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lunes, 2 de septiembre de 2024

NUBE DEL NO-SABER 41


41.

 QUE EN TODO, EXCEPTO EN LA CONTEMPLACIÓN, LA PERSONA HA DE SER MODERADA

 Si me preguntas ahora qué clase de moderación has de observar en la obra de la contemplación, te responderé lo siguiente: ninguna. En todo lo demás, como el comer, beber y dormir, la moderación es la regla. Evita los extremos de calor y frío; guárdate contra el exceso por más o por menos en la lectura, la oración o el compromiso social. En todas estas cosas, repito, sigue el sendero del medio.[1] Pero en el amor no guardes medida. En realidad, desearía que nunca cesaras en esta obra del amor.

Has de darte cuenta, en efecto, de que en esta vida te será imposible continuar en esta obra con la misma intensidad durante todo el tiempo. La enfermedad, los achaques del cuerpo y del espíritu y otras innumerables necesidades de la naturaleza te dejarán indispuesto y apartado de sus alturas. Al mismo tiempo, sin embargo, te aconsejo que te mantengas siempre con buen ánimo y si quieres, con alegría. Lo que quiero decir es que con el deseo puedes permanecer en ella aun cuando interfieran otras cosas.

Por amor de Dios, evita, pues, la enfermedad en cuanto te sea posible, a fin de que no seas responsable de una enfermedad innecesaria. Te hablo seriamente cuando digo que esta obra exige una disposición relajada, sana y vigorosa tanto de cuerpo como de espíritu. Por amor de Dios, disciplínate en el cuerpo y en el espíritu a fin de mantener tu salud el mayor tiempo posible.

 Pero si, a pesar de tus mejores esfuerzos, la enfermedad te domina, sé paciente en soportarla y espera con humildad la misericordia de Dios.[2] Esto basta. En efecto, tu paciencia en la enfermedad y en la aflicción puede ser a menudo más grata a Dios que los tiernos sentimientos de devoción en tiempos de salud

* * *

NOTAS 


[1] Es curioso que Nube cite el "sendero del medio", una expresión esta muy budista. Ya comentamos que este "en medio" era una invitación a no fijar la mirada en quien va más adelante que nosotros (en este caso de la moderación en el comer, el beber y el trabajo físico o entrega al servicio del prójimo), ni tampoco fijar tu mirada en quien aún no alcanza tu nivel de compromiso. El camino del medio es el de fijarte en ti, en tu momento, y mirarte en Jesucristo y en cómo alimentarte y cuidarte para mejor servirle a él y al prójimo. Desde esa mirada deberías organizarte en el cuidado de tu cuerpo a fin de cultivar la salud física. Pero, como dice Nube a continuación, en el amor no seas moderado.

[2] Cuando se está enfermo es claro que no apetece nada hacer oración contemplativa. No te culpes por ello. ¿Cómo centrarte en tu corazón cuando el dolor apremia? La enfermedad es una prueba de fuego desde la que evaluar el camino espiritual. Y hablo tanto de enfermedades físicas como psicológicas (depresión, desgana, dispersión mental excesiva, etc.). La enfermedad forma parte de las adversidades o cruces de la vida y pueden ayudarnos a tomar conciencia de nuestra debilidad y movernos a la humildad.

Quien lleva una vida ordinaria de oración y contemplación se supone que debería tener ciertos recursos espirituales para sobrellevar la enfermedad. Pero no necesariamente todos serán “faquires” que aguanten estoicamente el dolor. Las hagiografías, biografías de los santos, ofrecen unos testimonios a veces exagerados acerca de ellos afirmando a veces que no dejaban escapar de su corazón ni una queja ante el sufrimiento y el dolor en la enfermedad. Esto puede dar la impresión de que quien es espiritual debe alcanzar una apatía (apatheia, ausencia de pasión) tal que aguante estoicamente todo dolor y sufrimiento. 

No idealices esto. Los santos, como Jesús, tuvieron momentos en los que desahogaron su sufrimiento, aunque l amayor parte de ellos sin llegar a la blasfemia. Y si llegaron no tardaron en pedir perdón.  El mismo Jesús desahogó la incomprensión de su sufrimiento en la cruz: "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46). ¿Acaso piensas que esa expresión fue una ofensa a Dios? No. Más bien fue una confesión de su humanidad. Su corazón se mantuvo firme: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46). 

Cuando llega el sinsentido de la enfermedad pide fuerzas al Espíritu; y si tu mente o tu lengua cae en debilidad aprovecha para hacer un acto de fe y paciencia que te ayudarán a madurar en poco tiempo lo que en un banquito, silla o cojín de meditación te costaría años. 

Y seamos sensibles (empáticos) al sufrimiento de los enfermos, como Jesús, que “tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17). En su Evangelio  del Reino los enfermos ocupan un lugar privilegiado.

Septiembre 2024

C. A

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