54.
QUE LA CONTEMPLACIÓN
AGRACIA AL HOMBRE CON SABIDURÍA Y EQUILIBRIO Y LE HACE ATRACTIVO EN CUERPO Y
ESPÍRITU
A medida que la persona madura en la obra de
la contemplación, descubrirá que este amor gobierna su comportamiento de una
manera conveniente tanto interna como externamente. Cuando la gracia atrae a un
hombre a la contemplación, parece transfigurarlo incluso físicamente de tal
forma que, aunque sea contrahecho por naturaleza, aparece cambiado y agradable
a la mirada. Toda su personalidad se vuelve tan atractiva, que las buenas
personas se honran y se deleitan estando en su compañía, fortalecidas por el
sentido de Dios que irradia de ellos.[1]
Haz, pues, lo que está de tu
parte y coopera con la gracia para conseguir este gran don, pues te enseñará cómo
el hombre que lo posee se sabe gobernar a sí mismo y todo lo que le atañe. Será
capaz incluso de discernir el carácter y temperamento de otros cuando sea
necesario. Sabrá cómo acomodarse a cualquiera (para asombro de todos), incluso
a los pecadores empedernidos, sin pecar él. La gracia de Dios actuará por él,
arrastrando a otros a desear ese mismo amor contemplativo que el Espíritu Santo
despierta en él. Su comportamiento y conversación serán ricos en sabiduría
espiritual, fuego y frutos de amor, pues hablará con una seguridad llena de
calma y desprovista de falsedad y del fingido servilismo de los hipócritas.
Hay quienes canalizan todas
sus energías físicas y espirituales para aprender a apoyar y rodear su
inseguridad con serviles sollozos y afectada piedad. Están más preocupados por
aparecer santos ante los hombres que por serlo ante Dios y ante sus ángeles.
Tales personas se encuentran más confusas y avergonzadas por un falso gesto o
por una falta de etiqueta en sociedad que por mil vanos pensamientos y feas
inclinaciones al pecado, intencionadamente estimulados o jugando perezosamente
con ellos, en la presencia de Dios y de sus ángeles. ¡Ah, Señor Dios! Una gran
dosis de humilde afectación denota ciertamente un corazón orgulloso.
Es cierto que una persona
verdaderamente humilde ha de conducirse con modestia en palabras y gestos,
reflejando la disposición de su corazón. Pero no puedo soportar una voz humilde
afectada, contraria a la sencillez natural de carácter. Si estamos diciendo la
verdad, usemos un sencillo y sincero tono de voz que esté acorde con la propia
personalidad. Una persona que, por naturaleza, tiene una voz franca y alta y
que de modo habitual musita en un cuchicheo a media voz -excepto, naturalmente,
si está enfermo o habla en privado a su confesor o en secreto a Dios- es
ciertamente un hipócrita. Poco importa que sea novicio o que tenga una gran
experiencia; es un hipócrita.
¿Qué más puedo decir sobre estos engaños traicioneros? Realmente, si el hombre no tiene la gracia de deshacerse de estos plañideros hipócritas, corre peligro. Pues entre el secreto orgullo de su corazón y la hipocresía de su conducta, el pobre desgraciado puede caer pronto en un terrible fracaso.
NOTAS
[1]
La persona virtuosa y amiga de Dios gana en belleza. En el Cántico
Espiritual de San Juan de la Cruz, hay varios pasajes donde se
dice que el alma, al unirse con Dios y llenarse de su amor, gana hermosura y atractivo espiritual. Un fragmento clave lo hallamos en la estrofa 36, donde el santo explica cómo el alma, al estar purificada y unida a
Dios, se embellece y se hace más digna de amor; y con el alma, ¿no embellecerá también el cuerpo como parte indisoluble del ser?:
“Esto tiene el amor donde hizo asiento, que siempre se quiere andar saboreando en sus gozos y dulzuras, que son el ejercicio de amar interior y exteriormente, como habemos dicho; todo lo cual hace por hacerse más semejante al Amado. Y así, dice luego: “Y vámonos a ver en tu hermosura”.
Que quiere decir: hagamos de manera
que por medio de este ejercicio de amor ya dicho lleguemos a vernos en tu
hermosura, esto es: que seamos semejantes en hermosura, y sea tu
hermosura de manera que, mirando el uno al otro, se parezca a ti en tu
hermosura, y se vea en tu hermosura, lo cual será transformándome a
mí en tu hermosura; y así te veré yo a ti en tu hermosura, y tú a
mí en tu hermosura; y tú te verás en mí en tu hermosura, y yo me
veré en ti en tu hermosura; y así parezca yo tú en tu hermosura y
parezcas tú yo en tu hermosura, y mi hermosura sea tu
hermosura, y tu hermosura mi hermosura; y seré yo tú en tu
hermosura, y serás tú yo en tu hermosura, porque tu hermosura misma será mi
hermosura.
Ante el hechizo de tanta hermosura el santo no puede resistirse a la creación poética. ¡Cuántas vece aparece "tu hermosura", que será "mi hermosura". Francisca de la Madre de Dios, carmelita descalza en Beas, refiere: “Preguntándole (el Santo) un dia a esta testigo en qué traía la oración, le dijo que en mirar la hermosura de Dios y holgarse de que la tuviese. Y el santo se alegró tanto de esto que algunos días decía cosas muy levantadas, que admiraban, de la hermosura de Dios, y así, llevado de este amor, hizo unas cinco canciones sobre esto”.
En la unión con Dios, recibe el alma una belleza y una gracia que la hacen "agradable y atractiva": En esta transformación el alma se hace hermosa y agradable a los ojos de Dios, como también en algún modo a los ojos de los hombres." Esto sugiere que la virtud y la unión con Dios embellecen a la persona de una manera que trasciende lo físico y se convierte en un atractivo espiritual para quienes le miran.

No hay comentarios:
Publicar un comentario