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martes, 14 de enero de 2020

El silencio de Nazaret

 

 
En estos domingos posteriores a la Navidad el Evangelio nos va narrando los primeros pasos de Jesús al inicio de su vida pública.
Jesús pasa la mayor parte de su vida en el silencio de Nazaret.  Es lo que llamamos vida oculta. Son unos treinta años los que van desde su nacimiento hasta que, siendo bautizado por Juan, comienza a darse a conocer en la Sinagoga de su pueblo. Podríamos decir que nueve de cada diez partes de la vida de Jesús son de silencio.
¿Qué haría en esos años? ¿Cómo vivió Jesús ese largo periodo? Los evangelios nos dan una pista simple: “crecía en estatura, gracia y sabiduría ante Dios y ante los hombres”. (Lc 2,52), palabras que definen lo que se ve desde fuera. Pero ¿cómo viviría él mismo en su interior los días de su infancia, adolescencia, juventud y madurez personal?
Se me ocurre que la respuesta a esta pregunta es a la vez profunda y simple: Jesús vivió sus años de Nazaret en la normalidad de las costumbres de sus paisanos. “Semejante en todo a nosotros menos en el pecado” (Hb 4,14), fué y vivió su paso por el mundo en las mismas condiciones y situaciones que cualquiera de sus vecinos: sometimiento a sus padres, educación social y religiosa en la familia, asistencia a la sinagoga, trabajo, etc.

Los evangelios nos muestran de ese periodo su peregrinación a Jerusalén al cumplir los doce años, edad crucial en la que se reconocía el paso a la vida adulta de un judío. Vida normal, oculta, sencilla, silenciosa. Aprendiendo, dejándose conducir en todo lo humano y divino por sus padres y por las tradiciones de su comunidad.

Pero tanta normalidad debió ser vivida con el filtro de una mirada especialmente contemplativa. Contemplar es mirar, prestar atención, “empaparse” de lo que es y lo que ocurre en cada momento.
En su infancia debió Jesús sentir muy vivamente el amor de su padre José. Cuando más tarde hable de su Padre Dios ¿qué experiencia de padre estaría de fondo sino la de José? ¿Qué grado de amor humano estará de fondo en su memoria cuando predica el amor incondicional de Dios? José y María le amaron, y el niño y joven Jesús no fue ajeno sino consciente de ese amor; disfrutó en cada momento de la bendición que eran sus padres. Así luego hablará de un Padre misericordioso, con ternura más propia de una madre.
Imagino al jóven Jesús con los ojos abiertos, con una mirada capaz de aprender y admirarse, dispuesto a ver la presencia de Dios en los acontecimientos de cada día.

Así fue descubriendo la mano de su Padre Dios *en el misterio de la levadura mezclada en la masa que su madre hornea y que hace crecer el pan, *en la semilla que siembra el labrador y crece sin saber cómo, *en el pastor que cuida su rebaño y busca desesperadamente la oveja perdida hasta que la encuentra, *en el constructor que edifica su casa con buenos cimientos, *en la astucia de los administradores y negociantes, *en la libertad de los pájaros que ni siembran ni cosechan y Dios los alimenta, *en las flores, vestidas más hermosamente que ningún rey, etc...

Su mirada contemplativa (despierta) sobre las realidades que se le ofrecían en cada momento le enseña a ver a Dios en todas las cosas y los acontecimientos que cada día pasan ante él.
Eso es contemplar o tener espíritu contemplativo. Ensanchar la conciencia, verse uno mismo y a ver el mundo con una mirada amplia que supere y difumine la estrechez de miras del ego. Contemplar es  ver la realidad que es y acontece con los ojos abiertos, generosos, compasivos, de Dios;   algo que Jesús ejercitó en sus años de silencio.
Siendo contemplativo en la sencilla vida de Nazaret, fue Jesús tomando conciencia progresiva de su especial filiación divina.  Sintió a Dios como Padre, y al Padre como parte de sí mismo;  y sintió la presencia de la divinidad en la obra de la creación y en los acontecimientos de la historia; lo vio, como he dicho,  en las plantas, en la tierra, el agua, el fuego, la luz, en el hijo que abandona la casa del padre para luego volver, en la astucia del administrador sagaz, en el labrador que ve cómo crecen las espigas entre cizañas, etc.

Dejándose penetrar por la vida que le rodeaba, Jesús vio y sintió el Reino de Dios, el Todo que Dios es; y desde esta experiencia y visión de Dios en el día a día  tomó el lenguaje necesario para transmitir la buena noticia que había visto. Por eso, cuando predica, no lo hace con lenguaje discursivo o académico, sino con el lenguaje sencillo de la vida, invitando a todos a contemplarse a sí mismos y a contemplar al mundo como él mismo lo sintió y vivió, bajo el prisma de la mirada de Dios. 
 
* * *

“Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dirá Jesús en su momento (Jn 14,6). Contemplarte en Él, es entrar en el Camino, asegurarse en la Verdad y vivir de veras. *No hay otro camino que el que hay, el que tienes ante ti aquí y ahora. *No hay otra verdad que el silencio que te introduce en la docta ignorancia del “para venir a saberlo todo no quieras saber algo en nada” (San Juan de la Cruz). *Y no hay otra vida que la que es, la que se vive en el yo presente y renuncia a los engaños del ego obsesivo con el pasado ya inexistente o con el futuro incierto.
Jesús te enseña que la contemplación de las realidades presentes con la mirada de Dios es el único camino, la única sabiduría y la única vida.  Vivir el momento con la mirada de Dios.
C.A. Enero 2020   

sábado, 11 de enero de 2020

Contemplarme en el bautismo de Jesús

 
Acostumbramos a ver el bautismo como un simple un rito que justifica la celebración del nacimiento de un niño o niña. La excepción que es el bautismo de niños y niñas se ha transformado en regla. Hoy lo excepcional es el bautismo de alguna persona adulta.
Es una pena, porque nos perdemos el poder vivir en el rito mismo el significado profundo del bautismo.
Bautizarte es sumergirte, entrar en la profundidad silenciosa del agua  (símbolo del Espíritu) para hacer posible en ti el nacimiento a la vida nueva de Dios, que no es otro que renacer a tu naturaleza original despojada de adherencias ególatras.

Bautizarte es dejar que Dios ablande y suelte todo lo que te ata y te impide ser tú, es ahogar tu ego en las aguas del Espíritu y ver  la belleza de tu yo, imagen de Dios,  en todo su esplendor.

Bautizarte es pasar de las tinieblas a la luz, ser iluminado por el sol que te deja ver lo que en realidad eres: hijo de Dios.
Meditar es un ejercicio bautismal. Te detienes, prestas atención a tu interioridad, haces silencio y te sumerges en el todo de Dios. Ahí sueltas tus dogmatismos, tus prejuicios y tus caprichos. Y poco a poco va saliendo a la luz el “diamante de muy claro cristal” –así llama Teresa de Jesús al yo auténtico- que llevas dentro. Al meditar entras en las profundidades de tu alma y abres para ella las vías de la luz.
Al entrar en el silencioso baño de la meditación tu ego desaparece. Sólo quedas tú y la voz del Padre que te define y te  sostiene. “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”.
¿Qué es la vida espiritual, la meditación, sino un descenso con Cristoa las profundidades de tu alma donde empiezas a entender algo tan simple como que eres hijo de Dios?

Poco a poco Jesús tomó conciencia de su especial filiación divina, hasta gritar ¡Padre! en la cruz. Ese fue su bautismo (cf Mc 10,38). Descendió a las profundidades de la noche sin su ego, porque no lo tenía; pero llevó consigo el tuyo y el de todos. “Al que no conocía el pecado, Dios lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser  justificados en él”. (1 Cor 5,21). “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos justificados. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2,24).

Meditar es entrar con Cristo en el misterio de su bautismo, ahondar en su noche para salir triunfante en su día; meditar es dejar que Él cure tus heridas, aflojar tus resistencias a su amor.
 
* * *
Medita este misterio del bautismo. Entra en el Silencio. Cierra los ojos, no te dejes embaucar por tu ego que se niega a morir. No le des juego. Deja pasar tus pensamientos, controla tus inquietudes interiores recurriendo a la quietud corporal. Olvida tus apetencias y deseos.

Deja que el agua del Espíritu te vaya refrescando y envolviendo en el silencio. Quiere solo lo que Él quiera. Abandónate a Jesús. Entra en su bautismo. Él te lleva consigo. Con Él tus apegos se van desprendiendo, tus heridas se van curando. Jesús es medicina, Jesús es bálsamo.

Permanece ahí, en silencio y quietud, viviendo la inefable experiencia de ser nada menos que hijo de Dios. Jesús te regala ese amor.
Agradece a Jesús el don de su bautismo y pide la gracia de vivir el tuyo, tu iluminación. "Tu luz, Señor, nos hace ver la luz" (Salmo 35,10)
Feliz domingo.
 
* * * 
EVANGELIO 
(Mateo 3, 13-17)
En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
—«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».

Jesús le contestó:
—«Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere».

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:
—«Este es mi hijo, el amado, mi predilecto».
Casto Acedo. Enero 2020.

lunes, 6 de enero de 2020

Hemos visto salir su estrella

Los “sabios venidos de oriente” son toda una alegoría de la vida espiritual cristiana.
Parten de un lugar  lejano y ajeno al niño-Dios. Se dice que de oriente, donde existe toda una tradición espiritual, tradición de búsqueda de la sabiduría.
Son contemplativos. En el cielo estrellado, símbolo de la multiplicidad de caminos, han visto uno que les llama especialmente su atención: “Su estrella”. Y no dudan en dejar su zona de confort, su lugar de estancia,  sus materialidades, sus creencias,  sus ideas, para, en la noche,  encaminarse iluminados por la nueva luz que han descubierto.

La estrella no es la meta. Saben que la iluminación que procede de ella es solo un destello, un prefacio, un  pórtico para el encuentro con el Misterio. 
La estrella señala, es signo, que “les guíó hasta pararse encima de donde estaba el niño”. Ese niño es a la vez camino y meta; estar con él es el todo del caminonespiritual Por eso “se llenaron de inmensa alegría”, es decir, de plenitud.  

En la cueva de Belén, en las afueras de la población, alejado del ruido de la ciudad, “en la noche serena, la Palabra descendió desde los cielos” (Sb). Los magos, “cayendo de rodillas lo adoraron”. Adorar es poner el centro de la propia vida en el objeto de la adoración. La vida de estos buscadores tiene desde ese momento un nuevo centro. Ya no buscan estrellas, han encontrado  la luz de la que ellos mismos proceden, “Luz verdadera, de luz verdadera”. La divinidad se manifiesta en la humanidad de este niño.
Hay un acto de reconocimiento en las ofrendas de los magos: oro (reconocimiento de su realeza; el Reino de Dios, su Rey, ha venido), incienso (ofrenda propia de dioses, quemar todo en buen olor para alabanza y gloria del Niño-Dios) y mirra (perfume propio que indica la humanidad del Salvador, que en un acto de suprema humildad, estará dispuesto incluso a morir por amor; el perfume apunta al embalsamamiento de su cuerpo descolgado de la cruz).
Una vez vivida la experiencia, los sabios, dejando a un lado los caminos de Herodes, símbolo de todos los que intentan dinamitar la alegría de su encuentro, “se retiraron a  su tierra por otro camino”. Vuelven a su origen, pero de forma distinta. Sus. vidas serán las mismas, pero so lo en apariencia. El encuentro con la Luz de la que procede toda luz, da un sentido nuevo a todo.  
Mírate contemplativo como estos sabios. Si has visto salir “su estrella” no dudes en dejar las débiles lámparas del mundo y encaminarte hacia la “Luz de Luz”, Jesucristo.
 
FELIZ EPIFANÍA
(Día de la manifestación de Dios "para todos")
Casto Acedo. Epifanía 2020

viernes, 3 de enero de 2020

Sobre el tiempo (reflexión para el año nuevo)

 
Una reflexión de hace dos años. Para recordarlo quienes  ya éramos del grupo y animar a los que se añadieron después. ¡No te dejes esclavizar por el tiempo!
 
"¡No tengo tiempo!", "¡Se me echa el tiempo encima!", "¡Necesito más tiempo!", "¡Me agobia perder el tiempo!", "¡El tiempo se me acaba"... Estas y otras  muchas expresiones indican hasta qué punto somos "esclavos del tiempo"...
 
Y ante esta esclavitud, te digo que "Jesucristo ha redimido el tiempo". Por tanto, "como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: «En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé». Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación" (2 Cor 6,1-2). 

Ahora. Este es el tiempo. No digas que no tienes tiempo para Dios o, lo que es lo mismo, que no tienes tiempo para dedicarlo a tu crecimiento espiritual. Si tienes tiempo para la dispersión (diversión, estrés, desvivir-te) y no lo tienes para la concentración (oración, meditación, vivir-te), no vas por buen camino. 

El tiempo -repito- ha sido redimido por Jesucristo. No te dejes esclavizar por él. ¡Libérate de las prisas!

 
Sobre el tiempo
 
La noche del 31 de diciembre celebrábamos el final del año viejo y el inicio de uno nuevo.  Cena, campanadas, uvas, abrazos, sonrisas, deseos, … Como si concentrada en unas horas dejáramos atrás un pasado más o menos grato y anheláramos un futuro mejor.
 
Con nuestras celebraciones damos culto al tiempo con unos festivales que dedicamos a su dios –Cronos- al que a fin de cuentas nosotros mismos le damos el poder para que sea dueño de nuestros días, devorador implacable de nuestra libertad. 

¿Qué sentido tiene el tiempo para los que meditamos? Lo primero que se me ocurre decir es que en el ejercicio de la meditación insistimos mucho en “relájate, cierra los ojos, céntrate en la respiración… o en las sensaciones de tu cuerpo, o en percibir los ruidos que te rodean, o en tus emociones, etc..”; en el fondo, se nos invita con esto a situarnos en el tiempo presente, en el aquí y ahora de nosotros mismos.

¿Por qué? Sencillamente porque es lo único que existe: yo, aquí y ahora. Soy presencia. El pasado y el futuro, ciertamente, “son cosas que también existen”, es lo que nos dice san Agustín en su libro de las Confesiones, pero, matiza, cosas que existen en cuanto las traigo a mi memoria presente o las hago objetos mentales en mis previsiones de futuro.

Entonces ¿sólo existe el presente? Ampliemos lo dicho por San Agustín:

“Lo que es claro y manifiesto es que no existen los pasados ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pasado, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación).


Si me es permitido hablar de otro modo, veo ya los tres tiempos y confieso que los tres existen. Puede decirse también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre; dígase así, que yo no me ocupo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado. Porque pocas son las cosas que hablamos con propiedad, muchas las que decimos de modo impropio, pero que se sabe lo que queremos decir con ellas”.(Confesiones, Libro XI, cap XX, 26)

Bonita reflexión para la apertura del año. No nos vamos a enfadar –como dice el santo- por la forma en que hemos encadenado el tiempo a los ángulos de las agujas del reloj, o recluyéndolo en las casillas y páginas del calendario. Es una forma útil de organizar nuestro presente. Lo que sí es preocupante es la obsesión que el ego -nuestro yo falso y ficticio- tiene por evadirse del presente.
 

 
El ego y el tiempo

El ego vive del recuerdo selectivo e interesado del pasado y del sueño obsesivo por proyectar una imagen deslumbrante ante los demás. A tu ego le molesta el presente, porque el presente le sitúa ante lo que realmente eres, ni más ni menos; situado en quietud y silencio ante ti mismo no vale engañarte con nostalgias del pasado ni ensueños del futuro.

Al ego no le interesa el presente, porque es su muerte, ya que cuando estás en tu yo-presente se acaba su existencia. ¿Entiendes ahora por qué tu imaginación, cuando haces silencio meditativo, intenta una y otra vez sacarte de tu centro? ¿Entiendes ahora lo que quiero decir cuando afirmo que no nos gusta el silencio y la quietud porque no nos soportamos a nosotros mismos? Es tu ego, que se niega a morir. Sabe que cuando entras en quietud y calma, cuando te centras en ti mismo, en lo que eres de veras, en tu ser, él muere.

Al ego lo mata la verdadera humildad, que al decir de santa Teresa es “andar en verdad”; ser humilde es estar en tu ser real y no en el ego ficticio. Con la verdadera humildad el ego muere. Se entiende así que uno de los más importantes trabajos del meditador es ahondar en el aquí y ahora de lo que soy, en el ser, en el hacerme presente a mí mismo. El observador que es observado. Contemplativo. Ahí me descubro y me conozco. Ahí soy yo. Ahí alcanzo la cima de las virtudes: la humildad, vivir en mi yo real.

El "yo real" sólo es (existe) en el “carpe diem”. Esto del carpe diem es una expresión que se ha hecho muy popular en nuestro tiempo; pero una expresión engañosa si no la sabemos entender en el sentido que los antiguos le daban. Para los clásicos el dicho “Carpe diem, quam minimum credula postero; aprovecha el día, no confíes en el mañana" (Horacio, Odas 1,11) era una invitación a vivir la realidad presente trabajando el ser. Sin embargo, en una sociedad consumista y amante de la farándula y el postureo, la expresión se usa precisamente para todo lo contrario: para huir de la propia realidad y perderse en fantasías, para alejarse de uno mismo con sueños y modos de vida claramente inalcanzables. 

En sentido inverso a su significado original carpe diem se entiende hoy como evasión del aquí y del ahora, poniendo la felicidad en cosas que están fuera de ti, que te incitan a atraparlas, que tienes que desvivirte (¡qué palabra!) para lograrlas y que finalmente te alienan de ti mismo, porque dan alas al ego. Por desgracia, todas esas cosas a las que el ego aspira, son solo falsos señuelos de la felicidad, y si acaso da alguna felicidad poco sólida, escurridiza y volátil. Quien desea cada vez más caprichos termina ahogado por ese deseo insaciable.
 
 El carpe diem como "vivir en Presencia"
 
Más que “vivir el día” parece que lo que nuestra cultura desea es salir del presente, que el ego siempre considera un estorbo, e ir caminando hacia un mañana inexistente. Lo más contrario a una persona centrada en su yo es una persona dispersa, divertida en los reclamos que seducen al  ego. ¡Cuánta gente huyendo de sí mismo y cayendo en los brazos del consumo! Así somos: tontos felices que identifican felicidad con ego. 

¿Qué ocurre cuando ese ego, insaciable como Cronos, dios del tiempo,  no encuentra nada con qué saciarse o a nadie a quien devorar? Entonces suele reaccionar de dos modos: con violencia ante quienes considera los causantes de su desgracia o con un progresivo desprecio de sí mismo que deriva en sinsentido y depresión. ¡De alguna manera habrá que salir del estrés al que conducen los deseos insatisfechos! Y de esto sabríamos mucho si nos observáramos a nosotros mismos y nuestras reacciones.

Pero, dadas las fechas festivas, olvidemos tanta negatividad. ¿Qué sentido tiene toda fiesta? Hacer fiesta es celebrar el presente. En él estamos rememorando cosas del pasado, y proyectando con más o menos ilusión -¡qué palabra!, ilusión, ella misma se delata; ¿qué es una ilusión sino algo no existente y propio de ilusos?- seguir caminando en la línea que hasta ahora llevábamos. 

Vivamos el año nuevo con espíritu contemplativo; apliquemos el principio de “ser en el presente”. No es la cena de Nochevieja, ni las uvas ni el champán, ni el cotillón, lo que da la vida, lo que hace ser; eres tú cuando apartas tu ego (presunción, miedos, aires de grandeza, fantasías…) y dejas que fluya tu propia identidad, que no es tristeza y aburrimiento sino fiesta, alegría y libertad.



¡No dejes que el ego te agrie el presente! ¡Nada de nostalgias, nada de falsas ilusiones! Respira hondo, cierra los ojos, siéntete vivo, disfruta, felicita y abraza a los tuyos desde tu más profunda identidad; sonríe, baila,... en una palabra: celebra contemplativamente, siendo tú mism@, el nuevo año. Y que cada momento de tu “presente-futuro” sea para ti un auténtico y genuino “carpe diem”. 

Y no olvides que en tu presente está la Presencia. ¡Si conocieras el don de Dios!... Carpe diem, ¡vive el día!, vive en Presencia, vive en Cristo. 
 
FELIZ Y CONTEMPLATIVO 2020
 
Casto Acedo.. Enero 2019