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miércoles, 16 de octubre de 2019

El "yo exterior" y el "yo interior" (Thomas Merton)

Un texto interesante de Thomas Merton sobre qué debemos buscar en el silencio.
¿Busco mi "yo interior" o estoy alimentando mi "yo exterior"?
 

“El yo  exterior, el yo de los proyectos, de las finalidades temporales, el yo que manipula objetos con el fin de tomar posesión de ellos, permanece completamente ajeno al yo escondido, interior, que no alberga proyecto alguno y que no busca ningún logro, ni tan siquiera el de la contemplación. Tan solo quiere ser, y moverse (porque es dinámico) según las leyes secretas del mismo ser, y de acuerdo a los  mpulsos de una Libertad Superior (esto es, de Dios), antes que planificar y obtener logros que obedezcan a sus propios deseos.

El yo interior es precisamente esa identidad que no puede ser engañada ni manipulada por nadie, ni siquiera por el diablo. Es como un animal salvaje muy huidizo que jamás aparece cuando detecta la cercanía de la menor presencia extraña y sale al exterior únicamente cuando todo está en perfecta calma y en silencio, cuando nadie le molesta y está solo. Nadie le puede hacer salir mediante engaños porque no responde a otro señuelo que no sea el de la libertad divina.

Triste es el caso de ese yo exterior que imagina ser contemplativo y busca alcanzar la contemplación como el fruto de un esfuerzo planificado y de la ambición espiritual. Asumirá actitudes diversas, meditará sobre el significado interno de sus propias posturas y tratará de fabricarse para sí mismo una identidad contemplativa: pero mientras esto sucede, no hay nadie allí. Tan sólo un yo  ilusorio, ficticio, que se busca a sí mismo, que lucha para crearse a partir de la nada, y cuyo ser se mantiene por su propia compulsión, preso de una ilusión privada.

La llamada a la contemplación ni es ni puede dirigirse a ese yo”.

Thomas Merton.
La experiencia interna

Casto Acedo. Octubre 2029

jueves, 10 de octubre de 2019

Dentro de ti (Notas del encuentro)



El reino de Dios está dentro de vosotros

“Los fariseos le preguntaron: «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?». Él les contestó: «El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: "Está aquí" o "Está allí", porque, mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros»” (Lc 17,20).

* * *
 - El primer silencio es el silencio de lo que vamos buscando (Silencio en el  silencio)
·        - Todo hombre desea ser feliz (Séneca). No puede delegarse la búsqueda, cada uno debe buscar su camino al sosiego y la paz.

·        - Uno se pone en marcha cuando abandona su ego y entra en su interior (a veces no es grato). Somos realmente nosotros cuando elegimos estar con nosotros mismos.

 * * *

·        Podemos distinguir entre:

o    Placer: se da en el encuentro con las cosas (exterior)

o   Alegría, que se da en el encuentro con las personas. Las personas nos proporcionan alegría.  Alegría significa estar aligerado, no tener nada, solo ser, desnudos, sin ambiciones. Hay alegría cuando no hay deseo ni utilidad. El niño es alegre porque fluye (no tiene nada, no espera nada, vive el presente)

o   Bienaventuranza: es el encuentro con el Absoluto, con lo eterno, con la divinidad (uno mismo se encuentra en lo que le rebasa; lo eterno e inefable)

  * * *

·       El Silenciono es el sendero del placer,  ni de una gran alegría, pero sí de una gran bienaventuranza que se encuentra dentro de cada uno. Nadie está privado del tesoro de su Presencia. Esta es la bienaventuranza y la buena noticia. En nuestro corazón hay riqueza y abundancia.

·        El mejor servicio que se puede hacer uno mismo es “seguir al corazón” (amar)



  * * *

·        Hay una cierta oposición a la felicidad; se supone que uno no es feliz porque carece de algo; la sociedad nos atiborra, se nos vende que tenemos alguna carencia… esa es la trampa… porque en el fondo el hombre no carece de nada… de lo que más carece es de la relación consigo mismo …

·        Todo el misterio del Silencio está en que nos pone en contacto con nosotros mismos… El hombre está mal porque está alejado de sí mismo (Freud) y esto produce su desintegración (Jung). No estamos felices porque carezcamos de algo que está fuera de nosotros, sino porque carecemos del contacto con nosotros mismos… Por eso el silencio es un sendero de felicidad.

·        La dicha, el silencio (el Reino) está dentro de nosotros…. -“Los fariseos le preguntaron: «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?». Él les contestó: «El reino de Dios no viene aparatosamente,  ni dirán: "Está aquí" o "Está allí", porque, mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros»” (Lc 17,20).

  * * *

·        A nadie le ha privado Dios del tesoro de su presencia. Para acceder a ese tesoro lo hemos de dejar todo: juicios, intereses, deseos,…el camino de la felicidad es un camino de desprendimiento exterior.

·         Dentro de nosotros hay un potencial maravilloso, una “esencia” (persona) , pero nosotros ponemos nuestra personalidad en lo superfluo y accidental(personaje)

·        A vedes decimos “no sé que me pasa”; y decía Ortega y Gasset que “lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, y por eso nos pasa lo que nos pasa” … (no sabemos lo que nos pasa… o no lo queremos saber, porque “queremos cambiar la vida, pero no queremos cambiar de vida)

·        Para disfrutar de la Bienaventuranza se necesita una firme determinación de ir por el camino del Silencio (hacer silencio)… Sea como sea, ya somos afortunados si lo buscamos.

(Notas sobre elsilencio de J. F. Moratiel)
 

miércoles, 25 de septiembre de 2019

El principito (Capítulo 24)





SILENCIO, SED, DESIERTO, 
 AGUA, NOCHE,  FUENTE,
POZO, AMANECER (ALBA)
 
Todo un elenco de simbolismos universales.
 
CAPITULO XXIV


Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última gota de mi provisión de agua.

—¡Ah —le dije al principito—, son muy bonitos tus cuentos, pero yo no he reparado mi avión, no tengo nada para beber y sería muy feliz si pudiera irme muy tranquilo en busca de una fuente!

—Mi amigo el zorro..., me dijo...

—No se trata ahora del zorro, muchachito...

—¿Por qué?

—Porque nos vamos a morir de sed...

No comprendió mi razonamiento y replicó:

—Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro.

"Es incapaz de medir el peligro —me dije — Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le basta..."

El principito me miró y respondió a mi pensamiento:

—Tengo sed también... vamos a buscar un pozo. ..

Tuve un gesto de cansancio; es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto.

Sin embargo, nos pusimos en marcha.

Después de dos horas de caminar en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar.

Yo las veía como en sueño, pues a causa de la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi mente.

—¿Tienes sed, tú también? —le pregunté. Pero no respondió a mi pregunta, diciéndome simplemente:

—El agua puede ser buena también para el corazón...

No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarlo.

El principito estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un silencio me dijo:

—Las estrellas son hermosas, por una flor que no se ve...

Respondí "seguramente" y miré sin hablar los pliegues que la arena formaba bajo la luna.

—El desierto es bello —añadió el principito.

Era verdad; siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, nada se ve, nada se oye y sin embargo, algo resplandece en el silencio...

Resultado de imagen de El principito y el pozo

—Lo que más embellece al desierto —dijo el principito— es el pozo que oculta en algún sitio...

Me quedé sorprendido al comprender súbitamente ese misterioso resplandor de la arena. Cuando yo era niño vivía en una casa antigua en la que, según la leyenda, había un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo jamás descubrirlo y quizás nadie lo buscó, pero parecía toda encantada por ese tesoro.

Mi casa ocultaba un secreto en el fondo de su corazón...

—Sí —le dije al principito— ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les embellece es invisible.

—Me gusta —dijo el principito— que estés de acuerdo con mi zorro.


Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía: "lo que veo es sólo la corteza; lo más importante es invisible... "

Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: "Lo que más me emociona de este principito dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme... " Y lo sentí más frágil aún. Pensaba que a las lámparas hay que protegerlas: una racha de viento puede apagarlas...

Continué caminando y al rayar el alba descubrí el pozo.
 
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Septiembre 2019

viernes, 30 de agosto de 2019

El industrial, el pescador, el mono y san Agustín.

Una reflexión a partir del relato de El pescador satisfecho, de  Tony de Mello, en El canto del pájaro, con toque budista y cristiano.

 
El rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.
 
¿Por qué no has salido a pescar?», le preguntó el industrial.
 
«Porque ya he pescado bastante por hoy», respondió el pescador.
 
«¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?», insistió el industrial. «¿Y qué iba a hacer con ello?», preguntó a su vez el pescador.

 
«Ganarías más dinero», fue la respuesta. «De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas... y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, como yo».
 
«¿Y qué haría entonces?», preguntó ' de nuevo el pescador.
 
«Podrías sentarte y disfrutar de la vida», respondió el industrial.
 
«¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento?», respondió el satisfecho pescador.
 
 * * *


¿Qué haces ahí, meditando, perdiendo el tiempo, con todo lo que podrías hacer? ¿Qué haces paseando al atardecer cuando puedes adelantar la tarea de mañana? ¿Qué haces que no aprovechas el tiempo para hacer algo útil?

Al hombre de oración siempre le saldrá al paso su mente con propuestas muy sugestivas. Y si se deja llevar por ella, andará por ahí, vagando, saltando de neurona en neurona como el mono entre los árboles. Y cuando es así lo mejor es pararse a mirar a los monos, y disfrutar y reírse de sus habilidades circenses. Inquietud; es su naturaleza. Observa a tu mente cuando se comporta así, y tómatelo con humor. Observar desde fuera tus pensamientos y  reírte de ti mismo es muy saludable. Lo que no cura el humor no lo cura nada.


San Agustín pasó muchos años de su vida pensando y saltando como el mono. En sus años de juventud, como joven estudiante, se balanceo en las ramas de la sensualidad, pero no quedó satisfecho; probó también con la filosofía, y no se sintió muy seguro dando vuelos en las alturas de esos bosques;  luego centró sus movimientos girando en torno a sus afectos: aferrado a la pasión y deseos de su vida de pareja; la devoción paternal por su hijo Adeodato, que Dios le arrebató tempranamente, la amistad con su amigo Alipio, el aprecio a sus discípulos, y a sí madre, Mónica, a la que no hizo mucho caso hasta después de su conversión.

En muchas cosas y personas buscó Agustín la satisfacción de sus deseos de plenitud. Fue saltando y colgando sus afectos de  árbol en árbol, de rama en rama. Hasta que paró y cayó dentro de sí, en su cueva interior.
 
Entonces se dio cuenta de que no se había querido mucho a sí mismo. ¿De qué huía? ¿De qué o de quién? ¿De sí mismo?. Quería encontrar fuera las respuestas que están dentro.
Agustin vivió con los sentidos hacia afuera, y cuando esos mismos sentidos los aplicó a su alma, pudo percibir la música (oído), la luz (vista) el buen olor (olfato), el sabor (gusto) y la suavidad  (tacto) del Creador en su interior; a  Aquel al que  buscó con ansia en las criaturas lo encontró en su humildad interior, dentro de su propio ser. Siempre estuvo ahí.  Y escribió:

 
Tú estabas conmigo, 
pero yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti 
aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti,
 no existirían.
Me llamaste y clamaste, 
y quebraste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, 
y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, 
y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia 
la paz que procede de ti.

* * *
 
 

Estar ahí, quieto, mirando el mar sereno o tempestuoso de tu corazón, es mejor que hacer caso a tu mente de mono que  te distrae con sus graciosos saltos de acá para allá y que no  descansan en ninguna parte. Lo dijo Buda. Y Jesús:   “Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. No os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus afanes” (Mt 6, 33-34).
 
Así que ya tú sabes. Cuando toca estar ahí, mirando al mar, a mirar; cuanto  toca trabajar, al trabajo; cuando bailar, a ello; cuando toca meditar, a meditar. Que no te distraigan ni agobien los saltos del mono. La mente, la loca de la casa.
 
Casto Acedo. Agosto 2019.