51.
QUE LOS HOMBRES HAN DE PROCURAR NO INTERPRETAR LITERALMENTE LO QUE SE DICE EN SENTIDO ESPIRITUAL, EN PARTICULAR EL «DENTRO» Y «ARRIBA».
Fija, pues, humildemente tu ciego impulso de amor en tu corazón.[1] No hablo de tu corazón físico, por supuesto, sino de tu corazón espiritual, de tu voluntad. Procura no tomar las cosas espirituales de que te hablo en sentido literal. Créeme, la vanidad humana de los que tienen una mente rápida e imaginativa puede llevarles a grandes errores al obrar así.
Consideremos, por ejemplo, lo que te dije sobre el ocultar tu deseo ante Dios lo mejor que puedas. Si te hubiera dicho que le mostraras tu deseo, lo hubieras tomado quizá más al pie de la letra que ahora, cuando te digo que lo ocultes. Pues ahora te das cuenta de que ocultar algo intencionadamente es introducirlo en lo hondo de tu espíritu.[2] Sigo creyendo que se necesita una gran cautela al interpretar las palabras empleadas en un sentido espiritual para no distorsionarías por un significado literal. Has de cuidar, en particular, las palabras «dentro» y «arriba», por el gran error y decepción que puede producir en la vida de los que se han propuesto ser contemplativos, la distorsión del significado que está detrás de estos vocablos. Puedo confirmar esto con mi propia experiencia y con la de otros. Pienso que te seria muy útil saber algo de estos engaños.
Un joven discípulo de la escuela de Dios, que acaba de abandonar el mundo, cree que por el hecho de haberse entregado a la oración y a la penitencia durante algún tiempo y bajo la dirección de su padre espiritual, ya está preparado para iniciar la contemplación. Ha oído hablar o ha leído sobre ella en el sentido de que «el hombre debe recoger todas sus facultades en si mismo» o «que debe saltar por encima de sí mismo». No bien ha oído esto cuando, arrastrado por su ignorancia de la vida interior, por la sensualidad y la curiosidad, distorsiona su significado. Siente dentro de sí mismo una curiosidad natural por lo oculto y misterioso, y supone que la gracia le llama a la contemplación. Se aferra tan testarudamente a esta convicción, que si su padre espiritual no está de acuerdo con él, se pone muy triste. Entonces comienza a pensar y a decir a otros, tan ignorantes como él, que no le entienden. Se aleja y movido por la audacia y la presunción, deja la oración humilde y la disciplina espiritual demasiado pronto, para comenzar (así lo supone él) la obra de la contemplación.[3] .
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NOTAS
[1] Se vuelve a insistir aquí en el impulso “ciego” (libre de prejuicios y consideraciones) de amor hacia Dios. La contemplación pide dejar a un lado los juegos y pensamientos imaginativos que suelen alimentar la vanidad. Cuando te distraigas en la oración mira que no te atrape la mente con pensamientos que sólo engordan tu ego. Déjalos ir, sin violencia interior, sin culpabilidad por tu parte. Quien se deja arrastrar por ellos, aunque sean pensamientos muy nobles, aparta su corazón de lo único importante: Dios.
[2] El autor parece jugar aquí con las dificultades del lenguaje sobre Dios. Ocultar los deseos ante Dios sería un imposible, ya que según dice el Salmo : "Señor, tú me examinas, tú me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; aun a la distancia lees mis pensamientos... Antes de que la palabra esté en mi lengua, tú, Señor, la conoces por completo." (139,1-4); según este texto ocultar los deseos ante Dios no tiene sentido, y en lugar de esconderlos, lo adecuado sería animar a los creyentes a confesarlos y someterlos a su voluntad (cf Flp 4:6). Sin embargo, decir que hay que “ocultar los deseos ante Dios” no es decir un imposible, sino una invitación a dejarlos estar en lo oculto, no permitir que entorpezcan el encuentro con “el Dios que es”, y que seguro que no es “el Dios que deseas”.
[3] Se explica mejor esto en el siguiente numero de Nube.
Febrero 2025
Casto Acedo

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