos haciendo constantemente: respirar. En los ejercicios que hacemos nos centramos en la respiración.  Es algo que forma parte de la tradición espiritual de la humanidad. El aire, la respiración, nos pone en contacto con las realidades espirituales. El aire que entra y sale en y de nuestros pulmones nos remite al espíritu (Dios) que nos inunda e inhabita y desde nosotros también se manifiesta al mundo.

·        Dos textos bíblicos que todos conocemos y que nos remiten desde la Palabra de Dios a esa realidad de la respiración como “vida de Dios y del hombre”.

o   Génesis 2, 7:  “Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida”…

o   Juan 20, 19- 22: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio …,  sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo..

·        En los inicios de la oración contemplativa es bueno relajarse y centrarse sobre todo en la respiración como “puerta a la contemplación del presente"… y en "darnos cuenta" de cómo nuestra mente funciona alejándonos de "la presencia", bloqueando con sus ensoñaciones nuestra conciencia del “aquí y ahora”…
 

·        ¿Porqué es importante el "aquí y ahora" en la oración? Pues porque cuando nos ponemos ante el "Misterio" (Dios) hemos de hacerlo nosotros en lo que somos, y no en lo que pensamos o creemos que somos. Yo no soy una idea; tampoco Dios lo es. Por eso es importante aprender a hacernos presentes a nosotros mismos,  concentrarnos en nuestra realidad personal; y para eso hacemos una preparación con unos ejercicios de silencio contemplativo. Es lo que hacemos al sentarnos y simplemente respirar, escuchar sonidos, contemplar los pensamientos, etc... Son muy simples. Pero ¡creedme!, si los hacemos con asiduidad, experimentaremos su eficacia para situarnos en el presente del aquí y ahora; aunque no es esta “eficacia” lo que buscamos primordialmente sino el encuentro con el misterio que somos  y que nos habita.
 
Casto Acedo Noviembre 2017  

 

domingo, 20 de noviembre de 2016

INTRODUCCION A LA CONTEMPLACION - 1


Transcribo aquí las notas de la charla del primer día

·     Empezamos un camino; un camino de oración.  Es verdad que ya todos rezamos. De un modo u otro todos rezamos. Podríamos empezar por ahí, comunicando cada uno cómo y cuándo reza.  (tiempo para compartir)

·     Rezar –podríamos decir- es “estar-comunicar  con Dios”. Normalmente lo entendemos como un movimiento que va de mí mismo hacia Dios; y lo hago :
 
o   Con los labios (oración vocal: privada o litúrgica)
o   Con la mente (meditación: imagino a Dios; me situó ante Jesús)
o   En solitario (oración personal, íntima)
o   En común (oración comunitaria)

·        En todos los modos de oración podemos caer en un círculo llamado “rutina”… Los ritos son buenos y necesarios (me ahorran tener que pensarme y organizarme cada día), pero si degeneran en “rutinarismo” acaban por desfondarnos.  Se impone despertar la conciencia para vivir en profundidad todos los momentos de la vida.

·        He dicho “despertar la conciencia”… Y esta expresión nos puede introducir ya en lo que llamamos “oración contemplativa”, otro modo de oración común en y de nuestra tradición cristiana. Oración de contemplación es “orar desde la toma de conciencia de lo que somos y de dónde estamos”… Contemplar es “mirar”, “observar”… Como se observa una obra de arte, o un paisaje, o una puesta de sol… Contemplar es ver la realidad tal y como es, no “como creemos que es” o “como quisiéramos que fuera”. (Iremos comprendiendo esto con el tiempo, porque es difícil de explicar, por eso necesitamos contemplar).
 
·        Hoy sólo vamos a apuntar unas breves ideas. La primera es acerca de nosotros mismos, de nuestra persona.  Observar este cuadro que nos ofrece una visión del hombre muy cercana a la que santa Teresa nos da en el libro de Las moradas:

¿Cómo vivo?

 
o   En el centro aparece la palabra “DIOS”. Es un misterio. Pero así es: “Dios nos habita”, somos “inhabitados por el Espíritu Santo”; Dios es “interior intimo meo” (más dentro de mí que yo mismo).

o   También junto a Dios se señala el CENTRO PERSONAL DE MI SER(mi “yo profundo”, real).

o   En las afueras encontramos una palabras que nos remiten a otras realidades: Mente (yo mental), afectos y emociones (yo emocional), cuerpo (yo corporal-físico), ambiente (mis circunstancias).

· Vivir profundamente es vivir todos los aspectos de mi vida desde mi “yo profundo” (con Dios, desde Dios):
 
o    Situarme adecuadamente en mi ambiente geográfico y social,

o    Sentirme dueño de mi cuerpo, gozar de él y de mis sentidos,

o    Gestionar logradamente mis sentimientos, emociones, estados de ánimo,

o    Ser dueño de mis pensamientos (que no me dominen las obsesiones mentales)

o    Conocer mi “yo profundo”… donde habita Dios.

·   ¿Cómo lograr una vida así? Lo primero decir que “es un regalo de Dios”; no está en nuestras manos llegar a lograrla. Aunque sí se nos indica un camino para mostrar a Dios nuestra buena disposición (una ascesis, la práctica de unas virtudes, “comprar el billete de la lotería”, si no lo adquirimos Dios no suele dar el premio; pero también es cierto que el hecho de adquirirlo no nos garantiza que seremos premiados).

·   La ascesis o “virtud” va acompañada de muchas otras; nosotros hoy señalamos dos que creemos importantes:

* Primero humildad.  Dios no necesita de nosotros. Nosotros sí le necesitamos. Por tanto, ¡”somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer!”. Quien no se acerca así a la oración corre el peligro de desanimarse al no ver los frutos…
 
 * Segundo perseverancia. Tomar una “determinada determinación” de ponernos en ejercicio de oración con una disciplina a prueba de cansancios y sinsentidos.
 
Conclusión: este camino se inicia con estas dos premisas:  humildad (renuncia al os propios méritos y fuerzas, obediencia al proyecto que se propone) y perseverancia (Constancia, renuncia al "mariposeo" y a la discontinuidad, valorar el día a día de la práctica de la meditación).
 
¡Buen camino a todos!
Casto A.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Naamán, el sirio leproso.


Es importante ser perseverantes en la oración contemplativa. Esto no es un grupo de estudio más o menos práctico sobre la oración. Si no practicamos todos los días un rato -entre 15 y 30 minutos mínimo- de silencio contemplativo, estaremos perdiendo el tiempo. Seremos unos snobs en busca de experiencias insulsas.  No se trata de que pasemos por la oración  sino de que la oración  vaya pasando por nosotros cada día de la semana.

Texto del Libro segundo de los Reyes, cap 5.
¿Qué  enseñanzas  que nos interesan podemos sacar a partir de este texto bíblico?

o   Una lepra: incapacidad de vivir una vida lograda.
o    Un deseo: curarse
o   Una noticia –venida de una criada (desde la humildad): el Dios del  profeta Eliseo puede curarte.
o   Una partida: salir de Siria hacia Israel.
o   Unos miedos del rey de Israel. (El rey –hombre- no puede hacer nada).
o   Eliseo sale al paso y anuncia: Dios sí puede.
o   Un mandato aparentemente absurdo: lávate siete veces en el Jordán (un rito simple)
o   Una resistencia: mejores ríos hay en Siria (¿no hay mejores formas de acercarse a Dios?)
o   Confianza en un maestro (Eliseo)  que ni siquiera le recibe (pone a prueba su humildad)
o   Una fe (lo haré), una determinación, una perseverancia: 7 veces (siete es signo de plenitud:  todas las veces que haga falta)
o   Una curación: iluminación-conversión. “Ahora estoy convencido de que en toda la tierra no hay Dios, sino sólo en Israel!”
o   Un respeto a la fe de quien no comparte mi religión: acompaña a tu rey en su templo cuando vayas con él;  vete tranquilo”…
o   Gratuidad del don: Eliseo no acepta el pago.
o   Unos “falsos profetas”:  Guehazí, que quiere sacar provecho de “lo sagrado” (¡Cuidado con espiritualidades con las que se hace negocio!) 
o   Unas consecuencias de la comercialización del don: la oscuridad (lepra) se extiende a quien no se acerca al misterio con admiración y gratuidad.
Del libro segundo de los Reyes, cap. 5
 
 

Había un hombre llamado Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, muy estimado y favorecido por su rey, porque el Señor había dado la victoria a Siria por medio de él. Pero este hombre estaba enfermo de lepra.
 En una de las correrías de los sirios contra los israelitas, una muchachita fue hecha cautiva, y se quedó al servicio de la mujer de Naamán. Esta muchachita dijo a su ama:
—Si mi amo fuera a ver al profeta que está en Samaria, quedaría curado de su lepra.

 Naamán fue y le contó a su rey lo que había dicho aquella muchacha. Y el rey de Siria le respondió:

—Está bien, ve, que yo mandaré una carta al rey de Israel.

Entonces Naamán se fue. Tomó treinta mil monedas de plata, seis mil monedas de oro y diez mudas de ropa, y le llevó al rey de Israel la carta, que decía: «Cuando recibas esta carta, sabrás que envío a Naamán, uno de mis oficiales, para que lo sanes de su lepra.»

 Cuando el rey de Israel leyó la carta, se rasgó la ropa en señal de aflicción y dijo:

—¿Acaso soy Dios, que da la vida y la quita, para que éste me mande un hombre a que lo cure de su lepra? ¡Fíjense bien y verán que está buscando un pretexto contra mí!

 Al enterarse el profeta Eliseo de que el rey se había rasgado la ropa por aquella carta, le mandó a decir: «¿Por qué te has rasgado la ropa? Que venga ese hombre a verme, y sabrá que hay un profeta en Israel.»

Naamán fue, con su carro y sus caballos, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo.  Pero Eliseo envió un mensajero a que le dijera: «Ve y lávate siete veces en el río Jordán, y tu cuerpo quedará limpio de la lepra.»

Naamán se enfureció, y se fue diciendo:

—Yo pensé que iba a salir a recibirme, y que de pie iba a invocar al Señor su Dios, y que luego iba a mover su mano sobre la parte enferma, y que así me quitaría la lepra. ¿No son los ríos de Damasco, el Abaná y el Farfar, mejores que todos los ríos de Israel? ¿No podría yo haber ido a lavarme en ellos y quedar limpio?

Y muy enojado se fue de allí. Pero sus criados se acercaron a él y le dijeron:

—Señor, si el profeta le hubiera mandado hacer algo difícil, ¿no lo habría hecho usted? Pues con mayor razón si sólo le ha dicho que se lave usted y quedará limpio.

Naamán fue y se sumergió siete veces en el Jordán, según se lo había ordenado el profeta, y su carne se volvió como la de un jovencito, y quedó limpio. Entonces él y todos sus acompañantes fueron a ver a Eliseo. Al llegar ante él, Naamán le dijo:

—¡Ahora estoy convencido de que en toda la tierra no hay Dios, sino sólo en Israel! Por lo tanto, te ruego que aceptes un regalo de este servidor tuyo.

Pero Eliseo le contestó:

—Juro por el Señor, que me está viendo, que no lo aceptaré.

Y aunque Naamán insistió, Eliseo se negó a aceptarlo.  Entonces Naamán dijo:

—En ese caso permite que me lleve dos cargas de mula de tierra de Israel; porque este servidor tuyo no volverá a ofrecer holocaustos ni sacrificios a otros dioses, sino al Señor. Solamente ruego al Señor que me perdone una cosa: que cuando mi soberano vaya a adorar al templo de Rimón, y se apoye en mi brazo, y yo tenga que arrodillarme en ese templo, que el Señor me perdone por esto.

Eliseo le respondió:

—Vete tranquilo.

Naamán se fue de allí. Y cuando ya iba a cierta distancia,  Guehazí, el criado del profeta Eliseo, pensó: «Mi señor ha dejado ir a Naamán el sirio sin aceptar nada de lo que él trajo. Juro por el Señor que voy a seguirlo rápidamente, a ver qué puedo conseguir de él.»

Y se fue Guehazí tras Naamán; y cuando éste lo vio detrás de él, se bajó de su carro para recibirlo, y le preguntó:

—¿Pasa algo malo?

 —No, nada —contestó Guehazí—. Pero mi amo me ha enviado a decirle a usted que acaban de llegar dos profetas jóvenes, que vienen de los montes de Efraín, y ruega a usted que les dé tres mil monedas de plata y dos mudas de ropa.

Naamán respondió:

—Por favor, toma seis mil monedas de plata.

E insistiendo Naamán en que las aceptara, las metió en dos sacos junto con las dos mudas de ropa, y se lo entregó todo a dos de sus criados para que lo llevaran delante de Guehazí. Cuando llegaron a la colina, Guehazí tomó la plata que llevaban los criados, la guardó en la casa y los despidió.  Luego fue y se presentó ante su amo, y Eliseo le preguntó:

—¿De dónde vienes, Guehazí?

—Yo no he ido a ninguna parte —contestó Guehazí.

Pero Eliseo insistió:

—Cuando cierto hombre se bajó de su carro para recibirte, yo estaba allí contigo, en el pensamiento. Pero éste no es el momento de recibir dinero y mudas de ropa, ni de comprar huertos, viñedos, ovejas, bueyes, criados y criadas.  Por lo tanto, la lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre.

Y cuando Guehazí se separó de Eliseo, estaba tan leproso que se veía blanco como la nieve.
 
Que tengáis una buena semana.
Casto A.