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viernes, 10 de febrero de 2017

Dios es, eso basta. Adora y confía.


Transcribo los dos textos que en la última sesión de contemplación en común, nos sirvieron de referencia.
 
El primero es un fragmento de Sabiduría de un pobre, de Eloi Lecrerc. En él san Francisco habla al hermano León de la importancia de poner a Dios en el centro de la vida. No es Dios el que ha de girar en torno a nosotros; somos nosotros los que somos invitados a encontrar la vida mirándole a Él. Es la pureza de Dios la que, en última instancia, nos hace ser puros. A veces nos centramos en exceso en nuestros fallos y nos venimos abajo. Pero si miramos a Dios y ponemos en él, no en nuestros méritos, la esperanza, podremos levantar el vuelo con su ayuda y ver colmada nuestra vida.
 
 
Dios es, eso basta.
 
"Francisco se puso en camino al atardecer. Caminaba detrás del hermano León a través del bosque. Estaban acostumbrados los dos a estas caminatas silenciosas a través de la gran Naturaleza. Pasaron pronto las cuestas de un barranco, en cuyo fondo bramaba un torrente. El lugar era retirado y de una belleza salvaje y pura. El agua saltaba sobre las rocas, blanquísima y exultante, con breves relámpagos azules. Había en el ambiente un gran frescor que penetraba el suelo de los bosques vecinos. Unos enebros habían brotado entre las rocas por un lado y por otro y dominaban el borboteo del agua.
 
-¡Hermana agua! -gritó Francisco, acercándose al torrente-. Tu pureza canta la inocencia de Dios.
 
Saltando de una roca a otra, León atravesó corriendo el torrente. Francisco le siguió. Tardó más tiempo. León, que le esperaba de pie en la otra orilla, miraba cómo corría el agua limpia con rapidez sobre la arena dorada entre las masas grises de rocas. Cuando Francisco se le juntó, siguió en su actitud contemplativa. Parecía no poder desatarse de ese espectáculo. Francisco le miró y vio tristeza en su rostro.

-Tienes aire soñador -le dijo simplemente Francisco.

-¡Ay si pudiéramos tener un poco de esta pureza -respondió León- también nosotros conoceríamos la alegría loca y desbordante de nuestra hermana agua y su impulso irresistible!
 
Había en sus palabras una profunda nostalgia, y León miraba melancólicamente el torrente, que no cesaba de huir en su pureza inaprensible.
 
-Ven -le dijo Francisco, cogiéndole por el brazo. Empezaron los dos otra vez a andar. Después de un momento de silencio, Francisco preguntó a León:
 
-¿Sabes tú, hermano, lo que es la pureza de corazón?

-Es no tener ninguna falta que reprocharse -contestó León sin dudarlo.

-Entonces comprendo tu tristeza -dijo Francisco-, porque siempre hay algo que reprocharse.

-Sí -dijo León-, y eso es, precisamente, lo que me hace desesperar de llegar algún día a la pureza de corazón.

-¡Ah!, hermano León, créeme -contestó Francisco-, no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que El es, El, todo santidad. Dale gracias por El mismo. Es eso mismo, hermanito, tener puro el corazón. Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador es un sentimiento todavía humano, demasiado humano. Es preciso elevar tu mirada más alto, mucho más alto. Dios, la inmensidad de Dios y su inalterable esplendor. El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.
 
-Sin embargo, Dios reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad -observó León.
 
-Es verdad -respondió Francisco-. Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. El Señor no se deja arrebatar su gloria por nadie. El es el Señor, el Único, el Solo Santo. Pero coge al pobre por la mano, le saca de su barro y le hace sentar sobre los príncipes de su pueblo para que vea su gloria. Dios se hace entonces el azul de su alma. Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que El es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por Sí mismo, a causa de su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y es eso tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión.
 
-¿Y cómo hay que hacer? -preguntó León.

-Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre, aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.

León escuchaba gravemente, mientras andaba delante de su padre. Pero, a medida que avanzaba, sentía que su corazón se hacía ligero y que le invadía una gran paz.

 (ELOI LECRERC, sabiduría de un pobre)

 * * * *

El segundo texto es un poema de Theilard de Chardin, filósofo y teólogo que entiende que el mundo camina hacia un punto omega que es Cristo, el Hijo por cuya encarnación el Padre conduce todo a la plenitud. La oración  expresa esa primacía de Dios, cuyo poder transformador está ahí. Postrarse ante Él y dejarse llevar nos ayuda a relativizar los obstáculos que encontramos en nuestra realización personal.
 
 
Adora y confía
 
No te inquietes por las dificultades de la vida,
por sus altibajos,
por sus decepciones,
por su futuro más o menos sombrío.
 
Desea aquello que Dios desea.
Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades
el sacrificio de tu alma sencilla que,
pese a todo, acepta los designios
de su providencia.
 
Poco importa que te consideres un frustrado,
si Dios te considera plenamente realizado;
a su gusto.
Entrégate con confianza ciega en este Dios
que te quiere para Él.
Y que llegará hasta ti,
aunque no le veas nunca.
 
Piensa que te encuentras en sus manos,
más fuertemente sostenido,
cuando más decaído y triste te encuentres.
 
Vive feliz. Te lo suplico.
Vive en paz.
Que nada te turbe.
Que nada sea capaz de quitarte tu paz.
Ni el cansancio psíquico.
Ni tus fallos morales.

Haz que surja,
y conserva siempre sobre tu rostro,
una dulce sonrisa, reflejo de aquella
que el Señor continuamente te dirige.
 
Y en el fondo de tu alma coloca,
antes que nada,
como fuente de energía y criterio de verdad,
todo aquello que te llene de la paz de Dios.
 
Recuerda:
Todo aquello que te reprima e inquiete es falso.
Te lo aseguro
en nombre de las leyes de la vida
y de las promesas de Dios.
Por eso, cuando te sientas afligido, triste,
adora y confía.

(Teilhard de Chardin, sj )
 
 Casto Acedo. Febrero 2017.

viernes, 3 de febrero de 2017

ORACION Y VIDA (III)


ORACION Y VIDA (III) 

Invitación a la perseverancia en la oración desde unas consideraciones sobre el papel de la fe y las obras en la vida cristiana.
NOTA: Recordad que esto era un comentario en tres partes (aquí va la tercera) sobre la importancia de la oración contínua, su papel en la vida y acerca de la relación entre la vida espiritual (oración) y moral (acción).
Hay un texto de Meister Eckhart, autor espiritual del siglo XIV, que desded el momento en que lo leí em llamó la atención  Se trata de un texto llamativo  por la invitación que hace al meditador a centrar la mente más en el “ser” que en el “hacer".
Vivimos un tiempo y un mundo eminentemente prácticos, donde todo tiene que tener una utilidad, un “para qué”; éste “para qué” se mide siempre en claves prácticas, ya sea de beneficio económico o de bienestar físico o emocional. Esto de meditar ¿para qué sirve si no hay provecho palpable?, ¿para qué hacer un ejercicio de meditación si no voy a extraer de ello beneficios prácticos? Muchos buscan en la meditación lo que propiamente no es. ¡Fijaos hasta qué punto hemos llegado, que muchas empresas ofrecen a sus ejecutivos cursos fundados en técnicas de meditación orientadas a mejorar su rendimiento!
El texto que citábamos, y que viene a desenmascarar la falsa meditación utilitarista,  dice así: “La gente nunca debería pensar tanto en lo que tiene que hacer; tendrían que meditar más bien sobre lo que son”.O sea que el tiempo de la meditación debe orientarse al conocimiento del propio  “ser” antes que a la adquisición de unos criterios sobre las obras que hemos de realizar. Esto es chocante para nuestra cultura en la que el ser está fundado en el hacer. La razón de la vida es hacer cosas para obtener beneficios materiales;  trabajamos para adquirir bienes de consumo, y consumimos para seguir trabajando. La economía capitalista, que se mueve con la dialéctica de la producción y el consumo, ha entrado a formar parte de nuestro propio ser. Tanto es así que incluso realidades tan sagradas como la amistad, el amor, o incluso la familia y la misma fe (la meditación) llegamos a concebirlas como simples bienes de consumo.
Pues bien, según nuestra tradición cristiana, más importante que “hacer" cosas es “ser" yo mismo. Mi identidad  profunda no está en mi oficio o en mis títulos, en mi rentabilidad profesional, sino en mi “yo mismo”, en mi ser más íntimo. Tengo un valor más allá de lo que hago.
En cierta ocasión, estando Jesús  en casa de su amigo Lázaro, una de sus hermanas, María, aprovechó para  sentarse a sus pies y escucharlo. Mientras tanto,  su hermana Marta, no cesaba de trajinar por la casa (cf Lc 10,38-42). Llega un momento en que Marta no puede callar y presenta a Jesús su queja: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».Uno esperaría que Jesús le diera la razón. Sin embargo, lo que hace es poner en evidencia ese error tan común hoy, que consiste en pensar que el hacer es más importante que el ser: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».


Jesús no se muestra contrario a la actividad que Marta realiza, sino al “activismo”, a la inquietud, el desasosiego y la tensión con que lo hace: “Andas inquieta y preocupada”, es decir, no tienes quietud en tu ser, estás atada por pensamientos que te ocupan y te alejan de ti misma. El mismo reproche  que Marta hace a hacia María ("¡me ha dejado sola para servir!") esconde una cierta envidia y una no aceptación de su tarea. Marta hace las labores de casa sin convencimiento, como imposición, sin que la energía le salga de dentro, y esto la desquicia. Sin embargo, a María la contemplación a los pies de Jesús le produce sosiego y paz, quietud. Está aprendiendo  a ser; más aún, está siendo. A los  ojos de Marta su postura es de pasividad, sin embargo es Marta la que tiene el espíritu paralizado, muerto, incapaz de ser.
Sigue diciendo M. Eckhart en el texto que leíamos: “Si la gente y sus modos fueran buenos, sus obras podrían resplandecer mucho. Si tú eres justo, también tus obras son justas. Que no se pretenda fundamentar la santidad en el actuar; la santidad se debe fundamentar en el ser, porque las obras no nos santifican a nosotros sino que nosotros debemos santificar a las obras. Por santas que sean las obras, no nos santifican en absoluto en cuanto obras: sino en cuanto somos santos y poseemos el ser, en tanto santificamos todas nuestras obras, ya se trate de comer, de dormir, de estar en vigilia o de cualquier cosa que sea”. Creo que tras el ejemplo de Marta y María podemos comprender mejor esto.  

Y hay otros textos de la Escritura que vienen a decir lo mismo, como cuando Jesús dice:  “ No andéis agobiados … no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus problemas…  Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia” (cf Mt 6, 31-34). Fíjate en que -como en el caso de Marta- Jesús no dice que no se trabaje, sino que se ponga la búsqueda del Reino de Dios como prioritario; y ese Reino no es preocupación y estrés, "el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo" (Rm 14,17); lo malo no es el hacer -también nos debemos embarcar en el trabajo por el Reino-  sino el “hacer agobiante”, la preocupación, lo que no te deja ser porque te desquicia y enfurece.

Otro texto que podríamos citar es el conocido himno al amor de san Pablo (cf 1 Cor 13,1-13);  “Si  repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría…  El amor es paciente, es benigno, es servicial, etc…” . El himno, leído detenidamente dice que lo que define al amor no es lo que “hace” sino lo que “es”; sólo el “ser” (amor) da valor al “hacer” (obras). No son las obras las que nos santifican, sino nuestro amor el que santifica a las obras. Aunque diera todas mis riquezas a los pobres, si no lo hago desde mi ser, si no tengo amor, de nada me sirve.
Querido meditador:  te digo todo esto para que seas conscientes de la importancia de la práctica de la meditación. Sin despreciar el hecho de que pueda conducirnos a obrar cada día con más justicia, el valor de la meditación está en que  te conduce  a ser cada día más “tú mismo, aquí y a hora”, te lleva a conocerte más -con el tiempo sabrás que un mayor conocimiento y aceptación de Jesús en tu vida  te da un mayor conocimiento y aceptación de ti mismo- y a obrar con más libertad, sin imposiciones externas, desde el fondo de tu alma. Las obras del hombre libre no son tales cuando son motivadas por amenazas o seducciones del exterior; tampoco son libres cuando responden  al cumplimiento de una ley a la que se somete ciegamente; la acción que salva y justifica al hombre es  fruto de una decisión libre nacida y cultivada en  el interior más íntimo, en el hondón del "ser". 
Así pues, aquiétate unos minutos cada día, deja tus tareas, ponte a los pies del Maestro como María, acállate, escucha, y déjate inundar por la Presencia que da consistencia a tu silencio. Que la música callada de Dios te inunde. Si perseveras en la meditación llegará un día en que tu ser y tu hacer no  caminarán desconectados; Marta y María andarán juntas. A esto te conduce la meditación, a que tu vida sea toda contemplativa. Para llegar aquí la puerta y el camino es la oración perseverante.
Termino haciéndote partícipe de una oración-testimonio que a mí mismo me sirvió de mucho en su momento para animarme a la oración: 

Me levanté temprano una mañana,
y me lancé a aprovechar el día.
Tenía tantas cosas que hacer,
que no tuve tiempo para rezar.
Se me amontonaron los problemas
y todo se me volvía cada vez más difícil.
“¿Por qué no me ayuda Dios?” –me preguntaba.
Y él me respondió: “No me lo has pedido”.
Quería sentir la alegría y la belleza.

Pero el día continuó triste y sombrío.
Me preguntaba por qué Dios no me las había dado.
Y él me dijo: “Es que no me lo has pedido”.

Intenté abrirme paso hasta la presencia de Dios,
y probé todas mis llaves en la cerradura.
Y Dios me dijo suave y amorosamente:
“hijo mío, no has llamado a la puerta”.
Pero esta mañana me levanté temprano
y me tomé una pausa antes de arrostrar el día.

Tenía tantas cosas que hacer,
que tuve que tomarme tiempo para rezar.
¡Sea, pues, meditadores!
Perseverancia y esperanza.

Casto Acedo. castoacedo@gmail.com. Febrero 2017.

viernes, 20 de enero de 2017

ORACION Y VIDA (II)

 
ORACION Y VIDA (II) 

Invitación a la perseverancia en la oración desde unas consideraciones sobre el papel de la fe y las obras en la vida cristiana.
 
NOTA: un comentario en tres partes (aquí va la segunda) sobre la importancia de la oración contínua, su papel en la vida y acerca de la relación entre la vida espiritual (oración) y moral (acción).
 
Nuestra presencia en un grupo de oración cristiana tiene como objetivo conducirnos a una “vida en Cristo”; y aclarando diremos que en esta vida es tan importante y primero ser cristiano  (ser en Cristo) como vivir en cristiano, es decir, hacer lo que hizo y hace Jesús de Nazaret (vivir como Cristo). No podemos separar una cosa de la otra, evitando así la oposición que muchos han querido ver entre el profeta(que en la Biblia no es quien adivina el futuro, sino el hombre de la escucha, la acción y el compromiso con la justicia) y el místico (hombre de la contemplación).

Seguramente muchos de los que nos embarcamos en un proyecto de crecimiento en la interioridad, hemos sentido el dilema de elegir entre priorizar la oración o las obras, o hemos  tenido que superar ciertos escrúpulos y miedo a engañarnos a nosotros mismos cuando nos planteamos retiramos un momento de la vida activa (¡hay tanto que hacer!) para dedicamos a contemplar.  Nos da entonces la sensación de que el místico y el profeta que hay en nosotros entran en conflicto: ¿No son más importantes otras cosas que tengo entre manos? ¿No estaré haciendo de la oración una excusa para no encarar mi vida con realismo? ¿No responde mi deseo de orar  a la postura que K. Marx critica cuando dice que la religión es el opio del pueblo, una droga con la que se conforma y acalla ante las injusticias del mundo? ¿No seré, como dice S. Freud, un neurótico acomplejado que huye de la dura realidad refugiándose en la fe y la oración?

¡Hay que decir que tanto marxistas como freudianos han servido de correctivo a  muchos cristianos desde los cuales sus críticas hallan justificación. Pero dichas críticas no responden al estilo de vida que Cristo vivió y propone. Es verdad que Jesús perseveró dedicando mucho tiempo al retiro y la oración, pero a Jesús no le seguían porque oraba, sino por la justicia, misericordia y compasión que repartía.


Ahora bien, ¿de dónde le venía a Jesús la energía para poder realizar su misión? Sin duda alguna, de su unión con el Padre: “Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí …  Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,25.30). La intimidad del Hijo con el Padre se fortalece en la oración y se explicita en las obras de Dios. Basta echar un vistazo a los evangelios para darse cuenta de que el seguimiento de Jesús no es para quienes dan la espalda a la justicia, ni tampoco para los que el miedo a la vida encierra en su castillo de invierno esperando que amaine la tormenta.

El místico y el profeta caminan juntos. No son dos personas distintas que te habitan, sino una misma persona que ora y trabaja. No podemos olvidar que las grandes vocaciones proféticas se gestan en experiencias místicas (cf Is 6,1-13; Jr 1,4-10; Ez 1-3); por tanto, de principio, la vida contemplativa y la vida activa no se excluyen sino que se necesitan. Porque sin  la gracia de Dios es imposible vivir las exigencias de la vida cristiana (cf Mt 19,24-26) y, si no se viven sus exigencias, la misma vida de fe y oración queda en entredicho: "No todo el que me dice "Señor, Señor"  entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo" (Mt 7,21). 

Son importantes las buenas obras, pero no podemos olvidar que el hecho de orar con perseverancia, en sí mismo  es ya una obra que responde a un mandato del Señor (cf Lc 11,9-10; Mt 26,41; Col 4,2; etc); y además, ¿qué son las obras cristianas sino una explicitación de la voluntad del orante que desde la meditación se ha trabajado buscando la unión con la voluntad de Dios? Santa teresa explica  todo esto remitiéndose a  dos figuras evangélicas: “Marta y María han de andar juntas” (7 M 4,12), la oración y la acción son inseparables.




Discernir mi oración
 
Así pues, no tengamos miedo a orar; pero tampoco tengamos miedo a discernir la autenticidad de nuestra oración. ¿Cómo?  Es muy fácil si tenemos el valor de mirar desde cierta distancia  nuestros propios pensamientos y acciones  siendo "un observador que se observa". Luego, sólo falta responder con sinceridad a unas preguntas muy simples:  

En mis tiempos de oración busco la relación con Dios, y esta relación no la puedo medir objetivamente con  la claridad que desearía; pero como el amor de Dios no lo puedo separar del amor al prójimo y del amor a mí mismo, me pregunto:

·        ¿Voy sintiendo una mayor aceptación de mí mismo, superando complejos, perdiendo miedos, ganando en autoestima y consideración de mí mismo, queriéndome  tal como soy, con mis limitaciones y errores?

·        Mi relación con los otros (familia, vecinos, compañeros de trabajo, de estudios, de vida…) ¿va perdiendo la dureza que tal vez antes tenía? ¿Me siento más potente y  libre para acercarme a ellos? ¿Me tocan la interioridad y me mueve a actuar las situaciones de injusticia que detecto en mi ambiente y en el mundo?  Es importante que te des cuenta de que la mejora de tu relación con Dios sólo es posible desde la mejora de la relación con  tu prójimo.

·        Finalmente, con respecto a la cuestión de si estás más cerca de Dios o no, decirte que tras la consideración de las dos cuestiones anteriores la pregunta y su respuesta son aquí superfluas. El árbol bueno da frutos buenos, y de la abundancia del corazón habla la boca (cf Mt 12,33-34). Cuando quieras progresar en  tu relación con Dios trabájate en crecer en la relación contigo mismo y con los otros. A ellos y a ti te puedes acercar por propia voluntad, la cercanía de Dios es gracia.

Para poner nota a nuestra oración, para leer el progreso o retroceso en el camino que has iniciado basta, según lo dicho, con observar los efectos que la práctica de la meditación va produciendo en tu corazón. Si éstos son positivos, no abandones la práctica. En un mundo donde el activismo, las prisas y los resultados parecen la prioridad, no conviene abandonar la buena meditación. Es una pérdida de tiempo!, te dirán. ¿Acaso no  es mayor pérdida el caudal de tiempo que dedicamos a uniformar nuestras mentes consumistas, peor aún, conformistas, extasiándonos ante el televisor?

Discernir mi acción

Tu vida de acción es importante, pero no tanto por lo que haces cuanto por la fuente desde donde lo haces. Ahondar y tomar conciencia de esto es fruto de la meditación.  Porque puedes  actuar simplemente movido por  la ley moral que te impele a actuar, lo cual no está del todo mal, pero es humanamente poco gratificante; también puede que te nuevas por el sometimiento a tu ego,  que quiere dar una imagen de buena persona cumplidora y solidaria; o simplemente puede que actúes para evitar el malestar que sientes cuando tu conciencia te acusa de inacción. Al final, haces las cosas, pero en el fondo la vida que llevas no te satisface.

La meditación te ayuda a entrar en ti mismo, a conocerte en el espejo de Dios (algún día explicaremos esto más detalladamente), a ver con claridad quién eres y lo que estás llamado a hacer. Y desde dentro, no por reacción ante estímulos externos, sino por la dinámica de tu propio ser, la meditación te ayuda a  actuar obrando aquello que sea lo adecuado a tu propia vocación.

En la comunidad “hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu;  hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor;  y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.  Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.  ... El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor 12, 4.7-11).

 
Cada uno, pues, está llamado a actuar desde su vocación personal para el bien de la comunidad. Hallar tu sitio es importante. Cuando lo encuentras –y repito que a ello te ayuda la oración- comienzas a ser y actuar tú mismo, sin celos, sin envidias, sin complejos… Si otros reciben un carisma más llamativo no te molesta, si parecen más comprometidos que tú, no envidias, si algunos no entiende tu modo de obrar cristiano, no te preocupa;  “El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”;  tú realizas la tarea a la que te sientes llamado por el Espíritu desde el hondón de tu ser, y eso es lo único importante.

Tal vez tu llamada no es para nada espectacular, ¿hay algo menos espectacular que la vida de oración contemplativa de monjes y monjas de clausura? ¿Es muy significativa la tarea de quien renuncia a un trabajo para poder cuidar a sus padres ancianos? ¿Publican los periódicos noticias de personas que día a día hacen bien su trabajo?... También estos, como los políticos, los dirigentes sindicales, los que adornan con su testimonio de bondad los medios de comunicación, repito, también estos que no brillan tanto (posiblemente estés entre ellos), colaboran al bien común de la humanidad. 

“Hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos”, dice san Pablo. La meditación te ayuda a tomar conciencia de que eres parte de un todo; y en ese todo tienes una misión, una tarea que realizar. Todas son importantes, todas necesarias. El criterio para saber si tus obras son valiosas a los ojos de Dios lo tienes en el impulso que te hace trabajar y hacer: ¿Tu ego? ¿Tus miedos? ¿Tu imagen?... ¿O el bien común, el hecho de sentirte unido a los demás  en “un mismo Señor que obra todo en todos”?
Compartiendo desde dentro con vosotros, os digo que llevar este grupo de oración hacia adelante ha suscitado en mí ciertos escrúpulos acerca de si no estaré apoyando una iglesia que huye del mundo. Y os he añadido que hay algo que me consuela sobremanera y me ayuda a discernir; se trata del hecho de que entre los que compartimos nuestras reflexiones sobre la contemplación  y practicamos momentos de silencio en común, sois muchos los que estáis implicados en  tareas de Iglesia como catequesis o Cáritas, o en otras asociaciones, como el Centro de Escucha, movimiento Pro-vida, etc. Puede que alguno no esté implicado en nada de eso, pero seguro que su misma vida de familia, vecindad,  trabajo, etc.  se siente interpelada e iluminada desde la oración. ¡Es importante no perder la unidad entre nuestros silencio meditativo y nuestra vida común!

 

“Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16). Si con la práctica de la meditación te sientes más tú mismo, si sientes más tuyos a los demás, si tu trabajo, tu vida de familia y vecindad y tu  dedicación a tareas de servicio voluntario, los vives de modo más satisfactorios; si tu vida la vas viviendo más desde dentro y te importan cada vez menos las imposiciones y el qué dirán de fuera,  ¡enhorabuena! Tus obras están respondiendo a tu oración, y tu oración es buena.
 
* * * * * * *
Ánimo y no ceséis  en la práctica del silencio meditativo. Son importantes las buenas obras. Pero no olvidéis que meditar también es una obra buena que cada uno de nosotros nos autoregalamos directamente e indirectamente regalamos a todos los que se benefician de nuestra cercanía.
 
Casto Acedo. castoacedo@hotmail.com. Abril 2018
 
 
 
 

sábado, 14 de enero de 2017

ORACION Y VIDA (I)

 
 
PERSEVERANCIA (I) 

Invitación a la perseverancia en la oración desde unas consideraciones sobre el papel de la fe y las obras en la vida cristiana.
 
NOTA: Ofrezco aquí un comentario en tres partes (aquí va la primera) sobre la importancia de la oración contínua, su papel en la vida y acerca de la relación entre la vida espiritual (oración) y moral (acción).
 
La invitación a la oración constante  es un mensaje reiterativo  en la espiritualidad cristiana. Baste remitirnos al mismo evangelio; en él se nos invita a entrar en oración  con el testimonio de Jesús, que ora en la montaña (Mt  14,23), sólo, aparte (Lc 9-18); incluso cuando todo el  mundo lo busca considera necesario dejar su “hacer” para “ser” con el Padre (Mt 1,37).


Sus discípulos le veían retirarse al silencio de la oración durante la noche. “Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios” (Lc 6,12). Asimismo, recomienda la oración a sus discípulos:“Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil” .(Mt 26,41) “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).

 También Jesús enseña cómo orar: padrenuestro (cf Mt 6,5-13), y anima a ser perseverantes en la oración recurriendo a unas parábolas: la del amigo inoportuno (cf Lc 11,5-12) y la del juez injusto y la viuda insistente: “Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer”  (cf Lc 18,1-8); por cierto, en la sentencia final de esta última parábola, al alabar a la viuda que no se cansó de insistir ante el juez,  pone en evidencia que la oración es un signo necesario de la fe: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18,8).

La invitación a entrar en oración recorre todo el Nuevo Testamento: Los apóstoles, tras la Ascensión “perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hch 1,14); y aconsejan: “Sed constantes en la oración; que ella os mantenga en vela, dando gracias a Dios” (Col 4,2; cf  1 Tes 5,17 ). La oración tiende a llenar la vida entera del discípulo de Jesús: “En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones” (1 Tes 1,2). Ese "en todo momento" ha sido siempre uno de los objetivos del buen meditador.
 

 
Además de los citados, podríamos reseñar  multitud de textos sobre el tema. Pero me quedo con el consejo de orar que san Pablo incluye en un contexto que bien puede servir de referencia para nuestro grupo de oración; porque no sólo meditando se hace un cristiano sino confrontando su oración con la globalidad de su “ser hijo de Dios” y “discípulo de Jesús”:
 
“Que vuestro amor no sea fingido; aborreciendo lo malo, apegaos a lo bueno. Amaos cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo;  en la actividad, no seáis negligentes; en el espíritu, manteneos fervorosos, sirviendo constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres; manteneos firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración; compartid las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad.  Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis.  Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios.  A nadie devolváis mal por mal. Procurad lo bueno ante toda la gente; En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo.  No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar a la justicia, pues está escrito: Mía es la venganza, yo daré lo merecido, dice el Señor. Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: actuando así amontonarás ascuas sobre su cabeza.  No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien” (Rm 12,9-21).

“Sed asiduos en la oración”.  Es un consejo que pasa desapercibido entre los otros que se citan. Pero no el menos importante, porque el cumplimiento de las obligaciones morales que se mencionan (vida exterior activa) caería en un sinsentido si no se ilumina desde la oración (vida interior contemplativa). 

La meditación unifica todas tus actividades  en torno a tu verdadero yo. Todo lo demás que se dice en el texto, encuentra sentido en la interioridad. Visto como una imposición sería imposible e insoportable seguir los consejos que se dan, pero desde el hondón de la persona, sentida la presencia de Dios en el núcleo de la persona, cada pieza del puzle de la vida va colocándose en su sitio. Cuando falta el punto de referencia esencial, el desorden está garantizado. Pero si en mi interior encuentro el Centro,  todo se organiza. “Por eso -dice san Pablo- doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior;  que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento" (Ef 3,14-19).  

El hombre interior es un "espacio". Puedes considerarte a ti  mismo como una gran tienda de campaña; "ensancha el espacio de tu tienda" (Is 54,2), para que quepa Dios y quepan todos los que viven contigo y todos los asuntos que te ocupan. Y persevera en la meditación, para que tu interioridad no sea una jaula de grillos, sino un jardín donde paseas cada día con tu Amado disfrutando al ver que cada persona y cosa ocupa su lugar en tu vida. 
 
Meditador: ¡persevera en la oración! Parece una simpleza, pero  es la herramienta más adecuada para recuperar la brújula de tu vida ordenando en ti todo lo que eres y tienes.
 
 
Casto Acedo. Enero 2018.