29.
QUE EL HOMBRE HA DE
PERSEVERAR PACIENTEMENTE EN LA OBRA DE CONTEMPLACIÓN, SOPORTANDO ALEGREMENTE
SUS SUFRIMIENTOS Y SIN JUZGAR A NADIE.
[1] Es importante no poner la salvación en las obras cuanto en la fe o intención con la que se practican. Las obras, como dice Nube, son una cuestión; otra cuestión es quien las ejecuta: la persona. Puede uno hacer grandes obras movido por la ambiciñon o el egoísnmo; las obras serán grandes e incluso buenas, pero la persona queda en evidencia en la intención: "La gente nunca debería pensar tanto en lo que tiene que hacer; tendrían que
meditar más bien sobre lo que son. Pues bien, si la gente y sus modos fueran
buenos, sus obras podrían resplandecer mucho. Si tú eres justo, también tus
obras son justas. Que no se pretenda fundamentar la santidad en el actuar; la
santidad se debe fundamentar en el ser, las obras no nos santifican a nosotros
sino que nosotros debemos santificar a las obras. Por santas que sean las
obras, no nos santifican en absoluto en cuanto obras: sino en cuanto somos
santos y poseemos el ser, en tanto santificamos todas nuestras obras, ya se
trate de comer, de dormir, de estar en vigilia o de cualquier cosa que sea.
Quienes no tienen grande el ser, cualquier obra que ejecuten, no dará
resultado. Sabe por lo dicho que uno tiene que cifrar todo su empeño en ser
bueno y no [insistir] tanto en lo que uno hace o en la índole de las obras,
sino en cómo es el fundamento de las obras" (M Eckarth, Sermones; sermon 52, Bienaventruados los pobres...)..
30.
QUIÉN TIENE EL
DERECHO DE JUZGAR Y CENSURAR LAS FALTAS DE LOS DEMÁS
Pero, podemos preguntar, ¿hay alguien que
pueda juzgar la vida de otro hombre?
Si, naturalmente, el que tiene
la autoridad y la responsabilidad del bien espiritual de los demás puede con
todo derecho censurar las obras de los hombres. Un hombre puede recibir
oficialmente este poder por medio de un decreto y la ordenación de la Iglesia,
o es posible que el Espíritu Santo pueda inspirar a un individuo particular
bien fundado en el amor el asumir este oficio.
Pero que cada uno esté muy
atento a no arrogarse a sí mismo el deber de censurar las faltas de los demás,
porque está expuesto a un gran error. Otra cuestión es si en la contemplación
un hombre realmente es inspirado a hablar.
Por eso te advierto que lo
pienses dos veces antes de emitir un juicio sobre la vida de los demás hombres.
En la intimidad de tu propia conciencia júzgate a ti mismo como te ves delante
de Dios o ante tu padre espiritual, pero no te metas en la vida de los demás.


No hay comentarios:
Publicar un comentario