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lunes, 22 de enero de 2024

NUBE DEL NO-SABER - 12

 

12.

QUE EN LA CONTEMPLACIÓN QUEDA DESTRUIDO EL PECADO Y SE FOMENTA TODA CLASE DE BIEN.

Así, pues, para mantenerte firme y evitar las trampas, mantente en la senda en que estás. Deja que tu incesante deseo golpee en la nube del no-saber que se interpone entre ti y tu Dios. Penetra esa nube con el agudo dardo de tu amor, rechaza el pensamiento de todo lo que sea inferior a Dios y no dejes esta obra por nada. La misma obra contemplativa del amor llegará a curarte de todas las raíces del pecado[1]. Ayuna cuanto quieras, mantente en vigilia hasta bien entrada la noche, levántate antes de la aurora, disciplina tu cuerpo y, si te es permitido -que no lo es-, sácate los ojos, arráncate la lengua, tapa tus oídos y nariz y prescinde de tus miembros; si, castiga tu cuerpo con toda clase de disciplina y seguirás sin conseguir nada. El deseo y la tendencia hacia el pecado permanecerían en tu corazón.

Todavía más, si lloraras en perpetuo llanto tus pecados y la Pasión de Cristo y ponderaras incesantemente los goces del cielo, ¿crees que te haría algún bien? Mucho bien, no me cabe la menor duda. Estoy seguro de que aprovecharías y crecerías en la gracia, pero en comparación con el ciego impulso del amor, todo esto es muy poco. Pues la obra contemplativa del amor es la mejor parte y pertenece a María. Es totalmente completa en si misma, mientras que todas las demás disciplinas y ejercicios son de poco valor sin ella.

La obra del amor no sólo cura las raíces del pecado, sino que fomenta la bondad práctica. Cuando es auténtica verás que eres sensible a toda necesidad y que respondes con una generosidad desprovista de toda intención egoísta.[2] Todo lo que trates de hacer sin este amor será ciertamente imperfecto, pues es seguro que se echará a perder por ulteriores motivos.

La bondad auténtica se manifiesta en una manera habitual de obrar bien y de responder adecuadamente en cada situación, según se presenta; está movida siempre por el deseo de agradar a Dios.[3] Solo él es la fuente pura de todo bien, y si alguna persona se ve motivada por algo distinto de Dios, aun cuando Dios sea el primero, entonces su virtud es imperfecta. Esto es evidente en el caso de dos virtudes en particular, la humildad y el amor fraterno. Quien adquiere estos hábitos y actitudes no necesita otros, pues en ello

Enero 2024
C.A.



[1] Hablando de la Llama, es decir, del fuego del Espíritu Santo que hace prender en la lumbre el tronco que es el alma, dice san Juan de la Cruz, “que el mismo Dios, que quiere entrar en el alma por unión y transformación de amor, es el que antes está embistiendo en ella y purgándola con la luz y calor de su divina llama” (Llama 1,21), dando a entender que,no pudiendo caber dos contrarios en el sujeto del alma”  (2 N 1,21), es de necesidad que sea purgada de sus pecados. Cuando el alma busca y desea la unión Dios mismo la va purgando como respuesta al amor que pone en ello.

[2] Esta ausencia de egoísmo en las obras es un criterio privilegiado para evaluar el avance espiritual. El párrafo anterior da pistas acerca del auténtico amor que es fruto no tanto de la ascética como de la mística. El amor y la virtud que se ha de buscar no es el que nace de nuestros sacrificios y esfuerzos; con éstos ejercicios ascéticos preparamos el terreno, pero llega un momento en que cedes a Dios el control de todo y nace el verdadero Amor. 

[3] Se define la virtud en el texto original como “un afecto bien ordenado y medido totalmente dirigido a Dios por él mismo”. Definición que aparece varias veces en Ricardo de san Víctor (1110-1173). La Nueva Enciclopedia católica (1967) la define como “Una prontitud y disposición, habitual y bien establecida, de las fuerzas del hombre, que las dirige a una bondad específica del acto” (Mc Graw-Hill, Nueva York, Vol 15, p. 704). Es importante notar que el texto de la Nube del no-saber habla de virtud más en el primer sentido que en el segundo, en línea con los místicos y teólogos ingleses medievales. 

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