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sábado, 12 de septiembre de 2020

Ser misericordiosos (Orar el domingo 13 de Septiembre)


Sed misericoridiosos como vuestro Padre es misericordioso; …  perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante” (Lc 6,36-38)..

La Palabra evangélica de este domingo es un banquete de compasión. Una parábola, la del deudor que no perdona, para reflexionar, pero sobre todo para gustar. Porque más que poner el dedo en la llaga de la hipocresía apunta a que descubramos que la misericordia de Dios supera  cualquier esquema mental y requiere de una visión nueva de las cosas. 

Frente a la miseria moral del perdonado en lo mucho, que se niega a perdonar en lo poco, se nos invita a mirar la amplitud de miras y generosidad de Dios, que perdona sin límites, y la ceguera y necedad de quien no se deja llevar por la corriente del perdón divino. 

“Perdona nuestras ofensas como nosotros personamos a los que nos ofenden”, reza el Padrenuestro. Parece que el adverbio  como” de esta frase  nos despista un poco hacia el ámbito de  la moralina (Dios me perdona, yo debo perdonar), pero el posible despiste queda corregido por el “perdonamos”, perdón actuado en el presente. Y es que cuando perdono soy perdonado.

En el espacio de tu tienda espiritual no caben dos contrarios, no pueden estar juntos el amor y el desprecio, la venganza y la compasión. El corazón sólo tiene una puerta. No hay una puerta de entrada y otra de salida.

El perdón de Dios llega a tu corazón no como una cosa, sino como una corriente de vida que sale por la misma puerta por la que se expande tu perdón; la misericordia divina fluye por el mismo cauce por el que fluye tu misericordia; ¿acaso no es tu misericordia una prolongación de la suya? Amando actúas el amor. Como dice san Francisco en su oración, perdonando eres perdonado, amando eres amado, compadeciendo eres compadecido.

El perdón es terapéutico, capaz de sanar. La compasión es bálsamo que regenera la vida y lo hermosea todo. Una palabra amable, un "disculpa", "lo siento", "me equivoqué", "no debí hacerlo", ten paciencia conmigo", "perdona"... cierra heridas, rompe barreras  y tiende puentes. Dios se revela en esas palabras. 

Si aflojas  resistencias y dejas fluir su mirada compasiva sobre ti, brotarán en tu corazón manantiales de agua viva, ríos de compasión que lo embellecen todo (cf Jn 7,37-38). Podrás entonces decir como tal vez diría san Pablo: "soy compasivo, pero no soy yo el que se compadece, es Cristo el que se hace compasión para todos en mí" (cf Gal 2,20). 

Para orar este domingo

- Procura retirarte a un lugar tranquilo. Serena tu cuerpo y tu mente. Deja que tu respiración fluya serena, pacífica y natural. Que el silencio se vaya adueñando de toda tu persona. Vívete como presencia arropada por la Presencia, como amada acurrucada en el Amado.

-Permite  que hoy fluya por tu corazón la misericordia. Déjate llevar por el anhelo de paz y felicidad. Abre los ojos de tu corazón a la multitud de dones en los que el Señor te muestra su amor: mira y agradece tu cuerpo, tu respiración, los latidos de tu corazón, el don de una familia, las maravillas de la naturaleza… Todo ello es vida que desde Él  fluye por ti y te llena de gozo.

 Deja luego que ese amor que recibes fluya también hacia fuera. Date compasión primeramente a ti mismo, compadécete de tus flaquezas y observa cómo al aceptarte y amarte tu ánimo  se levanta a seguir peleando la vida.

- Dirige también tu compasión hacia la naturaleza dañada por la desidia del hombre, ámala con ternura y no le niegues las caricias de tus cuidados.  

-Trae a tu memoria a todas las personas con las que vives: familia, amigos, también enemigos,… y expande tu amor a todos ellos desde tu corazón.

- Notarás que al dejar fluir desde dentro tu amor compasivo va creciendo en ti el caudal del amor misericordioso de Dios. En realidad, eres capaz de perdón porque Él te llena de su misericordia. ¡Déjate invadir por la belleza de la compasión divina!

-Terminada tu oración-meditación toma nota de lo que has vivido y no dejes de pedir perdón y perdonar hoy a todos los que sientes lejos de ti, y de poner bálsamo de amor compasivo allí donde haya algo que necesite ser sanado.

EVANGELIO . 

Mateo (18,21-35):

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 

Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. 

Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

¡Feliz Domingo!

Casto Acedo. Septiembre 2020.

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