40.
QUE DURANTE LA CONTEMPLACIÓN LA PERSONA DA DE LADO TODA MEDITACIÓN SOBRE LA NATURALEZA DE LA VIRTUD Y DEL VICIO
Como ya he explicado, has de sumergir tu ser en la realidad espiritual significada por la palabra «pecado», no insistiendo, sin embargo, en una clase particular de pecado tal como el orgullo, la ira, envidia, codicia, pereza, gula, lujuria o cualquier otro pecado, sea mortal o venial. Pues, para un contemplativo, ¿qué importa la clase o la gravedad del pecado? A la luz de la contemplación cualquier cosa que le separa de Dios, por leve que sea, aparece como un mal atroz y le roba la paz interior.
Trata de experimentar el pecado como un conjunto de algo, entendiendo que eres tú mismo, pero sin definirlo con precisión. Luego grita en tu corazón esta única palabra: «pecado», «pecado», «pecado», o «socorro», «socorro», «socorro». Dios puede enseñarte lo que quiero decir por medio de la experiencia mucho mejor de lo que puedo hacerlo con palabras. Pues lo mejor es que esta palabra sea totalmente interior sin un pensamiento definido o un sonido real.
En ocasiones, te sentirás tan saturado de lo que es el pecado, que la tristeza y el peso del mismo se extenderá por todo tu cuerpo y alma, hasta llegar a exclamar la misma palabra. Todo esto es igualmente cierto de la palabra «Dios». Sumérgete en la realidad espiritual de que te habla, pero sin ideas precisas de las obras de Dios, sean grandes o pequeñas, espirituales o materiales. No consideres ninguna virtud en particular que Dios pueda enseñarte con su gracia, sea la humildad, la caridad, paciencia, abstinencia, esperanza, fe, moderación, castidad o pobreza evangélica.[1] Porque, en cierto sentido, para el contemplativo todas son lo mismo. Él encuentra y experimenta todas ellas en Dios, quien es la fuente y esencia de toda bondad.
El contemplativo ha llegado a comprender que si posee a Dios, posee todos los bienes, y por eso no desea nada en particular sino sólo al buen Dios mismo. Y tú también debes hacerlo así, en cuanto te es posible con su gracia. Que esta palabra represente para ti a Dios en toda su plenitud y nada más que la plenitud de Dios. Que nada sino Dios predomine en tu mente y en tu corazón. Y dado que, mientras vivas en esta vida mortal, habrás de sentir en alguna medida el peso del pecado como parte y parcela de tu ser, sé lo suficientemente prudente para alternar entre estas dos palabras: «Dios» y «pecado». Acuérdate de este principio general: si posees a Dios te verás libre del pecado, y cuando estás libre del pecado posees a Dios.
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NOTA AMPLIA
[1] Las palabras de este número de Nube sobre las virtudes me recuerdan al texto de Margarita Porete en El espejo de las almas simples, capítulo 6. En un diálogo entre Amor y Alma ésta última incluso llega a decir: “Virtudes, me despido de vosotras para siempre”. Puede que sea esta la principal afirmación que los inquisidores no supieron o no quisieron leer en el sentido que pretendía la autora, lo cual facilitó los argumentos para su condena a muerte por la inquisición en París el año 1310. El texto en cuestión dice así:
Capítulo 6. Cómo el Alma enamorada de Dios, viviendo en paz de caridad, se despide de las Virtudes.
[Amor:] Esta Alma que posee tal amor —dice el propio Amor— puede decirles a las Virtudes que ya ha estado largo tiempo y muchos días a su servicio.
El Alma: Os lo confieso, dama Amor —dice esta Alma—, hubo un tiempo en que lo estuve, pero ahora es otro momento; vuestra cortesía me ha apartado de su servidumbre. Por ello ahora les puedo decir y cantar abiertamente:
Virtudes, me despido de vosotras para siempre,
Tendré el corazón más libre y más alegre,
Serviros es demasiado costoso, lo sé bien,
Puse en otro tiempo mi corazón en vosotras, sin reservas,
Era vuestra, lo sabéis, a vosotras por completo abandonada,
Era entonces vuestra sierva, ahora me he liberado.
Tenía puesto en vosotras todo mi corazón, lo sé bien,
Pues viví por entonces en un gran desfallecer.
Sufrí grandes tormentos mientras duró mi pena,
Es maravilla que haya escapado con vida,
Pero, como es así, poco importa ya: me he separado de vosotras,
Doy por ello las gracias al Dios de las alturas; el día me es favorable,
Me he alejado de vuestros peligros, en los que me hallaba con gran contrariedad.
Nunca fui libre hasta que me desavecé de vosotras;
Partí lejos de vuestros peligros y permanecí en paz.
La afirmación a la que nos referimos choca con la razón lógica de un “buen cristiano”, y así, en la misma obra, capítulo 8, Razón, que es otro personaje en el diálogo lo hace saber a Amor.
Capítulo 8. Cómo Razón se asombra de que esta Alma haya abandonado las Virtudes y cómo lo alaba Amor.
[Razón:] ¡Oh, Amor! —dice Razón que no entiende más que lo basto y deja lo sutil—, ¿qué maravilla es ésta? Esta Alma no tiene ningún sentimiento de gracia ni deseo del espíritu, puesto que se ha despedido de las Virtudes que proporcionan la manera de vivir bien a toda alma buena. Sin las Virtudes nadie puede salvarse ni llegar a la perfección de vida, y quien las posee no puede ser engañado; sin embargo, esta Alma se despide de ellas. ¿No está fuera de sentido el Alma que así habla?
Amor: Ciertamente no —dice Amor—, pues Almas tales poseen todas las Virtudes mejor que cualquier otra criatura, pero ya no las practican, pues no les pertenecen como solían; han estado sujetas a ellas lo suficiente como para ser libres de ahora en adelante.
Razón: ¡Oh, Amor! —dice Razón—, ¿cuándo estuvieron sujetas?
Amor: Cuando permanecieron en el amor y la obediencia a vos, dama Razón y también a las otras Virtudes; y tanto permanecieron que se hicieron libres.
Razón: ¿Y cuándo se hacen libres? —dice Razón.
Amor: Cuando Amor habita en ellas y las Virtudes les sirven sin contradicción y sin esfuerzo de estas Almas.
¡Ay, Razón! Sin duda —dice Amor—, esas Almas que han llegado a ser así de libres han sabido durante largo tiempo lo que suele hacer Dominio; a quienes les preguntasen por el mayor tormento que pueda sufrir una criatura, responderían: permanecer en Amor y estar bajo la obediencia de las Virtudes. Pues es necesario dar a las Virtudes cuanto piden, por mucho que le cueste a Naturaleza. Y resulta que las Virtudes piden honor y haber, corazón, cuerpo y vida; es decir, piden que esas Almas dejen todas esas cosas y aun le dicen a esa Alma, que les ha dado todo esto y no ha retenido nada con que confortar a Naturaleza, que «a duras penas se salva el justo», y por ello esa Alma consternada, que aún está al servicio de las Virtudes, dice que querría verse dominada por Temor y ser atormentada en el infierno hasta el juicio si después había de salvarse
Y esto es verdad —dice Amor—; en una sujeción así vive el Alma sobre la que las Virtudes tienen poder. Pero las Almas de las que hablarnos han puesto en su sitio a las Virtudes, pues estas Almas no hacen nada por ellas. Sino que son las Virtudes las que hacen todo lo que las Almas quieren, sin dominio ni contradicción, pues las Almas son sus dueñas.
El texto es muy sutil. De suyo no menosprecia las virtudes, pero sí que invita a sobrepasarlas en el Amor. Me recuerda al pasaje de san Pablo cuando dice “Así pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta!".(Col 3, 12-14). Observa cómo tras mencionar una lista de virtudes (compasión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, tolerancia, perdón) acaba poniendo al amor como el ceñidor de todas, “por encima de todo el amor”.
Margarita Porete lo que dice es que, una vez llegado a Amor (unión con Dios), las virtudes no necesitan practicarse porque lo exija Dominio (la ley), otro de los personajes del diálogo, sino que la comunión con el Amado hace que las virtudes se cumplan “sin dominio ni contradicción” sino con amor; el alma es dueña de las virtudes cuando entra en el ámbito del amor de Dios. Cuando dice “virtudes, me despido de vosotras para siempre” lo que está diciendo es que ya no le mueve la ley sino la gracia, el amor de Dios que habita en ella.
La Nube del no saber, en el número que comentamos parece invitar a entender esto: no te enredes en tu oración meditando sobre tal o cual virtud; tampoco sobre tal o cual pecado; deja esto para otro momento; cuando hagas oración contemplativa centra tu atención en “el pecado” o en “Dios”. El "pecado" es uno, más allá de sus concreciones. Y todas las virtudes están en Dios -dice el texto de Nube-; con contemplar a Dios basta.
Si tenemos alguna duda sobre esto podemos hablarlo en el próxinmo encuentro.
Agosto 2024
C. A.
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