4. (Segunda parte)
DE LA SIMPLICIDAD DE LA CONTEMPLACIÓN; QUE NO SE HA DE ADQUIRIR
POR EL CONOCIMIENTO O LA IMAGINACIÓN (Continuación)
Por tanto, está atento al tiempo y a la manera de
emplearlo. Nada hay más precioso. Esto es evidente si te das cuenta de que en
un breve momento se puede ganar o perder el cielo. Dios, dueño del tiempo,
nunca da el futuro. Sólo da el presente, momento a momento, pues esta es la ley
del orden creado. Y Dios no se contradice a sí mismo en su creación. El tiempo
es para el hombre, no el hombre para el tiempo. Dios, el Señor de la
naturaleza, nunca anticipará las decisiones del hombre que se suceden una tras
otra en el tiempo. El hombre no tendrá excusa posible en el juicio final
diciendo a Dios: «Me abrumaste con el futuro cuando yo sólo era capaz de vivir
en el presente».
Veo que ahora estás desanimado y te dices a ti
mismo: «¿Qué he de hacer? Si todo lo que dice es verdad, ¿cómo justificaré mi
pecado? Tengo 24 años y hasta este momento apenas si me he dado cuenta del
tiempo. Y lo que es peor, no podría reparar el pasado aunque quisiera, pues
según lo que me acaba de enseñar, esa tarea es imposible por naturaleza,
incluso con la ayuda de la gracia ordinaria. Sé muy bien, además, que en el
futuro probablemente no estaré más atento al momento presente de lo que lo he
estado en el pasado. Estoy completamente desanimado. Ayúdame por el amor de
Jesús».
Bien has dicho «por el amor de Jesús. Pues sólo
en su amor encontrarás ayuda. En el amor se comparten todas las cosas, y si
amas a Jesús, todo lo suyo es tuyo. Como Dios, es el creador y dispensador del
tiempo; como hombre, aprovechó el tiempo de una manera consciente; como Dios y
hombre es el justo juez de los hombres y de su uso del tiempo. Únete, pues, a
Jesús, en fe y en amor de manera que perteneciéndole puedas compartir todo lo
que tiene y entrar en la amistad de los que le aman. Esta es la comunión de los
santos y estos serán tus amigos: nuestra Señora, santa María, que estuvo llena
de gracia en todo momento; los ángeles, que son incapaces de perder tiempo, y
todos los santos del cielo y de la tierra, que por la gracia de Jesús emplean
todo su tiempo en amar.[1]
Fíjate bien, aquí está tu fuerza. Comprende lo que digo y anímate. Pero recuerda, te prevengo de
una cosa por encima de todo. Nadie puede exigir la verdadera amistad con Jesús,
su madre, los ángeles y los santos, a menos que haga todo lo que está en su
mano con la gracia de Dios para aprovechar el tiempo. Ha de poner su parte, por
pequeña que sea, para fortalecer la amistad, de la misma manera que esta le
fortalece a él.
No debes, pues, descuidar esta obra de
contemplación. Procura también apreciar sus maravillosos efectos en tu propio
espíritu. Cuando es genuina, es un simple y espontáneo deseo que salta de
repente hacia Dios como la chispa del fuego.[2]
Es asombroso ver cuántos bellos deseos surgen del espíritu de una persona que
está acostumbrada a esta actividad. Y sin embargo, quizá sólo una de ellas se
vea completamente libre de apego a alguna cosa creada. Q puede suceder también
que tan pronto un hombre se haya vuelto hacia Dios, llevado de su fragilidad
humana, se encuentre distraído por el recuerdo de alguna cosa creada o de algún
cuidado diario. Pero no importa. Nada malo ha ocurrido: esta persona volverá
pronto a un recogimiento profundo
Octubre 2023
Casto Acedo
*
[1] Un preciso texto de san Juan de la Cruz expresa de modo maravilloso la "comunión de amor"; aquí la palabra "hermosura" aparece 22 veces; podemos cambiarla por "amor" o "gracia": “Hagamos de manera que, por medio de este ejercicio de amor ya dicho, lleguemos hasta vernos en tu hermosura en la vida eterna, esto es: que de tal manera esté yo transformada en tu hermosura, que, siendo semejante en hermosura, nos veamos entrambos en tu hermosura, teniendo ya tu misma hermosura; de manera que, mirando el uno al otro, vea cada uno en el otro su hermosura, siendo la una y la del otro tu hermosura sola, absorta yo en tu hermosura; y así te veré yo a ti en tu hermosura, y tú a mí en tu hermosura, y yo me veré en ti en tu hermosura, y tú te verás en mí en tu hermosura; y así, parezca yo tú en tu hermosura, y parezcas tú yo en tu hermosura, y mi hermosura sea tu hermosura y tu hermosura mi hermosura; y así, seré yo tú en tu hermosura, y serás tú yo en tu hermosura, porque tu misma hermosura será mi hermosura; y así, nos veremos el uno al otro en tu hermosura”. (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual 36,5; cf Llama 3,79; Dichos 25).
[2]
* Comentando el verso “A zaga de tu huella /las jóvenes discurren al camino, / al toque
de centella, /al adobado vino, /emisiones de bálsamo divino” dice san Juan
de la Cruz: “De este divino toque dice la Esposa en los Cantares (Ct 5, 4) de
esta manera: ´Mi Amado puso su mano por la manera, y mi vientre se estremeció a
su tocamiento´. El tocamiento del Amado es el toque de amor que aquí decimos
que hace al alma; la mano es la merced que en ello le hace; la manera por donde
entró esta mano, es la manera y modo y grado de perfección que tiene el alma,
porque al modo de eso suele ser el toque en más o en menos, y en una manera o
en otra de cualidad espiritual del alma; el vientre suyo, que dice se
estremeció, es la voluntad en que se hace el dicho toque; y el estremecerse, es
levantarse en ella los apetitos y afectos a Dios de desear, amar y alabar y los
demás que habemos dicho, que son las emisiones de bálsamo que de ese toque
redundan, según decíamos”. (Cántico, 25.5)
* Comentando “¡Oh llama de
amor viva,/ que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro!”,
dice san Juan de la Cruz: “¿Cómo se puede decir que la hiere, pues en el
alma no hay cosa ya por herir, estando ya el alma toda cauterizada con fuego de
amor? Es cosa maravillosa que, como el amor nunca está ocioso, sino un continuo
movimiento como la llama, está echando siempre llamaradas acá y allá; y el
amor, cuyo oficio es herir para enamorar y deleitar, como en la tal alma está
en viva llama, estale arrojando sus heridas como llamaradas ternísimas de
delicado amor, ejercitando jocunda y festivalmente las artes y juegos del amor...
Por lo cual estas heridas, que son sus
juegos, son llamaradas de tiernos toques que al alma tocan por momentos de
partes del fuego de amor, que no esta ocioso” (Llama 1,8; cf 1,4 y 1,33).

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