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viernes, 20 de enero de 2017

ORACION Y VIDA (II)

 
ORACION Y VIDA (II) 

Invitación a la perseverancia en la oración desde unas consideraciones sobre el papel de la fe y las obras en la vida cristiana.
 
NOTA: un comentario en tres partes (aquí va la segunda) sobre la importancia de la oración contínua, su papel en la vida y acerca de la relación entre la vida espiritual (oración) y moral (acción).
 
Nuestra presencia en un grupo de oración cristiana tiene como objetivo conducirnos a una “vida en Cristo”; y aclarando diremos que en esta vida es tan importante y primero ser cristiano  (ser en Cristo) como vivir en cristiano, es decir, hacer lo que hizo y hace Jesús de Nazaret (vivir como Cristo). No podemos separar una cosa de la otra, evitando así la oposición que muchos han querido ver entre el profeta(que en la Biblia no es quien adivina el futuro, sino el hombre de la escucha, la acción y el compromiso con la justicia) y el místico (hombre de la contemplación).

Seguramente muchos de los que nos embarcamos en un proyecto de crecimiento en la interioridad, hemos sentido el dilema de elegir entre priorizar la oración o las obras, o hemos  tenido que superar ciertos escrúpulos y miedo a engañarnos a nosotros mismos cuando nos planteamos retiramos un momento de la vida activa (¡hay tanto que hacer!) para dedicamos a contemplar.  Nos da entonces la sensación de que el místico y el profeta que hay en nosotros entran en conflicto: ¿No son más importantes otras cosas que tengo entre manos? ¿No estaré haciendo de la oración una excusa para no encarar mi vida con realismo? ¿No responde mi deseo de orar  a la postura que K. Marx critica cuando dice que la religión es el opio del pueblo, una droga con la que se conforma y acalla ante las injusticias del mundo? ¿No seré, como dice S. Freud, un neurótico acomplejado que huye de la dura realidad refugiándose en la fe y la oración?

¡Hay que decir que tanto marxistas como freudianos han servido de correctivo a  muchos cristianos desde los cuales sus críticas hallan justificación. Pero dichas críticas no responden al estilo de vida que Cristo vivió y propone. Es verdad que Jesús perseveró dedicando mucho tiempo al retiro y la oración, pero a Jesús no le seguían porque oraba, sino por la justicia, misericordia y compasión que repartía.


Ahora bien, ¿de dónde le venía a Jesús la energía para poder realizar su misión? Sin duda alguna, de su unión con el Padre: “Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí …  Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,25.30). La intimidad del Hijo con el Padre se fortalece en la oración y se explicita en las obras de Dios. Basta echar un vistazo a los evangelios para darse cuenta de que el seguimiento de Jesús no es para quienes dan la espalda a la justicia, ni tampoco para los que el miedo a la vida encierra en su castillo de invierno esperando que amaine la tormenta.

El místico y el profeta caminan juntos. No son dos personas distintas que te habitan, sino una misma persona que ora y trabaja. No podemos olvidar que las grandes vocaciones proféticas se gestan en experiencias místicas (cf Is 6,1-13; Jr 1,4-10; Ez 1-3); por tanto, de principio, la vida contemplativa y la vida activa no se excluyen sino que se necesitan. Porque sin  la gracia de Dios es imposible vivir las exigencias de la vida cristiana (cf Mt 19,24-26) y, si no se viven sus exigencias, la misma vida de fe y oración queda en entredicho: "No todo el que me dice "Señor, Señor"  entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo" (Mt 7,21). 

Son importantes las buenas obras, pero no podemos olvidar que el hecho de orar con perseverancia, en sí mismo  es ya una obra que responde a un mandato del Señor (cf Lc 11,9-10; Mt 26,41; Col 4,2; etc); y además, ¿qué son las obras cristianas sino una explicitación de la voluntad del orante que desde la meditación se ha trabajado buscando la unión con la voluntad de Dios? Santa teresa explica  todo esto remitiéndose a  dos figuras evangélicas: “Marta y María han de andar juntas” (7 M 4,12), la oración y la acción son inseparables.




Discernir mi oración
 
Así pues, no tengamos miedo a orar; pero tampoco tengamos miedo a discernir la autenticidad de nuestra oración. ¿Cómo?  Es muy fácil si tenemos el valor de mirar desde cierta distancia  nuestros propios pensamientos y acciones  siendo "un observador que se observa". Luego, sólo falta responder con sinceridad a unas preguntas muy simples:  

En mis tiempos de oración busco la relación con Dios, y esta relación no la puedo medir objetivamente con  la claridad que desearía; pero como el amor de Dios no lo puedo separar del amor al prójimo y del amor a mí mismo, me pregunto:

·        ¿Voy sintiendo una mayor aceptación de mí mismo, superando complejos, perdiendo miedos, ganando en autoestima y consideración de mí mismo, queriéndome  tal como soy, con mis limitaciones y errores?

·        Mi relación con los otros (familia, vecinos, compañeros de trabajo, de estudios, de vida…) ¿va perdiendo la dureza que tal vez antes tenía? ¿Me siento más potente y  libre para acercarme a ellos? ¿Me tocan la interioridad y me mueve a actuar las situaciones de injusticia que detecto en mi ambiente y en el mundo?  Es importante que te des cuenta de que la mejora de tu relación con Dios sólo es posible desde la mejora de la relación con  tu prójimo.

·        Finalmente, con respecto a la cuestión de si estás más cerca de Dios o no, decirte que tras la consideración de las dos cuestiones anteriores la pregunta y su respuesta son aquí superfluas. El árbol bueno da frutos buenos, y de la abundancia del corazón habla la boca (cf Mt 12,33-34). Cuando quieras progresar en  tu relación con Dios trabájate en crecer en la relación contigo mismo y con los otros. A ellos y a ti te puedes acercar por propia voluntad, la cercanía de Dios es gracia.

Para poner nota a nuestra oración, para leer el progreso o retroceso en el camino que has iniciado basta, según lo dicho, con observar los efectos que la práctica de la meditación va produciendo en tu corazón. Si éstos son positivos, no abandones la práctica. En un mundo donde el activismo, las prisas y los resultados parecen la prioridad, no conviene abandonar la buena meditación. Es una pérdida de tiempo!, te dirán. ¿Acaso no  es mayor pérdida el caudal de tiempo que dedicamos a uniformar nuestras mentes consumistas, peor aún, conformistas, extasiándonos ante el televisor?

Discernir mi acción

Tu vida de acción es importante, pero no tanto por lo que haces cuanto por la fuente desde donde lo haces. Ahondar y tomar conciencia de esto es fruto de la meditación.  Porque puedes  actuar simplemente movido por  la ley moral que te impele a actuar, lo cual no está del todo mal, pero es humanamente poco gratificante; también puede que te nuevas por el sometimiento a tu ego,  que quiere dar una imagen de buena persona cumplidora y solidaria; o simplemente puede que actúes para evitar el malestar que sientes cuando tu conciencia te acusa de inacción. Al final, haces las cosas, pero en el fondo la vida que llevas no te satisface.

La meditación te ayuda a entrar en ti mismo, a conocerte en el espejo de Dios (algún día explicaremos esto más detalladamente), a ver con claridad quién eres y lo que estás llamado a hacer. Y desde dentro, no por reacción ante estímulos externos, sino por la dinámica de tu propio ser, la meditación te ayuda a  actuar obrando aquello que sea lo adecuado a tu propia vocación.

En la comunidad hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu;  hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor;  y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.  Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.  ... El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Cor 12, 4.7-11).

 
Cada uno, pues, está llamado a actuar desde su vocación personal para el bien de la comunidad. Hallar tu sitio es importante. Cuando lo encuentras –y repito que a ello te ayuda la oración- comienzas a ser y actuar tú mismo, sin celos, sin envidias, sin complejos… Si otros reciben un carisma más llamativo no te molesta, si parecen más comprometidos que tú, no envidias, si algunos no entiende tu modo de obrar cristiano, no te preocupa;  El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere”;  tú realizas la tarea a la que te sientes llamado por el Espíritu desde el hondón de tu ser, y eso es lo único importante.

Tal vez tu llamada no es para nada espectacular, ¿hay algo menos espectacular que la vida de oración contemplativa de monjes y monjas de clausura? ¿Es muy significativa la tarea de quien renuncia a un trabajo para poder cuidar a sus padres ancianos? ¿Publican los periódicos noticias de personas que día a día hacen bien su trabajo?... También estos, como los políticos, los dirigentes sindicales, los que adornan con su testimonio de bondad los medios de comunicación, repito, también estos que no brillan tanto (posiblemente estés entre ellos), colaboran al bien común de la humanidad. 

Hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos”, dice san Pablo. La meditación te ayuda a tomar conciencia de que eres parte de un todo; y en ese todo tienes una misión, una tarea que realizar. Todas son importantes, todas necesarias. El criterio para saber si tus obras son valiosas a los ojos de Dios lo tienes en el impulso que te hace trabajar y hacer: ¿Tu ego? ¿Tus miedos? ¿Tu imagen?... ¿O el bien común, el hecho de sentirte unido a los demás  en “un mismo Señor que obra todo en todos”?
Compartiendo desde dentro con vosotros, os digo que llevar este grupo de oración hacia adelante ha suscitado en mí ciertos escrúpulos acerca de si no estaré apoyando una iglesia que huye del mundo. Y os he añadido que hay algo que me consuela sobremanera y me ayuda a discernir; se trata del hecho de que entre los que compartimos nuestras reflexiones sobre la contemplación  y practicamos momentos de silencio en común, sois muchos los que estáis implicados en  tareas de Iglesia como catequesis o Cáritas, o en otras asociaciones, como el Centro de Escucha, movimiento Pro-vida, etc. Puede que alguno no esté implicado en nada de eso, pero seguro que su misma vida de familia, vecindad,  trabajo, etc.  se siente interpelada e iluminada desde la oración. ¡Es importante no perder la unidad entre nuestros silencio meditativo y nuestra vida común!

 

“Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16). Si con la práctica de la meditación te sientes más tú mismo, si sientes más tuyos a los demás, si tu trabajo, tu vida de familia y vecindad y tu  dedicación a tareas de servicio voluntario, los vives de modo más satisfactorios; si tu vida la vas viviendo más desde dentro y te importan cada vez menos las imposiciones y el qué dirán de fuera,  ¡enhorabuena! Tus obras están respondiendo a tu oración, y tu oración es buena.
 
* * * * * * *
Ánimo y no ceséis  en la práctica del silencio meditativo. Son importantes las buenas obras. Pero no olvidéis que meditar también es una obra buena que cada uno de nosotros nos autoregalamos directamente e indirectamente regalamos a todos los que se benefician de nuestra cercanía.
 
Casto Acedo. castoacedo@hotmail.com. Abril 2018
 
 
 
 

sábado, 14 de enero de 2017

ORACION Y VIDA (I)

 
 
PERSEVERANCIA (I) 

Invitación a la perseverancia en la oración desde unas consideraciones sobre el papel de la fe y las obras en la vida cristiana.
 
NOTA: Ofrezco aquí un comentario en tres partes (aquí va la primera) sobre la importancia de la oración contínua, su papel en la vida y acerca de la relación entre la vida espiritual (oración) y moral (acción).
 
La invitación a la oración constante  es un mensaje reiterativo  en la espiritualidad cristiana. Baste remitirnos al mismo evangelio; en él se nos invita a entrar en oración  con el testimonio de Jesús, que ora en la montaña (Mt  14,23), sólo, aparte (Lc 9-18); incluso cuando todo el  mundo lo busca considera necesario dejar su “hacer” para “ser” con el Padre (Mt 1,37).


Sus discípulos le veían retirarse al silencio de la oración durante la noche. “Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios” (Lc 6,12). Asimismo, recomienda la oración a sus discípulos:Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil” .(Mt 26,41) “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).

 También Jesús enseña cómo orar: padrenuestro (cf Mt 6,5-13), y anima a ser perseverantes en la oración recurriendo a unas parábolas: la del amigo inoportuno (cf Lc 11,5-12) y la del juez injusto y la viuda insistente: “Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer”  (cf Lc 18,1-8); por cierto, en la sentencia final de esta última parábola, al alabar a la viuda que no se cansó de insistir ante el juez,  pone en evidencia que la oración es un signo necesario de la fe: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18,8).

La invitación a entrar en oración recorre todo el Nuevo Testamento: Los apóstoles, tras la Ascensión “perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hch 1,14); y aconsejan: “Sed constantes en la oración; que ella os mantenga en vela, dando gracias a Dios” (Col 4,2; cf  1 Tes 5,17 ). La oración tiende a llenar la vida entera del discípulo de Jesús: “En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones” (1 Tes 1,2). Ese "en todo momento" ha sido siempre uno de los objetivos del buen meditador.
 

 
Además de los citados, podríamos reseñar  multitud de textos sobre el tema. Pero me quedo con el consejo de orar que san Pablo incluye en un contexto que bien puede servir de referencia para nuestro grupo de oración; porque no sólo meditando se hace un cristiano sino confrontando su oración con la globalidad de su “ser hijo de Dios” y “discípulo de Jesús”:
 
“Que vuestro amor no sea fingido; aborreciendo lo malo, apegaos a lo bueno. Amaos cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo;  en la actividad, no seáis negligentes; en el espíritu, manteneos fervorosos, sirviendo constantemente al Señor. Que la esperanza os tenga alegres; manteneos firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración; compartid las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad.  Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis.  Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios.  A nadie devolváis mal por mal. Procurad lo bueno ante toda la gente; En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo.  No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar a la justicia, pues está escrito: Mía es la venganza, yo daré lo merecido, dice el Señor. Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: actuando así amontonarás ascuas sobre su cabeza.  No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien” (Rm 12,9-21).

“Sed asiduos en la oración”.  Es un consejo que pasa desapercibido entre los otros que se citan. Pero no el menos importante, porque el cumplimiento de las obligaciones morales que se mencionan (vida exterior activa) caería en un sinsentido si no se ilumina desde la oración (vida interior contemplativa). 

La meditación unifica todas tus actividades  en torno a tu verdadero yo. Todo lo demás que se dice en el texto, encuentra sentido en la interioridad. Visto como una imposición sería imposible e insoportable seguir los consejos que se dan, pero desde el hondón de la persona, sentida la presencia de Dios en el núcleo de la persona, cada pieza del puzle de la vida va colocándose en su sitio. Cuando falta el punto de referencia esencial, el desorden está garantizado. Pero si en mi interior encuentro el Centro,  todo se organiza. “Por eso -dice san Pablo- doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior;  que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento" (Ef 3,14-19).  

El hombre interior es un "espacio". Puedes considerarte a ti  mismo como una gran tienda de campaña; "ensancha el espacio de tu tienda" (Is 54,2), para que quepa Dios y quepan todos los que viven contigo y todos los asuntos que te ocupan. Y persevera en la meditación, para que tu interioridad no sea una jaula de grillos, sino un jardín donde paseas cada día con tu Amado disfrutando al ver que cada persona y cosa ocupa su lugar en tu vida. 
 
Meditador: ¡persevera en la oración! Parece una simpleza, pero  es la herramienta más adecuada para recuperar la brújula de tu vida ordenando en ti todo lo que eres y tienes.
 
 
Casto Acedo. Enero 2018.   

sábado, 31 de diciembre de 2016

FELIZ AÑO 2018: Carpe diem, vive el presente.

 

La noche del 31 de diciembre celebramos el final del año viejo y el inicio de uno nuevo.  Cena, campanadas, pirotecnia, uvas, abrazos, sonrisas, deseos, … Como si concentrada en unas horas dejáramos atrás un pasado más o menos grato y anheláramos un futuro mejor. Con nuestras celebraciones damos culto al tiempo con unos festivales que dedicamos a su dios –Cronos- al que a fin de cuentas nosotros mismos hemos inventado y dado el poder de ser  dueño de nuestros días, devorador implacable de nosotros, sus hijos. Pero ¿Qué sentido tiene el tiempo para los que meditamos?
 
Lo primero que se me ocurre  decir es que en el ejercicio de la meditación insistimos mucho en “relájate, cierra los ojos, céntrate en la respiración… o en las sensaciones de tu cuerpo, o en percibir los ruidos que te rodean, o en tus emociones, etc..”; en el fondo, se nos invita con esto a situarnos  en el tiempo presente, en el aquí y ahora de nosotros mismos.

¿Por qué? Sencillamente porque es lo único que existe: yo, aquí y ahora. Soy presencia. El pasado y el futuro, ciertamente, “son cosas que también existen”, es lo que nos dice san Agustín en su libro de las Confesiones, pero, matiza, cosas que existen en cuanto las traigo a mi memoria presente o las hago objetos mentales en mis previsiones de futuro.

Entonces ¿sólo existe el presente? Ampliemos lo dicho por San Agustín:

Lo que es claro y manifiesto es que no existen los pasados ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pasado, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación). Si me es permitido hablar de otro modo, veo ya los tres tiempos y confieso que los tres existen. Puede decirse también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre; dígase así, que yo no me ocupo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado. Porque pocas son las cosas que hablamos con propiedad, muchas las que decimos de modo impropio, pero que se sabe lo que queremos decir con ellas”.(Confesiones, Libro XI, cap XX, 26)
 
Bonita reflexión para cierre y apertura del año. No nos vamos a enfadar –como dice el santo- por la forma en que hemos encadenado el tiempo a los ángulos de las agujas del reloj, o recluyéndolo en las casillas y páginas del calendario. Es una forma útil de organizar nuestro presente. Lo que sí es preocupante es la obsesión que el ego -nuestro yo falso y ficticio-  tiene por evadirse del presente. El ego vive del recuerdo selectivo e interesado del pasado y del sueño obsesivo por proyectar una imagen deslumbrante ante los demás. A tu ego  le molesta el presente, porque el presente  le sitúa ante lo que realmente eres, ni más ni menos; situado en quietud y silencio ante ti mismo no vale engañarte con nostalgias del pasado ni ensueños del futuro. Al ego no le interesa el presente, porque es su muerte, ya que cuando estás en tu yo-presente se acaba su existencia. ¿Entiendes ahora por qué tu imaginación, cuando haces silencio meditativo, intenta una y otra vez sacarte de tu centro? ¿Entiendes ahora lo que quiero decir cuando afirmo que no nos gusta el silencio y la quietud porque no nos soportamos a nosotros mismos? Es tu  ego, que se niega a morir. Sabe que cuando entras en quietud y calma, cuando te centras en ti mismo, en lo que eres de veras, en tu ser, él muere.

Al ego lo mata la verdadera  humildad, que al decir de santa Teresa es “andar en verdad”; ser humilde es estar en tu ser real y no en el ego ficticio. Con la verdadera humildad el ego muere.  Se entiende así que uno de los más importantes  trabajos del meditador es ahondar en el aquí y ahora de lo que soy, en el ser, en el hacerme presente a mí mismo. El observador que es observado. Contemplativo. Ahí me descubro y me conozco. Ahí soy yo.Ahí alcanzo la cima de las virtudes: la humildad, vivir en mi yo real.


El "yo real" sólo es (existe) en el “carpe diem”. Esto del carpe diem es una expresión que se ha hecho muy popular en nuestro tiempo; pero una expresión engañosa si no  la sabemos entender en el sentido que los antiguos le daban. Para los clásicos el dicho “Carpe diem, quam minimum credula postero;  aprovecha el día, no confíes en el mañana" (Horacio, Odas 1,11) era una invitación a vivir la realidad presente  trabajando el ser. Sin embargo, en una sociedad consumista y amante de la farándula y el postureo, la expresión se  usa precisamente para todo lo contrario: para huir de la propia realidad y perderse en  fantasías, para alejarse de uno mismo con sueños y modos de vida claramente inalcanzables. En  sentido inverso a su significado original carpe diem se entiende hoy como evasión del aquí y del ahora, poniendo la felicidad en  cosas que están fuera de ti, que te incitan a atraparlas, que tienes que desvivirte (¡qué palabra!) para lograrlas y que finalmente te alienan de ti mismo, porque dan alas al ego.  Por desgracia, todas esas cosas a las que el ego aspira, son solo falsos señuelos de la felicidad, y si acaso da alguna felicidad poco sólida, escurridiza y volátil. Quien  desea cada vez más caprichos termina ahogándo por  ese deseo insaciable.

Más que “vivir el día” parece que lo que nuestra cultura desea es salir del presente, que el ego siempre considera un estorbo, e ir caminando hacia un mañana inexistente. Lo más contrario a una persona centrada en su yo es una persona dispersa, divertida en los reclamos que seducen al  ego. ¡Cuánta gente huyendo de sí mismo y cayendo en los brazos del consumo! Así somos: tontos felices que identifican felicidad con ego. ¿Qué ocurre cuando ese ego, insaciable como Cronos,  no encuentra nada con qué saciarse o a nadie a quien devorar? Entonces suele reaccionar de dos modos: con violencia ante quienes considera los causantes de su desgracia o con un progresivo desprecio de sí mismo que deriva en sinsentido y depresión. ¡De alguna manera habrá que salir del estrés al que conducen  los deseos insatisfechos! Y de esto sabríamos mucho si nos observáramos a nosotros mismos y nuestras reacciones.

Pero, dadas las fechas festivas, olvidemos tanta negatividad. ¿Qué sentido tiene toda fiesta? Hacer fiesta es celebrar el presente. En él estamos rememorando cosas del pasado, y proyectando con más o menos ilusión -¡qué palabra!, ilusión, ella misma se delata; ¿qué es una ilusión sino algo no existente y propio de ilusos?- seguir caminando en la línea que hasta ahora llevábamos. Vivamos la fiesta de fin de año como meditativos; apliquemos el principio de “ser en el presente”; no es la cena de Nochevieja, ni  las uvas ni el champán, ni el cotillón, lo que da la vida, lo que hace ser; eres tú cuando apartas tu ego (presunción, miedos, aires de grandeza, fantasías…) y dejas que fluya tu propia identidad, que no es tristeza y aburrimiento sino fiesta,  alegría y libertad.

¡No dejes que el ego te agrie estas fiestas! ¡Nada de nostalgias, nada de falsas ilusiones!  Respira hondo, cierra los ojos, siéntete vivo, disfruta la cena, felicita y abraza a los tuyos desde tu más profunda identidad; sonríe, baila,... en una palabra:  celebra contemplativamente, siendo tú mism@, el año Nuevo. Y que cada momento de tu “presente-futuro” sea para ti un auténtico y genuino “carpe diem”.  

Ah, y conste que eso de "estar en el presente" no es propiamente la meditación. Sólo su prefacio. Porque eres tú quien abraza el Misterio, no tu ego. ¡Si conocieras el don de Dios!...

 
Casto Acedo.
Diciembre 2017

miércoles, 28 de diciembre de 2016

NAVIDAD Y MEDITACION

 
1. LA NAVIDAD,
REGALO PARA CONTEMPLATIVOS
 
La Navidad invita a contemplar a Dios en lo insospechado, lo inaudito, lo incomprensible, lo inesperado. Uno podría esperar a Dios viniendo en gloria sobre las nubes como un guerrero, o naciendo en un Palacio desde el cual imponer el reino de su Padre. Pero no lo hace así. Estamos ante un Dios que se oculta a la mirada de los poderosos y bien educados, escondido a los sabios de este mundo, esquivo a los teólogos y huidizo a los escudriñadores de profecías.
 
Descubrir (ver, contemplar) su presencia sólo va a ser posible para los pobres, para aquellos que han realizado el camino del desapego, para los meditadores que en quietud y silencio se han despojado de su mirada analítica, calculadora, interesada y previsible.
 
La Navidad trae consigo un giro  en la “visión de Dios”. El peregrino que camina hacia Él se admira al saber que es Él quien viene a su encuentro; es más,  descubre que siempre ha estado con él en su camino: “¿Tanto tiempo con vosotros y aún no me conoces, Felipe? (Jn 14,9). El temeroso de Dios se sorprende al ver que sus miedos ante un Dios juez terrible se disipan junto al pesebre de Belén. El amante de la pureza legal se escandaliza y sorprende con un Dios que pone su trono en un establo.
 
Los que le esperaban hurgando en libros y previsiones mesiánicas no le reconocen. Falsos profetas y reyes, como  Herodes y sus consejeros, obcecados por lecturas erróneas del pasado y  obsesionados por el pánico a perder sus privilegios en un futuro incierto, se perdieron el presente de Dios.
 
Se impone un cambio de mirada; porque la Navidad es un regalo para contemplativos, para amantes de la quietud y el silencio, para los que abren sus ojos a la noche observando el cielo como los pastores (cf Lc 2,8-20),  siguiendo la luz de una estrella como los magos (cf Mt 2,1-12), o esperando pacientemente el momento de la iluminación que tarda en producirse, como Simeón y Ana, que solo alcanzan la visión en la ancianidad (cf Lc 2, 21-39).
 
Reconocer la venida del Salvador requiere un cambio de visión,  la “visión de Dios”, una nueva manera de mirar  que nos hará ver con ojos nuevos -los  de Dios- toda la realidad. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló”. (Is 9,2). Dios es luz, pero no el deslumbrante sol que ciega los ojos del hombre; viene pobre y anónimo precisamente para no deslumbrar, para iluminar sin romper el misterio mismo que es el hombre, para enseñar que a Dios no se le encuentra en espacios interestelares ni galaxias lejanas; Dios está en el corazón del hombre -encarnado- irradiando ahí nueva luz sobre las cosas y los acontecimientos.

Entrar en Belén, pues,  es entrar en "la interior bodega" que hay en ti, donde Dios y tú podéis encontraros y beber el vino de la fiesta.  En la intimidad con Él te conocerás  mejor incluso a ti mismo, porque "el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, el Nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación" (Vaticano II. Gaudium et Spes, 22)
 
 

2. "TU LUZ, SEÑOR,  NOS HACE VER LA LUZ",  Y NOS CAMBIA.
 
Con Jesús se inicia el tiempo de la fiesta y la luz. Ha llegado la “iluminación” que nos hace ver lo que por puro amor somos: hijos de Dios. Lo dice  san Juan en su evangelio:  La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió…  Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. (Jn 1,5.12). Les dio “ser hijos de Dios”.

El modo viejo de vivir, consecuencia del pecado del primer Adán  incitado al deseo de “ser como Dios” y que pretendió  sustituir la conciencia de Dios -la divina “ciencia del bien y del mal” (misericordia)- por los criterios del mundo, es restaurado por  Dios de modo paradójico: se encarnó como Nuevo Adán y aquello que se perdió por la desobediencia de Adán lo obtiene ahora la obediencia de Cristo (cf Rm 5,12-21) que nos justifica y nos hace  “ser dioses”;  es el nuevo modo  de ser y vivir que hace presente en nosotros el Niño. Dios “se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios” (San Ireneo), para hacernos partícipes de su divinidad, de su modo luminoso de ver la realidad, de su conciencia abierta que supera nuestra estrechez de conciencia.
 
Meditar es darnos cuenta de esto. Es poner el aceite y la mecha para que la luz se encienda en nosotros y transforme nuestro ser y existir. La meditación ayuda a tomar conciencia de la luz que es  Dios mismo. "Tu luz nos hace ver la luz" (Sal 35,10). Volverse a esa luz, contemplarla y dejarse iluminar por ella es lo que llamamos conversión, volver a Dios. Y esta vuelta produce un cambio no solo en la visión de las cosas, sino también en la propia persona. Cuando una persona se convierte a la luz  solemos decir: “Es otro”.
 
Porque el meditador cristiano se transforma en el Cristo meditado. Cuando el ciego de nacimiento se cura, los demás no le reconocen;  “los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?».  Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo».  Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?. Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver»" (Jn 9, 8-11). En el ciego se había producido un cambio, y los otros lo notan. La luz no sólo da color a las cosas que nos rodean, sino que nuestra misma interioridad y nuestro mismo ser se iluminan de tal forma que los demás notan el cambio: “este es diferente, no es el mismo que antes”.  Y, ciertamente, estamos ante otro hombre, el hombre nuevo. Incluso físicamente notan el cambio quienes antes lo trataban.
 
El cambio de ser (interior) que opera la práctica de la meditación se deja notar en la exterioridad. El contemplativo, sin procurarlo, recibe unos beneficios como efecto de la meditación. Son los frutos de la NAVIDAD, de la luz que le hace ser distintos, una luz que hasta entonces no veía porque su conciencia estaba dormida, amodorrada, drogada por los resplandores del mundo. 

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Meditar es celebrar la Navidad, porque meditando te dispones a descubrir y vivir el nacimiento de la Luz en ti. Meditar es seguir la estrella y caminar hacia la iluminación que surge en Belén; meditar es entrar en conversión, recibir  la mirada nueva, el cambio de perspectiva;  meditar es un ejercicio bueno para despertar y “tomar conciencia de la realidad”, y, repetimos,  especialmente de una realidad muy gratificante: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. (1 Jn 3,1-3).

Así, pues, meditador: relájate, cierra los ojos, inspira y espira con serenidad, dibuja en tus labios una leve sonrisa como signo de apertura, y repite suavemente: "Soy hijo de Dios"
 

 
¡FELIZ NAVIDAD!
¡PERSEVERANTE Y FELIZ MEDITACION!
 
Casto Acedo. Diciembre 2017