En la última sesión estuvimos comentando el capítulo 22 del Libro de la Vida de santa Teresa, que trata del tema de "La humanidad de Jesús en la oración": "En que trata cuán seguro camino es para los contemplativos no levantar el espíritu a cosas altas si el Señor no le levanta, y cómo ha de ser el medio para la más subida contemplación la Humanidad de Cristo. - Dice de un engaño en que ella estuvo un tiempo. - Es muy provechoso este capítulo".
Este mismo tema lo retomará la Santa en el capítulo 7 de las Séxtas Moradas, donde habla de las múltiples experiencias extraordinarias de su vida mística. Estando en estos temas quiere poner en valor algo que para ella fue crucial: "Dice cuán gran yerro es no ejercitarse, por muy espirituales que sean, en traer presente la Humanidad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y su sacratísima Pasión y vida, y su gloriosa Madre y santos. - Es de mucho provecho"
Os anuncié que os pasaría el comentario que el P. Tomás Álvarez, carmelita, escribe sobre este capítulo 22 de La Vida. Os aconsejo que leáis directamente el capítulo de la santa siguiendo las pistas que se dan en el comentario del padre Tomás.
El motivo de traer a nuestro grupo el tema es concluir las segundas moradas. Tras haber tratado en las Primeras Moradas que somos "una joya", un castillo de muy claro cristal, un diamante, porque en nuestro interior habita Dios (¡Impresionante el optimismo antropológico de la Santa"), y después de hacernos ver que vivimos gran parte de nuestra vida en las "adefueras del castillo", alejados del centro, alienados de nuestro ser original que está en vivir centrados en Cristo (naturaleza humana perfecta), nos hace comprender que el Castillo que somos no es un castillo romántico, un paradisíaco lugar de experiencias celestiales, sino algo más tangible y carnal. También está habitado por muchos otros elementos: pasiones que bloquean la pureza del entendimiento, la memoria y la voluntad, y entorpecen o impiden con ello que nos acerquemos a la "cámara del Rey". Por eso es necesario el conocimiento personal y la "lucha", los "cortes" o renuncias a todo lo que nos impide avanzar hacia la plenitud del camino espiritual.
Pero, y aquí enlaza nuestro tema, en esa lucha, que tiene mucho de "noche", no estamos solos: Jesucristo pelea con nosotros. ¿Qué Jesucristo? ¿El Cristo cósmico? ¿El cristo interior? ¿El cristo divino? ... Sí, todo eso es Jesucristo. Pero no podemos olvidar el hecho de que Cristo se encarna en Jesús de Nazaret. Contemplar los misterios de su "sacratísima humanidad" es necesario para estar con el "Jesucristo total".
Olvidar la humanidad de Jesucristo y reducirlo a un "ser divino" al que nos unimos es pecar de soberbia e ignorancia. Soberbia porque parece que queremos volar a los cielos evitando lo más "humilde" de nuestra fe, que es la presencia de Dios en los pobres y sufrientes; e ignorancia porque no somos ángeles, no somos espíritus que quieren escapar de su cuerpo, somos cuerpo tanto como alma.
San Ignacio de Antioquía (siglo II), al hablar del silencio, apunta indirectamente a la importancia de contemplar también las cosasque hizo, los Misterios de su vida : “Más vale callar y ser que hablar y no ser. Bien está el enseñar, a condición de que quien enseña haga. Ahora bien, un Maestro hay que dijo y fue. Mas también lo que callando hizo son cosas dignas de su Padre” (Carta a los Magnesios). La humanidad de Jesús nos conduce, sin idealismo, a la más alta mística. Jesús dijo y fue. También su vida humana es motivo de contemplación. Olvidarla nos alejaría de nosotros mismos, y nos conduciría a un narcisismo espiritual vacuo.
Os invitaba, y ahora lo reitero, a leer el capítulo 22 de Vida siguiendo los comentarios del P Tomás Álvarez.
Para ello, lo mejor es que lo imprimáis, tanto el comentario como el texto del capítulo.
El libro de la Vida en pdf lo tenéis en:
http://www.santateresadejesus.com/wp-content/uploads/Libro-de-la-Vida.pdf
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COMENTARIO AL CAPÍTULO 22 DEL LIBRO DE LA VIDA
La Humanidad de Jesús en la oración
P. Tomás Álvarez
Capítulo importante. Hace de bisagra entre el tratado doctrinal de los grados de oración y el relato autobiográfico de la vida mística de Teresa, que deberá reanudarse en el capítulo 23. Su inserción en este punto crucial obedece a dos motivos de fondo:
a) El primero, que en los precedentes grados de la oración mística -los más importantes- la autora ha tratado muy poco de Jesucristo, de su vida humana, de su presencia e importancia en el proceso de la oración. Y eso a pesar de que su experiencia mística había comenzado en la práctica de "ponerme cabe Cristo" (10, 1). Quizás se había reservado el tema para centrarlo y tratarlo a fondo en capítulo aparte. Así lo hace ahora.
b) Y lo segundo, porque en la oración mística de Teresa hubo un momento en que la Humanidad de Cristo fue problema. Problema de gran calado. Necesita no sólo tratarlo, sino prevenir al lector y darle el problema resuelto.
Por eso el capítulo estará escrito en diálogo con él. Y eso, de nuevo por dos razones: porque el problema de la Humanidad de Jesús se plantea expresamente a quienes andan ya adelantados en la oración, como de hecho ocurre al lector privilegiado de Vida, que según Teresa ya se adentra en la oración mística. Y porque ese problema lo plantean los libros y los teólogos. Y el lector -ese mismo lector privilegiado- es hombre de libros, y persona culta. Que no se deje seducir ni engañar por los de su gremio.
Es, quizá, la primera vez que Teresa se enfrenta de lleno con un problema teológico. En realidad, problema cristológico de trascendencia práctica espiritual. Prueba de la importancia que le otorga es que doce años más tarde volverá a afrontarlo, casi en los mismos términos y con idéntica solución doctrinal, en el lugar paralelo de las Moradas sextas (c. 7).
En el trazado del capítulo se entrecruzarán tres líneas: el diálogo con el lector, el propio recuerdo autobiográfico y las razones en que Teresa funda su tesis cristológica. A saber:
- Núms. 1- 4: Falsa doctrina cristológica de ciertos libros; y error de ella misma.
Una cosa quiero decir, a mi parecer importante; … en algunos libros que están escritos de oración tratan que, aunque el alma no puede por sí llegar a este estado, porque es todo obra sobrenatural que el Señor obra en ella, que podrá ayudarse levantando el espíritu de todo lo criado y subiéndole con humildad, después de muchos años que haya ido por la vida purgativa, y aprovechando por la iluminativa. … Y avisan mucho que aparten de sí toda imaginación corpórea y que se lleguen a contemplar en la Divinidad; porque dicen que, aunque sea la Humanidad de Cristo, a los que llegan ya tan adelante, que embaraza o impide a la más perfecta contemplación. Traen lo que dijo el Señor a los Apóstoles cuando la venida del Espíritu Santo -digo cuando subió a los cielos- para este propósito. (V 22,1)
- Núm. 5: Tesis contraria: importancia insuplantable de la Humanidad de Jesús.
Paréceme a mí que si tuvieran la fe, como la tuvieron después que vino el Espíritu Santo, de que era Dios y hombre, no les impidiera, pues no se dijo esto a la Madre de Dios, aunque le amaba más que todos.
Porque les parece que como esta obra toda es espíritu, que cualquier cosa corpórea la puede estorbar o impedir; y que considerarse en cuadrada manera, y que está Dios de todas partes y verse engolfado en El, es lo que han de procurar.
Esto bien me parece a mí, algunas veces; mas apartarse del todo de Cristo y que entre en cuenta este divino Cuerpo con nuestras miserias ni con todo lo criado, no lo puedo sufrir. Plega a Su Majestad que me sepa dar a entender (V 22,1)
- Núms. 6-8: Primera serie de razones para probarlo: humildad...
Tengo para mí que la causa de no aprovechar más muchas almas y llegar a muy gran libertad de espíritu, cuando llegan a tener oración de unión, es por esto. Paréceme que hay dos razones en que puedo fundar mi razón, …. La una es, que va un poco de poca humildad tan solapada y escondida, que no se siente. Y ¿quién será el soberbio y miserable, como yo, que cuando hubiere trabajado toda su vida con cuantas penitencias y oraciones y persecuciones se pudieren imaginar, no se halle por muy rico y muy bien pagado, cuando le consienta el Señor estar al pie de la Cruz con San Juan? …
… ¿quién nos quita estar con El después de resucitado, pues tan cerca le tenemos en el Sacramento, adonde ya está glorificado, y no le miraremos tan fatigado y hecho pedazos, corriendo sangre, cansado por los caminos, perseguido de los que hacía tanto bien, no creído de los Apóstoles? Porque, cierto, no todas veces hay quien sufra pensar en tantos trabajos como pasó. …
Así que vuestra merced, señor, no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de contemplación; por aquí va seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. El le enseñará. Mirando su vida, es el mejor dechado. ¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo?
Esto de apartarse de lo corpóreo, bueno debe ser, cierto, pues gente tan espiritual lo dice; mas, a mi parecer, ha de ser estando el alma muy aprovechada, porque hasta esto, está claro, se ha de buscar al Criador por las criaturas. …
- Núms. 9-12: Segunda serie de razones: no somos ángeles...
“ …nosotros no somos ángeles, sino tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles estando en la tierra –y tan en la tierra como yo estaba- es desatino, sino que ha menester tener arrimo el pensamiento para lo ordinario. Ya que algunas veces el alma salga de sí o ande muchas tan llena de Dios que no haya menester cosa criada para recogerla, esto no es tan ordinario, que en negocios y persecuciones y trabajos, cuando no se puede tanta quietud, y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía y, habiendo costumbre, es muy fácil hallarle cabe sí, aunque veces vendrán que lo uno ni lo otro se pueda
- Núms. 13-18: Insistencia, en diálogo con el lector, García de Toledo.
… que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor. …
El error del puro espiritualismo
En el epígrafe del capítulo se anuncian, al menos aparentemente, dos temas: QUE LOS CONTEMPLATIVOS NO DEBEN "LEVANTAR EL ESPÍRITU A COSAS ALTAS"; Y QUE LA HUMANIDAD DE CRISTO ES "EL MEDIO PARA LA MÁS SUBIDA CONTEMPLACIÓN".
En realidad, se fundirán en un solo problema, algo complejo: es un error "levantar el espíritu apartándolo de todo lo corpóreo" porque la Humanidad de Cristo (corpórea) es indispensable para el progreso espiritual, incluso para el progreso místico.
No es un problema alambicado que ella se invente. Teresa polemiza con un error difundido entre los libros y maestros espirituales de su tiempo. (Probablemente también en el nuestro). Un error funesto, que ha hecho presa en ella. Por eso lo expone y lo rebate.
El error en cuestión tenía visos de espiritualismo. Consistía, según ella, en asegurar que, al llegar el orante -o el simple cristiano- a una cierta altura de la vida espiritual, tiene que optar por espiritualizarse del todo para entrar en la órbita de lo divino: dejar de lado la atención a lo corpóreo; dejar de lado, por tanto, la Humanidad de Jesús como motivo de oración; ir levantando el espíritu por encima de todo lo criado; cuadrar la mente "considerándose en cuadrada manera" y engolfándose en el océano inmenso de la divinidad.
Bien o mal resumida por la Santa esa doctrina, lo que a ella le interesa en el momento presente es el tema central: la Humanidad de Cristo, su coyuntura histórico-evangélica, su Pasión, su Cuerpo, ¿entran o no en la oración del místico? El "voy de vuelo" del orante místico, ¿tiene que dejar aparcado al Jesús del Evangelio, de la Eucaristía, al Resucitado glorioso?
Al menos uno de los libros aludidos por ella es con toda probabilidad el de un escritor contemporáneo, Bernabé de Palma. Se titulaba Libro llamado "Via Spiritus", o de la perfección espiritual del ánima (Salamanca 1541). Con reiteradas ediciones ese mismo siglo). Palma enseñaba efectivamente "cómo cuadrar el entendimiento", en qué consiste "lo puro espiritual", "cómo considerar a Dios en cuadrada manera", hasta "comprender la anchura y largura, altura y hondura de Dios", pues como ya había enseñado san Bernardo "largura es eternidad, anchura es caridad, altura es potencia, hondura es sabiduría". Pero más básicamente se apoyaba en un texto de san Pablo (Ef 3, 18): "Que seáis capaces de comprender con todos los santos la anchura, longitud, altura y profundidad, es decir, conocer la caridad de Cristo, que está por encima del conocimiento, a fin de que seáis colmados, hasta poseer toda la plenitud de Dios". (Digamos de paso que cuando Teresa escribe el presente capítulo, ya no tiene a mano el libro de Palma. Cinco o seis años antes, se lo había secuestrado la Inquisición, tras incluirlo en el Índice de libros prohibidos, de Valdés: 1559).
Los doctrinarios seguidores de esa teoría alegaban, según Teresa, otro texto evangélico pre-pentecostal: "Traen lo que dijo el Señor a los apóstoles cuando la venida del Espíritu Santo -digo cuando subió a los cielos- para este propósito... ["Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no os vendrá el Paráclito": Jn 16, 7].
En esa doctrina espiritualista de cuadrar la mente, ella distingue las dos cosas:
a) lo de "ir levantando el espíritu" para provocar suavemente el ingreso en lo sobrenatural místico, cosa en que ella jamás incurrió porque "veía era atrevimiento";
b) y lo de orillar, juntamente con lo corpóreo, a la Humanidad de Cristo, error en que ella incurrió por breve tiempo después de iniciar la oración de quietud, o en las primeras fases de su oración mística. Error que ahora lamenta con toda el alma: " ¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento ni una hora que Vos me habíais de impedir para mayor bien? ¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes sino de Vos?" (n. 4).
Ahora pues, contra esa doctrina y contra el propio traspié, Teresa erige su tesis:
"Apartarse del todo de Cristo y que entre en cuenta este divino Cuerpo con nuestras miserias, ni con todo lo criado, no lo puedo sufrir" (1).
El motivo de fondo
Como si se sintiera acosada por esa depreciación de lo cristológico, ella se propone poner en valor el primado de la Humanidad de Jesús a lo largo de todo el camino espiritual. Busca razones, como hacen los teólogos. Y las reducirá a dos fundamentales, que expondrá enseguida.
Pero inconscientemente, casi instintivamente, le brota y se le impone un motivo más fuerte, estrictamente personal: más que las razones, para ella pesa la experiencia de lo vivido. Ella ha vivido ese insuplantable primado de Cristo en su doble experiencia, negativa y positiva:
· De forma negativa: ha experimentado que cuando se dejó seducir por esos libros e intentó prescindir de la Humanidad de Jesús, andaba "como en el aire", "sin arrimo" ni apoyo, estancada en la vida espiritual, sin progreso en el amor. Sin Él al lado, "todos sus gozos eran a sorbos". "No se hallaba con la compañía que después para los trabajos y tentaciones". "Me parece iba sin camino" (nn. 5-6). Sin el apoyo en su santa Humanidad, ciertamente no hubiera llegado a las experiencias místicas que luego se le otorgaron, como más adelante contará.
· Pero fue mucho más perentoria la experiencia positiva: "Con tan buen amigo al lado", todo se le volvió luminoso. Es reiterativa y categórica en testificarlo. Basta espigar en su insistencia:
- "Helo visto por experiencia que se hallaba muy mal mi alma hasta que el Señor me dio luz".
- "Muy muy muchas veces lo he visto por experiencia".
- "He visto claro que por esta puerta hemos de entrar...".
- "Veo claro... que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima".
- "Esto he probado. De este arte ha llevado Dios mi alma".
- "En veros cabe mí, he visto todos los bienes".
- "Es muy buen amigo Cristo, porque le miramos hombre, y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía".
- "Es ayuda y da esfuerzo. Nunca falta. Es amigo verdadero".
- "Con tan buen amigo presente..., todo se puede sufrir".
Es decir, que en Teresa prima la experiencia viva sobre las razones teológicas, aunque también recurra a éstas.
De ahí la rotundidad con que se lo garantiza a su lector predilecto, el P. García de Toledo: "Así que vuestra merced, señor, no quiera otro camino [que Cristo], aunque esté en la cumbre de la contemplación. Por aquí va seguro" (7).
No le importa ser insistente. Se lo repite: "Así que vuestra merced, hasta que halle quien tenga más experiencia que yo y lo sepa mejor, estese en esto" (13).
Será más categórica, si cabe, en el pasaje paralelo de las Moradas: gracias que no le vengan por la Humanidad de Jesús, ella no las quiere: "No quiero ningún bien, sino adquirido por quien nos vinieron todos los bienes" (M 6, 7, 15).
Las dos razones cristológicas
Desde la experiencia, Teresa pasa ahora a lo que diríamos "la razón teológica": "Paréceme que hay dos razones en que puedo fundar mi razón".
Las dos razones constituirán un pequeño ensayo cristológico espiritual. Podemos resumirlas. En la oración, prescindir aposta del recurso a la Humanidad de Cristo:
- Primero, implica una sutil y dañosa falta de humildad.
- Y segundo, es ignorar la propia condición humana: que somos hombres y no ángeles...
La razón primera es "que va un poco de poca humildad tan solapada y escondida, que no se siente". Y lo explica: por mucho que uno haya trabajado en la oración y en la vida, ¿cómo no darse por muy bien pagado "cuando le consienta el Señor estar al pie de la cruz con san Juan"? Lejos de ser "embarazo y estorbo", un mínimo momento cristológico es "premio" y gracia. Y al contrario, todo intento de escalar la esfera de lo divino descartando, por menos espiritual, la mediación de Cristo será soberbia solapada e hipertrófica. Vano esfuerzo prometeico.
La citada referencia a san Juan al pie de la Cruz tiene buen refrendo en san Pablo o en cualquiera de los grandes santos contemplativos: "Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado... algunos santos, grandes contemplativos...: San Francisco da muestra de ello con las llagas; san Antonio de Padua, (con) el Niño; San Bernardo..., santa Catalina de Sena (y) otros muchos" (7).
Y si alguna vez, por enfermedad o por "condición" resulta penoso y "no se sufre pensar en la Pasión, ¿quién nos quita estar con Él después de resucitado, pues tan cerca le tenemos en el sacramento adonde ya está glorificado?..., que no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros".
"Mucho contenta a Dios ver un alma que con humildad pone por tercero a su Hijo, y le ama tanto que aun queriendo Su Majestad subirle a muy gran contemplación, se conoce por indigno... Todo este cimiento de la oración va fundado en humildad y mientras más se abaja un alma en la oración, más la sube Dios" (11).
La segunda razón es que "nosotros no somos ángeles, sino (que) tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles, estando en la tierra es desatino". Es decir, que nuestra condición de hombres nos hace más insustituible la mediación de Cristo hombre. "Es muy buen amigo Cristo, porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía y, habiendo costumbre, es muy fácil hallarle cabe sí...".
Como siempre, Teresa recurre a las comparaciones. Esta vez las emplea gráficas, casi humoristas. Pretender a base de técnica y braceo la escalada de lo místico equivaldría a la pretensión del sapo que quisiera volar como águila. Si bien lo crudo de la comparación lo matiza luego añadiendo "aunque el natural del hombre es más que el del sapo!" (n. 13).
Más fina es la comparación musical: "Si uno tiene mala voz, por mucho que se esfuerce a cantar no se le hace buena; si Dios quiere dársela, no ha él menester antes dar voces" (12).
O bien la comparación del huerto y el riego: el orante es como el asnillo que da vueltas a la noria para sacar agua; pero si en el fondo del pozo no la hay, todo es trabajo en vano: "Más quiere el Señor que conozcamos esto, y andemos hechos asnillos para traer la noria del agua, que, aunque cerrados los ojos y no entendiendo lo que hacen, sacarán más que el hortelano con toda su diligencia" (12).
Humanidad de Jesús: ¿qué es? o ¿quién es?
Parece un vocablo abstracto. En la acepción de Teresa no lo es.
En la pluma de la Santa, se refiere a Jesús mismo y a todo su misterio:
- A su aventura evangélica; sus palabras, sentimientos y acciones; su Pasión, su Cuerpo glorioso y resucitado.
- A su presencia eucarística, "compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros".
- A su misteriosa presencia al lado del orante o del creyente: tenerlo "cabe sí"; "en veros cabe mí, he visto todos los bienes"; "compañero nuestro", "amigo, tan buen amigo al lado, amigo verdadero"; "es compañía", "con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir".
- Él es "el mejor dechado"; "quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retrato e imagen, ya que no podía traerle tan esculpido en mi alma como yo quisiera".
Pero, sobre todo, Jesús es para ella "el Amor", todo un foco de amor: "Quiero concluir con esto: que siempre que se piense en Cristo nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes, y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor... Su Majestad quiere a quien le quiere. Y !qué bien querido! Y !qué buen amigo!"
Casto Acedo. Septiembre 2020. Paduamerida@gmail.com




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