¿Debo continuar? Sin duda,
cualquiera que estudie la Escritura encontrará muchos ejemplos del amor total
de María hacia Cristo registrados allí para nuestro provecho. Ellos confirmarán
lo que vengo diciendo. De hecho, podría pensarse que fueron escritos
especialmente para los contemplativos. Y así lo fueron para todo aquel que
tenga el suficiente discernimiento para ver.
Cualquiera que reconozca en el
amor hermoso y personal de nuestro Señor hacia María Magdalena el amor
maravilloso e incomparable que tiene por todos los pecadores arrepentidos y
dedicados sinceramente a la contemplación, habrá de reconocer por qué no pudo
tolerar que ninguno -ni siquiera su hermana- hablara contra ella sin salir él
mismo en su defensa. Si, y todavía hizo más. Pues en otra ocasión increpó a su
huésped, Simón el Leproso, en su misma casa, por el simple hecho de haber
pensado mal de ella. Grande en verdad fue su amor; ciertamente no fue superado.
* * *
[1] Mt
28,1-7; Jn 20,11-13. Recuerdo aquí también que
[2]
... Esta es la causa por que María Magdalena, con ser tan estimada en sí como
antes era, no le hizo al caso la turba de hombres principales y no principales
del convite, ni el mirar que no venía bien ni lo parecería ir a llorar y derramar
lágrimas entre los convidados (Lc. 7, 3738), a trueque de, sin dilatar una
hora esperando otro tiempo y sazón, poder llegar ante aquel de quien estaba ya
su alma herida e inflamada. Y ésta es la embriaguez y osadía de amor, que, con
saber que su Amado estaba encerrado en el sepulcro con una gran piedra sellada
y cercado de soldados que por que no le hurtasen sus discípulos le guardaban
(Mt. 27, 6066) no le dio lugar para que alguna de estas cosas se le pusiese
delante, para que dejara de ir antes del día con los ungüentos para ungirle
(Jn. 20, 1).
Y, finalmente, esta embriaguez y
ansia de amor la hizo preguntar al que, creyendo que era el hortelano, le había
hurtado del sepulcro, que le dijese, si le había él tomado, dónde le había
puesto, para que ella le tomase (Jn. 20, 15); no mirando que aquella pregunta,
en libre juicio y razón, era disparate, pues que está claro que si el otro lo
había hurtado, no se lo había de decir, ni menos se lo había de dejar tomar.
Pero esto tiene la fuerza y vehemencia de amor, que todo le parece posible y todos le parece que andan en lo mismo que anda él; porque no cree que hay otra cosa en que nadie se deba emplear, ni buscar sino a quien ella busca y a quien ella ama, pareciéndole que no hay otra cosa que querer ni en qué se emplear sino aquello, y que también todos andan en aquello. Que, por eso, cuando la Esposa salió a buscar a su amado por las plazas y arrabales, creyendo que los demás andaban en lo mismo, les dijo que, si lo hallasen ellos, le hablasen, diciendo de ella que penaba de su amor (Ct. 5, 8). Tal era la fuerza del amor de esta María, que le pareció que, si el hortelano le dijera dónde le había escondido, fuera ella y lo tomara, aunque más le fuera defendido.

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