60.
QUE EL CAMINO MÁS SUAVE Y MÁS SEGURO DEL CIELO SE MIDE POR LOS DESEOS Y NO POR LOS KILÓMETROS
Quizá la ascensión de Cristo sigue siendo para ti una piedra de escándalo. Él ascendió físicamente en presencia de todos sus discípulos y envió al Espíritu Santo como había prometido. Todo lo cual te hace creer que durante la oración has de dirigir literalmente tu mente hacia arriba.
De hecho, creemos que Cristo en su humanidad resucitada subió a su Padre, pero me vas a permitir que intente explicarte una vez más por qué este hecho no se ha de reconstruir en un sentido literal. Me explicaré lo más sencillamente que pueda aun cuando mi explicación no sea del todo adecuada.
Si, Cristo ascendió a los cielos y desde lo alto envió al Espíritu Santo, pero subió arriba porque esto era más adecuado que descender o dirigirse a la izquierda o a la derecha. Aparte del alto valor simbólico de dirigirse hacia arriba, la dirección de este movimiento, sin embargo, es totalmente accidental a la realidad espiritual. Pues en el reino del espíritu, el cielo está tan cerca de arriba como de abajo, de detrás como de delante, de la izquierda como de la derecha.[1]
El acceso al cielo se hace a través del deseo. El que desea estar en él, realmente está allí en espíritu. La senda que lleva al cielo se mide por el deseo y no por los kilómetros.[2] Por esta razón san Pablo dice en una de sus cartas: «Para nosotros nuestra patria está en el cielo...».[3] Otros santos han dicho sustancialmente lo mismo, pero de diferentes maneras. Quieren decir que el amor y el deseo constituyen la vida del espíritu. Y el espíritu mora donde mora su amor, tan ciertamente como mora en el cuerpo al que llena de vida.
¿Entiendes mejor ahora? No necesitamos tensar nuestro espíritu en todas las direcciones para llegar al cielo, pues ya vivimos en él por el amor y el deseo.
* * *
NOTAS
[1] Tal vez entendamos esto mejor con la explicación que da santa Teresa a la expresión del Padrenuestro “que estás en el cielo”. ¿Dónde está el cielo? No es un lugar físico (arriba, abajo, delante, detrás, dentro o fuera), sino una realidad espiritual y mística(misteriosa):
“Ahora mirad que dice vuestro Maestro: «Que estás en los cielos».
¿Pensáis que importa poco saber qué cosa es cielo y adónde se ha de buscar vuestro sacratísimo Padre? Pues yo os digo que para entendimientos derramados que importa mucho, no sólo creer esto, sino procurarlo entender por experiencia. Porque es una de las cosas que ata mucho el entendimiento y hace recoger el alma.
Ya sabéis que Dios está
en todas partes. Pues claro está que adonde está el rey, allí dicen está la
corte. En fin, que adonde está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que
adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín
que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo.
¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que
no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse
con El, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que
nos oirá. Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle
dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad
hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle
remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija" (Camino de perfección,
28,1-2)
[2] Confieso que hubo un tiempo en que me pareció que había que renunciar a todo deseo, incluso al deseo de Dios. Se trata de una doctrina budista, que sostiene que el sufrimiento viene causado por el deseo; elimínalo y el sufrimiento desaparece. Para salvar en cierto modo el radicalismo de la renuncia a los deseos me servía de la palabra anhelo, que definía como el impulso de búsqueda de Dios connatural al ser humano; un impulso inscrito en el alma y no motivado por nada externo.
Hoy, no tengo inconveniente en reconocer que los deseos son un camino privilegiado para llegar a Dios, porque los deseos son el reflejo de lo que la persona ama y busca. Y según el objeto y la intención del amor y la búsqueda podemos hablar de buenos y malos deseos. Son buenos los deseos que nos acercan a Dios y nos mueven a amar a los hermanos y a cuidar la creación. Sigo creyendo que el deseo de Dios está inscrito en el corazón de cada persona y está intimamente unido al deseo universal de felicidad, que muchos ponen en cosas que a la larga no dan sino insatisfacciones.
Creados a imagen de Dios sólo en su imagen nos completamossólo Dios da la felicidad plena. San Agustín expresó esto muy bien cuando dijo: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”. Hemos sido creados para estar en Dios. Al final este santo encontró la felicidad en Dios abandonando los deseos mundanos y dejándose llevar por el Espíritu Santo.
San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, llamó “mociones” (impulsos o movimientos del corazón) a los deseos, y aconsejó que se sigan los buenos deseos y se rechacen los malos. ¿Cómo saber cuáles son los unos y cuáles son los otros? ¿Cómo discernir? Evaluando. Los buenos deseos traen consolación, es decir, conmducen a u na vida de paz, alegría, amor, etc. y deben seguirse; los malos deseos conducen al estado de desolación: inquietud, tristeza, vanidad, etc., y deben evitarse. El acierto en la vida espiritual está en discernir cuáles son los deseos santos, aquellos que llevan a Dios.
Ampliando resumidamente la enseñanza de Nube. “El acceso al cielo se hace a través del deseo”, añadimos que los buenos deseos nos empujan hacia Dios y hacia la práctica del bien; los malos deseos nos alejan de Dios y del mandamiento del amor. Los primeros dan felicidad, los segundos tristeza. Es importante discernir cuáles deseos seguir a partir de la sabiduría que viene del Espíritu Santo en la oración y meditación; desde aquí aprendemos acerca de lo que más nos conviene para estar con Dios y ser fieles al mandato divino de amar, teniendo en cuenta que sólo el amor es capaz de llenar el deseo más hondo del corazón.
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