2.
BREVE EXHORTACIÓN A LA HUMILDAD Y A LA ACTIVIDAD CONTEMPLATIVA
Anímate,
pues, y frágil mortal como eres, trata de entenderte a ti mismo. ¿Piensas que
eres alguien especial o que has merecido el favor del Señor? ¿Cómo puede ser tu
corazón tan pesado y tan falto de espíritu que no se levante continuamente por
la atracción del amor del Señor y el sonido de su voz? Tu enemigo te sugerirá
que descanses en tus laureles. Pero estate alerta frente a su perfidia. No te
engañes pensando que eres mejor y más santo porque fuiste llamado o porque has
avanzado en la vía singular de la vida. Por el contrario, serás un desgraciado,
culpable y digno de lástima, a menos que con la ayuda de Dios y de su dirección
hagas todo lo que está en tu mano para vivir tu vocación. Lejos de engreírte,
deberás ser cada vez más humilde y entregado a tu Señor al considerar lo mucho
que se ha abajado hasta llamarte aquel que es el Dios todopoderoso, Rey de
reyes y Señor de los señores. Pues de todo su rebaño te ha elegido amorosamente
para ser uno de sus amigos especiales.
Te
ha conducido a suaves praderas y te ha alimentado con su amor, forzándote a
tomar posesión de tu herencia en su reino.
Te
pido, pues, que sigas tu curso sin desmayo. Espera el mañana y deja el ayer. No
te importe lo que hayas conseguido. Trata más bien de alcanzar lo que tienes
delante. Si haces esto, permanecerás en la verdad. Por el momento, si quieres
crecer has de alimentar en tu corazón el ansia viva de Dios. Si bien este deseo
vivo es un don de Dios, a ti corresponde el alimentarlo. Ten en cuenta esto:
Dios es un amante celoso. Está actuando en tu espíritu y no tolerará sucedáneos[1]. Tú eres el único a quien
necesita. Todo lo que pide de ti es que pongas su amor en él y que le dejes a
él solo. Cierra las puertas y ventanas de tu espíritu contra la invasión de
pestes y enemigos y busca suplicante su fuerza; si así lo haces te verás a
salvo de ellos[2].
Insiste, pues. Quiero ver cómo caminas. Nuestro Señor está siempre dispuesto.
Él sólo espera tu cooperación.
Pero,
me preguntas, ¿cómo seguir? ¿Qué he de hacer a continuación?
* * *
[1] El que quiere amar otra cosa juntamente con Dios, sin duda es tener en poco a Dios, porque pone en una balanza con Dios lo que sumamente, como habemos dicho, dista de Dios. ... Ya se sabe bien por experiencia que cuando una voluntad se aficiona a una cosa, la tiene en más que otra cualquiera, aunque sea muy mejor que ella, si no gusta tanto de la otra. Y si de una y de otra quiere gustar, a la más principal por fuerza ha de hacer agravio, pues hace entre ellas igualdad. Y por cuanto no hay cosa que iguale con Dios, mucho agravio hace a Dios el alma que con él ama otra cosa o se ase a ella. Y pues esto es así, ¿que sería si la amase más que a Dios? (San Juan de la Cruz, 1 S 5,4-5)
[2] Por tanto, siempre conviene al alma desecharlas (las aprehensiones o pensamientos que te puedan venir) a ojos cerrados, sean de quien se fueren (sean buenas o malas aprehensiones, buenos o malos pensamientos). .... Es bueno cerrarse en ellas y negarlas todas, porque en las malas se quitan los errores del demonio, y en las buenas el impedimento de la fe, y coge el espíritu el fruto de ellas. ( San Juan de la Cruz C 1,10)
Comentando el verso “ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras”: A los demonios, que es el segundo enemigo, llama fuertes, porque ellos con grande fuerza procuran tomar el paso de este camino, y porque también sus tentaciones y astucias son más fuertes y duras de vencer y más dificultosas de entender que las del mundo y carne, y porque también se fortalecen de estos otros dos enemigos, mundo y carne, para hacer al alma fuerte guerra. Y por tanto, hablando David de ellos (Sal. 53, 5) los llama fuertes, diciendo: Los fuertes pretendieron mi alma. De cuya fortaleza también dice el profeta Job (41, 24) que no hay poder sobre la tierra que se compare a éste del demonio, que fue hecho de suerte que a ninguno temiese, esto es, ningún poder humano se podrá comparar con el suyo, y así sólo el poder divino basta para poderle vencer y sola la luz divina para poder entender sus ardides. Por lo cual el alma que hubiere de vencer su fortaleza no podrá sin oración, ni sus engaños podrá entender sin mortificación y sin humildad. (San Juan de la Cruz, C 3, 9)
Casto Acedo

No hay comentarios:
Publicar un comentario