[1] Es muy común y fácil en nuestro tiempo la crítica a la Iglesia situados en una posición que creemos más elevada que la institución que lleva veinte siglos discerniendo su misión y su tarea, con claroscuros, pero con la confianza puesta en el Espíritu Santo. Como dicen muchos, la prueba de que Dios va en la barca de la Iglesia es que ésta, a pesar de las tormentas internas que ha atravesado, no se ha hundido.
Dice Henri de Lubac, en su excelente libro Meditación sobre la Iglesia,(capítulo octavo, Nuestras tentaciones respecto de la Iglesia)) :
¡Cuántas tentaciones asaltan respecto de esta Madre, a la que solamente deberíamos limitarnos a amar! ... Para amar a la Iglesia es necesario, venciendo antes toda repugnancia, amarla en toda su tradición y engolfarse, por así decirlo, en toda su vida como el grano se hunde en la tierra. De manera parecida hay que renunciar al veneno sutil de las místicas y de las filosofías religiosas que querrían sustituir la feo que se ofrecerán a trasponerla. Esta es la manera católica de perderse para llegar a encontrarse. ...
Hay que llevar hasta sus últimas consecuencias la lógica de la encarnación, por la cual la divinidad se adapta a la debilidad humana. Para poseer este tesoro hay que sostener el “vaso de arcilla” que lo contiene, y fuera del cual se evapora. Hay que ser sin reticencia “de la plebe de Dios”. Dicho de otra manera: la necesidad de ser humilde para adherirse a Cristo lleva consigo la necesidad de ser humilde para buscarle en la Iglesia y de añadir a la sumisión del entendimiento “el amor de la fraternidad”.
No deja de ser un acto de soberbia creer tener la razón en cuestiones de fe y costumbres contra la tradición milenaria de una Iglesia que, ciertamente, ha dejado mucho que desear en su historia, pero que lleva en su fragilidad humana el tesoro de la divina tradición evangélica. Habría que meditar las palabras de san Pablo: "Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros" (2 Cor 4,7)
Cuando surgen tormentas no está la solución en abandonar la barca sino en mantenerse en ella firmes y entregados para que la nave recupere la estabilidad y se mantenga a flote en un mundo espiritualmente inestable. Deberíamos meditar esta cuetión: ¿hubiera llegado la tradición evangélica a nuestro tiempo sin la existencia de una instirución llamada Iglesia?
Merece la pena mantener vivo el tesoro espiritualde la Iglesia evitando el deslizamiento hacia caminos de narcisismos espirituales individualistas, muy atractivos pero poco realistas y peligrosos dada la condición frágil y pecadora de la humanidad. Como dice H. de Lubac es conveniente la sumisión del entendimiento a la doctrina común antes que perder "el amor de la fraternidad"; lo importante es amar, evitando que las ideologías y postureos narcisistas resquebrajen la necesaria unidad.
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