PERSEVERANCIA (I)
Invitación a la perseverancia en la oración desde unas consideraciones sobre el papel de la fe y las obras en la vida cristiana.
NOTA: Ofrezco aquí un comentario en tres partes (aquí va la primera) sobre la importancia de la oración contínua, su papel en la vida y acerca de la relación entre la vida espiritual (oración) y moral (acción).
La invitación a la oración constante es un mensaje reiterativo en la espiritualidad cristiana. Baste remitirnos al mismo evangelio; en él se nos invita a entrar en oración con el testimonio de Jesús, que ora en la montaña (Mt 14,23), sólo, aparte (Lc 9-18); incluso cuando todo el mundo lo busca considera necesario dejar su “hacer” para “ser” con el Padre (Mt 1,37).
Sus discípulos le veían retirarse al silencio de la oración durante la noche. “Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios” (Lc 6,12). Asimismo, recomienda la oración a sus discípulos:“Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil” .(Mt 26,41) “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).
También Jesús enseña cómo orar: padrenuestro (cf Mt 6,5-13), y anima a ser perseverantes en la oración recurriendo a unas parábolas: la del amigo inoportuno (cf Lc 11,5-12) y la del juez injusto y la viuda insistente: “Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer” (cf Lc 18,1-8); por cierto, en la sentencia final de esta última parábola, al alabar a la viuda que no se cansó de insistir ante el juez, pone en evidencia que la oración es un signo necesario de la fe: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18,8).
Sus discípulos le veían retirarse al silencio de la oración durante la noche. “Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios” (Lc 6,12). Asimismo, recomienda la oración a sus discípulos:“Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil” .(Mt 26,41) “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).
También Jesús enseña cómo orar: padrenuestro (cf Mt 6,5-13), y anima a ser perseverantes en la oración recurriendo a unas parábolas: la del amigo inoportuno (cf Lc 11,5-12) y la del juez injusto y la viuda insistente: “Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer” (cf Lc 18,1-8); por cierto, en la sentencia final de esta última parábola, al alabar a la viuda que no se cansó de insistir ante el juez, pone en evidencia que la oración es un signo necesario de la fe: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18,8).
La invitación a entrar en oración recorre todo el Nuevo Testamento: Los apóstoles, tras la Ascensión “perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hch 1,14); y aconsejan: “Sed constantes en la oración; que ella os mantenga en vela, dando gracias a Dios” (Col 4,2; cf 1 Tes 5,17 ). La oración tiende a llenar la vida entera del discípulo de Jesús: “En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones” (1 Tes 1,2). Ese "en todo momento" ha sido siempre uno de los objetivos del buen meditador.
Además de los citados, podríamos reseñar multitud de textos sobre el tema. Pero me quedo con el consejo de orar que san Pablo incluye en un contexto que bien puede servir de referencia para nuestro grupo de oración; porque no sólo meditando se hace un cristiano sino confrontando su oración con la globalidad de su “ser hijo de Dios” y “discípulo de Jesús”:
“Que vuestro amor no sea fingido; aborreciendo lo malo, apegaos a lo bueno. Amaos cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo; en la actividad, no seáis negligentes; en el espíritu, manteneos fervorosos, sirviendo constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres; manteneos firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración; compartid las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis. Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios. A nadie devolváis mal por mal. Procurad lo bueno ante toda la gente; En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo. No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar a la justicia, pues está escrito: Mía es la venganza, yo daré lo merecido, dice el Señor. Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: actuando así amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien” (Rm 12,9-21).
“Sed asiduos en la oración”. Es un consejo que pasa desapercibido entre los otros que se citan. Pero no el menos importante, porque el cumplimiento de las obligaciones morales que se mencionan (vida exterior activa) caería en un sinsentido si no se ilumina desde la oración (vida interior contemplativa).
La meditación unifica todas tus actividades en torno a tu verdadero yo. Todo lo demás que se dice en el texto, encuentra sentido en la interioridad. Visto como una imposición sería imposible e insoportable seguir los consejos que se dan, pero desde el hondón de la persona, sentida la presencia de Dios en el núcleo de la persona, cada pieza del puzle de la vida va colocándose en su sitio. Cuando falta el punto de referencia esencial, el desorden está garantizado. Pero si en mi interior encuentro el Centro, todo se organiza. “Por eso -dice san Pablo- doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento" (Ef 3,14-19).
La meditación unifica todas tus actividades en torno a tu verdadero yo. Todo lo demás que se dice en el texto, encuentra sentido en la interioridad. Visto como una imposición sería imposible e insoportable seguir los consejos que se dan, pero desde el hondón de la persona, sentida la presencia de Dios en el núcleo de la persona, cada pieza del puzle de la vida va colocándose en su sitio. Cuando falta el punto de referencia esencial, el desorden está garantizado. Pero si en mi interior encuentro el Centro, todo se organiza. “Por eso -dice san Pablo- doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento" (Ef 3,14-19).
El hombre interior es un "espacio". Puedes considerarte a ti mismo como una gran tienda de campaña; "ensancha el espacio de tu tienda" (Is 54,2), para que quepa Dios y quepan todos los que viven contigo y todos los asuntos que te ocupan. Y persevera en la meditación, para que tu interioridad no sea una jaula de grillos, sino un jardín donde paseas cada día con tu Amado disfrutando al ver que cada persona y cosa ocupa su lugar en tu vida.
Meditador: ¡persevera en la oración! Parece una simpleza, pero es la herramienta más adecuada para recuperar la brújula de tu vida ordenando en ti todo lo que eres y tienes.
Casto Acedo. Enero 2018.


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